“Lejos, lejos de casa”

Pintura: ‘Ellos’, de Andrea Broggi.

Cuando uno se aleja de Buenos Aires la tormenta lo persigue, y su nombre, como arena en los ojos, es capaz de nublar la estación más bella, o convertir el mar de una mirada en café y diario de lunes. A la mitad del viaje las gotas siguen resbalando en el vidrio de la ventana, y los relámpagos dejan ver por un segundo el campo cansado de miradas frívolas. Algo así debe ser la felicidad: el rock de la ciudad convertido en el sonido del tren sobre las vías. Y por puro insomnio, no por melancolía, te acordás de que unos días atrás ibas caminando por las veredas calientes y húmedas, Buenos Aires se había vuelto una nube oscura recostada justo arriba de tu pelo. Y mirando desesperadamente a través de cada ventana abierta, entendiste que ya no sonaría Eiti Leda, que nadie suspiraría un “lejos, lejos de casa”* unas horas después de que el tren se vaya de la estación.

Cuando uno se aleja de Buenos Aires, se eleva la sospecha que todas las mañanas amenaza el destino que escribimos sobre el cordón de la vereda de tu casa, ese destino que se borra con las palmas de mis manos frías, tan frías como estaban aquel día de lluvia en la estación, el año en el que el tren todavía no tenía los costados pintados de amarillo.

Y con los pies fríos y dormidos, no podés dejar de pensar que cuando uno se aleja de Buenos Aires la tormenta lo persigue, y su nombre… el tiempo por intolerante se detiene, la ciudad, el campo, todo se resigna por un momento, porque hay una marca en la ventana que me recuerda a la cicatriz de tu brazo. Cierro los ojos para verla mejor, y la cicatriz transparente se ilumina a la par del campo, ambos exentos de banalidades y sonrisas fingidas, el campo esperando la luz, la marca de tu brazo, una caricia.

Después de unas cuantas horas arriba del tren musical, sólo queda aceptar que la lejanía en realidad es pura perspectiva, unos ojos un poquito más abiertos al origen, a la plaza, al carro que pasa todos los días a las 5 de la tarde por la puerta de casa. Es un simple cambio, poco estratégico, aterrador, necesario, el del Jacarandá por el Naranjo. Así de vulnerable nos hace la distancia envuelta en un plástico que separa brazos y que enfría la luna que no podemos ver porque estamos demasiado ocupados mirándonos los pies, o la luz de los relámpagos que iluminan tus zapatos sucios y opacos.

Y a pesar del origen, del carro, y del árbol de naranjas, al cerrar los ojos vuelve a sonar Eiti Leda, inundándonos hasta los tobillos con la sensación de habernos olvidado la sombra en un subterráneo.

Cuando uno se aleja de Buenos Aires, la tormenta lo persigue, y entre zapatos sucios, silencios luminosos, y canciones de estación, te acordás de que estamos uno al lado del otro como dos torres de agua y peces, por temor a morirnos con los dedos fríos, nos atrevemos a mirarnos, sintiendo nuevamente la humedad en los pies, porque ninguno de los dos comprende de dónde viene el incendio del alma, porque nadie sabe en realidad de qué color son sus manos.


*Charly García.

antonellavulcano

"Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus". Argentina.

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