Pacecita

Imagen: Gabriela Manzotti

Yendo a hurtadillas hacia la cocina, a media noche para no perder la costumbre de pernoctar, me pinché el dedo pequeño del pie (por qué siempre es el dedo pequeño, por qué no el gordo, por qué no el pie completo, por qué no una mano) con una diminuta bandera blanca del tamaño de un grano de arroz. Para retirármela tuvo que ser necesario el cuerpo de bomberos voluntarios de la ciudad porque ningún brío casero lo logró. Lo peor de todo fue que tras el auxilio la herida se infectó tan pronto la extrajeron.

No era necesario retirarla por completo, dice el enfermero jefe, habría bastado que le aplicáramos alcohol etílico directamente en la herida y esta se hubiera encargado de rechazar el cuerpo extraño, o vomitarlo, mejor dicho. Alcohol y un poco de fe, continuó luego de una risita burlona, porque las banderas con fe se van más rápido que sin ella (no entiendo todavía lo que quiso decir, pero lo dijo y me hizo oírlo).

Ya sabe, señor Marentes, remató la auxiliar de enfermería, si vuelve a ser víctima de una bandera, del tamaño que sea, tenga un poco de fe y no nos necesitará. En menos de lo que canta un gallo habrá pasado la tormenta (en la facultad de medicina deberían, por lo menos, enseñar el significado de la palabra «metáfora»).

Así, con la cabeza dándome vueltas por las palabras de los responsables de mi recuperación, regresé a casa con la seguridad de que volvería suceder. Regresé sin miedo porque ya no podría suceder algo peor que oír lo que oí. Y esa misma noche, ayudándome con una muleta con talante de escoba vieja, regresé al sitio del crimen más o menos a la misma hora del evento anterior. No para beber agua esta vez ni para pernoctar sino para ser testigo del plan criminal en mi contra. En efecto, tras esperar unos minutos en silencio, de los abarrotes empezaron a salir unos soldaditos del tamaño de un fríjol grande, de un haba promedio, digamos. Traían consigo unas banderitas del mismo tamaño que la que me hirió, aunque no solo de la paz, también traían las de la ONU y la de la Cruz Roja (léase Luna Roja también). Las sembraron por todo el lugar siguiendo un plan trazado tiempo atrás por sus dirigentes (y tal vez los míos también). En principio pensé que se trataba de un campo minado de banderitas de paz y que deberían de ser inofensivas pero al acercarme un poco noté que todas las astas y las telas estaban manchadas de sangre de tantos que, como yo, no tenían la menor idea de lo que era la paz, su paz, y caían en la trampa de las apariencias.

Por más intentos que hice jamás se fueron de mi cocina. Por el contrario, pronto tendrían un campamento robustecido con helipuerto y tanques de guerra de acero puro. Desde entonces, ir a mi cocina caminando se ha convertido en una travesía para miembros de las fuerzas especiales. Por ello es que a mis invitados no les permito que lo hagan, no quiero que se lastimen. Además, en tiempos de guerra cualquier despensa es trinchera.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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