Elias Canetti: Una lágrima llena de palabras

Por: Antoine Skuld

 

Para mi amada Diosa 

A diferencia de muchos en particular, de quienes han sucumbido a una psicología verbosa, ya no estoy convencido de que haya que torturar, viajar, extorsionar el recuerdo, ni tampoco exponerlo a la acción de alicientes bien calculados.

Elias Canetti.

Franz Kafka era tímido y de maneras suaves. Los libros que escribió fueron sin embargo terribles y dolorosos. Con estas palabras anuncia un periódico en Viena en junio de 1924 la muerte de Kafka. Autora de estas palabras era Milena Jesenska quien tenía motivos de sobre para conocerlo. Fue la única persona a la que él confió en vida sus diarios personales. La intimidad de los grandes hombres suele estar plagada de “patéticas miserabilidades”. Cualquier biografía de un grande puede abundar en pequeñeces, hecho que no importa demasiado, porque a la historia le interesan las obras y no las vidas. La paradoja es válida y se aplica al carácter imprevisible de Bach, a la pedantería de Goethe, al esnobismo de Proust, al egocentrismo de Sarmiento, a la estulticia política de Heidegger, al marginalismo etílico y provocador de Bukowski, al encierro monacal y “tabacal” de Onetti, a la pasión salvaje y desbordada de mi Magnani… y así sucesivamente.

Parece que esta regla general tiene en Kafka la excepción que la confirma. La mayoría de sus biógrafos –Max Brod, Gustav Janouch, Klaus Wagenbach, la misma Milena- hablan de un hombre cuyas virtudes cotidianas lindan con un renunciamiento rayano en la santidad. Esta visión no deja de ser extraña. Porque si existe en el mundo de un personaje que se ocupó de contabilizar microscópicamente y hasta el vértigo cada una de sus miserias personales, ése es Kafka. Sus diarios, cartas y testimonios son la prueba irrefutable de una conciencia que se sabía inferior a un insecto. No hay literatura en sus confesiones. A Max Brod le dice que el sentimiento más fuerte que podía generarle una persona era una mezcla de indiferencia y miedo. Kafka percibía que su consagración como escritor pasaba necesariamente por una rotunda negación de los afectos. Como nadie consiguió hacer de esta negación un espléndido triunfo: para que su literatura fuera una metáfora de la vida, debía renunciar a ella.

“El otro proceso de Kafka” de Elias Canetti es también una suerte de biografía. Acepta sí la santidad del sujeto, pero la presentación objetiva de los hechos va demostrando –casi en contra de su propia concepción de Kafka- que esa pureza esconde un hemisferio diabólico. Canetti parte de la base de que el autor de “La metamorfosis”, es de todos los escritores, el mayor experto en materia de poder; lo ha vivido y configurado en cada uno de sus aspectos. Uno de sus temas centrales –sino el más importante, sigue diciendo Canetti- es el de la humillación.

Todos sus personajes son víctimas de un designio ininteligible muy superior a ellos mismos que siempre termina por aplastarlos como a cucarachas.

Kafka se convierte así en una especie de anti-Nietzsche: el primer escritor del siglo XX que, con solo merodear en los intersticios de su propia culpa, toma partido por todos los desposeídos. Esta afirmación es un juicio literario: parte de la obra y se revierte sobre ella. Pero ¿qué hay de vida vivida detrás de ese mesianismo al revés? Aquí es donde Elias Canetti despliega una apabullante capacidad de dividir un hilo en cinco: analiza punto por punto, día por día, los cinco años de una relación laberíntica. La que Kafka mantuvo con su dos veces prometida, Felice Bauer. Para ello, utiliza las famosas “Cartas a Felice”, el diario íntimo de Kafka y algún otro epistolario, en especial con Max Brod.

El libro de Elias Canetti consterna por la minuciosa transcripción de las vacilaciones de Kafka durante su relación con Felice. Basten algunos ejemplos: empezó a sentir enormes celos de los autores que ella leía, por el mero hecho de que le fervor por lo ajeno significaba desmerecer su propio arte. En una de sus cartas le confiesa que nunca podría vivir con alguien, que odia a su familia sencillamente porque son quienes más cerca viven de mí. Siete días antes de la pascua de 1914 le anuncia que se encontrarán el domingo siguiente en Berlín; durante todos los días de esa semana le envía esquelas que disuelven o confirman la cita, hasta el punto en que el famoso domingo, Kafka sentado porque Felice había dejado de creer en su llegada.

Las conclusiones de Elias Canetti se detienen ante la evidencia: una situación existencial termina por alimentar una obra. El infierno de esa relación con Felice, signado por una especial incapacidad de amar, terminó siendo necesario para gestar el infierno que quería plasmar en sus libros. Canetti no va más allá de los hechos. Sin embargo, sus análisis sugiere una conclusión: Kafka, experto en denunciar y sustraerse al poder, artífice de transformaciones y desapariciones porque sólo el vacío es capaz de oponerse a la violencia, defensor del fracaso porque el fracaso individual no daña a nadie, partidario de los humillados, el mayor experto en la culpa, la vergüenza y el miedo, ha invertido los términos. El santo, para salvar a toda la humanidad (y a sí mismo) necesitaba una víctima. Elias Canetti, con este libro tenía por fin un verdadero pretexto para justificar su indiferencia y podía dedicarse de lleno al desamor, a la literatura y a la muerte.

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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