El día que me hice Hombre

Por: Giussepe Ramírez

Los arreboles empezaban a formarse cuando mi padre me gritó desde la terraza que me entrara. No recuerdo a qué jugaba en ese instante. Sí recuerdo el raspón en la rodilla después de intentar saltar sobre el vigoroso tronco de un árbol recién talado. Físicamente siempre fui el más torpe de la pandilla: por poco pierdo un ojo en un juego con patines. Mentalmente era superior a ellos: nunca me dejé provocar cuando me llamaban por la variación femenina de mi nombre. Aquella tarde lo habían vuelto a hacer mientras yo sangraba en el suelo y apretaba los dientes para contener las lágrimas.

Los niños éramos los dueños de la calle. A cualquier vecino que nos recriminara por el ruido lo enfrentábamos. En el peor de los casos urdíamos venganzas infantiles. Nos querían sobre todo las ancianas que veían en nosotros la celebración de la vida. Pasaban la tarde en sus sillas mecedoras viéndonos jugar. Compraban refrescos para todos cuando nos veían agotados. Nunca intervenían en el juego, ni tomaban partido por alguien. Oficiábamos de nietos en los paseos de los grupos de tercera edad cuando los de ellas estaban lejos o eran muy grandes para soportarlos. Hacíamos mandados y cobrábamos propina.

Yo vivía en una casa de tres pisos con mis padres, dos perros y una tortuga. El segundo y tercer piso estaban conectados interiormente; el primero era independiente y en él vivía Agustín, un niño dos años mayor que yo. Siempre me pareció un crimen que Agustín siendo tan niño debiera usar unas gafas con aumento para ancianos, como si sus ojos estuvieran cansados después de pasearse por las letras de un millar de libros. En juguetes siempre iba un paso adelante. La colección más bonita que tenía era una docena de guerreros griegos con poderes cósmicos. También coleccionaba guerreros romanos, soldados alemanes, coreanos, rusos; catapultas y tanques, arcabuces y ballestas, arietes y baterías antiaéreas.

En casa de Agustín se comía bien y se jugaba tranquilo. Yo era el único privilegiado que accedía a su casa y me era permitido pasar largas tardes allí. Disfrutaba que fuera tan generoso con sus juguetes. Los guerreros griegos, en posiciones beligerantes, cubiertos por un vidrio, eran los únicos intocables. El menú que preparaba su madre era variado. La única vez que comí cangrejo fue en su casa. Cuando nos cansábamos de mover muñecos e impostar la voz para establecer diálogos entre ellos, su madre nos preparaba palomitas de maíz con mantequilla y nos sentábamos en un gran sillón a ver películas. Estuve conmocionado varios días después de ver una donde el mundo se acababa. Esperé el Armagedón por varias noches.

Agustín casi no salía a jugar a la calle porque le irritaban los comentarios sobre sus lentes. Le decían que podía verse el futuro a través de ellos, que permitían estudiar en detalle cada galaxia, que incluso dejaban notar las diferencias entre un par de hormigas. Agustín se había cansado de explicarles que no era culpa de él andar con esos lentes exagerados, que era una enfermedad hereditaria. No importaba, alguien tenía siempre en la punta de la lengua una nueva ocurrencia para burlarse de su astigmatismo.

Yo prefería vivir con Agustín y su madre, que con mis padres, la tortuga y los perros. Lugar común de todo niño añorar una familia ajena. Imaginaba lo delicioso que comería cada día, los juguetes que tendría, las películas que alcanzaría a ver en un año sentado en el gran sillón, el amor.

Agustín era un gran estratega militar. Yo asistí a desfiles de una belleza exuberante. Desplegaba batallones por el piso para mostrar su poderío. Cuidaba cada flanco y jamás pude ganarle una batalla. También habíamos combatido en las tres guerras púnicas.

Una noche en que mis padres aún no llegaban los perros estuvieron ladrando inquietos; la tortuga estaría caminando amodorrada por la casa. Yo estuve toda la tarde jugando. Nosotros representábamos sobre las baldosas una escaramuza de la Guerra fría. Siempre luchábamos en bandos enemigos. A Agustín lo seducían mucho las guerras. En un movimiento de ataque hacia mis tropas me tomó la mano. A pesar de mi falta de experiencia entendí, al mirarlo, lo solemne de ese acto. Las gafas chocaron con mi cara, los lentes se engrasaron. Me besó con inocencia. Jugamos un rato con los labios. Movimos torpemente nuestras lenguas. Cenamos hamburguesa y papas fritas. Mis padres llegaron tarde y pude ver una película.

 

Las ancianas no intervinieron cuando choqué contra el pavimento. Las imaginé aplicándome una solución y vendándome la herida. No pasó nada de eso. No había condescendencia en sus miradas. Daban a entender que era un aprendizaje necesario. Me levanté y seguí jugando hasta que escuché los gritos de mi padre.

Subí las escaleras cojeando. La sangre todavía salía con fuerza. Mi padre me esperaba en la terraza. Me había visto jugar toda la tarde. La sangre le había embotado la cabeza. Estaba rojo. Pidió explicaciones por mi pasividad ante el insulto de la versión femenina de mi nombre. Debía exigirles respeto, ser un Hombre. Yo no entendía cómo a alguien de casi cuarenta años podía ofenderlo tal cosa. Hice silencio. En la calle continuaba la algarabía de mis amigos. Recuerdo muchos gritos y babas saliendo de la boca de mi padre; la tortuga buscando ávida su comida. Recuerdo a los perros viéndome tendido en el piso recibiendo en el vientre las patadas de mi padre recriminando mi falta de hombría. Contuve las lágrimas. Apreté el estómago. Lo miré con compasión. No pude evitar desplegar una sonrisa maliciosa.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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