Niño Carro, un cuento de Andrés Burgos

Imagen de Mark Ryden

Se llamaba Julián y ya no era un niño, era mayor que nosotros. Debería tener unos quince años. Nosotros sí éramos niños. Quizás sirva de atenuante. Uno va matizando su crueldad con el ensayo y el error. Y aun así, un pinchazo de culpa se me incrusta en el esternón cuando recuerdo lo que le hicimos.

Las señoras del barrio se referían a Julián como ese niño. Nunca oímos a ninguna ascenderlo a muchacho. Le expidieron un pasaporte de infancia permanente, una dispensa para jamás enfrentar decisiones fundamentales, ni concertar con el banco un nuevo programa de pagos, ni escoger un fondo de pensiones, ni ser paciente con ella para poder vivir con ella, ni quedarse hasta tarde en la oficina y adelantar trabajo; en últimas, un salvoconducto para no mudar en otro. Si no hablaba bien, no iba a crecer: era la sentencia.

De su boca salían largas parrafadas cuando se ponía conversador. Pero no se le entendía un carajo porque era incapaz de articular más que un puñado de sonidos sin sentido. Los iba combinando de acuerdo con la extensión que le adjudicaba a sus palabras. Palabras que para nadie más conllevaban un significado. Al menos nadie que conociéramos. Era un instrumento musical precario de tres notas ejecutadas sin talento. Sus interlocutores se embarcaban en un juego de adivinanzas. Iban soltando hipótesis de lo que quería expresar y él asentía o negaba o con la cabeza. Esto cuando la comunicación fluía, porque cuando no era un buen día para el entendimiento, Julián simplemente agregaba a su declaración inicial nuevas retahílas hasta que su oyente de turno terminaba por claudicar y marcharse.

Niño era el término que más correcto les sonaba a los vecinos del barrio. Podrían haberle dicho bobito, pero ese apodo ya tenía dueño y, en todo caso, se refería a otro tipo de personaje más genérico, folclórico si se quiere, con babas colgando en la boca y un discurso errático de esos que emparentan la ternura con la lástima. Julián era otra cosa. Incluso su situación llegó a inspirar discusiones donde algunos sostenían que era bastante inteligente, pero que su limitación no le permitía desplegar su discernimiento como habría debido. Puede que fuera verdad. Puede que no. Nadie se preocupó por zanjar las dudas con una prueba contundente.

Julián era diferente. Era el niño carro.

La vida se le iba en correr. Transitaba de arriba para abajo las calles de La Castellana en rutas aleatorias que barrían todas las manzanas. No existía callejón desconocido para su pasos de maratonista. Sin embargo, jamás traspasó los límites del barrio. La 80, la 84, la 35 y la 33, avenidas con un flujo más ambicioso, se erguían como paredes de una pecera que no abandonaban sus piernas asombrosamente musculosas, secas y llenas de fibras templadas. La misma textura tenía su cuello, especialmente alrededor la tráquea. Seguramente las paredes interiores de su garganta serían iguales porque la ejercitaba tanto como su tren inferior.

Imitaba el sonido de un motor ronco mientras corría. Iba modulando su intensidad de acuerdo con la variación de las velocidades que dictaba la palanca de cambios que, obviamente, estaba a cargo de la mano derecha. A la izquierda le correspondía el cuidado del volante invisible. Dado el tamaño de la circunferencia que trazaba en las curvas, dedujimos que el carro que conducía era grande. Por lo menos más que un automóvil, pero tampoco mucho. La velocidad y la facilidad para maniobrar en espacios reducidos descartaban que se tratara de un camión. El color del vehículo nunca fue una pregunta; la curiosidad no siempre está emparentada con la imaginación.

El consenso era que iba montado en una camioneta. Como la Ranger de César, el hijo regordete y solitario de un mafioso que hacía rechinar el caucho de las llantas cuando pasaba a toda velocidad sin preocuparse de que la vía estuviera repleta de muchachitos que jugaban. César nunca atropelló a nadie, pero en una ocasión estuvo a punto de chocar con Julián, quien tampoco –que se supiera- llegó a arrollar a un peatón.

Una tarde, al doblar una esquina, ambos se encontraron de frente y solamente los libró de la colisión una coreografía de timonazos en sentidos opuestos. Quedaron arrinconados contra los linderos de las aceras. Después del aullido de los frenos respectivos, el tiempo se detuvo en un mutismo perplejo. Ambos conductores se contemplaron con gesto vacío y, en lugar de embarcarse en mutuos reproches, continuaron sus caminos bajo la mayor de las normalidades, el inconveniente olvidado de inmediato.

Eran días raros y pululaba la gente extraña.

El niño carro no tenía amigos. Lógico. Si resultaba difícil seguirle su discurso, más aun lo era mantener el paso que habría requerido la convivencia para establecer una amistad. Cada uno de nosotros era una máquina de energía capaz de enlazar un partido de fútbol con otro, filtrando varios paseos en bicicleta durante los intermedios, y todos sin excepción habíamos fracasado en el propósito de mantenernos a su saga por más de tres cuadras. Trescientos metros bastaban para firmar una rendición. Mientras se alejaba, llevaba una mano en alto y halaba de una cadena que solamente él veía. Dejaba así sobre el perseguidor, doblado y acezante, el graznido de un pato resfriado que aspiraba a ser un bocinazo burlón. Pensándolo bien, a lo mejor lo suyo sí era un camión. Quizás un barco, pero ya es forzar demasiado la especulación y no viene para nada al caso.

Tampoco parecía tener familia. En la calle siempre iba solo. Seguramente las dos tías con las que vivía no estarían para andar corriendo codo con codo junto a él. De las señoras apenas se sabía de su existencia. Eran muy discretas, demasiado, y no trascendían el saludo con los vecinos. No se les culpaba porque el paso por la tragedia justifica las aprensiones. De ser cierto el rumor que explicaba el destino de Julián, sus miedos estaban sustentados, si en realidad eran estos los que las mantenían alejadas de la calle y la socialización.

La leyenda decía que cuando el niño carro era niño los ladrones se habían metido a la casa de sus padres, a quienes mataron porque opusieron resistencia. El único que había sobrevivido al robo era él, pero no había salido inerme. Los delincuentes, aunque le perdonaron la vida, se la torcieron para siempre. No había certeza sobre la veracidad de esta historia, pero una cicatriz en la sien no dejaba dudas a cualquiera que estuviera dispuesto a perpetuar el mito: de un golpe en la cabeza habían convertido a un niño corriente en un niño carro.

Inabordable no era y se quedaba quieto por momentos cuando hacía paradas técnicas para amarrarse torpemente un cordón del zapato o respondía al llamado de algún vecino que le quería brindar hidratación. Fue normal entonces que acudiera, como un taxista solícito, cuando lo convocamos esa mañana de diciembre. Cayó directo en la redada que le tendimos sin saber que lo hacíamos o por qué lo hacíamos.

Ya dije que éramos unos chiquillos, pero me faltó agregar que igualmente éramos unos idiotas. Para llenar las horas que se extendían infinitas en el letargo de las vacaciones, carentes de los cojones para fumar, hablarles a las mujeres y colarnos prematuramente en los vagones de la adolescencia, nos embarcábamos en proyectos insensatos que se llenaban de atractivo si los proponía alguno de los machos alfa del grupo y no merecían más que burlas si me ocurrían a mí. En nuestro currículum figuraban un tejido con las cintas de varios casetes en las rejas del jardín de una viejita, la excursión a un lote baldío a explorar lo que no revestía ningún interés para terminar con un salpullido conjunto y la casa en el árbol.

La casa en el árbol.

La culpa fue de la confianza que nos dio la intimidad de la casa en el árbol del parque, que ni siquiera era una casa en propiedad. Nuestros conocimientos y herramientas no daban para tanto. El título ampuloso se lo dimos a una disposición arbitraria de tablones dispersos, clavados en las ramas horizontales, donde cada quien se acomodó como mejor pudo. Las paredes que brindarían el aislamiento del mundo exterior estuvieron garantizadas por la abundancia del follaje, de suerte que no hubo que esforzarse demasiado para contar con un refugio. El resto fue nombrarla.

A los tres días de la inauguración ya empezábamos a aburrirnos de esta guarida y la habríamos abandonado antes de no ser por la novedad que representó estacionar allí al niño carro. Quienquiera que hubiera venido con la idea le ganó un tiempo de interés a un espacio que ya se nos antojaba demasiado familiar para ser excitante. El niño carro, en cambio, vio en la invitación una novedad y prestó atención tranquila a cada uno de los detalles que le expusimos como si fuéramos a venderle una propiedad. A pesar de que se portó bien mientras tuvimos algo para mostrarle, su entusiasmo disminuyó cuando nos quedamos mirándonos las caras sin saber qué más decir o hacer. Amagó con irse y tuvimos que portarnos mal.

Si el que dio el primer paso fue el mismo que tuvo la idea de traerlo a la casa del árbol y sabía de antemano lo que haría, uno de nosotros era un genio de la maldad planificada. No lo creo. Aventuro que simplemente se trató de un acto reflejo individual que el resto siguió como manada condicionada. No existió una última palabra al respecto. Sé que la iniciativa no la tomé yo. Era demasiado cobarde para esos impulsos.

Lo cierto es que alguno alargó su pie, el empeine estirado en un movimiento de ballet, y lo apoyó suavemente contra la entrepierna del niño carro. Él se quedó inmovilizado por la sorpresa. Los otros compartimos su estupor y congelamiento. Pero nos envalentonamos cuando el que había extendido su pie empezó a frotárselo y a Julián se le asomó una sonrisa que le torció más el gesto, un retoque a una asimetría que ya le había asignado el capricho de la vida.

Le llovieron pies, prudentes para no convertirse en amenaza, pero ávidos de que algo sucediera. Pies juguetones que colaboraron con el pionero o lo relevaron en sus labores, pies que treparon por la parte trasera de sus muslos hasta las nalgas, pies que incluso perdieron un zapato para acariciarle con delicadeza la nuca. Pies que lo inmovilizaron como tentáculos de un pulpo omnipresente y activo. Resolló como no lo había hecho con ninguna carrera. La cicatriz de la sien se dilató, palpitante, y si no llegó a deshacer las costuras queloides fue porque la presión se liberó hacia una vena inflamada en su frente, sinuosa pero de ángulos quebrados. Un relámpago a plena luz del día.

Nos llenamos de ímpetu curiosos, de ganas de saber cuanto antes el final de una historia que no ya podíamos abandonar. Aceleramos los movimientos y, cuando se encorvó y tuvo un espasmo, creímos que se iba a desmayar. Nos alcanzó un efluvio de queso tendido al sol y ni así desistimos de la tarea. Difícil contener la risa. Solamente nos replegamos cuando se irguió renovado en fuerzas con la verga estrangulada en la mano que destinaba a la palanca de cambios. Ya no era un bulto abstracto bajo su pantalón corto sino un cilindro rugoso, tan sólido que bien podría haber sido una rama más, capaz de sostenernos a todos.

Volvimos a ser niños que querían huir asustados de un monstruo que se materializaba asomando la cabeza bajo la cama. Entre algunos gritos de alarma, el llamado general fue a saltar del árbol. Mientras los demás cayeron al suelo como frutos madurados de repente y emprendieron carreras en direcciones dispersas que los alejaban del parque, mi fuga se truncó. Para bajar hasta una altura desde la que me sintiera seguro descolgándome debía pasar junto al niño carro. En este trance, un grillete se cerró sobre mi muñeca y me impidió dar un paso más allá. La mano libre, que me retenía, se manifestaba tan fuerte como el resto de su cuerpo. Y encima estaba aliada con mi pánico. Era la del timón y el timón ahora era yo. Podía maniobrarme a su antojo.

Me quedé paralizado y de poco sirvió mi esfuerzo por retraer el brazo cuando empezó a llevar mi mano hacia él. Resultaba evidente que quería unir mis dedos con la cabeza de su verga, ahora brillante cuando la tocaban los fragmentos de sol que se alcanzaban a colar entre las hojas. A mis pupilas también parecía haberlas cubierto una pátina. Un brochazo impecable de llanto que buscó piedad en su mirada y solamente encontró la resolución natural, sin pernicia, de un depredador.

Más adelante en mi vida tuve un revólver frente a la nariz en un atraco, estuve en un avión a punto de estrellarse y me se me paró el corazón por un instante después de una línea de cocaína de más. He tenido la muerte al alcance de un beso. Sin embargo, en ninguna de esas ocasiones sentí tanto miedo.

Cuando la sangre volvió a circular por mi muñeca y pude arrojarme del árbol, emprendí la carrera más comprometida que haya tenido jamás antes de que mis pies tocaran el suelo. Corrí. Corrí tan rápido que ni siquiera el niño carro me habría podido alcanzar. Solamente me detuve cuando tres puertas, la de mi casa, la de mi cuarto y la del armario, se cerraron detrás de mí.

Con los demás ni siquiera comentamos después lo que sucedió. Yo era el menos interesado en retomar el tema.

En algún punto de los años siguientes, él desapareció. Y no lo notamos. Estábamos ocupados enfrentando decisiones fundamentales, concertando con el banco un nuevo programa de pagos, escogiendo un fondo de pensiones, siendo pacientes con ellas para poder vivir con ellas, quedándonos hasta tarde en la oficina y adelantando trabajo; en últimas, estábamos mudando en otros.

Hace poco lo vi en un aeropuerto. Iba acompañado de una de sus tías, la mano apoyada con suavidad sobre el hombro de la anciana. Solamente lo separaban de parecerse mucho a ella el cuerpo, que se mantenía sólido a pesar de haber ganado bastante peso, y algunos meandros negros en una cabeza que de otro modo habría sido totalmente blanca. Nunca antes lo había visto moverse tan despacio.


Andrés Burgos (Medellín, Colombia, 1973): Reparte su tiempo entre la literatura, los guiones de cine y los libretos de televisión. Considerado por la Feria del libro de Guadalajara como uno de “los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana”, dirigió la película Sofía y el terco, adaptación de su propio libro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.