Rompecabezas

Imagen: Inescrdns.

 

Todavía no sé a qué voy a la Feria del Libro de Bogotá o a cualquier otra librería si siempre me sucede lo mismo, siempre regreso con la certeza de que hice mal mi trabajo de lector (o el de detective de rompecabezas, llamado lector en el resto del mundo) y que me quedó faltando algo por comprar, como le sucede al parroquiano promedio que va al mercado una mañana cualquiera de domingo y regresa con los ingredientes incompletos, y cuando digo incompletos quiero decir con cosas de menos o cosas de más, porque también, casi siempre, me sucede que llego con libros de más; siempre tengo la sensación de que compré mal aunque haya comprado lo necesario o, peor aún, nada más que lo importante.

Esta vez no fue la excepción: cuando me dispuse a revisar los libros que me partieron el lomo todo el camino el movimiento de mi brazo se prolongó en el vacío hacia ningún lugar porque mis manos, o lo que sea que esté en donde terminan los antebrazos de las demás personas, no estaban allí y, en su lugar, asomaron unas cabezas calvas y redondas sin la más mínima intención de germinar. Antes de buscarlas en algún lugar obvio, como mis bolsillos o el camino hacia la Feria, como pude, comencé la lectura de cada uno de los ejemplares intentando comprender por qué había dejado abandonada a su suerte aquella hermosa cajita de lujo con las obras completas de alguien que no diré por razones comerciales obvias que me ofrecieron a módico costo, o aquella edición ilustrada de aquel visionario del siglo diecinueve que me cautivó de niño con cada una de sus historias. Tardé toda la noche leyéndolos y terminé segundos antes de que mi despertador, programado para hacerlo de lunes a viernes a la misma hora, se manifestara en contra de mis obsesiones. Lo bueno fue que cuando lo quise apagar para ir a darme una ducha mi brazo siguió su camino, como sucedió con el paquete de libros el día anterior, y no lo pude apagar, así que seguí durmiendo en paz conmigo, pero en guerra con el mundo, porque a nadie se le perdona leer toda una noche y olvidarse de sus ruinas para siempre.

Nunca sé a qué voy a la Feria del Libro de Bogotá, o a cualquier librería, si siempre me sucede lo mismo, siempre regreso con partes faltantes o con partes de sobra, lo que en ciertos casos es positivo, sobre todo si se trata de tener más ojos para leer y menos bocas para alimentar. Lo mejor de todo, sin importar quién sale perdiendo y quién ganando, o quién no ganando y quién no perdiendo, es que cada noche el pobre mundo no sabe a ciencia cierta qué parte le queda faltando a quién y cuál sobrando a quién para comenzar la ardua tarea de intentar armarnos, y no puede irse a dormir hasta que la encuentra en una esquina mordisqueada por lo perros callejeros que no tienen qué comer porque sus dueños callejeros se andan comiendo las uñas para no comenzar su jornada sin desayunar como recomiendan los médicos que nunca han visto.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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