Bichos de ciudad – Javier Montiel

Ilustración de Daniel Catalano.

Javier Montiel

Me desperté en un sobresalto con el ruido de la ventana abriéndose de golpe y estacando con el pestillo la pared, que sangraba sus cáscaras de pintura y revoque por todo el piso. Miré temeroso en dirección al hueco de aire y vi a Susana entrando, nuevamente, por aberturas alternas, revoloteando por toda la casa como una loca que cree que la libertad habita en todas partes. Sabe lo mucho que me molesta que entre así pero jamás repara en eso y repite su acción ingresando cada vez por un esfínter de concreto distinto. No podía hablarle, mi cabeza se partía como centellas o como cubos de hielo cayendo en agua tibia, mi vista estaba sumergida en nubes blancas de lagañas que solo me permitían ver a Susana entre algunos huecos –la imagen y la persona, al parecer, compartían los mismos atributos de invasión–. Ella no paraba de cantar. Era una melodía que se repetía a sí misma, caprichosa, y la entonaba con movimientos de cabeza, ridículos y bruscos. Su ropa volaba con ella al desplazarse. Era tierno verla así, entre huecos de nubes densas, besando las flores de mi mesa, mirándome con ojitos redondos y brillantes, con ese ajetreo nervioso.

Le grité: ¡Susana! Intentando que se detuviera y el dolor de mi cabeza se intensificó con el grito, cual si hubiese desatado una avalancha interna. Me apreté las sienes con ambas manos y ella se detuvo. Me miró un instante, superficialmente seria y luego largó una carcajada aguda que acompañaba su cantar. Noté, sin mayores pudores, que me encontraba aún desnudo, que es como suelo dormir. Ahora revoloteaba a mí alrededor, produciendo viento para que se me erizaran los cuatro o cinco tipos distintos de pelo que tengo en el cuerpo, que pese a haberse dividido mi geografía como en estados y colonias, responden a la temperatura con la misma conducta, sin reparar en nacionalismos. Le señalé la puerta para que se fuera, diciéndole que quería encontrar mi ropa y quería hacerlo solo y tranquilo.

El día anterior se me hacía tan lleno de agujeros como mi vista, pero con la diferencia que los huecos de las lagañas me permitían ver, al menos un poco, y los agujeros de la memoria llenaban de niebla cualquier pupila introspectiva. La puerta estaba abierta. Estaba seguro de haberla cerrado, no por tener el recuerdo, sino por automatismo de costumbre; ni en mi peor borrachera dejo esa puerta abierta. Susana me miró desafiante y me dijo: no, al parecer no la cerraste, con su boquita apretada, y se lanzó, cantando, por la ventana.

Recorrí toda la casa buscando la ropa que llevaba puesta el día anterior, pero no aparecieron, en mis cajones, más que un sinfín de encendedores y gomitas elásticas. De hecho, tampoco tenía ropa limpia, o sucia de otros días. No había ningún rastro de prenda en todo el apartamento. Ni siquiera un guante que pudiese sorprender enredado a una media. Nada.

La cabeza seguía dándome vueltas, pero no conseguiría remediar nada quedándome acostado en el apartamento. Ya nadie vende ropa de puerta en puerta como para depositar la fe en los actos de la coincidencia. Me puse mi bombín –única cosa que vestir– y salí a la calle, lustrando con el aire mi mejor cuero. Los pelos, todos, habían vuelto a su sitio y ellos serían, al menos por el momento, ropa suficiente. Saludé a unos vecinos, que los días de calor aprovechan para arrastrarse contra las paredes frías de los pasillos del edificio, y salí a la calle. Mi desnudez no distrajo su acción, lenta, de ir dejando un rastro de sudor a lo largo de todo el muro.

Pensaba dirigirme a la esquina de Durazno y Jackson, un sitio que suelo frecuentar, principalmente en las noches de sed. Recuerdo haber pasado algunas horas ahí, la noche anterior, pero tenía la impresión de que no era el único lugar en el que había estado.

Por la avenida, los obreros, muy ordenados en su andar, caminaban por los cables de la luz, en fila perfecta –no se me ocurre otra manera posible, tratándose de una carretera tan angosta–, en silencio y oliendo a los que venían de frente. Creo que de esa manera se comunicaban algo sobre el tráfico en 18 de julio y Herrera y Obes, pero no estoy tan seguro, lo infiero por la cantidad de obreros que bajaban, cabeza al sur, por la columna de la esquina y luego hociqueaban el aire como perdidos.

En la otra esquina estaba el kiosko de Teresa. Se lo reconoce por la cantidad de chirimbolos que le gusta colgar, entre ellos, unos sombreritos de lana que ella misma teje. Hay que tener un poco de cuidado con Teresa, teje más de lo que uno quisiera y si la dejas hablar mucho tiempo termina por enredarte. La saludé con mínima cortesía y pregunté por alguna prenda grande que pudiese haber tejido, y que me cubriera un poco más. Me señaló de arriba a abajo el cuerpo, con la mirada debatiéndose entre la libido y el peligro, esperando que yo diera explicaciones de mi atuendo tan monarca e inexistente. Dudé un poco, pero no dije nada, me di media vuelta y le ofrecí un vistazo desde otro ángulo, –vieja venenosa.

El dolor de cabeza me continuaba. Como si el canto o las risas de Susana, aun debatieran el aire por las galerías de mis orejas. –Debí haberle comprado al menos algún quitajaquecas a la vieja. ¡Eso sí la hubiese descolocado! Me le aparezco completamente desnudo y le pido un ibuprofeno quejándome de un dolor de cabeza.

Sin saber exactamente a dónde dirigirme, me detuve a observar un edificio prácticamente construido en ventanas. Cuanto podía verse era vidrio, incluso los entrepisos. Creí haber estado ahí el día anterior, la noche anterior, sacando dinero del cajero automático. Había visto cómo alguna empleada de ese edificio, para seducir a algún muchacho del piso de abajo, se colocaba unas minifaldas que desde el ángulo correcto, permiten ver lo suficiente. Comienzan a caminar sobre ellos, como imagen duplicada, y si no levantan la vista, desde arriba arrojan algo con “descuido” al piso, hasta que consiguen lo que buscan. Ellos, embobados por la imagen estiran sus brazos infructuosamente para alcanzarlas, pero es inútil, el entrepiso está muy alto, ellas jamás bajan al piso anterior y ellos no tienen la menor idea de cómo subir. Cada uno atrapado se desplaza por su pecera de vidrio, como un micromundo con pantalla gigante a todo lo inalcanzable. ¡Cuánto desearían estos peces que los cristales fueran negros! Pero no lo son y eso los tortura, así como el amor, que entre ellos es así, puro deseo sostenido y frustrado en su meta. Debe ser por eso que trabajan tan bien.

Pensé que en el cajero no podía haberme dejado la ropa, hubiese demorado mucho a los demás, de haberme desnudado para sacar dinero. Y, si tenía donde guardar los billetes, es porque ahí ropa tenía.

Al costado del edificio, el contenedor de basura desbordaba sus restos. Unos hombrecitos oscuros, de ojos nerviosos y ropas ajadas, se debatían por trozos de tomate a medio descomponer y algún fideo seco que llevan a su boca con voracidad, mientras se movían como helicópteros buscando algún otro blanco que devorar. Hablaban muy bajo, zumbando cosas a la comida o basura que ingerían. Desde el edificio, los desamorados miraban a aquellos seres oscuros y revoltosos, con ojos hambrientos y brillantes. –Sé muy bien que, cada tanto, bajan en grupo y se devoran a estos pobres mendigos.

Decidí detener un ómnibus que me llevara hacia la rambla, tenía la leve impresión de que la arenilla que sentía entre los dedos de los pies no era de la calle, sino de la playa. El tercer coche que intenté detener paró. El chofer no me miró, ni me cobró el boleto. Caminé silencioso hacia el fondo, contento de no haber necesitado excusas para que me llevaran sin dinero.

Las señoras, que estaban en los laterales, miraban de reojo, pero no hacían mayores gestos, como mucho apretaban un poco más su cartera contra sus pechos rancios. De pura maldad, quizás porque una sí emitió una especie de sonido de desagrado, que no sabría reproducir por onomatopeya, me paré en el pasillo frente a ella, con mi sexo muy cercano a su cara. Aproveché cada sacudida brusca del coche, para amenazarla con un latigazo en su rostro. Al comienzo me divertían mucho las transformaciones de sus gestos, pero luego clavó los ojos en mi apéndice, como hipnotizada, como si sus ojos pusieran frente a ella un filtro de reminiscencias, recuerdos de otros tiempos donde aquel banquete hubiese sido deseado con, ahora, renovadas ganas. También yo estaba como hipnotizado y casi sin poder moverme. Afortunadamente el olor a mar me indicó la parada y pude irme de ahí, veloz e intacto. Ella volvió a mirar hacia la ventana, pero sus ojos estaban desorbitados, la locura se había expandido por sus pupilas con rapidez.

Atravesé la rambla, cuidando de no pisar ningún vidrio, quemándome las plantas de los pies con el asfalto y luego con la arena que vino al encuentro de la otra, la que yacía entre mis dedos desde la noche anterior. Miré hacia arriba y no divisé ni una sola nube. El mar se veía hermoso, como una sábana azul, recién ventilada al sol. Transpiraba y quería arrojarme al agua, cuando una voz a mi costado sentenció: Este es el último cielo y más allá –señalando un punto cualquiera, pero que no parecía cualquiera pendiendo así de su dedo– se unen, sigilosamente, tres océanos.

Quise mirarlo de frente, pero cada vez que giraba mi cabeza o mi cuerpo en su dirección, el se movía, caminando de costado, y me impedía verlo directamente. Sus manos, con los dedos dispuestos como los tenía, parecían pinzas, y se abrían y cerraban al hablar, como si primero apresara el pensamiento, y luego soltara las palabras. Noté, de reojo, como cerraba con fuerza aquellas manos de color marrón rojizo y al abrirlas, -con cuidadosa precaución y lentitud-, continuó: Ese punto desnuda: el alma y el cuerpo, en la misma continuidad con que los tres océanos danzan, tomados de manos de espuma, un vals hipnotizante. –Cerró unos instantes sus manos y luego, al abrirlas, continuó– En ellos se ocultan los tiempos y allí se ahogan cada uno de los pensamientos que nacen y que nacerán. Ahí vivo yo, cuando no vivo aquí, ni allá, o en aquel otro sitio –dijo, señalando en una dirección que no me dejó ver-, ermitaño siempre, callo y hurto.

¡Dime tu nombre! –le inquirí. Me molestaba sobremanera aquella inclinación a la huída–. ¡Tu nombre! –repetí, girándome en su dirección. Pero ya se había alejado, a toda marcha, más de veinte metros de mí.

Yo respiraba agitado, ese personaje me quitaba las fuerzas y la paciencia en partes iguales. Lo veía caminando de costado, con las manos cerradas que, de pronto, se abrieron en su máxima expresión posible, exclamando a viva voz: ¡Bernardo! Lo grito yo y lo gritan los océanos al chocar. ¡Bernardo! –repitió.

Me senté en la arena, que frotaba entre los dedos de mis pies. Lo observaba partir nervioso, con aquellas manos frenéticas en incansable labor, mientras continuaba diciendo cosas al viento. Vestía, de la cabeza a los pies, con mi ropa, toda mi ropa, el ropero entero, que le otorgaba un aspecto de obeso. No tuve fuerzas de seguirlo. Algo de él me producía una pena espesa, profunda. Era como si todas mis remeras, buzos, aquella cantidad incontable de pantalones, protegieran un cuerpo sin piel, unos ojos sostenidos, apenas, por una pequeña cuerdita de nervios.

Bichos de la ciudad, cuento de Javier Montiel, es inédito.


Javier Montiel (Maldonado, Uruguay, 1986). Escritor, pintor y psicoanalista. Reside en Montevideo desde los 18 años. Publica en 2015 su primer libro de relatos Babel de un hombre. Posee otras publicaciones en revistas como Letra Nueva y está preparando dos libros más que publicará este año.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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