Pablo Montoya: un tríptico para el ámbito artístico

 

Por: Óscar López Alvarado *

“Solo hay que imaginar a un Pintor
Tratando de nombrar la vitalidad
Del lugar en que vive”.
(François Dubois).

“La música, fragmento del gran sueño
De los dioses”.
(Pablo Montoya).

Con el tiempo la historia busca su espacio. Es el tiempo el ojo de la historia en que hombres, culturas se reflejan y manifiestan los acontecimientos en contextos establecidos. Pero es en la literatura donde dialogan las imágenes, los momentos y más que todo, los discursos que comprenden hechos para representar la realidad en cierto tiempo. Algunos buscan la historia en la literatura. Otros la fabulan, la recrean, la plagian o la maquillan, lo cierto es que esta, mediante la forma, se halla universal dentro de la pluma literaria para relatarla o siquiera transformarla.

Es con Pablo Montoya donde la fabulación encuentra los trazos y el centello de la labor de ser escritor. Para nadie es un secreto que la pintura, la música y la escritura, conforman la convicción y fuente esencial de sus textos en que lo recóndito del imaginario se presenta para alimentar el espacio literario. Una labor que apasionada en cuanto a la lectura, certifica la vitalidad de la palabra y la hermandad (muchas veces divergente) de tres líneas del arte, notorias cada una en su expresión, pero que en su escritura se revela tallada como tríptico en el ámbito artístico.

De la mano con la historia, sucesos, personajes y momentos, comulga de manera ferviente sin temer a delimitancias llevando muy en claro que el escritor, en su posibilidad de abordar otras vías, crea mundos donde ya existen bases. Es el caso, por ejemplo, de su libro “Tríptico de la Infamia”, donde la ucronía invierte en un nuevo tratamiento del lenguaje, su lenguaje; o en sus libros referentes a la música, “La sinfónica y otros cuentos”, “Música de pájaros” en que la musicalidad lleva a crear una estancia para el ser en la tentativa de la magia orquestal; como sus demás novelas entre innumerables textos que forjan una voz intima dentro del carácter de la escritura.

Santiago Mutis pensó la pintura “Como una bandada de pájaros que desprende su vuelo de lo más lejano del tiempo”, una evocación que más allá de ser pensada habita dentro de lo recóndito del enigma, en lo hondo del hombre, y es con “Tríptico de la Infamia” donde resuena el sonido de aquellas aves. Una obra cincelada fantásticamente con la versatilidad de voces desde una misma pluma, un museo donde el acontecimiento, lo innombrable tiene su posición; del mismo modo con la ambigüedad de lo alucinante y la sobriedad, se revela ante nosotros la historia a partir de la inversión, la imagen de tres pintores que  con la excusa de una conquista se unen para hablar desde la fatalidad y desde los trazos. Fuera de la sacralización, Montoya riega en tierra firme, la historia, para dar visión de la labor artística dentro de las trabas de una época.

Certero tanto en la representación como en lo escritural, Montoya ejerce la tensión al transfigurar la pintura dentro de la literatura. Recreador de contextos y conversador con los colores, con esta novela nos hace sumergir en el testimonio y en la sensibilidad de lo desconocido, en el prejuicio y en la liberación, un encuentro con la palabra que es un puente donde circundan paisajes, ámbitos de inexplorados sueños y que a la vez da referencia del hombre en cuanto su naturaleza, desde su perplejidad como a la feroz ambición.

El susurro del lenguaje crea a un Le Moyne determinante en cuanto al arte. Su palabra, su esencia, compacta con la mirada y con aquel mundo exterior alejado para exponerlo ante el asombro: “El cuerpo se manifestaba como el lugar de todas las representaciones… La piel era un cuadro… por fin él mismo era una pintura”; siendo la metáfora de la expresión, de un elemento en que hablan las formas, los colores, y frente a la hostilidad de un contexto testimonia la maravilla de un solo ser en dos figuras.

Gabriel Arturo Castro comenta que “La metáfora humaniza a toda criatura desde sus tensiones, retos, batallas y luchas”, y es en ese reconocimiento del mundo nuevo, primitivo, en medio de la barbarie, donde el hombre tiene su introspección y a través de ella las visiones para comprender su espacio. Es evidente en cada cuadro la humanización que vincula a los tres pintores: Le Moyne en la aproximación de un terreno fantástico con únicas vivencias, Dubois bautizado por el pesimismo y casado con la tragedia, y con un De Bry con la herencia absoluta de un arte intrincado. Todo ello bajo el sello del mismo tatuaje: la pintura, medio de expresión donde deambula la infamia pero que a la vez se vuelve forma para contemplar, algunas veces con regocijo y otras con congoja, la naturaleza humana en toda profundidad.

El olvido es una incertidumbre, pero ante ello existe la metáfora: “Al levantar mapas construimos metáforas, retazos de discursos de algo que intenta sobrevivir en medio del tiempo que es inasible”, diría Tocsin. Junto a la locución pictórica nos familiarizamos con el exilio. Claramente con la reflexión de estar inmersos en un momento turbio, lo que conduce a pagar en última instancia una pena impuesta por medio del pincel. Para Dubois la poesía puede vivir en un solo cuadro. Suplicio. La opresión se concentra al recrear la Masacre de San Bartolomé, siendo ahí el lugar donde encontramos los diversos rostros para mirar la realidad.

Pintura y lenguaje poético. Pablo Montoya conjuga estos dos espacios para trazar lo inefable, los rastros de una historia violenta oculta en un ojo tímido para revelarla con crudeza y poetización más allá del simple hecho anecdótico, llevada al plano de la posibilidad con una prosa exquisita, pulida a la lectura pero implacable en contenido. Una mirada objetiva a la colonización, diferencial en voces pero percibida sin sosiego a la realidad de nuestros sentidos.

No todo novelista esculpe la poesía, ni toda novela se exige para llevar poesía, pero en el caso de Montoya esta se ofrece como telón ante los sucesos. Indudablemente la huella poética está en el pulso de su escritura: “El amanecer se dibujaba entre las arboledas”; “Un silencio espeso planeaba en la atmósfera”; “Palmeras que dialogan con el follaje de otros árboles”; “La luz…que…lame sin ansiedad los contornos de cada objeto doméstico”; “De esa putrefacción lejana, el fósil surge como un milagro oscuro para iluminar nuestro pálpito con el tiempo”; articulando un elemento primordial con su musicalidad, pues su prosa no es la simple descripción, por el contrario es un mundo donde se palpa con plenitud la creación y se acerca a diversos acontecimientos posibles dentro de la narración, aseverando  lo que diría Santiago Mutis que “Pablo Montoya ha escogido la prosa para su poesía; sin ella no podríamos siquiera acercarnos al hombre”.

En palabras de Virginia Wolf “El novelista está terriblemente cerca de la vida”, y no solo al ubicarse en un espacio temporal sino, en este caso, al interpretar lo que siempre lleva al escritor al lugar común. Con el fundamento temático de la conquista, Pablo Montoya se aleja de tales lugares para establecer la vitalidad del arte, para mostrar cómo una pintura hace sentir una realidad o siquiera, cómo ella es un portal para viajar a través de mundos inexplicables. Una cuestión que se tienta por la certeza, por la vida pensada y asimilada, pero manejada por la virtud escritural al determinar el trazo de esa vida bajo la incertidumbre. La pintura como valor simbólico, como naturaleza ante los miramientos de vías diferentes. El lugar común no existe en las líneas de Montoya, no se perciben largas descripciones de lo que ya se conoce, pero lo que sí es ineludible es el encuentro con la ensoñación, lugar claro donde transita el lector por las formas y colores, por el color de la luz, a veces opaca, a veces extinta, a veces irreversible en el sentir de los momentos. No advertimos la reescritura de un tratado histórico en su novela, por el contrario, percibimos la sugestiva sucesión de imágenes que nos hace partícipes de su mundo compartido, que nos hace conocer de mano propia los tres pintores y ante todo hace valer lo que en algún tiempo expresó Bachelard: “Es la ensoñación la que aleja al hombre del mundo de las reivindicaciones”.

Asimismo Coleridge no se equivocó al decir que “El arte es la unión y reconciliación de lo que es propio de la naturaleza con lo que es exclusivamente humano”, pues ya lo consideramos en el decurso de la escritura de Montoya, con cada lectura que se confabula para reconocer una activa y viva voz de la literatura Colombiana que amolda, de manera significativa, ámbitos artísticos para hacerlos hablar desde una misma boca; una cuestión que trasciende formalismos para posicionarnos frente al carácter literario, una naturaleza hecha ser para mostrar y manifestar al hombre en el arte y que a la vez le hace respirar, reconocer su esencia.

Tal esencia yace de igual manera en la música. Heredero consumado del sonido místico bajo la virtud del conocimiento musical, su pluma traspasa los planos para dar encantamiento a las sinfonías junto a la literatura. Sus libros concernientes a la música, dan vía a un espacio poco manejado para enlazar, con cierto grado de erudición, la musicalidad, las vidas cruzadas en la meditación de la lectura. Es innegable nombrar la virtud con que Montoya llega a evocar ese arte a la forma de unas páginas. No solo por el simple tema sino para la palabra poética. Es claro el emprendimiento al llevarnos, tal como sus personajes, de la mano en el encuentro con lugares de antaño tal como puede suceder con un Venecia, una Roma dentro del fulgor, una sinfonía del Caribe, o hacia un Mozart con instrumentos afroamericanos en la danza de compases a la belleza de los versos. Ya se ha dicho, en las huellas de Pablo Montoya nada la poesía: “La música, fragmento del gran sueño de los dioses”, que se hace visible y viste de sueño para alivianar la vida humana; la música como “Sonido de juicio final”, en la pavorosa pesadilla del platillo; o, “Cuando hablábamos con palabras que eran caricias, y tocábamos en el Violonchelo y en el Violín, el adagio que escribiste alguna vez para la clase de composición y lo hacíamos hasta que la embriaguez de la música desembocaba en la embriaguez de los cuerpos”, en un conjuro erótico ritualizado por el aroma musical.

Quizá la comunicación con otros ámbitos sea la fortaleza con que el escritor accede a la atención lectora. Decía Jorge Larrosa que “El lenguaje no es ya lo pensado, sino lo que da qué pensar”, y en esa medida, en la proximidad con que nos lanzamos a leer a Montoya, legitimamos que su lenguaje conforma las posibilidades de acceso tanto en lo dicho como en lo compuesto. Una propiedad forjada para el estremecimiento literario alejado del realismo tedioso, para pensar el oficio de escribir en la ansiedad de la búsqueda y autenticidad de aquella grafía que llamamos lenguaje.

Señalados los espacios que dan respiro a la naturaleza de Pablo Montoya, el tríptico presentado en este texto no puede prescindir de la escritura como base fundamental en su mundo, en su tratamiento. Aunque las ediciones de diccionarios de lengua española tengan el concepto de tríptico como “Pintura dividida en tres hojas, que pueden plegarse en la forma antedicha”, convengo fijar que con Pablo se crea de manera contraria la contundente referencia de la pintura, la música y la escritura fuera del tecnicismo conceptual – académico, dando a los sentidos un cielo para iluminar con convergencia, con ambigüedad, un ámbito unido por el lenguaje, por la poesía dentro de la literatura frente a lo que llega ser el hombre ante el contexto, ante la historia y ante la naturaleza para lo que reiteraba Coleridge, que “El arte como mediador y conciliador de ellas”.

De Marcel Schwob a Carpentier, en camino hacia Montoya, encontramos la singularidad de una escritura inquieta que salta de hoja en hoja en la base de esencias, en el manejo fiel de la materia del pensamiento. Por eso, con la relación intrínseca que llevan las tres artes, quizá nos sumerjamos en un conocimiento profundo para bailar o contemplar una suite, como tan solo experimentar los testimonios, anecdotarios de seres servidos para la instrumentación del verso y con ello comprobar el alimento del territorio literario. La voz comunicadora que arrastra los vestigios olvidados para moldearlos en belleza.

Advertimos que la imprenta de su lenguaje dialoga con la fabulación y con la filosofía. Su carácter ensayístico plega dar múltiples reflexiones a través del hombre para y con el arte, ¿bajo qué sentido? Para conseguir la arquitectura de la palabra. Lo que para Juan Manuel Roca es “Buscar la palabra justa en el pajar del lenguaje”, para Pablo Montoya es dar sonoridad a múltiples lenguajes, asunto que nos hace internar en un todo dentro de uno; la comunión de una prosa poética, la ampliación de los aires de un discurso existencialista, lealmente heredado que le hace pensar los hechos del ser ante el abandono. Sin asentarlo en estéticas o movimientos pues ya lo expresaría Oscar Wilde que “Definir es limitar”, convenimos en encontrar un cúmulo de transportes para abordar temas tales como el exilio, la ausencia, la desolación, el amor, pero ante todo la vida dentro de la soledad para sentir el calor de un vocablo que busca justificación de un existencia por medio de una escritura, tal como un Ovidio, que lejos de Roma, se abandona en la redención de su poesía.

Fue en su discurso al recibir el premio Rómulo Gallegos que dijo “El ocultamiento me ha brindado la coraza de la autonomía”, dándonos la certeza de que la labor literaria, alejada de metodologías y conspiraciones académicas, es latente en la palabra solitaria del hombre. En su caso, bajo la representación de una literatura trascendental con la muestra de salones imponentes, osa por conservar la esencia clásica que nos hace enmudecer y habitar esa realidad fijada como literatura.  Tal como una autonomía se reviste y contempla en el lenguaje, forjamos un sentido al comprender de mano directa el asombro y la sospecha en Montoya, contrariando los fundamentos de una actual literatura donde se busca conmover en el brazo de la historia, apoyada casi como deber sobre lo periodístico, para formalizar de manera ambiciosa tanto un tendencia como un ejercicio del mercado.

Con Pablo Montoya acontece lo mismo que en Le Surréalisme et la Peintura, “El ojo existe en estado salvaje”, para canalizar a transfondo de las reivindicaciones el espacio imaginado, un ámbito entendido por y entre las posibilidades, acordando la sensibilidad y pureza de lo contado, estableciendo una escritura de belleza en que los objetivos son la búsqueda de los infinitos espacios poéticos, artísticos.

 


Estudiante de Licenciatura en Lengua Castellana, Universidad del Tolima.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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