Bernarda Ponce, mi madre

Ilustración de Bruno Bauer.

Por: Silvana Aiudi *

“Creer o reventar”. Alguien de por ahí.

 

I

Por alguna razón mi madre no había ido a la reunión de Herbalife ese día. Las visiones conjuraban en su contra y la atormentaban. El hombre de la galera negra sentado en el baúl de la habitación no dejaba de mirarla cada noche y, para esta altura, la nube gris tapaba el Sagrado Corazón de Jesús colgado en la pared. Mi madre pensaba en eso todas las mañanas mientras recordaba la aparición de aquella niña sentada en la silla de la computadora, la mujer de la escalera, los ojos rojos detrás de los árboles y el exorcismo que practicaron a la abuela. Algo debía hacer.

Los poderes de mi madre comenzaron alguna vez cuando mi madre era chica. La luna, que iluminaba el largo trayecto en sulqui, posibilitaría la visión de una mujer vestida de blanco entre medio del pastizal. Al llegar al rancho, mi madre contó lo que había visto. Chinita, cállate que vas a asustar a tus primos.

Con el tiempo, mi madre y su familia se fueron todos a Buenos Aires. Mi madre saltaba la zanja y caminaba por la calle de tierra mirando dormir a los perros que habían ladrado toda la noche. Llegaba a la estación y tomaba el tren. Viajar sentada. No. Tenía ocho años y era mucho más joven que las demás. La mami va a estar orgullosa de cuántos plumeros voy a vender. ¿Trajiste plata?

La cosa es que mi madre no le tenía miedo a nada y, para bien o para mal, las visiones continuaron. Debo decir que, para ese entonces, mi madre estaba bastante acostumbrada. La mujer que aparecía en su habitación, me contaba, pasaba tambaleándose con asombrosa rigurosidad y puntualidad. La primera vez que la vio, notó que sus pies no tocaban el suelo y, cuando menos se dio cuenta, la mujer se encontraba mirándola de cerca. Mi madre se mantuvo firme, cerró los ojos y oyó el golpe de la puerta cuando se cerraba.  Ese episodio fue el punto de inflexión en su vida.

Muchos años después conoció a mi padre, heredero de una carnicería y que, de joven, había disfrutado de sus aventuras en el camión y de la cantidad de mujeres que había conocido por su gran parecido a Sandro. Al casarse, mi madre tuvo una casa sobre calles sin zanja ni tierra ni olor. Y, como suele suceder, con el tiempo mi madre tomó poder en la casa: se convirtió en una figura a la que temer y mi padre no era más que un espectro a quien veíamos por las noches.

Para todo lo que importa de aquí en más, fui hija única.

II

Cuando era chica, yo le tenía miedo a casi todo pero nada me daba más temor que toparme con mi madre. Nunca quise ni me atreví a preguntarme por qué. No podré saberlo pero sí recuerdo aquella vez en que con un simple movimiento de manos me tiró contra la pared  luego de que se me cayera en el piso recién encerado la comida para los perros. Sos una inútil, sentenció. Recuerdo también su insistencia en que podía leer mi mente. Yo me esforzaba por no pensar mal de mi madre o insultarla cuando leía mi diario íntimo, o dale, sí, tapate esas tetas, tomá, usá el corpiño de la abuela.

A los veintidós años me casé. A los veinticuatro me separé. Mi madre sólo me quería para ella. Estoy segura.

-Tu marido te quiere volver loca –me dijo una vez–. Fui a lo de la Yoli. Me acompañó Angelita. Quiere quedarse con la casa.

Mi madre insistía en su poder de clarividencia heredado de un antepasado. La casa de la Yoli quedaba en una calle de tierra cerca del campo de la Juanita. El campo tenía chanchos y gallinas. La Juanita vendía huevos y leche. Para entrar, había que pagar peaje a los pibes de la esquina. En esa esquina, un templo del gauchito Gil. A una cuadra, Doña Rosa tiraba las cartas. Dos metros más allá, una escuela y, en frente, la parada del colectivo. A tres casas, habían encontrado el cuerpo del Churri. Se decía que había sido asesinado de un hachazo en el tórax. Se decía que así lo habían visto todos los del barrio. Se decía que por ahí pasaba una combi blanca que secuestraba chicos. Se decía que les vendían caramelos con droga. Se decía que el circo que estaba en el campo compraba perros para alimentar a los leones.

-Fuimos y vinimos en remis. Quedate tranquila.

Me juró que tenía un presentimiento y necesitaba ir a lo de la Yoli. Me contó que fue a las ocho de la noche el Día de los Muertos. Me dijo que  la Yoli la tomó de la mano y se transportaron a un campo oscuro. Me explicó que se habían elevado. Me confesó que los veía desde arriba. Me dijo que, entre las velas negras, había una foto mía. En la foto estabas gordita. Me confesó que, al verlos, se enfureció y apagó las velas con un movimiento de manos. Me aseguró que los pibes se asustaron pero no lo suficiente como para abandonar el trabajo. Me explicó que podía escucharlos con total claridad.

-Acá hay alguien, boludo, y es poderosa. Debe ser la vieja. Decime cómo se llama –dijo uno.

-Bernarda, Bernarda Ponce –murmuró el otro.

-Soplá cuando yo te diga. ¡Ahora! –gritó la Yoli.

-Uh, boludo, sentí algo.

-Es la vieja, seguro.

-Soplá, Bernarda, soplá fuerte. ¡Ahora!

-Uh, boludo, sentí algo otra vez. La vieja es poderosa.

-¡Vayámonos a la mierda!

Desde ese momento, el espectro de la galera desapareció de la habitación y mi madre retomó sus reuniones de Herbalife. Mi madre me quería. Podía darme cuenta. Creí su historia y convinimos en que debía divorciarme. Me propuso que me fuera a vivir de nuevo a su casa y acordamos en que no conocería a otros hombres. Mi soledad confirmaba el hecho de no ser señalada por los vecinos.

Mi marido decidió irse. Nunca más supe nada de él. La casa se alquiló. Arreglé un buen precio de manera tal que yo pudiera no trabajar y dedicarme a mis estudios de posgrado. Pero inmediatamente surgió la cuestión de poner una peluquería en el local que el paraguayo alquilaba en frente de la estación. Mi madre recordó sus estudios en la Academia de Peluqueros de Munro y quiso volver a trabajar. Me propuso que yo fuera su ayudante. Le dije que no. Supongo que no la hice demasiado feliz.

III

Con el correr de los días, mi vida se volvió rutinaria y algo aburrida hasta que cierta vez me di cuenta de que algo extraño ocurría en el fondo de la casa de mi madre. Una noche, desde la ventana de mi habitación, vi a mi madre ir hacia los árboles que se encontraban en el parque. Llevaba una bandeja llena de frutas. Para los perros, me dijo. La sombra de los árboles hizo que mi madre se desvaneciera en el camino. Los perros, inmóviles, miraban llenos de horror el lugar. Se me ocurrió, cómo no se me iba a ocurrir, que una monstruosa figura era alimentada por mi madre. Era demasiado cobarde para ir a mirar. Me senté de espaldas a la ventana y me propuse dejar de pensar. Entonces tomé un libro de Ludovica Squirru que se encontraba aún en mi biblioteca de adolescente y que me había regalado mi madre al cumplir los dieciséis años. Por las Trabex que nos enchufaron, abramos compuertas, corramos praderas. No entendía nada pero seguí leyendo. El año de tu nacimiento, la hora que será tu ascendente, el yin y el yan, y tu propio elemento. No entiendo en qué pensaba mi madre cuándo me regaló esto. Maullemos como gatos, ladremos como perros, gocemos como chanchos, riñamos como gallos. Ludovica había logrado que me diera sueño e intentara dormir pero me di cuenta de que en la habitación aún se encontraba aquella silla en frente de la computadora: mi madre había visto sentada, alguna vez, a una niña. Sentí terror. Si aquella historia había sido cierta, la niña podría aparecerse en cualquier momento. Cerré con fuerte presión mis ojos y, al abrirlos, vi a la niña allí sentada, pensativa, con la cabeza gacha. Sólo rogaba que no me mirara. Volví a cerrar los ojos, recé algo parecido al Padre Nuestro y, cuando los abrí, la niña se había desvanecido.

-¿Querés venir conmigo a Salta?– me preguntó mi madre que se encontraba en la puerta de la habitación–. Voy a la Virgen del Cerro como todos los años y Angelita no me acompaña. Está meta que dale con la carbonería y no quiero ir sola.

-Sí– respondí rápidamente.

Mi madre cerró la peluquería por unos días y, en septiembre, viajamos a Salta. Cuando llegamos, durante el día caminamos por la ciudad, vimos a los niños momias y, por la noche, fuimos a la peña del Quique. Nos divertimos con el show, comimos tamales y chivito, y tomamos vino. Al día siguiente, fuimos a la Virgen del Cerro. El camino era largo: subimos por un sendero a cuyos pies se encuentra el barrio Tres Cerritos. El ascenso de tierra comienza justo cuando termina la calle Los Carolinos y un portón verde indica el acceso al camino interior del Santuario. La gente que se encuentra allí está para cumplir una promesa o agradecer algún milagro. Algunos suben descalzos. Otros, con bastón. Otros, con algún tipo de enfermedad cardíaca o respiratoria, se detienen, se sientan un rato y continúan luego. El sacrificio es largo y cansador. El silencio, abrumador. En los árboles, hay rosarios que cuelgan como plátanos. Algunas personas lloran. Otras, rezan. Pocos cantan las canciones de la iglesia. Esto es una cagada, no sé para qué vine, pensé. De repente, miré a mi madre que me observaba de reojo. La puta, me leyó la mente. Mi madre no me dijo nada. Quería llegar donde se encontraba María Livia. María Livia Galliano de Obeid es una mujer a quien la virgen se le apareció no me acuerdo cuántas veces, creo que muchas. Parece ser que tuvo una vida rutinaria de ama de casa hasta que, en 1990, escuchó una voz que decía ser La Madre de Dios. Con el tiempo, me explicaba mi madre, la virgen le pidió a María Livia que le edificara un santuario en la cima del cerro.

– ¿Tan alto, mamá? Qué jodida la virgen. Yo lo hubiera hecho abajo. Hay que caminar un montón. Ya no puedo más. Tengo sed.

– ¡Callate que Dios te va a castigar!

Entonces pensé en la niña de la computadora y me callé.

Al llegar a la cima, todos rezaban el Ave María, creo. Luego de dos horas, logramos acercarnos al santuario de María Livia. Resultaba ser que ponía la mano sobre la frente de las personas, a veces lloraba, otras, se desmayaba, mientras el marido la filmaba. Esto es una reverenda truchada, pensé. Mi madre me miró de reojo. La puta, me leyó la mente, me dije. María Livia se acercó a donde nos encontrábamos mi madre y yo. Como en las películas, elevó su mano y la apoyó sobre la frente de mi madre. Como en las películas, bostezó y se le pusieron los ojos blancos. Como en las películas, mi madre se desmayó y cayó sobre mí. Herbalife no le está haciendo efecto, pensé. Se acercaron los médicos y mi madre volvió en sí.

Luego de un rato, con mi madre feliz por su experiencia mística, bajamos el cerro riéndonos y sacándonos fotos. Por la tarde, compramos dulce de cayote y queso de cabra, y tomamos el avión de regreso a Buenos Aires. Ese viaje había logrado unirnos. Ese viaje había logrado que volviera a sentir que mi madre me quería.

-Si querés, puedo ayudarte en la peluquería– le dije.

Mi madre respondió que sí.

IV

En la peluquería estaba encargada de la caja y pronto incorporamos el cobro con tarjeta de crédito y débito. Yo había logrado salir de la rutina de la casa. Las historias de las vecinas del barrio hacían que mi día a día fuera más divertido y me hicieron olvidar del episodio de los árboles y la niña de la computadora. Avancé con las materias de posgrado, estudié idiomas y comencé a dictar un taller de escritura para los empleados de la municipalidad. Todo parecía haber vuelto a la normalidad hasta que ocurrió un suceso que resultó ser el punto de inflexión en mi vida esta vez.

– Pro… pro… profe, ¿ya terminó?– me preguntó el Tucu.

El Tucu era el portero y tenía tareas varias: abrir la puerta, limpiar los salones, pagar los sueldos, recibir llamadas, apagar las luces, cerrar el edificio cuando se iban todos. Pero lo que más me llamaba la atención era el apodo de este buen hombre ya que era oriundo de Santiago del Estero.

-Igual que mi mamá– le dije.

-Ah, eeen… eeeen… entonces usted cree en fantasmas, Yudi.

No volví a insistirle al Tucu en la corrección de mi apellido como tantas otras veces lo había hecho.

– No, no creo– respondí evitando admitir lo que para mí siempre había sido habitual.

– Poor… poor… porque acá hay uno, Yudi. Es una mujer que está al final del pasillo. Apa… pa… pa… aparece todas las noches cuando apago las luces. Puede, puede venir y ver…verla.

Recordé las historias de mi madre, el día de los árboles, la niña en la silla de la computadora y el episodio de la Virgen del Cerro. Pero, fundamentalmente, recordé mi cobardía. Accedí. Esperamos que los alumnos se fueran. El Tucu apagó las luces y prendió una linterna. Subimos las escaleras tanteando con los pies escalones de cemento apenas iluminados con la luz de una linterna vieja y gastada. Escuché un ruido.

–Tucu, ¿qué fue ese ruido?– le pregunté alterada.

El Tucu no respondió.

Continuamos con el ascenso. Lo tomé del brazo. Escuché una puerta que se cerró de golpe. Es el viento, pensé, es el viento. La linterna  apenas iluminaba el pasillo del segundo piso al que habíamos llegado.

-¡Ahí está!– exclamó el Tucu.

Cerré los ojos. Los apretaba. Solté el brazo del Tuco y cerré mis puños transpirados.

– ¡Ahí está, Yudi, ahí está!– volvió a decir el Tucu mientras sacudía mi brazo con su mano.

– No quiero mirar Tucu, tengo mucho miedo.

En ese instante, escuché algo susurrando a mis oídos que nos hizo callar. Corrí, corrí sin parar en la oscuridad. El temor hacía que las piernas y la voz me temblaran. Intenté gritar pero no pude. Sólo abría la boca y no salía el más minúsculo sonido. Corrí. Me tropecé. Me raspé los brazos. Corrí. Subí al tren.

Al llegar a mi casa, mi madre se encontraba despierta esperándome con la comida caliente y mirando la novela. Sentí alivio. Me preguntó qué me pasaba. Le dije que estaba cansada, que había tenido un día complicado, que mañana le contaba.

Al otro día me acerqué a la municipalidad para presentar la renuncia. No podía seguir con los talleres. Cuando llegué, se encontraba otro hombre en la puerta, alguien a quien nunca había visto. Le pregunté por el Tucu.

–No sé. A mí me llaman cuando no viene. Supongo que otra vez se habrá puesto en pedo y anda tirado por ahí ese viejo borracho.

Ese día más tarde, en la peluquería, estaba tan distraída que no le cobré ni a Doña María ni a la maestra Mirta. Cuando cerramos el negocio, mi madre se dio cuenta de que faltaba plata. Le expliqué que no había cobrado un corte ni una tintura, que había estado pensando en otra cosa.

-¿Ves que sos una inútil? No servís para nada. Ándate a casa. Yo cierro todo.

No sé por qué me vino a la memoria aquel episodio cuando tiré la comida de los perros.

Al llegar a casa, mi padre no estaba, o al menos no lo vi. Fui a mi habitación y comencé a mirar hacia los árboles. Pensaba en el monstruo que se encontraba allí. Tomé la decisión de ir al fondo. Abrí la puerta. Era de noche. Empujé el mosquitero. Los pies, sobre el pasto húmedo, sobre el rocío. Me alivió ver a los perros jugando. Cerré mis puños transpirados. Rozaba el índice con el pulgar. Entré ahogada en la oscuridad de los árboles. Algo de la luz de la luna se inmiscuía entre las ramas, entre las hojas, y posibilitaba el camino. Había olor a humedad y a fruta podrida. Algunos insectos, a los que espantaba moviendo las manos, volaban a mi alrededor. Fue entonces cuando sentí una respiración detrás de mí. Me paralicé de horror.

-¿Qué hacés acá?– Era mi madre que llevaba una canasta con frutas y un rosario colgando en el cuello. –Vas a arruinar todo– me dijo.

No supe qué responder. Los perros ya no estaban. Fue entonces cuando sentí algo respirando como un animal a mis espaldas y vi cómo los ojos de mi madre palidecían. Fantasmagóricamente, puso la canasta en el suelo. Mamá, mamá, qué pasa, tengo miedo. Mi madre no respondió sino que emitió sonidos cavernosos que salían de su boca. Cerré los ojos. Rocé el pulgar con el índice.  Leshii, Leshii, alguien murmuró a mis oídos. Lo único que pude ver fueron unas manos que tocaban mis piernas. Mi madre se incorporó en sí y me dijo:

–Mis poderes crecen. Se debe seguir con la tradición. Se debe cumplir con la brujería.

Entonces fue ahí cuando noté que, desde las ramas de los árboles, colgaban la camisa a cuadros de mi padre, el jogging gris de mi marido, el pantalón azul del Tucu y mi tan amado vestido floreado que usaba cuando era chica.

–Llegó la hora– sentenció mi madre–. A ver si aprendés.

Me empujó. Caí sobre el pasto lleno de frutas podridas, cucarachas y barro pantanoso. Mis manos y mis brazos, llenos de babosas negras. Mis piernas, con hormigas salvajes que marcaban un camino. Mi madre ya no estaba. Se habría desvanecido en la oscuridad. Grité, grité y lloré. Quedé desamparada, indefensa, huérfana. Recordé mis burlas a la virgen, el “Dios te va a castigar”,  aquel empujón, la niña de la silla, el fantasma de la municipalidad, a la Yoli, al Churri y la combi blanca secuestra niños. Me dispuse a llorar. Estaba perdida dando vueltas en el lugar hasta que dilucidé la figura de un hombre. Cerré los ojos con una clara sensación de alivio y percibí aquellas manos ásperas ya conocidas que me acariciaban los brazos. Ayudame, le dije. Pero sólo respondió: Leshii, Leshii.  Abrí los ojos y vi un cuerpo con pelaje animal. Mis rodillas quebraron. Un rabo y unos cuernos y pezuñas y el barro. Ahora estaba sobre mí, con su cara ennegrecida, y aquellos ojos rojos, aquellos ojos rojos que cambiaron de hombre a bestia, de bestia a algo peor que bestia. Aquella cosa que me dejaría el mayor sentimiento de horror jamás sentido.


Silvana Aiudi.

(*) Silvana Aiudi (Buenos Aires, Argentina). Colabora, además, en Revista Panamá. E-mail: silvana.aiudi@gmail.com.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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