Malos lectores

 

Por: Jhon Agudelo García

 

Colombia es un país que no lee, dicen las estadísticas. Pero el problema, para mí, es que no lee bien. En la actual edición de la Feria del Libro de Bogotá se presentó un hecho que suscitó el debate: durante una de las jornadas, miles de seguidores de un hombrecillo, que aprovechando al máximo las posibilidades audiovisuales se convirtió en una estrella de internet, agotaron la boletería del evento dejando al margen a una gruesa cantidad de la otra masa, la que se decanta por algo acaso más intelectual. Yo, que fui uno de los excluidos por la fanática masa, que hice fila dos horas para que al final se me informara que desde hacía un buen tiempo se había suspendido la venta de entradas, me preguntaba qué diferencia había entre aquellos imberbes (en su mayoría) ávidos de su referente y los que más temprano se habían agolpado también frente a Corferias —seguramente informados de cada movimiento de su ídolo, previendo el caos posterior— para escuchar el automatizado discurso de Fernando Vallejo, con temas obviamente más loables y pertinentes en un contexto como el nuestro, pero igual de inaudibles dada la monotonía y el marco comercial en que se ha envuelto. De este modo, un discurso que otrora lo convirtió en blanco de amenazas, que lo obligó a abandonar el país, ahora le resulta altamente rentable, ahora es un grito mudo, tan previsible como la obra de su paisano Botero. Algo que, en el fondo, denota la sutil censura que se ejerce en tiempos donde la prohibición crea artistas de culto: lo que es peligroso para la hegemonía del poder dominante, lo compramos.

El discurso de Germán (youtuber chileno al cual he hecho referencia) es vacío e inerte. Al igual que para muchos lo es el de Fernando Vallejo, el de Svetlana Aliexevich (abordada por la multitud porque es Premio Nobel, no porque se escuchen sus voces de Chernóbil). Los malos lectores no leen a las vedettes, las siguen, las idolatran. De hecho, si se hace una somera búsqueda de los libros que la gente finge leer, se encuentra uno con que nunca falta Cien años de soledad. Todos aquí sabemos que hubo un tipo al que llamaban Gabo, se sabe que ganó un premio importante, algunos saben que escribía libros (para muchos era un tipo que hacía mariposas amarillas). García Márquez es un referente de la industria cultural colombiana, inmerso en la misma bolsa tricolor con el Pibe, Juanes y Shakira.

Etimológicamente, leer proviene del latín legere, que significa “escoger”. ¿Qué es entonces leer bien? Leer bien es escoger bien. Y escoger bien tiene un nombre: discernir. Cualquiera con un ápice de lógica podrá discernir que el caso del youtuber en la feria contiene una lección. Pero no nos adelantemos. Creo que es necesario validar los modos de este personaje, impedir que la crítica se quede en un simple cacareo de intelectuales radicales, de malos lectores.

Si se hace un recorrido por la filosofía del arte, se podrán observar ciertos temas en medio de los cuales se han ido formando aberturas. Uno de estos es la distinción entre el arte culto y el arte de las masas. Tomo a Danto y a Carey. Para Danto cualquier cosa puede ser una obra de arte, lo que le da ese carácter es la mirada especial del que sabe, del que, parafraseando a Gadamer: oye ese estribillo de su alma. Carey no discute esto con Danto. Agrega, sí, que los motivos para considerar algo como arte varían en cuanto tantas personas haya en el mundo. Lo que de fondo propone Carey es que no se puede banalizar la experiencia estética de una persona. Puede proporcionar el mismo nivel de satisfacción para un “buen lector” recorrer sin perderse los laberintos de Borges, que para un “mal lector” habitar los lugares comunes (porque de hecho para él no lo son) en la saga Crepúsculo, los vídeos de Germán o, incluso, en los discursos de Vallejo.

Ahora, con lo planteado, puedo expresar la contradicción que encuentro en la queja que los marginados aquel día (no todos, los malos lectores) han lanzado luego del episodio. Y es esto: los que califican el trabajo del chileno de basura y, en general, los que de cualquier forma lo señalan (a él y a sus seguidores) despectivamente, lo hacen desde una posición de superioridad; son los que sacralizan el arte, los que se ufanan de que nada más ellos entienden una obra y, por ende, le dan la espalda a medios a través de los cuales también es posible transmitir un mensaje (su contenido es tema de otra discusión). Levitan, se sienten más que otros porque saben quién es Nooteboom. Y juzgan, dicen: he ahí el síntoma de una sociedad decadente; pobres jóvenes, que no leen cosas de verdad, que no leen. Pero, en el fondo —y aquí radica la contradicción— no les interesa qué pase con ellos mientras su aura de intelectuales permanezca intacta. Si les interesara, no se elevarían, no juzgarían a la distancia, sino que se acercarían, tratarían de entender el fenómeno, formularían estrategias para compartir su capacidad de discernimiento, usarían los avances tecnológicos para enseñarles a esos “malos lectores” que la literatura que invita a reflexionar también es divertida, que no es una pila de mamotretos reservada para unos cuantos eruditos.

En consecuencia, estoy de acuerdo con quienes se han alejado de mí con el argumento de que no los he sabido leer. Pues al leer interiorizamos. Si sabemos leer, entenderemos la lección de aquel día. Leer excede las márgenes de un libro. Incluso excede las rejas que rodean a Corferias. Leer no es apartarse con un libro y olvidarse de lo que pasa con los demás. Ese es tal vez el modo más primitivo de lectura. O es, si se quiere, metáfora de la lectura. Porque leer si es apartarse, pero no de la sociedad; es apartarse de la celeridad del mundo moderno. Hacer una pausa. Y, desde la distancia, habiendo sentido el vacío fundamental que nos atraviesa a todos, ensayar lenguajes para que a nuestro regreso sea más amena la existencia.

 


Jhon Agudelo García: Medellín, 1988. Estudiante de Filología Hispánica de la Universidad de Antioquia. Publicó un libro de cuentos en el 2013: No es tiempo de crecer.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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