Versos para educar y corromper

Por: Néstor Fabián Pulido

La poesía es como un buen vino. No es algo con lo que atragantas de un solo sorbo, sino que lo tomas con delicadeza y saboreas sus olores, texturas, colores. Esperas hasta impregnarte de toda su esencia antes de dar una opinión, luego un juicio, finalmente una calificación. A diferencia de otros tipos de entretenimiento, el vino y la poesía requieren más paciencia y unos dos niveles de revoluciones menos de los que la vida de ciudad nos tiene acostumbrado. Y música acorde, claro. Es un juego en donde pones a prueba, también, tu delicadeza y gusto. Ahora bien, no sé nada de poesía, así que todo lo que estoy diciendo puede ser basura, pura y pretenciosa basura, pero al menos me gusta considerar que es así como funciona la cosa.

Aunque también es cierto que Henry Luque Muñoz habría preferido comparar su poesía con el vodka, Na zdorovje!, y en modo alguno la pensaría delicada y añeja. En lugar de eso, sacaría a flote frenéticas aventuras sobre príncipes, reyes, dragones, o más interesante que eso: la falda de una mujer. Nos cantaría sobre bailes quiméricos a las puertas del apocalipsis, o de estatuas de poetas que contemplan el desfile mortuorio de sus enamoradas. Y si nada de eso hubiera embriagado a su público, nos contaría historias sobre la violencia en Colombia, la más fantástica de las violencias latinoamericanas.

Fredy Yezzed, el compilador de La Risa del Ahorcado, antología poética de Henry Luque Muñoz, editado por la Pontificia Universidad Javeriana, nos recuerda lo importante que son los contrastes para el autor (bien y mal, dolor y placer, luz y sombra) que se traducen en juegos de ironía, de solemne bufonería:

Los indios caribes
vorazmente
llamados caníbales
por el conquistador,
eran vegetarianos,
señores caníbales.

De alegre fatalidad:

Hace días
cuelgo
de un árbol.

Nadie
vino aún
a sepultarme.

Ignoran
que tiemblo.

Ignoran
que sobrevivo
con la fuerza
de los poetas
que me dieron la vida.

O de romántica lujuria:

El solo agitar de tu vestido
bastó para albergar
                                        una leyenda
bajo mis párpados.

La selección de Fredy Yezzed, además, recorre la vida y obra del autor, su ideología, donde las cúpulas públicas y privadas se difuminan ante un poeta que consideraba de su esfera privada interesarse por las problemáticas sociales de su país y su deber público exteriorizar su pensamiento, su poesía, su intimidad como herramienta política, no para promover bullas flojas y panfletarias, sino voces que gritaran en las cabezas de sus lectores:

Con una palabra
se puede matar.

Aunque haya en contra
toda clase de armas.

Aunque se tenga enfrente toda la pólvora.

Basta con dispararla en el momento justo,
lanzársela a la cabeza del enemigo.

O dejársela para que la recuerde.

Este libro de poesía, como cualquiera del género, es tan extenso como para despacharlo en media hora, mientras se espera el bus o entre comerciales de Master Chef. En cambio recomiendo que se atormenten con él, que lo apachurren en sus bolsos por semanas para leerlo y releerlo cuando lo necesiten, que rasguen sus hojas y accidentalmente le echen el café encima, como me pasó a mí, perdón Fredy, para que se desintegre en perfecta simbiosis con ustedes mismos, que ya no lo puedan leer porque sea parte de su propio ser, manténgalo cerca hasta que se convierta en un pedazo corrompido de sus almas.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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