“No vivimos la vida: sucedemos en ella”: Alberto Rodríguez Tosca

“Todos somos extranjeros en el sueño”.

 Juan Manuel Roca.

En 1994 llega Alberto Rodríguez Tosca a Colombia, donde viviría, y amaría, hasta cuando su natal Cuba lo iba a reclamar para que fuera una flor de su tierra. Aún en ese momento, el poeta era extranjero, exiliado en sí mismo como se sintió en la gélida Bogotá en los largos 20 años en que la recorrió sin saber a dónde regresar; aún en ese momento el poeta se negaba a renunciar a la escritura, a detenerse. Se daba cuenta que, como dijera su gran amigo, “Todos somos extranjeros en el sueño”. Esa manera de trasegar la ciudad, ese modo de trasegarse, extrañado, perdido en sí mismo, es el hálito que envuelve todo el poemario póstumo que acaba de publicar la Editorial El Rey Desnudo.

En Cédula de extranjería se reconoce que Ítaca ha sido quemada en la memoria, se sabe que Penélope mutó su carne por una materia oscura, y ahora gime desarreglada en la habitación de un hotel pobre en el centro de una ciudad glacial. “En cada esquina me aseguro de que aún llevo la isla en peso doblada en el bolsillo”. El hombre es su patria, y es tal la resistencia al fuego, que lo desaparecido pervive, lo injuriado sonríe, y no hay tiranía o dictadura que puedan detener la poesía. “Esta ciudad no es mía”, leemos también, paso a paso por las páginas de este libro, y poco a poco las empezamos a habitar quienes hemos zarpado del sueño. Nos reconocemos en los versos de Rodríguez Tosca las personas que no nos hallamos a gusto en ningún lugar del mundo, que no sabemos ceder ante ninguna atadura, que todo nuestro activismo se resume en caminar, que consideramos la acracia como la única ley, divina y humana, que el cuerpo desnudo y el vino nos parecen insuficientes y vemos crecer el abismo de la insatisfacción cada vez que mordemos la carne y levantamos la copa. Nos reconocemos en este libro quienes hemos zarpado del sueño a Bogotá, quienes nos quemamos en el frío que esta ciudad tiene en el corazón y, aún así, no aceptamos otra forma de morirnos, abrazados a lo que no nos queda, esperando lo que no vendrá nunca.

El poeta se supo perseguidor y perseguido, por las palabras y la angustia, por el pasado, del que dudaba, por el futuro, que le causaba risa. “Mi delito soy yo. Y el juicio, y la condena”. Sabía que el hombre puede llegar a ser su propio verdugo, y que no hay más grande derrota que una vida que sucede a solas. Sin embargo, se dejó encontrar por la amistad, por las manos que encendían carbones en las tardes lluviosas. Y fue la generosidad de sus amigos la que le entregó la cédula de extranjería número 291294, en el afán de vencer la burocracia colombiana que, sin dudarlo, habría enloquecido a Kafka.

Ese noble gesto hace que Rodríguez Tosca bautice este libro tal vez con la intención de dejar un testimonio de su espíritu, transeúnte sublime.  Como si nos dijera que la poesía es la única patria posible del hombre, que en la comunión con la palabra está la verdadera paz a la que podemos aspirar. Imagino al poeta, con el recuerdo de su sonrisa al hablarnos de Lezama, diciéndonos que la muerte es la misma en el patio de nuestra casa que en Artemisa. “¿Qué te importa vivir en tierra extraña, o en la patria infeliz en que has nacido, si en cualquier parte has de encontrarte solo?”. Da lo mismo vivir, arribar que partir. “La muerte de un amigo es siempre una derrota personal”. Preferible, en ese caso, partir de primero para no asistir al entierro de los amigos, los únicos faros en la tierra, fósforos que noche a noche se encendían en las tinieblas, pan que aparecía en la mesa en la mañana y que sabía mejor que la niebla, voces que hablaban con el mismo tono de Vidales o de Piñeros, porque así como no hay patria, en la poesía, como en el sueño, todos somos extranjeros.

Cédula de extranjería es un libro fundamental dentro de la poesía de Rodríguez Tosca, que pareciera continuar con el ímpetu de Las derrotas (Ediciones Unión, 2006), y es un libro que nos da aviso de la belleza de la obra que el poeta cubano dejó inédita. Este honesto, humano libro de poemas, este dolor a lo Vallejo, esta rendición de cuentas, sitúa a su autor a la altura de la mejor poesía cubana del momento y, por qué no, de la mejor poesía colombiana.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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