La mirada social de Ken Loach

Por: Juan Guillermo Ramírez

 

 

“Hacer una película significa exponer material sensible a la luz. La zona sensible que considero especialmente interesante es la relación de las personas con su ambiente; la familia, el trabajo, la clase social. Los elementos dramáticos que más me atraen son esas ganas de luchar para defenderse, para prestar voz a aquello que normalmente está reprimido y el calor de la amistad, de la solidaridad y de la compasión”.

Ken Loach.

 

La obra del británico Ken Loach es heredera de una tradición cinematográfica que evoluciona directamente del “Free Cinema”, una corriente que a partir de mediados de los ’50 abandona la mirada dominante para convertirse en cronista de la realidad social, especialmente interesada en mostrar el mundo de las dificultades por las que atraviesan las clases trabajadoras en la sociedad posterior a la Revolución Industrial.

Director, autor de películas como Agenda oculta, Tierra y libertad o Mi nombre es Joe, en los que plasmó sus inquietudes político-sociales con un fuerte componente de denuncia. Realizador heredero del Free Cinema, su obra incidió particularmente en la situación de las clases más desfavorecidas del Reino Unido, sobre todo a partir del ascenso al poder de Margaret Thatcher. Hijo de un ingeniero eléctrico, fue un estudiante brillante que decidió matricularse en derecho en la exigente Universidad de Oxford tras haber realizado dos años de servicio militar en la aviación del ejército británico. A los veinticinco años entró por primera vez en contacto con las artes escénicas a través del grupo de teatro de la universidad. Fascinado por el descubrimiento, decidió dejar temporalmente de lado su potencial carrera de abogado. Una vez finalizados sus estudios, debutó como asistente de dirección en el Northampton Repertory Theatre, tras unos titubeantes inicios en el mundo de la comedia. El cine ganó rápidamente su atención y, en 1963, tras obtener una beca concedida por la cadena de radio y televisión British Broadcasting Corporation (BBC), comenzó a estudiar realización.

Sus primeras producciones, pensadas para la televisión, eran dramas ficticios narrados en forma de documental. En ellos daba cuenta de las vicisitudes padecidas por individuos pertenecientes a la clase obrera de un país que siempre manifestó una acusada sensibilidad social. Carol White, la protagonista de los mismos, trabajaría con el director en Poor Cow (1967), su primera producción para el cine. De la mano de su amigo Alan Thornett, a finales de la década de 1960 Loach se hizo asiduo de las reuniones organizadas por la Liga Obrera Socialista (aunque no era miembro de la asociación), uno de los movimientos activos de la izquierda británica en la época. Si bien fue una de las plataformas cuya ideología marcó más profundamente el devenir político del realizador, la creciente personalización del partido en la figura del ultraortodoxo Gerry Healey le llevó a desvincularse poco a poco de la misma. Loach reconocía el sectarismo de las diversas organizaciones que articulaban el trotskismo en el país, aunque siempre ha insistido en que eran “el único lugar en donde uno podía adquirir una educación política”. Entre 1968 y 1990 la práctica totalidad de la producción de Loach fue para la televisión, con excepción de algunos largometrajes aislados (como Kes, éxito de crítica en Cannes en 1970). Pero el ascenso al poder de Margaret Thatcher y el creciente desgarro social favorecido por el ultraliberalismo de sus sucesivos gobiernos llevaron al realizador a cambiar de medio. En 1990 Loach estrenó Riff Raff, filme con el que de algún modo se reinventaba a pesar de mantener el discurso de sus casi veinte producciones precedentes. Cine y conciencia de clase, Riff Raff reivindicaba el estilo directo, de gran fuerza narrativa, que había hecho suyo el neorrealismo italiano a través de maestros como Luchino Visconti o Roberto Rossellini. Aunque Loach siempre criticó el llamado realismo socialista (ha recordado en multitud de ocasiones que Trotski postulaba que el partido debía mantenerse al margen de la imposición de cualquier tendencia artística), lo cierto es que su cine se presenta al público desnudo de todo artificio. Habitualmente los equipos de rodaje de Loach mezclan actores profesionales y no profesionales, hermanados por una visión política común acerca del conflicto y los hechos explicados en el guión. Riff Raff, que narra las experiencias de un grupo de trabajadores de la construcción, respondía por completo a este esquema. La fórmula se repitió en 1993 con Lloviendo piedras, para muchos su mejor filme. La conmovedora historia del irlandés en paro que se mete en líos con un prestamista ilegal para poder comprarle a su hija el vestido para la comunión golpeó la conciencia del público europeo, incluido el del Festival Internacional de Cine de Cannes, que concedió a la película el premio del Jurado. Contundente y no exento de humor, el cine de Loach se reivindicaba al mismo tiempo como una punzante herramienta de denuncia social y un acongojante modo de sufrir en la oscuridad de una sala de cine. En 1995, tras Ladybird, Ladybird, Loach acometió la que probablemente sea su película más ambiciosa: Tierra y libertad. Filme coral ambientado en la Guerra Civil española que se centra en las vivencias de un joven combatiente inglés de las Brigadas Internacionales. Basada en parte en la obra de George Orwell “Homenaje a Cataluña”, pero también en el recopilatorio “Barcelona Roja: Dietario de la revolución (julio 1936 – enero 1939)”, era probablemente la más conmovedora película jamás dedicada al conflicto, y también la más alejada de los tópicos habituales en la mayor parte de las numerosas producciones españolas en él centradas.

En Gran Bretaña decimos que no necesitamos al KGB porque tenemos a la BBC. Manipula tu punto de vista con tanta sutileza que no te das cuenta.
“En Gran Bretaña decimos que no necesitamos al KGB porque tenemos a la BBC. Manipula tu punto de vista con tanta sutileza que no te das cuenta”.

 

El ascenso al poder del Partido Laborista de Tony Blair en 1997 no modificó la actitud de Loach, que criticó abiertamente el plan “Welfare to Work” (conjunto de proyectos de capacitación laboral para personas desocupadas). El hecho de que el Banco de Inglaterra sugiriese que la tasa de desocupación estaba “por debajo de su nivel natural” llevó a Loach a preguntarse si el clima de fluido diálogo entre esta institución y Gordon Brown (ministro de Hacienda del Gobierno Blair) no ocultaba las verdaderas intenciones de un primer ministro más popular entre los partidos conservadores europeos que entre los socialdemócratas.

Desde entonces, el cine de Loach ha ido reiterando su fórmula: historias sencillas de los perdedores del capitalismo, personajes marginales asfixiados por problemas de clase que tratan de sobrevivir en un entorno hostil. La canción de Carla (1996), Mi nombre es Joe (1998), La cuadrilla (2001) o Felices dieciséis (2002) son ejemplos de los derroteros por los que transcurrió la cinematografía de un autor que corría serio riesgo de convertirse en objeto de atención exclusiva de militantes izquierdistas. El viento que agita la cebada (2006) analiza el origen de la guerra civil irlandesa y el nacimiento del IRA (Ejército Republicano Irlandés), obtuvo la Palma de Oro del certamen y devolvió a su autor al primer plano de la actualidad

En ese sentido Loach es a una voz profética, que apela a una conciencia moral, en una sociedad que vive complacida de sí misma, sin querer enfrentar la realidad de sus problemas. Ya que, no nos engañemos, a la mayor parte de la gente le interesa el cine, sólo cuando le proporcione el entretenimiento que le permita evadirse de la rutina de una vida gris y vacía. Hablar hoy, por lo tanto de un arte con mensaje, se considera algo ya propio de otra época. Porque la actual industria del espectáculo no entiende otro mensaje que la frivolidad de una diversión absurda, basada en la trivialidad de los efectos y la tontería adolescente, que continúe insultando la inteligencia de un público embrutecido diariamente por el consumo de telebasura. Su mezcla de elementos dramáticos y documentales ha ido más allá del docudrama televisivo, para mostrar una concepción del arte marcada por la independencia de un medio dominado por un mercado de sensacionalismo, en el que prima el instinto carroñero. Loach en ese sentido es admirable por su sensibilidad, al mostrar la realidad con una reserva y discreción, que es capaz claramente de distinguir entre aquello que pertenece al ámbito de la información y lo que merece el respeto a la intimidad. Su trabajo con actores no profesionales hace que su obra adquiera una verosimilitud de la que carecen películas como Los lunes al sol de Fernando León, ya que sus trabajadores son realmente obreros, no personajes como el Santa de Javier Bardem, que habla como un poeta y no como un obrero. El cine de Loach habla sin duda otro lenguaje.

Loach ha demostrado a lo largo de toda su obra una singular honestidad. Aunque afectado por un moralismo, en ocasiones demasiado fuerte, de izquierdas, que restringe un tanto su apertura mental, su cine desprende, incluso en sus peores momentos, una atención por el marginado, el débil y el excluido, que muestra una profunda compasión, capaz de conmover a todo cristiano. Su obra nos hace simpatizar por eso con parados, enfermos mentales, derrotados y disidentes, que luchan por sobrevivir en un mundo cruel, para el que no son sino un puñado de impresentables. Pero Loach, a pesar de haber sido formado en la élite intelectual de Oxford y la exquisitez de la televisión pública británica (trabajando en la BBC), no ha perdido nunca contacto con una realidad, con la que se siente verdaderamente comprometido. Y eso es algo de lo que todos debemos tomar ejemplo.

Pero lo más emocionante de la obra de Loach es su presentación de esos personajes desencantados, que viven sin esperanza una realidad dura y amarga. Así el protagonista de Fatherland (1986) es un disidente del Este que busca a su padre, un antiguo combatiente de las Brigadas Internacionales, pero cuando lo encuentra, descubre que es un antiguo miembro de la policía secreta, que ha participado en torturas y asesinatos. Sus traiciones y engaños le han manchado con lo peor del siglo XX: de agente y ejecutor de Stalin, pasó a serlo de la Gestapo, para acabar con los americanos, viviendo ahora en un apartado rincón de la campiña inglesa, temeroso e inseguro, consumido cada día por la horrorosa perspectiva de ser descubierto… como inevitablemente acabará ocurriendo.

Ken Loach es uno de los pocos directores actuales con éxito internacional que se han centrado en la cultura y en las problemáticas de los sectores populares desde una mirada evidentemente política. Si pensamos en la distinción que propone Mario Perniola, en “El Arte y su sombra”, sobre las dos tendencias opuestas que existieron históricamente en Occidente respecto a la aventura artística, podemos concebir que Ken Loach orienta su arte hacia la experiencia de lo real, o sea que le atribuye al cine la tarea de proporcionarnos una percepción más fuerte e intensa de la realidad.

Existe un compromiso -social, político, histórico- indiscutible en él, ampliamente demostrado por su trayectoria. Lo que este cineasta británico hace es intentar recuperar un cine que se apoye en lo popular como “teatro del proletariado”, en contraposición a los relatos de la cultura dominante y sus estereotipos. Lo interesante es que Loach toma posición sin desdeñar a la industria del séptimo arte ni a su modo tradicional de construir relatos. Partiendo de una formación como documentalista social, construye sus filmes apoyándose en una variedad de elementos narrativos de diversos géneros populares, como el melodrama, y en las técnicas de filmación usuales en la gran industria. A primera vista podríamos afirmar que lo central de sus películas radica más en el contenido que en lo estrictamente formal, sin embargo nos permite descubrir que la importancia de los recursos estéticos que pone en juego en sus películas no es menor en el tratamiento que Loach realiza de la cultura popular.

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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