Tres cuentos cortos de Giussepe Ramírez

*

Cuento para leer en clase

 

Salvatore no había tenido un buen año. Aunque el sol disminuía su asedio, hacía un bochorno tremendo en ese salón oscuro. Las ventanas estaban abiertas y los ventiladores a toda marcha intentando mitigar el calor. Faltaba una hora más o menos para que acabara la clase. Larrahondo los puso a escribir un cuento en el tiempo que quedaba, algunos incluso alcanzarían a leerlo. Máximo una cuartilla.

—Tiempo, jóvenes. A ver, que salga el italiano—dijo Larrahondo simulando estudiar la lista.

Salvatore salió al frente. Arrancó la hoja del cuaderno con violencia. Todos murmuraron y rieron cuando leyó el título: Cuento para leer en clase. Larrahondo también desconfió del título y lo juzgó escuelero. Salvatore se aclaró la voz con un sonoro carraspeo e inició la lectura.

—Procuro siempre entrar primero al salón de clase para tomar el puesto más cercano a la puerta—aquí hizo contacto visual con sus compañeros y miró de soslayo la salida cerrada a su izquierda—. A veces ese puesto está en la primera fila, a veces en la última. El estudiante promedio, el mediocre, pensará que lo hago para escapar rápido, sin mucho aspaviento, si la clase se pone aburrida y cuesta arriba, cuando ya la cabeza no hace caso y los ojos se cierran tercamente. Los escatológicos dirán que padezco algún problema de esfínteres y no está de más disminuir lo máximo posible el recorrido hacia el baño. Si la primera fila es la que está más cerca de la puerta, los aduladores y los que usan gafas afirmarán que es para estar más cerca del profesor y del tablero. Tal vez tengan razón respecto a otros estudiantes que siempre eligen ese puesto. Conmigo se equivocan.

Algunos se acomodaron en sus asientos y torcieron el gesto.

—Por ejemplo, si yo fuera un asesino y quisiera perpetrar una masacre, haría lo siguiente—hizo un paneo de nuevo al auditorio—: Entraría al salón y me pararía en frente de todos. Los entretendría dándoles alguna información importante o leyéndoles un cuento. Cuando todos estén bien atentos, si es que nadie ha corrido todavía, porque entonces se me daña el cuento, tomaría el arma que llevo en mi espalda. Dispararía primero al profesor mientras sigo leyendo. Luego abriría fuego contra los de la primera fila, por serviles y lambones. Finalmente las balas seguirían trayectorias aleatorias para hacer más bello el caos. Por eso prefiero sentarme lo más cerca posible de la puerta.

No hubo aplausos. De afuera alcanzaba a llegar el rumor de las hojas secas arrastradas por la brisa.

 

**

El silencio de Al-Nabek

 

Aterrizó en Al-Nabek a las trece horas. Una brisa descendía de las montañas de Qalamun arrastrando la arena del desierto hacia la ciudad. Tomó un taxi que lo debería dejar en el hotel en no más de veinte minutos. Mientras recorría las calles, notó que los andenes estaban tomados por mercaderes de frutas y de telas, de especias y fragancias. En una acera alguien extendía una alfombra con diseños orientales. El tráfico se hizo lento y maldijo la posible tardanza. Lo relajó la Quinta sinfonía de Beethoven que sonaba en la radio. Según el conductor, que se dirigió a su pasajero en un inglés precario, el atasco era producto de un choque múltiple.

Extrajo el celular de su bolsillo para enviarle un mensaje a su esposa. En casa estarían durmiendo, seguro Teresa se lo leería a los niños en el desayuno, pensó. Miró por el panorámico trasero una larga hilera de carros viejos. El conductor del auto vecino, un anciano de barba cana y ensortijada, descendió a vaciar, por medio de un catéter, una bolsa llena de orina. Joe guardó el celular y barajó la posibilidad de seguir el camino a pie, pero cayó en cuenta del nulo conocimiento que tenía de las calles aún en ese pueblo pequeño.

Le pareció bella, a pesar de la reserva de su atuendo, la mujer de ojos almendrados que atravesó la calle llevando de la mano a un niño. Sintió tristeza al ver a un perro famélico que buscaba en la basura lo que sería su primera comida del día.

Un hombre, con una keffiyeh cubriendo su cabeza, pasó corriendo al lado del taxi. Simultáneamente un hecho captó la atención de Joe. En la otra autopista, donde nada impedía la regular circulación del tráfico, una ambulancia apareció (la distinguió por el color blanco y la media luna roja pintada a un costado de la van), no llevaba encendida la sirena, pero los autos igual le daban paso. Le pareció una anécdota para contarle a su esposa apenas se vieran: una ciudad donde las ambulancias trabajaban sin que mediara el estrépito, sin que las ventanas de las casas fueran traspasadas por la luz violenta de los faros superiores. Posiblemente Teresa no le creería, pero lo escucharía con atención. La Quinta sinfonía dejó de sonar y fue reemplazada por un pitido monocorde. Entonces sintió la impotencia que hubo de sentir Beethoven cuando, en el testamento de Heiligenstadt, les comunicó a sus hermanos que empezaba a perder la audición, que pasó por misántropo, loco y huraño porque simplemente no escuchaba lo que decían los demás. Comprendió, en la brevedad de una detonación, que el silencio, ese silencio, era el anuncio del peligro y la tragedia. La ambulancia seguía avanzando en silencio hacia donde supuestamente chocaron varios carros.

Cuando Teresa leyó el mensaje, en Buenos Aires eran las ocho horas con veintiún minutos del tercer domingo de marzo, y los niños aún no salían de la cama. En Al-Nabek eran las trece horas con veintiún minutos de un domingo doloroso.

 

***

Combustible para el amor

 

Cuando Elena llegó de la universidad, un cuchillo golpeaba rítmicamente una tabla de madera. Efrén troceaba el calabacín para la ensalada y en la estufa la salsa alcanzaba la textura que decía la receta. Mientras comían—Efrén preparó una cena esmerada y actuó todo el tiempo con los modales de un maître—, cada uno comentó su día. Elena ultimó los detalles con el grupo de investigación de un artículo sobre sistemas dinámicos. Efrén salió temprano del consejo de redacción porque no hubo noticias de última hora que retrasaran la publicación del día siguiente. Cuando acabaron el pollo a la naranja y tomaban la segunda copa de vino—puesto a refrigerar cuidadosamente antes de la cena—, Efrén, imitando una cita, la invitó a ver una película. Elena, gratamente sorprendida por el detalle de la cena, aceptó la invitación de su esposo.

Las sábanas estaban frescas. Elena se metió a la cama mientras Efrén ponía la película. Lo único que iluminaba el cuarto era el resplandor del televisor y la luz que llegaba de la calle. La cama era amplia. Elena quiso posar su cabeza sobre el pecho de Efrén. Desde arriba le llegaba el aliento con notas cítricas y mosto fermentado de su esposo. El trabajo en la cocina dejó en el pecho de Efrén un mador que Elena sintió en la camisa.

El plano se fue abriendo hasta mostrar la mata de pelo entre las piernas de una mujer portentosa, voluptuosa, de senos grandes y vello generoso en las axilas. Al terminar de ponerse una media velada, se levantaba de la cama e iba a tomar por la espalda a su amante, que miraba por la ventana del hotel; fingía penetrarlo por el culo, y el hombre sugería repetir el movimiento. Y Miranda lo hacía, obediente, juguetona. Naturalmente el colchón empezó a ponerse caluroso. No se deshicieron de la ropa hasta veinte minutos después, cuando Efrén deslizó la mano hasta el compás perfectamente abierto de Elena y la hundió de a poco en el vértice, mientras quitaba la cara de su pecho y le metía la lengua entre los dientes. La boca reemplazó a los dedos que se anclaron en la espalda. Navegó torpe como antiguo marinero que temía al horizonte porque había un precipicio y el mundo se acababa. No le dijo frases al oído; entró cuando sintió que la marea estaba alta y la apretó fuerte con sus dientes en el cuello. Entre satisfecha y extrañada, Elena sintió que su esposo le hacía el amor con un brío sospechoso.

Presa de la languidez posterior al placer, tendida en la cama, agotada, Elena preguntó qué había sido eso. Efrén sonrió y dijo que tal vez había sido la película. Una reliquia italiana que alguien le había recomendado. Fue a la cocina por una copa de vino. Mientras se alejaba por el pasillo, Elena lo observó inquieta. Meditó entre la maraña de las sábanas. Efrén entró con una copa de vino para ella. Cuando se la entregó, lo fulminó la severa mirada de Elena. No volvieron a dirigirse la palabra durante la película. Efrén no prestó más atención. Pensó mirando la pantalla, que hay silencios cargados de sosiego, alegrías; y otros, como el de su esposa, colmados de desdichas, discordancias.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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