Lectulandia

Imagen: Adriana Tovar

 

Como casi todo, como la vida misma cuando está aceitada y en funcionamiento, por casualidad llegué a una biblioteca digital en Internet que contiene cientos de miles de libros de autores de todo tipo y de todas las épocas (no soy muy bueno con las matemáticas, pero calculo bien de lejos y hay novelistas como Julio Verne que cuentan con decenas de libros allí); los hay de todos los géneros y procedencias, se pueden hallar desde reconocidos Nobel hasta desconocidos Nobel. Fui descubriendo, a medida que me hundía más en sus anaqueles, autores que jamás había leído y otros tantos que, aunque ya conocía, no me había sido posible leer por fenómenos geográficos y económicos propios de todo lector. También, por supuesto, encontré autores de los que creía haber leído todo y completar mis pendientes, pude releer clásicos que se habían perdido en el tiempo ya fuera por las manos criminales de un buen lector o por los gajes de oficio del tiempo, que a todo lo transforma.

Leo una novela ahora mismo en la página treinta y tres (mi número de la suerte, mi edad, la de cristo y el mismo número de la calle treinta y tres casualmente), y en su línea tres dice así «no por eso es cierto, aunque sea verdadero», es un diálogo entre un viejo y su mujer mientras esperan (en cada una de las páginas) en el centro geriátrico donde permanecen la visita del domingo. La extraña luz que emanan esas pocas palabras de viejo, sabias como casi todo lo suyo, me hace ver un poco más y mejor mi horizonte, donde aparece de repente un lector análogo sorprendido de la vida plasmada en un libro digital (o digitalizado, para ser más exactos, nunca se sabe dónde aparecerán los puristas de la lengua porque se aparecen a toda hora y en cualquier lugar). Tiene mi rostro pero una expresión ajena, una mezcla entre sorpresa y esquizofrenia, tiene mi pelo rebelde, el lunar junto a la boca que heredé de la abuela y está en mi computador pasando una y otra vez sus ojos por la línea en mención. De súbito aparta la mirada de ella y la dirige a su escritorio, al parecer. Adivino que escribe algo con su mano derecha e inclina la cabeza un tanto a la izquierda (para balancearla con el corazón, supongo). No puedo evitar pensar que si hay alguien que siga instrucciones son los poetas, sobre todo cuando creen que no obedecen a nada ni a nadie y escriben lo que sea.

No sé qué escribió (o escribí), pero quizá sea un verso que me sorprenda (o sorprenda a lo que leo) el día en que lo lea.

Para los que se preguntan el nombre de aquel sitio, no lo diré. No porque quiera negarles el privilegio sino porque, como la vida misma cuando está en funcionamiento, las mejores cosas que nos suceden lo hacen en su debido momento, como, por ejemplo, el final de estas quinientas palabras.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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