Aurelio Arturo: el poema es un país que sueña

Por: Marco Antonio Campos

 

Igual que en Whitman, en Perse1, en Elytis o en Claudio Rodríguez, la poesía de Aurelio Arturo llama a la celebración, a la felicidad y a la delicia de los sentidos. A diferencia de ellos, su obra es brevísima. Cosa de catorce poemas que reunió en un pequeño tomo titulado Morada al sur 2. Para qué más si la siega terminó pronto y el trigo fue muy bueno. Como le confesó varias veces al poeta Mario Rivero, creía que todo lo había dicho en un libro, ese libro, que parece más un escueto espicilegio que una obra, y así pervivirá. Y más: algunos poemas, por cierto de los mejores, ya los había publicado jovencísimo en revistas y suplementos al principio de la década de los treinta.

Dos motivos axiales evoca en su obra: los paisajes de la infancia y la mujer. Algunas veces mujer y paisaje se integran sensualmente en los versos. Los poemas de Aurelio Arturo parecen escritos en los primeros días de la Creación y el jardín adánico es una tierra verde en el suroeste lejano de Colombia y las mujeres se reconocen en una Eva. Ese jardín se encuentra cerca del Ecuador y del Océano Pacífico, y se llama La Unión, pueblo de montaña, o mejor dicho, son los alrededores del pueblo: haciendas, campos, montañas, ríos, aldeas. Fue el jardín encantado, el gran jardín. De su pequeño mundo Aurelio Arturo hizo un mundo para todos. A su región el poeta venteño3 gusta designarla como país, como lo hicieron con Quebec en sus libros Gaston Miron (El hombre parchado) y Gatien Lapointe (Oda al San Lorenzo). Pero asimismo, para él, una muchacha y el viento y la poesía pueden ser un país.

Esa tierra verde recorre las páginas de Morada al sur. Tierra verde. Tierra y verde. Por un lado, el poeta apegadamente telúrico, y por el otro, el verde es el color sobresaliente en su obra. “Hoja sola en que vibran los vientos que corrieron/ por los bellos países donde el verde es de todos los colores.”4 Verde como casi toda la tierra colombiana. Y junto al verde conviven otros colores, pero quizá luego el que más se enciende es el amarillo: el sol, las estrellas, el oro, las espigas… No conocemos la tierra de Aurelio Arturo, pero él nos la ha hecho cercana, habitable, tocable.

Hay en Aurelio Arturo un lenguaje lírico donde nunca hay excesos y en el que incluso palabras se repiten con una nueva variante de un poema a otro. Las imágenes son leves, tersas, casi no pesan. Parece, al mirarlas u oírlas, que tienen la tersura del cuerpo de una mujer joven cuando se le acaricia. Por eso en su escueta obra son recordables las imágenes visuales, pero más las auditivas, y aún más, las táctiles. Entre las imágenes auditivas hay gritos, voces, murmullos, susurros, rumores, pero también pausas y silencios, y lo dicho en la escritura no ahondaría sin los matices de los silencios. No por nada Aurelio Arturo pregunta –se pregunta– que si acaso no hay un bosque que exista “sólo para el oído”.5

Oigamos lo que oye el poeta una noche: “Yo subí a las montañas donde un grito/ persiste entre las palomas salvajes.” Y el grito se nos queda fijo en el aire, allá, entre las palomas. Oigamos también cómo el viento “en el fondo de la noche pulsa violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.”

Pero lo que me cautiva más hondamente es esta delicadeza rítmica henchida de sugerencias:

 

Aún oigo tu anhelar,

tu germinar melancólico

y tu rumor de dátiles al viento.

 

Al leerlos entendemos que unos versos así no se parecen a nada de lo que se ha escrito antes y nos quedamos en un pasmo melódico.

Buen número de sus poemas son de una delicada pero a la vez de una honda sensualidad, lo mismo cuando describe a las mujeres en plural que cuando habla sólo de una: tibieza de cuerpos femeninos que parecen recorrerse con las manos y los labios y de los que la lengua bebe gota a gota el sudor. ¿No asegura por demás que reclinado ha podido adormirse mil años con el habla de las mujeres?

Fernando Arbeláez ha resaltado en un bello artículo6 cómo la obra del poeta venteño es lo opuesto de nuestro paisaje americano que ha sido como una casa de sangre, “salvaje y destructor y en la literatura enfermizo y malsano”. Así es, o al menos así lo era, hasta ese 1964, antes que la voracidad urbanística empezara ciega y bárbaramente a destruirlo. En los versos de Arturo se unen íntimamente el día y la noche (prevalece la noche)7, luz y sombras, el amigo sol y el campo de estrellas, imágenes de sueños e instantáneas de vigilia, mañana de la siembra y viento de la cosecha… Desde las haciendas y las aldeas, o en torno de ellas, se ven surgir milagrosamente, nos nacen desde la página nubes, vientos, ríos, montañas, palmeras, cedros, robles, y hojas, hojas, hojas solas. Y “entre grandes hojas, salía lento el mundo”, dice en algún verso que nos deja enmudecidos. Son tantas las hojas en sus versos que el libro parece un follaje.

Están, ya se dijo, las mujeres y el paisaje, pero en un bellísimo poema (“Canción del ayer”) surgen los amigos y hermanos antiguos, y por la lámpara mágica de la poesía vuelve a encontrarse con Saúl, de una voz como “barca melodiosa”, con Vicente, el menor, un ángel que escondía las alas, y con “el lejano Esteban”, a quienes recuerda en un salón, en la lectura compartida y oyendo la música de un piano grande.

Si se me diera escoger una brevísima antología de su brevísima obra propondría los siguientes poemas: “Morada al sur”, “Canción del ayer”, “La ciudad de Almaguer”, “Interludio”, “Rapsodia de Saulo” y “Amigo sol”. Alguien que escribe versos de esta índole: “como el ruido levísimo del caer de una estrella”, y: “Oh tú que recoges con tus hombros un cielo de palomas”, sólo puede ser un verdadero, un alto poeta. Admiremos una y otra vez sus poemas que nos llegaron desde el país del viento.

Reconocido de manera unánime en Colombia, Aurelio Arturo parece ser uno de los escasos poetas relevantes a los que no han manchado la envidia o la mala fe. Nació en La Unión, Nariño, en 1911 y murió en Bogotá en 1974. Paralelamente a su labor poética ejerció la abogacía y aun en algunas temporadas ocupó los cargos de juez y magistrado. Por fortuna, como entre nosotros Manuel José Othón y Ramón López Velarde, su trabajo no dañó su admirable lírica. Entre la vida y la vida literaria, este hombre retraído y discreto prefirió una vida sobria y lejana 

 

Notas:

  1. Me parece que sin Saint-John Perse el poeta de Nariño no hubiera sido el singular poeta que fue. Pero Augusto Pinilla, que conoció muy bien a Aurelio Arturo, enlista poetas que Aurelio Arturo siguió y admiró, en especial de lengua inglesa, destacadamente Yeats y Eliot. De Rimbaud, creemos, estuvo mucho más próximo a las Iluminacionesque a Una temporada en el infierno. De los clásicos españoles, Garcilaso, con su mundo de égloga, y sobre todo San Juan de la Cruz (a quien le escribió incluso un poema), en el uso de imágenes calladas y en el ritmo de unos versos tan ligeros como el correr del ciervo.
  2. La primera edición en libro, que data de 1963, consta de catorce. Consulté la de Editorial Panamericana del año 2000 que contiene un prólogo de Augusto Pinilla. Contando los que hay en la edición definitiva de la Colección Archivos de 2003, que coordinó Rafael Humberto Moreno-Durán, pueden ser más de treinta. Aurelio Arturo jamás habría publicado en una edición definitiva en libro aquellos sueltos, que quedaron sin que él los recogiera en revistas y suplementos literarios.
  3. 3. Extrañamente, el gentilicio de los pobladores de La Unión es venteños. Según información de gente del lugar, lo tomaron de una hacienda que ya no existe que se lla-maba La Venta, donde se fundara el pueblo.
  4. Viento y verde, diría Pedro Gómez Valderrama. La poesía de Arturo “se expresa a través del viento, de las gamas luminosas de lo verde” (“In Memoriam”, Golpe de Dados, núm. 13, Vol. iii, 1975).
  5. Desde 1963, cuando apareció Morada al sur, Fernando Charry Lara escribió en el diario El Tiempo: “La palabra no se entiende aquí por su solo sentido, sino por su naturaleza evocativa, por su capacidad sugeridora, por su carga emocional. A ellos, en sus mejores momentos, contribuye una cadencia que viene a ser casi no de sonido, por secreta, por silenciosa, sino de íntimo y callado soliloquio.”
  6. “Aurelio Arturo: Morada al sur”, Cuadernos, París, 1964. Recogido en la Colección Archivos, Barcelona, 2003.
  7. Quizá de la poesía de Aurelio Arturo lo que admiró más Juan Manuel Roca –lo emparentaba– son esas imágenes como de sueño callado que crea la noche (“Aurelio Arturo, revisitado”, El Espectador, 1994).
Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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