Mario Levrero: “Es otro quien escribe, no soy yo”

Por: Antoine Skuld

Para la bella Puchini

Los reportajes y cuestionarios, así como alguna que otra opinión que uno deja caer por ahí, difícilmente, o nunca, tienen una relación directa con el escritor. El escritor es un ser misterioso que vive en mí, y que no se superpone con mi yo, pero que tampoco le es completamente ajeno. M.L.

En un pasado Festival Internacional de Cine Independiente de Villa de Leyva, conocí a Paola Michaels, diseñadora y artista audiovisual, radicada en Argentina. Presentó su cortometraje La casa, producida por Ignacio Masllorens, basada en el cuento “La casa abandonada” de Mario Levrero. Este corto me llevó a buscar, insaciablemente, todo lo que pude encontrar de este escritor, y descubrí esta necesaria sorpresa literaria.

Jorge Mario Varlotta Levrero, nació en Montevideo en 1940 y murió en 2004. Fotógrafo, librero, guionista de cómics, humorista, creador de crucigramas y juegos de ingenio. Dirigió talleres literarios. Su escritura, articulada entre el humor y el desasosiego, se concreta en una prosa limpia, fondeada en lo psicológico, que ha sido definida como “realismo introspectivo”. Autor de una extensa obra literaria que abarca artículos periodísticos (algunos de sus mejores  artículos se encuentran en Irrupciones I e Irrupciones II), cuento, novela y  ensayo. Odiaba las entrevistas, los prólogos, se interesaba por la autohipnosis, creía en los fenómenos telepáticos, leía sobre zen, era adicto a las computadoras, le encantaba la ciencia, odiaba que lo tratasen de usted, no soportaba la solemnidad, devoraba novelas policiales incluso para desayunar. Era amante del cine.

Por razones aún no explicadas, en Uruguay se ha dado una gama de autores que la crítica califica, si no como admirables, al menos sí como raros. Una broma sobre la literatura latinoamericana explica los aportes más significativos de algunas naciones: Chile ha generado poetas; Argentina, cuentistas; México, novelistas, y Uruguay, raros. Esta sensación de extrañeza se apoya, inevitablemente, en la obra de escritores como Juan Carlos Onetti, Felisberto Hernández, Armonía Somers y Mario Levrero.

Autor de culto desde la década de los setenta, Levrero se dio a conocer en la colección “Literatura diferente” de la editorial uruguaya Tierra Nueva. Allí publicó los cuentos de “La máquina de pensar en Gladys” (1970) y la novela “La ciudad” (1970), que junto a “París” (1979) y “El lugar” (1982) se encuentran en la “Trilogía involuntaria” (2008). Otros de sus libros son “Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo” (1975) –divertida historia de un detective loco y su secretaria ninfómana–, “Los muertos” (1985), “Dejen todo en mis manos” (1994) y “El discurso vacío” (1996). Mario Levrero trabajó como crucigramista durante varios años –oficio que lo hermana con el escritor francés Georges Perec– y también fue tallerista literario y autor de un manual de parapsicología. En 2005, poco tiempo después de su muerte, Alfaguara Uruguay publicó “La novela luminosa”, y ahora lo hace la editorial Mondadori. Este libro se convirtió no sólo en su más perfecto artilugio sino en una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana de los últimos años. Su trabajo, ajeno a las modas y la tradición, se define por la heterodoxia y una vocación transfronteriza.

Para continuar un proyecto empezado y fracasado veinte años antes, el autor uruguayo solicita una beca a la John Simon Guggenheim Foundation. Cuando se la otorgan, y resuelto el asunto económico, empieza con el “Diario de la beca” (que será el “prólogo” de 450 páginas de “La novela luminosa”), en el que cuenta cómo es que se gasta el dinero sin escribir ni una línea. Así, lleva a cabo la imposibilidad novelada de la novela, al estilo de “El libro vacío” (1958) de Josefina Vicens. Es un diario de lo inasible y el día a día de la no escritura. El relato pormenorizado del tiempo diluyéndose hasta acabar en relato. Desde el primer momento, Levrero abduce al lector con la letanía de la cotidianidad y los detalles de su no metodología para organizar la estancia y la escritura: Una de las primeras cosas que hice con la primera mitad del dinero de la beca fue comprarme unos sillones, hice venir al electricista y cambié de lugar los enchufes de la computadora, no, hoy tampoco me afeité, vino mi amigo, se fue mi amigo, me picó un mosquito, fui hasta el cajero automático y saqué doscientos dólares del señor Guggenheim, estoy listo para el proyecto, ya tengo aire acondicionado. A lo largo de un año describe sus obsesiones y sus sueños con desesperanza y humor. Da cuenta de las visitas, los talleres literarios que dirige vía e-mail, su fascinación por la computadora, los programas que él mismo diseña para organizar las tomas de sus medicinas, la reclusión voluntaria en un departamento en Montevideo, los breves paseos, algún trámite y sus lecturas de Santa Teresa, Rosa Chacel, W. Somerset Maugham, Thomas Bernhard, Philip K. Dick, y la evocación constante a Raymond Chandler. La descripción de sus mundos íntimos puede ser apabullante: la compra compulsiva de novelas policiales, la salud, la vejez, la muerte de sus padres, las palomas. El autor nos cuenta que observa con particular detenimiento las palomas en su balcón mientras hace bicicleta o no hace nada. Llegan de a una, en familia, en pareja, o a morir. Me pregunté qué sabrían de la muerte las palomas, apunta en noviembre para responder meses después, mientras el cadáver de una de ellas sigue ahí: La cabeza de una paloma sin plumas ni carne es puro pico, enorme en relación al cráneo. Con razón son tan estúpidas.

Un escritor singular y genial como sólo pueden serlo los grandes. Autor de culto y gurú para muchos jóvenes, Levrero eludió siempre los círculos literarios y se mantuvo alejado de cualquier canon. Odiaba las entrevistas, por inexactas y llenas de preguntas tópicas, juzgaba inútiles los prólogos y consideraba represora la crítica literaria. Buscaba el contacto puro entre el lector y la obra, y que así cada cual construyese su propia experiencia lectora. Su intransigencia en este terreno venía dada por el convencimiento de que la literatura debía transmitir una experiencia espiritual. Toda opinión previa —sobre todo las inducidas por los demás— introducía ruido en el hipnótico proceso de comunicación de alma a alma que suponía la lectura de un texto narrativo.

Heterodoxo. Ecléctico. Delirante. ¿Qué adjetivo usar para encerrar una personalidad tan escurridiza y una obra tan rica en matices? No ejercía de intelectual comprometido, no aspiraba a ganar galardón alguno y tampoco quería explicarle al mundo la realidad social de América Latina… Tan sólo pretendía contarse a sí mismo, narrarse en primera persona, explorar su psicosis controlada. Y no lo ocultó. Yo soy el tema de todos mis textos o Escribo para escribirme yo; es un acto de autoconstrucción dejó escrito. Se trata de un espectáculo de autoanálisis y desnudez. Tímido y retraído como era en lo social, el Levrero que novela su vida en forma de diario disfruta siendo narcisista, y encuentra bello narrar con pelos y señales hasta la más trivial de sus experiencias cotidianas, convencido como estaba de que en ellas se manifestaba su espíritu como artista. Sus búsquedas estaban lejos de lo que la crítica acostumbraba —y acostumbra— a considerar como «alta literatura». La gente incluso suele decirme: Ahí tiene un argumento para una de sus novelas, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones.

Además, era como un personaje sacado de una novela ideada entre Samuel Beckett, Lewis Carroll y Raymond Chandler, y no daba el perfil de Escritor. De Escritor con mayúscula, de esa clase de prohombre ‘letraherido’ del que tanto se burló Georges Perec. Confesó que le gustaba Julio Iglesias. También era fan de Schwarzenegger, Buster Keaton, Richard Lester y los hermanos Coen.

Quizá se refería a eso cuando dijo aquello de que alguna que otra opinión que uno deja caer por ahí, difícilmente o nunca, tienen una relación directa con el escritor. Uno era el Levrero que escribía y otro, muy otro, el que concedía entrevistas. Yo es otro, que decía Rimbaud refiriéndose al vidente interior que gobernaba su pluma. Eso sí, el Levrero que escribía lo hacía pensando en que sus lectores podían tener a mano un libro de Kafka o de Beckett, y abandonarle por ellos sin más. Así era su irreverencia o a su permanente intento por desacralizar la literatura —entendida en su sentido más aburridamente académico—.

Levrero sólo podía acercarse a la hoja en blanco sin un plan preconcebido, dispuesto a ser un médium de algo que estaba más allá de la realidad tridimensional que lo rodeaba; según él, había que escribir en trance. De ahí que le resultaran estériles y aburridas aquellas novelas que venían precedidas por fichas, estudios biográficos y demás recursos recomendados por algunos manuales literarios. Buscaba una creación orgánica, una literatura surgida de aquella verdad y convencimiento de los que hablaba Kafka, su gran maestro. Una narrativa cuyo método fuera explorar el dictado caprichoso e indisciplinado de la imaginación. Por eso, como explicaba en una entrevista, necesitaba algo oscuro que le despertase la curiosidad para vencer la pereza que da escribir. Todo un credo estético sintetizado en una oración. Para él no hay obligación de escribir. El escritor no era un oficinista que trabajaba de nueve a seis, con una hora para comer. Como Cortázar o Chandler, consideraba que había que sentarse en la mesa cuando el llamado de la escritura se volvía impostergable; entre tanto, había que dejar que el cuerpo elaborase —en el sentido psicoanalítico del término— sus sentimientos y emociones. Sólo había que detenerse ante la página cuando la máquina de elaboración interior —así llamaba a veces al cuerpo— lo exigía.

Lo que se percibe en una obra de arte es el alma del artista, toda ella en su conjunto, por un fenómeno de comunicación alma-alma entre el autor de la obra y quien la recibe. La obra de arte sería un mecanismo hipnótico, que libera momentáneamente el alma de quien la percibe y le permite captar el alma del autor. No importa cuál sea el asunto de la obra.

En sus talleres se lo contaba así a sus alumnos: Por ejemplo, si yo digo “Una mañana fui a trabajar”, estoy transmitiendo información intelectual, no artística, no literaria. Pero si cuento cómo me levanté, me puse la ropa, tomé el desayuno, salí a la calle, esperé el ómnibus en la esquina, subí al ómnibus, hice el viaje, llegué a la parada próxima a la oficina, caminé hasta la oficina… estoy desarrollando esa información en algo parecido a imágenes. Pero todavía estoy enunciando los titulares, haciendo un resumen. Todo esos tramos deberían desarrollarse en imágenes (por ejemplo, describir el color del cielo en la calle, la gente que había en la parada, la cantidad de baldosas rotas, mi estado de ánimo, los olores que se respiraban, el ruido de los autos, qué decía la gente en la parada, cómo era la gente en la parada, cómo estaba vestida, etc.; ahí estoy narrando en imágenes. Al hacerlo, doy mi presencia sensorial como narrador-observador y fabrico con ese estímulo de la imaginación del lector un estado de trance, durante el cual se vuelve receptivo A LO QUE NO SE DICE, o sea a mi entera presencia, a mi alma. Ahí se produce la comunicación y el intercambio; ahí el texto es un objeto vivo; ahí el lector puede fabricar su propio texto, porque sus imágenes no serán las mías sino las suyas, y las suyas serán más vívidas y coloridas que las mías porque las saca de su experiencia sensorial personal.

Cuando el yo busca, es difícil que encuentre, porque estorba, quiere dirigir demasiado en algo que no sabe. Gracias, Levrero, por haber dejado escrito aquello de Después de todo no es un pecado que un texto no sea perfecto.

Levrero por sus amigos

Levrero actor

Un ejemplo de su escritura

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Antoine Skuld

EL CRUCIFICADO

Por Mario Levrero

Fue lo bastante astuto o estúpido como para deslizarse entre nosotros sin hacerse notar, y cuando Eduardo lo advirtió tuvo que aceptarlo, porque había una ley tácita de que las cosas debían permanecer o desenvolverse así como estaban o transcurrían; si en cambio hubiera pedido permiso, sin duda lo habríamos rechazado.

Tenía pocos dientes, era flaco y barbudo, muy sucio, la cara amarronada, de transpiración grasienta, y el pelo enmarañado y largo. Un olor mezcla de halitosis, sudor y orina. Llevaba un saco hecho jirones, demasiado grande, y pantalones mugrientos y rotos. Lo que en él más llamaba la atención, sobre todo al principio, era la posición de los brazos perpetuamente abiertos y rígidos. Después se supo que tenía las manos clavadas a una madera y, examinándolo más a fondo, descubrimos que la madera formaba parte de una cruz (cubierta por el saco), rota a la altura de los riñones, y que terminaba cerca de la nuca. Las heridas de las manos estaban cicatrizadas, una mezcla de sangre seca y cabezas de clavos oxidados.

Al reconstruir la historia, imagino que alguien, y supongo quién, le alcanzaría algo de comer; porque la posición de los brazos le impedía pasar por el agujero que daba al comedor, y siempre estaba, por lógica, ausente de nuestra mesa. Yo me inclino a pensar que en realidad no comía.

En ese entonces estábamos dispersos y desconectados, no se llevaba ningún control ya sobre las acciones de nadie, y apenas Eduardo, de vez en cuando, sacaba cuentas. Hablábamos poco, y el Crucificado no llegó a ser tema. Sospecho que todos pensábamos en él, pero por algún motivo no lo discutíamos. Don Pedro, el más ausente, siempre en babia o con su juego de bolitas metálicas, fue el único que en un principio se le acercó, para advertirle con voz un tanto admonitoria que tenía la bragueta desabrochada. El Crucificado esbozó algo parecido a una sonrisa y le dijo que se fuera a la putísima madre que lo recontramilparió, con lo cual el diálogo entre ellos quedó definitivamente interrumpido.

Se mantenía al margen, con esa pose de espantapájaros, y más de una vez pensé con maldad en sugerirle que cumpliera esa función en los sembrados (que dicho sea de paso habíamos descuidado bastante; sólo la gorda se ocupaba del riego, pero a esa altura ya no valía la pena).

De noche entraba al galpón, necesariamente de perfil por lo estrecho de la puerta y le daba mucho trabajo tenderse para dormir. Al fin me decidí a ayudarlo en este menester, cosa que nunca me agradeció en forma explícita, y no imagino cómo se levantaba por las mañanas, porque yo dormía hasta mucho más tarde.

Era por todos sabido que el 1° de septiembre Emilia cumpliría los quince, y se aceptaba sin discusión que sería desflorada por Eduardo, como todas ellas. Después Eduardo se desinteresaba, y las muchachas pasaban, o no, a formar alguna pareja más o menos estable con cualquiera del resto.

Emilia era la más deseable y desarrollada: sus 14 años y nueve meses nos tenían enloquecidos. Ella, sin altanería coqueta, dejaba fluir su indiferencia sobre nosotros, incluyendo a Eduardo.

Tenía el pelo negro mate, largo y lacio, un rostro ovalado perfecto, ojos grandes y verdes, y un perfume natural especialmente turbador.

El 21 de julio, a la madrugada, me despertó el revuelo infernal, inusual, del galpón. Cuando logré despejarme vi que estaban en la etapa de fabricar los grandes objetos de madera. Habían encontrado a Emilia montada encima del Crucificado, los dos desnudos. Ahora, a ellos los tenían sujetos, por separado, con cables de antena de televisión. La gorda se ocupaba de los discos, doña Eloísa, baldada como estaba, se había levantado gozosa a preparar mate y tortas fritas, Eduardo dirigía las operaciones, un hervidero de gente en actividad febril.

Finalizados los preparativos la gorda puso la Marsellesa, y a ellos les desataron los cables y cargaron a Emilia con las dos cruces, porque evidentemente el Crucificado no tenía cómo cargar la suya nueva. A mitad del camino del cerro comenzó a insinuarse el amanecer. Era un cortejo nutrido y silencioso, y yo iba a la cola y no pude ver bien lo que pasaba, pero era evidente que les tiraban piedras y los escupían. Algunos transeúntes casuales se sumaron al cortejo, otros siguieron de largo. Yo no estaba conforme con lo que se hacía, pero no es justo que lo diga ahora; en ese momento me callé la boca.

Trabajaron como negros para afirmar las cruces en la tierra, en especial la de Emilia, que era en forma de X. A ella le ataron las muñecas y los tobillos con alambre de cobre, a él simplemente le clavaron la madera de su cruz rota sobre la nueva.

Los pusieron enfrentados, muy próximos entre sí, como a un metro y medio o dos metros. Emilia tenía sangre seca en las piernas y magullones en todo el cuerpo. El cuerpo del Crucificado era una mezcla imposible de marcas viejas y nuevas, cicatrices y cardenales.

Los demás se sentaron sobre el pasto. Comían y escuchaban la radio a transistores. Don Pedro jugaba con sus bolitas. Yo busqué la sombra de un árbol cercano, y miraba el conjunto con mucha pena, y también remordimientos.

Me quedé dormido. Cuando desperté era plena tarde. La escena seguía incambiada. Me acerqué y vi que se miraban, el Crucificado y Emilia, como hipnotizados, los ojos de uno en los ojos del otro. Emilia estaba más linda que nunca, y sin embargo no me despertaba ningún deseo. Los otros se sentían incómodos. De vez en cuando, sin ganas, proferían insultos o les tiraban piedras o alguna porquería, pero ellos parecían no darse cuenta.

Alguien, luego, con un palo, le refregó al Crucificado una esponja con vinagre por la boca. El Crucificado escupió y después dijo, con voz clara y joven que no puedo borrar de mi memoria:

—La otra vez fue un error, me habían confundido, ahora está bien.

Y ya nadie los sacó de mirarse uno a otro, y parecían hacer el amor con la mirada, que se poseían mutuamente, y nadie se animaba ya a decir o hacer nada, querían irse pero no podían, nos sentíamos mal.

Al caer la tarde Emilia había alcanzado el máximo posible de belleza, y sonreía. El Crucificado parecía más nutrido, como si hubiera engordado, y la sangre empezó a manar de sus viejas heridas de los clavos en las manos y de las cicatrices que nunca habíamos notado en los pies; también, por debajo del pelo, manaban hilitos rojos que le corrían por la frente y las mejillas. El cielo se oscureció de golpe. El Crucificado volvió a hablar.

—Padre mío —dijo— por qué me has abandonado.

Y después rió.

La escena quedó estática, detenida en el tiempo. Nadie hizo el menor movimiento. Hubo un trueno, y el Crucificado inclinó la cabeza muerto.

Todos parecían muertos, todos habían quedado en las posiciones en que estaban, la mayoría ridículas. Don Pedro con un dedo metido en la caja de las bolitas.

Me acerqué a la cruz de Emilia y le desaté los pies y las manos, con un trabajo enorme para que no se me cayera y se lastimara. Ella seguía como hipnotizada, la sonrisa en los labios y con su nueva belleza que parecía excederla, como un halo.

Sin querer tuve que manosearla un poco para sacarla de allí; pensé que debería sentirme excitado, pero no era posible, era como si yo no tuviera sexo. A pesar de mi tradicional haraganería la cargué en mis brazos, como a una criatura, y la llevé a la casa. Fue un camino largo, penoso, que mil veces quise abandonar por cansancio, y sin embargo no podía detenerme. Tenía los brazos acalambrados y me dolía la cintura, transpiraba como un caballo. En el galpón la deposité en la cama de Eduardo, que era la mejor, y después me tiré en el suelo, en mi lugar de siempre.

Al otro día Emilia me despertó con un mate. Yo lo tomé, todavía dormido, y después advertí que seguía desnuda y sonriente.

—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté cuando estuve más despierto. Pensaba en el cadáver del Crucificado, en toda la gente momificada allá, en el cerro. Ella se encogió de hombros y me respondió con voz infinitamente dulce:

—Ya nada tiene importancia.

Hizo una pausa, y agregó:

—Espero un hijo. Nacerá dentro de tres días.

Noté, en efecto, que su vientre se había abultado en forma notoria. Me asusté un poco.

—¿Busco un médico? —pregunté, y me contestó con la voz clara, grave y joven del Crucificado.

—No tienes más nada que hacer aquí. Ve por el mundo y cuenta lo que has visto.

Y me dio un beso en la boca.

 Fui al casillero y saqué los guantes blancos y el pullover; me los puse.

—Adiós —dije; y Emilia, sonriendo, me acompañó hasta la puerta. Era una día primaveral y fresco, lleno de luz, hermoso. A los pocos pasos me di vuelta y miré. Ella seguía en la puerta.

No me hizo adiós con la mano. Pero más tarde, en el camino, descubrí que hacía jugar los dedos de mi mano derecha con el tallo de una rosa, roja.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “Mario Levrero: “Es otro quien escribe, no soy yo”

  1. Es un honor para mí haber sido una de sus alumnos y también por qué no, haber sido su amiga. Hubo, por ejemplo, una noche después del taller, que me quedé un rato más para conversar con él en privado. Yo sentía la necesidad de contarle cosas de mi vida y terminamos contándonos los dos intimidades como dos íntimos amigos. Un hombre muy dulce. Su recuerdo como maestro y amigo persiste y persistirá siempre en mi.
    Esta nota, videos, etc que ha llegado hasta mí me ha parecido fantástica por lo bien delineada que ha quedado su personalidad y su calidad extraordinaria de Escritor. Muy útil para los que no lo conocieron en vida, sobre todo.
    Gracias Mario por todo lo que me enseñaste tanto en las letras como en la vida!

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