La insoportable levedad del Sur

Por: Juan Guillermo Ramírez

Montevideo es un lugar muy lejos donde no puedo mentir y alguien siempre me está esperando. Onetti.

La película del realizador uruguayo Pablo Dotta (1960), El dirigible (1994), está marcada por ausencias, omisiones y carencias: la del registro de la muerte del expresidente Brum, la de Juan Carlos Onetti y su entrevista, la de un robo que no existió o un romance que no fue. Más prácticamente, está marcada por la ausencia de eso que se llama guión, la senda, la estructura narrativa previa al rodaje destinado a que el universo e historia propuestos en un film tengan un sentido, cualquiera que sea. Pablo Dotta procedió por intuición y por iluminaciones sucesivas y corriendo un riesgo inconmensurable, quiso justificar lo que realmente importa por una trama paralela más o menos policial.

En realidad, El dirigible no cuenta historias, las propone, las siembra, porque eso sucede cuando las imágenes expresan y penetran un mundo con una mirada nueva. En ese Montevideo triste y opaco están agazapados infinitos relatos, en el frente, el costado, el aire y el vientre del Palacio Rodó, y allí también deambulan las historias por nacer o por rescatar.

El Moco es una historia. El juego de tiempos, los años treinta que regresan al final, los dos muchachos sobre cuyas cabezas pasa nuevamente el ‘Zeppelín’, en un tono viejo que los hace retroceder al archivo, y que planean sobre el hoy en toda la película, son también una propuesta de historia. En una visión tan personal y angustiada de Montevideo puede cimentarse una película, un Montevideo que más parece Santa María, aún si las referencias a Onetti y su ojo que mira, nos mira con lúcida piedad. De esta película inclasificable brotan las provocaciones a la mente y al corazón sin explicaciones y sin concesiones. Es como un inmenso telegrama que alguien, o muchos, porque son más de uno los padres de la criatura, envían con audacia y ternura al espectador, y sobre todo al espectador uruguayo.

En su des-estructura, en sus cambios de estilo, hay una exigencia pero también una provocación. Es difícil calibrar cuánto pesará para bien o para mal esta película: en el prosaico mundo, necesario y temido, de las finanzas, taquillas, prestigios. El dirigible pasará ineludiblemente en otro nivel; el del imaginario, el de las preguntas formuladas y sus posibles respuestas, el de las imágenes que seducen pero también lastiman. Porque cualquiera sea el significado de la palabra uruguayo –crece, duda, identidad temida, fraguada o abortada- “eso” está presente en la película. No por discurso, sino por lo que sugieren las imágenes en la ausencia del discurso. Como dice Onetti, en frase usada en la misma película, son cosas que no se proponen, surgen siempre y cuando estén en la vida.

Pablo Dotta: El dirigible fue rodado como ahora escribo estas líneas: bajo la impresión de haber visto las imágenes de una historia incompleta. Incompletos han sido hasta los intentos de hacer cine en Uruguay. E incompleta la memoria de un país, que por lo mismo, se ha hecho invisible a sí mismo y a los demás. Tal vez por ello no encuentro ahora otra manera de referirme a El dirigible que no sea a través de su propio simulacro. Del simulacro de un film enfrentado a las imágenes de una realidad fragmentaria: las mismas que “una falsa extranjera” registra en una suerte de diario de viaje por Montevideo. Un viaje –también por la película- en cuyo recorrido está la ilusión de completar “su” historia, de encontrar las imágenes perdidas de la ficción que ella misma protagoniza. Un juego de ocultamientos solo posible a partir del simulacro de su identidad.

Hacía muchos años que no se veía una película uruguaya en un Festival de Cine de Cartagena. Ese año, 1995, se presenta El dirigible y la presenta su joven director, Pablo Dotta. Aprovechando este especial de Literariedad dedicado a Uruguay, he desempolvado la siguiente entrevista que comparto.

¿Es que le creerían si dijera la verdad? ¿Si dijera que la imagen de la muerte de Brum que nos falta, o la ausencia de Onetti, son parte de un país que indefectiblemente ha muerto devorado en la velocidad del olvido? Son preguntas para las que no tengo respuesta. Imágenes en blanco desde las cuales, en todo caso, quisiera inventar otras historias. Imaginar la memoria donde está el olvido. Imaginar el olvido donde está la memoria. Al fin y al cabo, “el tiempo está después”, y yo no había nacido cuando el dirigible voló sobre mi ciudad.

J.G.R.- ¿Cuáles fueron sus acercamientos en el cine?

P.D.- Sólo hay algunos cortos realizados en video, el haber estudiado en la escuela de San Antonio de los Baños. Y ésta, mi primera película de largometraje.

J.G.R.- ¿Cómo fue el proceso de producción?

P.D.- Fue un proceso muy largo, fue un rompecabezas enorme. Invirtieron dinero el Canal 4 de Inglaterra, la Fundación Rockefeller, el ICAIC de Cuba, la Universidad de Guadalajara, el Centro de Capacitación Cinematográfica de México, Cinema Verité de Suiza. Su reunión duró casi tres años. Hubo que inventar la manera de producir esta película en particular, no sólo porque en Uruguay no hay una infraestructura cinematográfica y había que traer todo el equipo de afuera, sino porque todo recayó en el convencimiento por parte de los coproductores para hacer El dirigible, como algo necesario e importante. Ya que hay una zona de experimentación que escapa a las convenciones comerciales o a las exigencias de mercado. El mérito de la producción fue haberlos convencido.

J.G.R.- ¿De dónde surge la idea, el tema, la historia de ‘El dirigible’?

P.D.- La elaboración del guión es un largo y penoso proceso marcado por el rastreo a través de diversas fuentes, de imágenes como las de Brum, del Zeppelín y de las lecturas, del descubrimiento de Juan Carlos Onetti. Otras vienen a partir de ideas, de conceptos más abstractos. El guión surge de un collage de fuentes diversas. Y más que un guión acabado, cerrado, fue siempre un guión abierto en la medida que íbamos haciendo la película, se fue construyendo al ir trabajando y descubriendo de qué se trataba. La zanahoria que perseguíamos era un poco lograr hacerla, era un poco formularnos preguntas sobre Montevideo, sobre Uruguay, sobre lo que nos falta. Es también, un acercamiento personal a una mirada sobre nuestra historia, sobre nuestra identidad, sobre nuestra ciudad. Hay una importante zona en El dirigible que está improvisada, en cuanto a sus sentidos. En esencia sí hay un respeto hacia el guión original.

J.G.R.- El Dirigible desconcierta por sus variantes de  relato, su lectura no es fácil.

P.D.- Creo que funciona mucho más en gente joven, en gente que se sienta a ver una historia sin tanto prejuicio en la cabeza y que se conceda libertad de dejarse seducir por lo que pueda asociar o intuir.

J.G.R.- Su película simboliza muy bien lo que es la historia: la ausencia.

P.D.- Esta es quizás una de las claves para poder leer, para poder acercarse a El dirigible. Si se intenta encontrar explicaciones adentro, no se va a encontrar nada. Justamente, la película está construida en esos agujeros negros, en cosas que faltan. Pero también esta película puede leerse como la imposibilidad de contar una historia. Y eso es ya una historia. Esto produce incomodidad porque obliga a una participación más activa del espectador, lo obliga a pensar, a medirse contra las imágenes, a que lo irriten o no, a tratar de que la razón funcione bien buscando conexiones; por lo general esta hábito no lo tiene el espectador con el cine que habitualmente consume.

J.G.R.- Todo esto se puede vislumbrar en el mismo comienzo de la película, cuando Onetti prende su cigarro acostado en la cama y habla lentamente. Es el mismo tono que le da el ritmo a la historia: el desarraigo, la desesperanza, el pesimismo. Elementos estos característicos de su literatura.

P.D.- Obviamente hay un espíritu Onettiano en El dirigible. Pero creo que hay un optimismo paradojal, como en la obra de Onetti. Está buscando constantemente su porpio camino, pero se autoconsume. Esto puede ser desesperanzador pero es necesario este sacrificio para encontrar algo nuevo. Hay una convicción de una búsqueda a la cual no hay garantías.

J.G.R.- A lo largo de la película se ve una multiplicidad de soportes fílmicos: el video, la cámara de cine, la fotografía, la cámara lenta, el uso variado del color. La factura técnica influye y refuerza la historia, le da textura. ¿Esto a qué obedece?

P.D.- Para los jóvenes que empezamos en esto del cine, es una necesidad el comenzar a desmitificar un poco más el tema de los formatos y el permitirse la experimentación, la mezcla de diferentes procedencias. En este caso hay varias técnicas de imagen, imágenes filmadas en video, subidas a cie, hay otras que son imágenes de archivo, pasadas por video y subidas, otra vez a cine. Hay ediciones hechas en video digital, hay cine puro. Creo que estamos sujetos a estructuras muy férreas de producción en términos industriales al estilo Hollywood, que en muchos casos, en nuestros países no los podemos obtener. Hay que ser más imaginativos con el uso de recursos alternativos.

J.G.R.- A ‘El dirigible’ ¿cómo le fue con el público uruguayo?

P.D.- Generó –después de 10 semanas en cartelera- una enorme polémica. Lo que valoro de todo esto es que la película no pasó desapercibida. No deja a nadie indiferente, provoca una reacción positiva o negativa, provoca discusión, irritación o fascinación. En este mundo homogeneizado, uniformizado, lleno de unanimidades, valoro el que mi película genere controversia y sirva para conservar, para reflexionar y para mirarnos a nosotros mismos.

J.G.R.- Porque el cine es un espejo en el que a veces nos duele mirarnos.

P.D.- De alguna manera.

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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