Afición

Ilustración de Sakiroo Choi

Por: Kirvin Larios*

La semana pasada conseguí trabajo como recepcionista en un motel del centro, y aunque acabo de perderlo (la sirvienta me pilló en plan voyerista con una pareja de lesbianas), este descanso que he decidido tomarme ahora no es nada que no me merezca. Postrado en una silla sin cojines, trabajé con intensidad durante cinco días enteros, pendiente de que los clientes nunca sobrepasaran el tiempo establecido para follar. Pero, gracias a mi conducta imprudente es que hoy me encuentro desempleado, acostado frente al televisor de mi casa, donde aguardo con ansiedad el inicio de un partido de fútbol de la selección. Lo mejor de todo es que mi querida esposa llegará en cualquier momento, y que pese a todas las adversidades me siento libre, expectante y feliz como un niño estúpido.

Era sencilla mi labor en el motel: los amantes son puntuales cuando deben reencontrarse con sus parejas estables y problemáticas; jamás fue necesario llamar a sus puertas para hacer mi papel de rudo vigilante. Porque sí: además de todo yo era un rudo vigilante, o –para que se sintiera orgullosa de mí y no se rehusara a consentirme por las noches– eso fue lo que le hice creer a Dayana. Después de dieciséis años de espera la selección Colombia está a punto de clasificar al mundial de fútbol; pienso que los dioses se han puesto a mi favor al permitirme que yo vea este partido. Como buen aficionado, opino que no estar presente al menos frente al televisor puede costarle la derrota a mi equipo. Hace un rato que dio inicio la transmisión del juego; amante como soy del silencio y la tranquilidad, albergo la esperanza de que nuestros locutores se desgañiten y pierdan la voz.

El calor en el estadio es infernal. Desde sus camerinos, los jugadores de ambos equipos tal vez piensen que el sol en la cancha es una hazaña del demonio, me pregunto si por eso se persignan tanto. Una cámara enfoca a un grupo de aficionados en las gradas; no sé por qué, pero en seguida creo reconocer el rostro angelical de una de las mujeres que me sonríe desde la pantalla. Me recuerda a una de las chicas de la pareja de lesbianas que arribó al motel con una camiseta amarilla: La de la selección. ¡Nada menos! La sirvienta me pilló abriendo esa puerta que nunca debió abrirse, pero en lugar de reunirse conmigo a espiar, la muy bruja estuvo a punto de armar un bochornoso escándalo.

–¿Qué hace aquí? ¡Atrevido! –exclamó mientras yo empezaba a aspirar, las fosas nasales dilatadas, el sucio aroma del sexo.

–Tranquilícese, señora –dije en susurros–. Mejor mire: una de esas chicas lleva puesta la camiseta de la selección, ¿no le parece curioso?

–Hombre muévase de ahí –espetó obligándome a cerrar la puerta–. Ese no es su trabajo. Lárguese a la recepción.

–Desde ahora lo es. ¡La recepción me aburre! ¿Tiene usted idea de lo cruel que es ver entrar a tantas mujeres hermosas con la certeza de que otro imbécil se las va a tirar? Al menos déjeme espiar a la pareja de lesbianas.

–¿Qué carajos está diciendo? Puedo hacer que lo despidan.

–Haga lo que se le antoje –añadí regresando al vestíbulo (o al Lobby, como le digo a mi esposa). Las lesbianas no se percataron del incidente. Pensé que otro día, cuando la limpiapisos no estuviera rondando, volvería a hacer visitas clandestinas en las habitaciones. Por el momento me limité a cerrar la mano y, con el puño en alto, grité enajenado–: ¡Al carajo con todo el mundo! ¡Hoy juega mi selección!

Ahora que lo pienso, es una suerte que Dayana nunca lleve consigo la camiseta de un equipo de fútbol: jamás se lo permitiría. ¿Qué carajos hace una mujer, me pregunto yo, siguiendo un estúpido juego de varones? Ciertamente, cada vez que veo a una chica con la camiseta de “su equipo” favorito me provoca -normalmente sin pretensiones sexuales- arrebatársela. El caso de las lesbianas del motel sería la excepción a mi regla: al verlas tan próximas al acto sexual, imaginé que durante el orgasmo una de las muchachas gritaría GOL.

Sin embargo reconozco que ha sido una soberbia estupidez, hacerme echar. La limpiasábanas resultó ser íntima amiga del dueño del motel. De todas maneras, como el partido se jugará en el Estadio Metropolitano, la vergonzosa Alcaldía decretó que la de hoy sería una tarde cívica. Lo cual significa que aunque no me hubieran despedido, iba a tener la oportunidad de ver el partido desde mi cama (ahora mi estupidez vale el doble). Soy, además, incapaz de informarle a mi mujer sobre mi despido, por lo menos deberé esperar hasta mañana. Gane o pierda mi selección, esta noche necesitaré consuelo: siempre lo necesito.

El partido no da inicio y tengo miedo de seguir revelando nuevas estupideces. Después del calor, una lluvia menuda desemboca en un monstruoso aguacero: otra hazaña del demonio. La comitiva de árbitros entra a inspeccionar la cancha; examinan qué tan profundos son los charcos de agua. Queremos ver un partido de fútbol, ellos lo saben, no un ridículo chapoteo de patadas. ¡Que no parezca que somos un equipo de la MLS! Desearía que mi mujer estuviera aquí para pedirle favores. ¿O quién me va a traer el almohadón extraviado en el mueble de la sala? ¿Quién me servirá un refrescante jugo de mango con hielos; un recipiente de crispetas con sal? Para nadie es un secreto que vivir solo puede hacer de la vida un drama más espinoso.

Antes de empezar a masturbarme, Dayana llega algo cansada de la oficina. Me encanta verla vestida de forma decente, así encuentro intenciones de corromperla cada día. Empapada en agua y tiritando de frio, la camiseta desabotonada y ceñida en el escote, los negros y ajustados pantalones de dril, toda ella camina en mi dirección (y los dioses siguen jugando a mi favor, es lo que pienso).

–¿Cómo está el vigilante? –pregunta con desgana mientras coloca una toalla limpia sobre sus hombros. ¡Dayana sigue pensando que su esposo es un vigilante en un hotel cinco estrellas!

–Más rudo que nunca –respondo observando las caderas empapadas y los pezones erizados por el frío.

–¿Así acostado? –comenta burlona.

Lo cierto es que mi esposa me ha encontrado en la posición que más prefiero para masturbarme: parezco un costal de papas arrojado con desdén sobre la cama. De un golpe me reincorporo para besarla.

–Sí. Así acostado –digo mirándola con cierta ansiedad. Luego del frío roce con sus labios, me muestra una de esas sonrisas soñolientas que siempre terminan en bostezo.

–Voy a la cocina. ¿Te traigo algo? –Conozco a mi mujer tanto como puede conocerse a una mujer, y no sé qué rayos significa eso, pero cuando Dayana dice que va a la cocina para “traerme algo”, lo hace con la intención de evitar mis proposiciones obscenas.

–Tráeme un jugo recién licuado, que tiemble –digo y la miro con severidad. Ella da un giro rápido, y hasta me parece que intenta ocultarme su trasero con la mano.

El chaparrón ha disminuido considerablemente: los jugadores comienzan a ingresar a la cancha. Es una lástima pues ya no estoy esperando el partido: espero a mi mujer, y no puedo evitar que me asalte de sopetón la imagen de la pareja de lesbianas. Extraigo de una polvorienta gaveta mi vieja camiseta de la selección, ¡la misma con la que ganamos la Copa América! Como una bandera la ondeo en el aire del cuarto, y gracias a la luz que se filtra percibo dos o tres enormes rotos en la tela. Se trata de un harapo con olor a guardado que deseo engancharle a Dayana. Nada tienen que ver, me digo, las fantasías sexuales con nuestras convicciones: ¡Al carajo mi vieja teoría sobre las camisetas de fútbol en las mujeres!

–Aquí tienes tu jugo –lo recibo en mi mano libre. En la otra sostengo con orgullo mi camiseta amarilla, que Dayana ya mira con indiferencia ejemplar.

Veo que se escurre los dedos en la tela del pantalón; en ese movimiento también percibo su asco. Creo que ha descubierto que mi ansiedad por ver el partido se ha convertido en mi ansiedad por estar con ella, y todo indica que esta elemental ecuación, que mata su deseo, despierta el mío.

–Acércate, hermosa. –se recoge el pelo en un bucle aparatoso. ¡Otro gesto de desprecio pues no hace calor!

Sin nada mejor que hacer con su vida, se sienta a mi lado y lanza apenas un vistazo a la pantalla. Yo me zampo el jugo de un solo golpe.

–Ponte esta camiseta –propongo dejando mi vaso en el suelo–. Ponte esta camiseta, querida. Veamos qué tal te queda.

Dayana me mira incrédula, de reojo.
–¿Para qué? Ni siquiera sé quiénes son los amarillos –su tono es irónico y me fastidia. –Vamos, querida, no pierdes nada con ponértela. ¡Apoya a tu esposo! ¡Apoya a tu selección! –añado agarrándome las pelotas.

–¡Uissh! Odio cuando actúas así –mi amada esposa me mira profundamente asqueada–

No quiero ponerme nada. ¡Por favor no molestes! –huye hacia el otro extremo de la cama. El narrador del partido nos interrumpe con sus histriónicas exclamaciones. Los televidentes tenemos que tolerar que el muy mierda advierta el presagio de un gol en cada saque lateral. Cuando no es su voz son los comerciales inoportunos que cruzan la pantalla y distraen la atención del buen aficionado. Para seguir insistiendo a mi esposa decido ponerle mute al televisor. Creo que el país entero, atorado en la garganta de su patriotismo, debería hacer algo similar.

–Sabes que si empiezas a oponer resistencia sólo conseguirás excitarme aún más –le digo en tono reflexivo.

–Ni si quiera sé por qué te has excitado. Eres un enfermo.

–¡Bah! –suspiro con falsa indignación. Luego de un corto silencio, la increpo de verdad–: La próxima vez procura no venir con la punta de los pezones erizados. Y no te niegues cuando te pida un simple favor. Estoy seguro de que te estás tirando a un maldito oficinista, quizá a toda la empresa. Pero yo no me opongo a tus caprichos, eres una mujer libre. Ni siquiera te estoy pidiendo sexo; quiero que te pongas la camiseta de la selección. ¿Es mucho pedir? ¡Soy tu esposo! Apuesto a que si fuera una estrella del balompié estuvieras chupándomela en el camerino.

Dayana me mira y parece que no lo puede creer. A lo mejor se pregunta, igual que yo, por qué rayos sigue casada conmigo. Fácilmente, en este momento puede pensar que soy un tipo repugnante, y estoy de acuerdo: En vez de abrir el cuello de la camiseta con mis dos manos para introducirlo por la fuerza en la cabeza de mi esposa, antes debería instruirla adecuadamente, contextualizarla en lo posible sobre las circunstancias que me han llevado a caer tan bajo. En una palabra: hablarle de las lesbianas del motel, decirle que todo este circo obedece a una fantasía sexual de mucho peso y no al marido que actúa presa del morbo y la desesperación. Pero no tengo tiempo para eso y los dioses son testigos de que ya he esperado demasiado.

–No…Imbécil… ¡Aleja ese trapo hediondo! –Dayana se resiste sin lograr desatarse. Sus manos forcejean con mis brazos pero el combate es desigual. Cuando consigo ponerle la camiseta su pelo cae rebelde sobre la cara.

–¿Ahora ya sabes quiénes son los amarillos?

No responde. Me doy cuenta que su aspecto es bastante lamentable: sentada, inmovilizada sobre el colchón, diríase que tengo enfrente a una oficinista recién violada. Con ternura le retiro el pelo del rostro. Me parece que no volverá a resistirse; la he obligado a hacer algo que no quería y fuera de eso no va impedirme gran cosa. Le “ayudo” a quitarse los tacones y el pantalón ajustado. Desabotono su camisa por debajo de la camiseta amarilla, pero me doy cuenta que resulta difícil extraerle las mangas y la dejo como está. Luce muy bien. Froto la carne fría y descubierta de sus muslos. Arrojo a un lado el brassier, la empujo con delicadeza y, sin almohada para apoyarse, la dejo caer, yacente como un cadáver. Finalmente, cuando veo que lanza una mirada desenfocada hacia al techo, le arrastro piernas abajo una panty de puntitos: “100 % algodón”. El silencio en la estancia es total.

–Ya hiciste lo que se te dio la gana. ¿Qué más quieres, imbécil?

¡Cómo me gusta que nos tratemos horriblemente! Dayana intenta mover la cabeza en dirección a la ventana, pero le aferro el mentón obligándola a mirarme. Descubro que una lágrima reluciente baja por su sien, una gota cristalina que muere absorbida en el pelo. De un fuerte tirón la hago girar boca abajo. Entonces me monto sobre ella: un jinete listo para su cabalgata. El recorrido de sus lágrimas cambia de dirección; ahora gotean desde el tabique hasta el borde de la sábana que se arruga contra su rostro. Supongo que el colchón y una mano en el cogote bastarán para sofocar los gemidos. Miro a la pantalla y me alegro con el marcador: 1–0 en favor de los nuestros. Separo sus piernas y saco mi sexo.

–No importa –le digo acariciándole la cabeza–. Falta no impide GOL. Entonces me voy –nos vamos– por la vía angosta.


 

*Me llamo Kirvin Larios, tengo 23 años, nací y resido en Barranquilla. He realizado estudios incompletos de Artes Plásticas en la Universidad del Altántico. En el 2012 gané el XVI Concurso Nacional Metropolitano de Poesía, y en el 2014 el XXXVI Concurso Nacional Metropolitano de Cuento, ambos de la Universidad Metropolitana de Barranquilla. Con mi libro de relatos(“Por eso yo me quedo en mi casa”) quedé finalista el año pasado en el Concurso Nacional de Libro de Cuento de la UIS, de Bucaramanga. El relato que adjunto hace parte de ese libro.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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