“Limbo”, un cuento largo de Alberto Richieri

I

Me encontraba bajo una bóveda enorme. No sé cómo y menos para qué había entrado en la nave. Tenía fiebre; pensé en el parásito. “Es un virus”, dictaminó el médico. Siempre te dicen lo mismo cuando, en realidad, se están diciendo: “no sé qué carajo tendrá este tipo”.

Un virus…como las computadoras.

Mis mucosas ya no sangraban. “Eso es bueno”, me dije, para alentarme. ¡Pero los muertos tampoco sangran!

“El cuerpo dejó de moverse, la sangre se acumuló en charcos, fue algo simple…”, habría escrito ese cronista imbécil. ¡Sí, claro, cualquiera puede morirse! Ahora…la Muerte, entender la Muerte, ¡ah!…eso, eso es más complejo. Además yo me muevo. Por lo menos, a veces sueño que estoy corriendo…

“Guarde reposo”, prescribió, por fin, el médico. Será para que el virus descanse.

 

II

Lo primero que vi, cuando abrí los ojos, fue una cifra: MCMXII. Estaba esculpida con negros caracteres en el dintel de lo que parecía una puerta. Levanté la mirada (¿en esa época las cosas podían ser?, ¿la gente se entendía?). Había un edificio como un hombre viejo: quieto, silencioso, resignado a mirar pasar el tiempo. Por entonces no existían los microchips. Solo enormes integrados que tapaban el sol y era un misterio lo que tenían adentro; quizá calles y autos, apartamentos con ventanas, gente, incluso; no gente enorme, normal, común nomás. Gente viviendo en esos apartamentos, creyendo tener una vida. Solo megacircuitos, gigabytes, semiconductores de pequeñas corrientes eléctricas, cerebros algo desordenados, especialmente personas cenando frente al aparato de radio (esas pequeñas capillas parlanchinas).

Sonaba el radioteatro de la noche y el niño, haciéndose un rulo en el pelo, se iba quedando dormido. La historia hablaba de un boxeador en el ocaso de su carrera, querido más que nada por su perseverancia, preparándose para su pelea final contra una figura ascendente, más joven, quien no solo había ganado siempre por knockout, sino que era particularmente sádico con sus rivales. Él sabía que llevaba todas las de perder. Pero, además, el protagonista se mostraba atormentado, perseguido por un enemigo oculto, un enemigo implacable, que lo iba minando a cada paso y que nunca había sido visto –ni oído- por nadie. El entrenador decía que ese enemigo no existía y que su pupilo desvariaba. La radio. Fiebre, seguramente.

Ellos, casados “de apuro”, formaban (digámoslo así) una pareja que no hablaba mucho. En particular el hombre. Este levantó a su hijo dormido, lo llevó hasta su cama, le sacó los zapatos, para evitar los gritos airados de su mujer, y se fue al baño. Tenía que madrugar; el padre siempre tiene que madrugar y cuando el niño despierta el padre ya no está.

Miré hacia otra ventana: era la última ventana, la única de la sala por donde el padre, sin más venas para la morfina -pero sí lugar para dolor-, miraba las ramas de los árboles. Ni hojas ni pájaros: debería ser el radio o el cobalto. Sobre todo nada de pulmones: el padre respiraba con la mirada. Resistía. “Un virus”, había dicho el médico.

No soporté los ojos de la madre. Su forma de no pensar. Sus ojos de ya haberlo vivido, quizá con su padre o con su hermano menor. Pero pronto tendría mucho en qué pensar:  en su hijo. ¿Y el niño? No lo veía ahora; se me había perdido.

La radio calló. Mi venganza sería el virus infiltrado en los microchips. Salí del dormitorio: un corredor sin fin, en penumbras.

 

III

Me sobresalté, pero era un pequeño sacudimiento de la nave. Una estrella flotando en el vacío. Una nave construida para seres gigantescos. Nosotros -digo nosotros solo por aquello de pertenecer- apenas si llenábamos una de sus alas. Una masa oscura de seres; no conocía a nadie. Había un piloto, capitán, comandante, qué sé yo; Días Cono, escuché que le decían. Ese sí que tenía algunos genes de los colosos: eran como doscientos quilos erigidos en más de dos metros de altura. Sobrecarga, pensé. Imaginé su sangre esforzándose desde la planta baja hasta la azotea y a su bomba roja a todo trapo. Sí, ¡una maravilla mecánica! Y es que en realidad me hacía acordar a un trompo: la túnica blanca le apretaba en la cintura y luego su torso se afinaba hasta culminar en una cabeza chiquita y movediza, con todo ese andamiaje sostenido en unas piernas largas, gordas en principio, para después estrecharse y llegar a los zapatos diminutos y puntiagudos.

IV

¿A orillas del mar? Había caminado por la orilla, ganado tantos partidos de paleta con su amigo; eran invencibles. Pero ahora, terminado el juego, el amigo se colgaba su valijita al cuello, la abría rebosante de caramelos y salía a venderlos hasta perderse en los confines de la playa. Su amigo, el caramelero, mientras el hombre (todavía soltero y con los domingos libres) se zambullía, nadaba ida y vuelta hasta un islote cercano y salía a la superficie a respirar profundo todo el yodo de la orilla. “Respirar…” añoró el hombre, en una tregua del dolor, desde la cama de hierro.

Yo caminaba por esa misma orilla “el mar eterno y la caminata del padre, la definitiva”, culminó su nota el cronista (enfundado en su traje ajado) como si le importara o como si entendiera lo que estaba pasando. ¿Pero acaso yo lo entendía?

Ahí me vino un acceso de tos. Cada gota de suero sonaba como una campana rota atada con trapos. Todo se iba cubriendo con ese vaho sordo, mientras caminaba por el corredor oscuro del sanatorio (?), con ese resonar que teñía las cosas color caldo de cultivo. ¡¿Es que alguien sale sano de este lugar?! Los pasos sonaban a lejos, a inexorable, a ayer. No había presente; había una onda que se deformaba continua en el interior de los microchips, en los integrados enormes.

Pensaba en cómo la gente (no la enorme, la normal nomás) vio pasar la vida. Un respirar cuadripléjico. Sería el parásito, su inercia.

 

V

“¡Pasajeros!”, exclamó el piloto, y su cuerpo comenzó a girar.

Fiebre, me dije. Pero, con aún lentitud, todos fueron obedeciendo su llamado. Quizás había ejercido una fuerza centrípeta. Me uní a la manada, no del todo, no quería contagiar a nadie; por lo menos a nadie vivo, digamos. Guardé unos metros de distancia. “Guarde reposo”, había prescrito el doctor. Un virus.

 

VI

Una fuerte música de vientos hizo que todos se dieran vuelta y se dividieran en dos conos de sombra, como las negras aguas de un mar que algún profeta hubiese abierto para sus seguidores. Una (digámoslo así) parejita avanzó lentamente por la pasarela todavía mojada y con unos pescaditos aleteando. Él, un flaco alto; ella, más baja y rellenita; nadie notó la criatura que flotaba en su vientre. ¿Nadie? : tras una columna, el cronista se frotaba las manos pensando en el dinero que le iba a reportar su silencio.

Ellos desfilaron hasta llegar al mostrador de Días-Cono, quien luego de elevar en forma exageradamente solemne sus brazos hacia el techo de la bóveda, comenzó su arenga. Es decir, dio comienzo al trámite. Se jactó de haber estado 33 años casado con “Miss Universo”, título -a ojos vista- que sólo el amor –ciego de nacimiento- podría haber otorgado. Otra giganta. “¡Una morocha despampanante!” (ídem) “y tenemos doce hijos!”. Lo que el capitán-piloto quería decirle a la pareja de jóvenes que tenía delante, era que él sabía, que entendía de esas cosas. Yo transpiraba mi traje, no sé de dónde lo habría sacado, parecía especial para el evento. Traje de pasajero, tuve que reconocer. ¿Pero a dónde me dirigía? No tenía nada que hacer ahí. Días-Cono también transpiraba (tal vez tenía fiebre, igual que yo). Cada vez que él hacía una pausa, “Miss Universo” sacaba un inmenso pañuelo blanco del bolsillo derecho de la túnica de su esposo y le secaba la frente y el cuello. Enfermeras, recordé. La enfermera entró a la sala con una muda de ropa para la cama. “¿Podría ayudarme, señora? Sólo tengo dos manos” Controla que el gotero esté funcionando al ritmo necesario.

¿Es necesario sufrir tanto? El casal era bastante parecido… a qué… ah, sí, como sacados de arriba de una torta de varios pisos y mucho chantilly. El fotógrafo los acribilló con el flash. Claro que ella era muy bonita (¡una morocha despampanante! podría haber exclamado el tal Días Cono). Y al flaco –se notó en el beso del final- bueno, le pronostico ser llevado y traído de las narices, pero a cada cual su cruz.

El mismo cronista imbécil, con su infaltable traje mugriento (apenas oreado para la ocasión) hacía como si estuviera escribiendo notas jugosas en su libretita ajada de siempre, cuando en realidad, estaba aguardando, con sedienta avidez, a que llegara el momento del brindis y los bocaditos para, luego de saciado, embolsarse el efectivo por mantener su boca cerrada (aunque eso no le impediría eructar varias veces).

Volvió la tos; tenía que escupir y no tenía pañuelo; me acerqué a la mesa de los sándwiches, tomé una servilleta y me hice a un costado, tratando de no ser visto –sobre todo oído- por nadie. La servilleta quedó cargada con algo espeso y rojizo; la estrujé y la conservé en mi mano.

VII

   Mientras la nave flotaba en el vacío, él despertó de golpe, miró a su costado y no entendió. Encontró a una mujer desconocida, más joven, una mujer de rara belleza. Le encantó su nariz. Pero no entendió; se sentó en su cama, volvió a mirar: estaba sólo, otra vez. Se puso el traje y le subió el cierre. Calzó una pantufla, no encontró la otra; “siempre pierdo algo”, se dijo. Pero, después de todo, ¿este sería él? No recordó usar pantuflas. Y además, esa cama parecía ahora una litera.

Mientras la nave flotaba en el vacío, caminó en penumbras, se golpeó el pie descalzo y casi cae. Abrió la puerta del fondo, aspiró con fuerza y sintió el aire refrescando sus pulmones. El bosque se abría ante él. En un recodo encontró al niño; estaba ensimismado, mirando el piso. De repente el niño levantó la cabeza; algo debió asustarle y salió corriendo. Quiso detenerlo, hablarle, pero se le escapó de las manos.

Mientras la nave flotaba en el vacío, tiró la única pantufla –no era suya después de todo- y caminó por un sendero lleno de aromas y sombras difusas, hasta llegar a un río; no resistió mojarse los pies. Luego se quitó el traje y fue metiéndose en el agua que fluía silenciosa: aunque fría, estaba agradable, dulce. Sumergió su cabeza; contuvo el aire con que había llenado sus pulmones. Estaba en el medio del río; nunca hubiera podido imaginar lo profundo que era.

Mientras la nave flotaba en el vacío, él abrió sus ojos bajo el agua. Dejó escapar una burbuja, otra. Vio medusas que se mecían lentas, suspendidas. Vio un cardumen deslizándose a un lado, a otro, cambiando de tonalidad – ahora brillante, después opaco- lo observó alejarse, acercarse a él. Dejó escapar más burbujas; entonces sus pies tocaron un lecho de cantos rodados. El cardumen, de golpe, se dividió en dos grupos, uno sombrío, el otro plateado.

Mientras la nave flotaba en el vacío, vio una criatura nadar, aproximarse; era extraña, de rara belleza; se impulsaba como las algas, los brazos hacia atrás, pegados al cuerpo. Se detuvo frente a él: tenía ojos de cielo, levedad de ave.

La criatura se le acercó más; extrajo una flor de entre sus senos y se la ofreció. Nunca había visto una flor tan hermosa: la tomó; su aroma era amargo. Ella extendió sus brazos, quiso tocarle la cara, los hombros. Él retrocedió – la flor se disolvió en sus manos-. Se sintió en peligro. Se ahogaba. “No hay belleza sin peligro”, le respondió la criatura con la mirada. Él se aterró; expulsó de golpe todo el aire que le quedaba en los pulmones e intentó subir. ¿Ella le aferraba de un pie y del otro o eran ramas enredadas en sus piernas? Desesperado logró desprenderse y salir a flote. Nadó hasta la orilla. Su cuerpo llovía sobre la arena. ¿Habría estado soñando? Trataba de convencerse de que lo había soñado y se dispuso a ponerse el traje, cuando volvió a sentir aquel amargor: tenía sus manos impregnadas. La flor.

Presurizó su traje, mas seguía descalzo. No comprendía que había sido todo eso, qué le estaba pasando…

Mientras la nave flotaba en el espacio, caminó cuesta arriba, sin mirar para atrás y llegó a un pasaje estrecho. Los árboles formaban paredes hasta el cielo.

 

VIII

“Desemboqué en un compartimiento casi en penumbras; olía a papel impreso y abandonado. A ratas. “No hay belleza sin peligro”, sí, recordó haberlo leído, alguna vez, pero, en dónde. Una mujer y un hombre atendían el negocio. Un laberinto de altas bibliotecas hasta el cielo raso; libros viejos.

El hombre parecía postrado, y a la vez lúcido; tenía mirada de depredador cansado, se humedecía continuamente los labios con su lengua. La mujer se aproximó: vestido rojo, moño recogiendo su pelo negro. Me miró, miró mis pies desnudos. Más joven, una extraña mujer; su nariz removió en mí deseos dormidos. Había aprendido francés desde niña, pero no leído las Anti memorias; “no hay belleza sin peligro”, yo tampoco estaba seguro de haberlo leído en ese libro. Ella debió ser “encantada” por el hombre, cuando éste tenía todavía la potencia del veneno. Ahora, él sólo podía hablar de aquello que le hacía sentir su autoestima en lo alto: un prestigioso autor que le dedicó la primera edición de su primera novela escrita 40 años atrás – ilustre pasajero de la nave- (los ojos del hombre habían adquirido un resplandor rojizo y a mí me viboreó un breve escalofrío) o aquella pasajera –nada ilustre- podrida en tarjetas oro o las traducciones completas Gallimard del inglés, del alemán, del ruso; un siseo gastado a los ojos de algún extraño. Miré a su mujer (había caminado hasta un recodo; estaría buscando el libro que le había pedido): su sensualidad resignada en el moño, pero latente en sus manos, en la forma que tenía de hacer cierto mohín con los labios y el leve estremecer de sus narinas. “Es una búsqueda, un camino a iniciar, a perseguir, y no se la alcanza sin el ardor rondando de la muerte”, escuché una voz en mi cabeza.

Entre tanto, el hombre había seguido enroscándose en sus propios comentarios, sin que nadie lo escuchara, hasta callar, arrellanarse en un rincón oscuro; aceptar su actual condición: un ser arcaico y aletargado.

Entonces la mujer me llamó con un delicado curvar de sus cejas. El lugar era sumamente intrincado y estuvimos caminando un buen trecho. Por fin se detuvo frente a una biblioteca muy antigua: las molduras reproducían las ramas de un árbol; el aire olía a fruta madura. “Un árbol frondoso”, pensé. “Aquí están los libros más sabios”, me dijo. La mujer apoyó un pie en un estante y tomó (más bien tendría que decir que casi tuvo que arrancar de su lugar) un pequeño volumen de tapas moradas. Ella parecía en verdad encantada: lo acarició con delicadeza, inhaló profundamente su aroma y lo apretó contra su pecho. Después de un momento que pareció eterno, pudo abrirlo y leer (o devorar) unas líneas para sí (el movimiento de sus labios era exquisito). Luego cerró sus ojos, respiró profundo y me lo ofreció, abierto, cálido, como si me diera un tesoro, algo que se da por primera vez.

No era el libro que esperaba. Pero, no sé si habrá sido el color intenso y la suavidad de su piel, que se me hizo irresistible la tentación de palparlo, saborearlo, tal como había hecho ella. Y a pesar de los exóticos caracteres, quizá de un idioma perdido, algo en mi ser absorbió el zumo de esa pulpa. Me sentí más poblado. Tuve la certeza de que ya nada sería como antes. Vislumbré que se abría un mundo desconocido, una gran oportunidad. También me abrumó un profundo sentimiento de desgarro, de pérdida.

Fue como un relámpago. La mujer se quitó el vestido rojo como se desecha una cáscara. Volvió a apoyar el mismo pie en el mismo estante, extendió sus brazos hacia los costados y se aferró al lomo de unos pesados volúmenes Gallimard; giró la cabeza sin mirarme (creí ver su lengua rozar apenas los labios). Esperó.

Dejé el libro abierto en el suelo, que pareció marchitarse. Con el anverso de mis dedos acaricié el nacimiento de su cuello y comencé a descender por la espalda. Despresuricé mi traje, bajé el cierre de cabo a rabo y me lo quité. Me pegué a ella, abrí mis brazos, cubriendo los suyos, cubriéndola toda y apreté sus manos. La invadí… Su cuerpo vibró tanto, que todo mi ser se desbordó en una interminable descarga de delicia, de locura. Y fue la primera mujer y la última…todas y ninguna a la vez. Era el laberinto mismo. Supe entonces, que me perdería en ella, en su sueño, y que, quizás, no podría o no querría despertar. Pero yo debía continuar con mi propio sueño.

La nave se conmovió. Encendió su rosetón, que parpadeó varias veces –luz que viene de dónde- hasta iluminar una cruz –ni en la tierra, ni en el cielo- una cruz quemada y vacía.

“Creí sentir un reptar que se aproximaba y una voz que siseando entre los estantes me reclamaba. Se parecía a la voz que escuchaba dentro de mí. Pensé en el parásito, en su antiguo horadar; en que ya no podría expulsarlo. Y otra vez el escalofrío viboreando en mi cabeza”.

Abrió los ojos de golpe. Estaba empapado. Fiebre. Un virus. Se encontraba sólo, a la deriva, una vez más.

“Entré a la sala en donde moraba el giga-cerebro; estaba en las entrañas de la nave. Miles de ventanas me reflejaron: los ojos de la máquina; múltiples como los de algunos insectos. No sé por qué recordé a la criatura del río, a la flor disolviéndose en mis manos: su aroma había vuelto a mí. Estornudé con fuerza y salpiqué para todos lados”.

¡¿Qué está haciendo, qué fue lo que dijo, quién es Ud.?! me gritó un mono que se parecía a un hombre. ¡Sólo personal autorizado, sólo personal autorizado!, siguió gimiendo; era un oficial de la “Intelligenz”. Perdón, perdón, le dije –siempre hay que andar pidiendo perdón-. Mientras me sacaba a empujones, estornudé otra vez. Mi pañuelo se manchó de rojo. El mono se horrorizó. Una recaída, le dije. Un virus, dictaminó un doctor de a bordo. Pero la sangre estaba seca, vieja. Ni siquiera era sangre (el de a bordo debería ser doctor en abogacía) olía a salsa: tomates y morrones; y ajo, sobre todo. La última vez que comí tallarines. La madre los amasaba cada domingo; el padre se encargaba de cortarlos, era todo un experto. Tallarines con tuco. Y estofado. Encontré al niño sentado a la mesa; le daba, a escondidas de la madre, pedacitos de carne a su perro blanco.

Todo hijo ve a su padre como un gigante. Invencible. A la madre, tal vez, la sienta más vulnerable; pero una giganta; en especial en algunas circunstancias. Es el profundo eco de le sangre.

Volví a estornudar. Perdón, perdón, ya me voy. Y volvieron los empujones y yo seguí estornudando”.

Un rumor recorrió la sala del hiper-cerebro; sus ojos pretenciosos comenzaron a inundarse de códigos a una velocidad demencial; a cada instante, el rumor callaba y todas las pantallas reproducían una frase, siempre la misma y por menos de un segundo, para volver al rumor, que se iba pareciendo a un ronquido; y otra vez el vértigo de los códigos; entonces reaparecía la frase y el proceso continuaba.

El cronista, después de adular a sus amigos de la “Intelligenz”, logró que lo dejaran acercarse a un monitor. Un sudor frío bañó su cara y sus manos, esbozó una sonrisa y aunque tampoco entendió, en un temblor y con penosa lentitud, fue anotando letra a letra, para formar palabra por palabra, hasta que por fin logró completar la frase en la última página de su libretita ajada.

 

IX

Una estruendosa palmada en la espalda hizo que me despertara; era Días Cono que me felicitaba por haber ganado un “petit tour” por lugares exóticos” (parece que D.C. –el trompo- se hacía un extra con giras turísticas) “porque tú te haces, digamos, demasiadas preguntas, pasajero” (parecía que me hubiese leído la mente).

Esta vez no había venido acompañado por “Miss Universo”, una verdadera pena. ¿Qué paisaje me tocaría en suerte? Miré alrededor. ¡Nos hallábamos al borde de un abismo! “Ahora vamos a descender hasta aquel mundo, pero no temas, yo iré primero y tú detrás”. Me asustó la palidez de su rostro, aunque quizá sólo se tratara del reflejo de su túnica, blanca como nunca.

Llegamos a la entrada de otra bóveda enorme. Un pabellón repleto de receptáculos a derecha e izquierda, con elásticos de hierro.

“En estos pasajeros el parásito está a ojos vista”, dijo con sorna. Me vinieron ganas de golpearlo hasta que su cara se pareciese a la de los agonizantes y arrojarlo a un receptáculo. Pero en seguida se puso sombrío y volvió a atemorizarme. “No los mires demasiado, ¡son tantos! Y sector tras sector          la cosa empeora ¡si te digo que algunos hasta a mí me asustan! Ni siquiera las enfermeras se atreven a acercarse a los pasajeros que están en el último pabellón: apenas si les tiran desde lejos pan embebido en agua. ¡Y no querrás tener nada con esas enfermeras!”

Los gemidos de los condenados hacían temblar la bóveda eterna. Pedían perdón. ¡Nadie merece este martirio! ¿Qué hicieron, por qué están aquí?

¡Son culpables! ¡Todos lo somos! La cuestión es cómo purgar nuestra culpa. Pensé en cómo expulsar a mi parásito.

Acá sólo sé de dos clases de pasajeros: los que no supieron sacar la bestia de sí y los que pretendieron extirpar al creador de sus entrañas. Además sabrás que no soy yo quien los juzga, dijo el guía-piloto, encogiéndose de hombros.

¿Y qué clase de pasajero sería yo?

La nave, un crucero miserable con un solo destino. Inevitable. Alguien alguna vez pudo pensar que era un refugio, pero nadie logra refugiarse aquí. Y el pasaje es muy costoso.

“¡Ah! ¿Porque creías que el aire era gratis? ¡Menos que menos el aire!”, me dijo D.C., aunque ahora yo ni siquiera lo había mirado.

“¡Y ahora, fuera de aquí, se acabó el recreo! ¡Espero que hayas aprendido algo! ¡Te dejo, ya conoces el camino!”

Entonces, el rostro de Días Cono, que había permanecido pálido durante todo el trayecto, comenzó a cambiar de tono hasta ponerse cada vez más rojizo, y cuando ya estaba totalmente rojo, me miró fijo y apoyó su nariz contra la mía (transpiraba, casi ardía): “te recomiendo, mejor digamos, te advierto (y aquí hizo una pausa para secarse la frente y el cuello con su pañuelo empapado) que si te llegas a cruzar con la nurse jefa de piso, ataviada con una oscura carpeta, por ningún motivo hables con ella, ¿me oíste? (a mí me dio una fuerte puntada en la espalda, como si hubiera recibido un puntapié) y ni se te ocurra mirarla, baja la vista y sigue tu camino; sus subalternas, los médicos, hasta los guardiamarinas la llaman “la Gorgona” y tiene muy bien ganado su apodo”.

Podría jurar que tras callarse, la cara de D.C. se prendió fuego; sus motores se habrían encendido, porque su cuerpo comenzó a girar y a zumbar, como el trompo que me imaginé que era, hasta desaparecer en el piso. El puntazo en le espalda persistía en su morder; fui desandando el camino, con cuidado de no mirar para atrás. 

¿Para qué se habría reunido tanta gente? Una abigarrada marea en la oscuridad, un cardumen quieto, pero expectante, diría, ocupando las cuatro laderas que convergían hacia una lona cuadrada: una isla de luz.

En ese pequeño corral dos gigantes, como dos colosos de piedra, los brazos en guardia, sin movérseles un pelo. Estatuas de carne y hueso. Me acerqué, sólo un poco; la desconfianza del parásito. Entonces se produjo otro sacudimiento de la nave (las aguas se estremecieron) sonó una campana, el público despertó de su letargo y los gigantes comenzaron a pelear. El que tomó la iniciativa pegaba con tal violencia, que se vio que sería un combate desigual. “¡Dale, reventale la cara! “¡Sangre, queremos ver sangre!” (la sombra de la bestia asomando su cara en los hombres). “¡Partile el hígado!” “¡Los brazos!” “¡Hacele polvo los pulmones!” Era la lucha final y todos estaban en contra del más débil. El cronista sacaba apuntes en su libretita mugrienta: “Se defendió girando el cuerpo, respondió con varios golpes, tiró unos ganchos, algunos uppercuts, en especial con el puño izquierdo, mas el oponente era de raza”. Es como pegarle a una piedra, debe haber pensado el agonista: “Traté de protegerme, más que la cara, el pecho. ¡Resistir, tengo que resistir!”. Tenía que resistir, pero él sabía que llevaba todas las de perder (“sentiría sus músculos como si fueran de estopa”, leí en una hoja pisoteada que se había escapado de la libretita) El coloso estaba cebado y no paraba: un verdugo. El público deliraba de placer. “¡Pegale abajo, abajo!” “¡Hacelo mierda!”. Mis mucosas volvieron a sangrar. Me costaba respirar. Se me nublaba la vista. El virus, me dije. Pero sentía otro dolor, uno que viene de adentro, el dolor ante el dolor del otro, el más humano.

Al principio me había parecido que ambos eran igual de enormes. Ahora, el que estaba contra las cuerdas, sin aire, los ojos hinchados de sangre, se me hacía ante cada nuevo golpe, más y más pequeño. Sería la fiebre.

Entonces el verdugo sostuvo a su víctima por el mentón y lo exhibió, arrogante, sádico, como ofreciéndolo a la muchedumbre. “Los brazos le colgaban como mangas vacías”, constató el cronista (después de secarse la baba en su saco mugriento) para el periódico de a bordo. Todos bramaron, se pegaban entre sí, vomitaban: “¡Matalo, matalo!” “¡Matá a ese hijo de puta!” (vi al niño correr despavorido tras las gradas). Y el verdugo cumplió. “La cabeza del hombre golpeó en la lona con un ruido de nueces quebrándose”, salió en primera plana (un imbécil, el cronista). Me arrimé más hasta quedar contra la tarima. Dos paramédicos subieron al cuadrilátero – olían a éter y a orina-. Desplegaron un traje negro sobre el piso (brillaba tanto que parecía mojado) y le abrieron el cierre metálico de cabo a rabo. Un hombre, no un gigante, un hombre común, su cara había dejado de sangrar, el hígado partido, sobre todo los pulmones. Un brazo se resistió a entrar en el embalaje; un brazo marcado con la cifra MCMXII-MCMXLV. “¡Resistí, resistí!”, le grite con la mirada. Y era tarde, pero el hombre se había ido con una sonrisa: su parásito ya no tendría dónde habitar.

Los paramédicos lograron doblegar definitivamente el cuerpo, vacío ya de su esencia, y lo incrustaron en una cápsula en la cual sería despachado al abismo.

El flash del fotógrafo iluminó su cara; lo miré por última vez. Se parecía al hombre de la cama de hierro, a su hijo, me di cuenta entonces de que me parecía a él.

“Debió ser un virus”, sentenció Días Cono, disfrazado con una toga de oro, mientras “Miss Universo” le secaba el sudor de las manos con un gran lienzo rojo.

Poco antes de llegar a su orilla, el hombre había buscado en la niebla. Su esposa, sentada al borde de la cama, de ojos cerrados, estrujaba un pañuelo empapado; parecía rezar. La bruma se hizo más densa y no encontró a su hijo; pensó que era mejor que el niño no lo viese así. Con la mirada, le pidió a su mujer que abriera la ventana, la única ventana que importaba. ¿Esperaría encontrar entonces, ramas con hojas y pájaros? ¿Y el frescor del aire? ¡Aspirar todo el aire, inundar su pecho de aire!

Cuando la mujer se dio vuelta, el hombre sonreía: ya se había ido.

“Estamos a la deriva”, dijo ella, sin mirar al médico mirando el lugar vacío de la cama; una oscuridad profunda se coló por la ventana y se quedó con todo el brillo de sus ojos.

“Aquella noche de las primeras convulsiones. Mi esposo se retorcía de dolor, largaba espuma por la boca, se ahogaba; y ahí estaba nuestro hijo, en el umbral del dormitorio, pálido, con sus ojitos de no entender, agarrado al marco de la puerta; le dije que se fuera a su cuarto y se acostara, que el médico ya venía, que su padre se pondría bien, pero él ni me miró. Yo sentí que no lo podía atender como era debido; ¡era tan chico! Y lo llevé a casa de sus primos. Cada vez que lo iba a buscar para que viera a su padre, salía corriendo. Nunca volvió a verlo. Y quedó apático, casi no hablaba. Habría cumplido los 10 años, cuando me enteré que un compañero de la escuela, con el cual se peleaba todos los días, le dijo que su padre había muerto por su culpa. Traté de convencerlo de que eso no era cierto, hablé con la maestra. Creo que en ese momento lo perdí. Quisiera protegerlo, abrazarlo y se aleja más; me desespera; yo le digo que tan sólo era un niño y no me escucha; tampoco pide ayuda; huye, busca saldar esa cuenta; toda una vida escapando. Y nadie puede escapar de sí mismo. Está a la deriva, igual que yo.

X

 

Desperté con la lluvia. “Ha estado lloviendo cuarenta días seguidos, murmuraba el cotramaestre. “¡Levad amarras!”, había ordenado el capitán-comandante, cuando cayó la primera gota (un tipo que domina el tema, que la tiene clara). ¡Cuarenta días! ¿Y dónde estuve yo, todo ese tiempo, dejando hacer a las polillas? “Usted estuvo guardando reposo; un virus”, dijo la enfermera, bellísima, mientras controlaba la máquina de respirar, vaciaba el orinal, retiraba la ropa de cama en donde el parásito había dejado su huella (“sólo tengo dos manos” –recordé- había dicho la azafata, también bellísima, del cuento que leí cuando sobrevolábamos el bosque). Me dolía la espalda, el pecho, transpiraba, fiebre seguramente. Me habían acostado con traje y todo. Como para estar listo para cualquier eventualidad. Un traje especial; espacial, diría. Me levanté sosteniéndome en cada cosa que tenía a mano. Pies descalzos, yo también llovía sobre el monolito del piso. Había una gran agitación en la nave. Días Cono impartía órdenes, tecleaba infructuosamente en su ordenador, oficiaba misa de cuerpo presente, mientras “Miss Universo” le sacaba el sudor de su frente y su cuello con un gran trapo negro. A pesar del dolor insoportable, yo los miraba sonriente. ¿Qué está pasando?”, le pregunté a un guardiamarina: “¡Estamos a la deriva, el sistema colapsó, un virus!”   ¡Así que no las tenés todas contigo, capitán!”, festejé.   “¡Sabotaje, sabotaje!”, gritaban por los pasillos los oficiales de la “Intelligenz”, levantándose el ruedo de sus vestidos.    Enormes integrados, billones de microchips, precisas descargas de energía y “a la deriva” como la vida. Un giga-cerebro de cristal de cuarzo y extrañas aleaciones. Yo no quería contagiar a nadie, a nadie vivo, digamos.

Volvió a mí el padre, el hombre de la cama de hierro, su batalla final. Respirar con la mirada, resistir, sobre todo nada de pulmones. También vino a mí su última sonrisa. ¿Y el niño?

Yo estaba desahuciado, cerca del final, pero sentí que por lo menos había hecho algo que valía la pena. Y que ahora había llegado el momento de pagar. Porque siempre hay que pagar.

Volví a la senda que Días Cono me había enseñado y llegué hasta la boca de la última bóveda. Un hervidero de gritos desgarradores. Mi parásito se puso nervioso: quiso abandonarme (la intuición del parásito) y yo le hice entender que en esto iríamos juntos hasta el final.

Uno de los condenados resbaló de su receptáculo y cayó a mis pies; lo reconocí enseguida, a pesar de que tenía el rostro desfigurado por las pústulas: era el cronista, con su infaltable traje mugriento hecho harapos. Ya no me pareció un imbécil; más bien un pobre diablo, uno cualquiera, como yo. Me hizo señas para que me acercara; despedía un olor nauseabundo. En su mano izquierda apretaba su ajada libretita de todos los días. Entre toses y escupitajos, me pidió que leyera la última página; su mano estaba tan agarrotada, que sólo pude arrancarle un trozo de papel: “Esa noche él sentó a la Belleza en sus rodillas…y la encontró amarga…”. ¡¿Estabas en el río, viste a la criatura, realmente sucedió?! ¡Respondé, respondeme! Parecía que le habían tapiado los oídos y los ojos; tuve que arrimarme más a él; no pude entender lo que dijo, intentó sonreír y se contrajo en un violento espasmo. En eso irrumpieron dos paramédicos que me empujaron (sentí un dolor tan agudo, que me pareció haber recibido una puñalada directo al pulmón) y se lo llevaron en una cápsula cuesta abajo. Traté de levantarme, cuando entonces, vi venir al niño: corría aterrado; lo perseguía una nurse furiosa, que apretaba contra su pecho una carpeta negra; sus cabellos reverberaban. No lo dudé, y a pesar de lo que me había advertido Días Cono, me interpuse en su camino (qué culpa podría tener él, era sólo un niño, no tenía que hacer nada aquí). La nurse tropezó con mi cuerpo y al ver cómo se le escapaba su presa, bramó como una fiera herida. Giró la cabeza y concentró toda su ira sobre mí. Ella me quemó con sus ojos de terribles y a mí las piernas comenzaron a pesarme como si fueran de piedra. Pero de golpe se contuvo; habría recibido una orden, porque abrió su ominosa carpeta repleta de hojas chamuscadas y luego de un rato de agudo sisear, rio con lascivia. Sí, entre tantos, ahí debería figurar mi nombre. Entonces se hizo a un lado, se sentó tras su escritorio y se puso a escribir, quizás, el informe definitivo en mi prontuario.

Aunque el sendero en declive me llamaba, sentí que debía darme vuelta: allá, a lo lejos, reencontré al niño; ya no corría; estaba apoyado contra el marco de una puerta; era la primera vez que me miraba a la cara; ¿se habría convencido de que no tenía ninguna deuda para saldar, comprendido que yo era un igual a él? Me despedí con una sonrisa y retomé la pendiente, arrastrándome, hasta que alcancé mi última ribera. El parásito había cerrado los ojos; era un bulto en la oscuridad.

Lento, fangoso, el mar eterno nos recibió sin una palabra.

 


 

*Alberto Richieri: Nacido en Montevideo el 23 de Agosto de 1951. Participó en el taller literario dirigido por Milton Schinca desde 1995 al 2011. Tiene trabajos publicados en dos libros de dicho taller: Palabras en Juego en el 2002 y Tiempo de Ser en el 2006. Actualmente publica poemas en Facebook.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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