Otro

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Imagen: Agueda Carrasco
Pocas cosas hay tan elásticas como el tiempo mismo, me dice la señora que, de la nada, aparece junto a mí a hablarme como si nada, ¿ah, joven?, finaliza.

Pienso que casi ninguna, pero no se lo digo para no terminar debatiendo hasta el cansancio, para ahorrar unos años de vida y poderlos usar cuando sea viejo con poco tiempo de vida por delante y mucho de muerte por detrás. Pero no contestarle a la señora vino a ser lo menos difícil de lograr si tenemos en cuenta que, como casi siempre, leía una novela de apariencia abrumante; un mal lector le calcularía unas ochocientas páginas, y unas doscientas, uno bueno, aunque en realidad sólo tuviera quinientas, eso sí, sin ningún punto aparte ni descuartizada en capítulos innecesarios, un bloque macizo de realidad, mejor dicho. Lo más difícil fue creerme que en el transcurso del viaje de ida hacia mi casa (ya había leído el título en el viaje de ida hacia el trabajo, en la mañana) la terminé completamente. Seguramente pasé más tiempo leyendo que viajando, cosa perfectamente posible, además de rutinaria en mi estilo de vida de oficinista, o aquel día el tráfico empeoró más de lo normal como casi siempre en una ciudad capital del tercer mundo y mi fijación enfermiza en la siguiente página no me permitió notarlo.

Le digo que sí, sí, señora, tiene usted la razón en eso, y, créame, continúo para cerrar el tema, sé que de eso, del tiempo, saben más los viejos que los diablos, que son eternos pero inexpertos en las demás artes de la vida, en todas, si somos precisos.

Ahora es usted tiene quien toda la razón, joven, dice. Yo también he leído la biblioteca de Alejandría en mi viaje de regreso a casa, continúa la señora como quien no se percata de su interlocutor distraído, y hasta la he escrito varias veces, pero de eso no tengo permitido hablar con desconocidos, joven, quizás si nos volviéramos a encontrar y conversáramos de nuevo, o si nos tomáramos un café… terminó indecisa, mirando a través de la ventana y pensando, seguramente, en que su interlocutor era ella misma en una de sus tantas, infinitas reencarnaciones de lector en cualquiera de los tiempos, inclusive esos en los que no se habían inventado los libros, o en esos en los que ya se habían olvidado.

Lo que quise decir desde el principio, y que ahora querré al final, es que ya compré una mochila más grande que la anterior, una con más compartimentos, de todos los tamaños y todos los talantes. Porque nunca se sabe cuándo el tiempo se vuelva a detener o a estirar tanto como le sea imposible a nuestros sentidos saberlo, y pueda leer mejor otra novela monumental y, por qué no, reescribirla peor porque releerla de inmediato sea imposible desde el punto de vista siquiátrico. Porque pocas hay tan elásticas como la literatura, sobre todo cuando esta está escrita con el polvo del tiempo que no vimos pasar frente al reloj detrás de los párpados que no vemos jamás porque no nos quedamos el tiempo suficiente cuando estamos despiertos, o viajando, o junto a alguien que habla sin que le oigamos. Y porque nunca se sabe cuándo ha de salir de ella un viejo a decirnos algo tan elemental y tan suficiente que nos baste para empezar la vida desde cero otra vez, como si la vida fuera elástica como el tiempo y la literatura.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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