Lo Imprevisible

En la foto Friedrich Dürrenmatt (comedianacional.montevideo.gub.uy).

 

 

Por: Néstor Fabián Pulido *

 

¿A qué le temen los adultos? ¿A la muerte, a la vejez, a las burbujas inmobiliarias? La verdad es que nos asusta la incertidumbre, esa cualidad del universo que no permite que las cosas sean como nosotros querríamos que fuesen y que en muchas ocasiones nos desbarata las más sencillas verdades por cuestiones azarosas y absurdas. Así, en el mundo real, es posible que una mujer experimentada en cuestiones de supervivencia muera en un bosque de los Estados Unidos, a pocos metros de donde el grupo de rescate la estaba buscando y, al mismo tiempo, un niño de siete años sobreviva una semana en un bosque de Japón plagado de osos; o que un hombre atraviese todo el país para matar a un profesor, suicidarse y solo dejar una nota donde pide que se alimente a su gato.

Digo esto porque tuve que enfrentarme de muchas maneras a esa incertidumbre con mi última lectura, una novela que jamás habría buscado ni leído por mis propios medios y que solo agarré por una serie de azares que se conectaron entre sí. El día de hoy les quiero recomendar La promesa de Friedrich Dürrenmatt que comienza como solo podría comenzar Twin Peaks: con una niña muerta.

 

 

Una esperanza más asquerosa

En el cantón de Zurich, Suiza, Gritli Moser es encontrada muerta en el bosque. Vestida de rojo, de trenzas amarillas y una cesta, como una caperucita degollada a mitad de camino a la casa de su abuela, atacada por algún lobo feroz que el inspector Matthäi promete atrapar poniendo como garantía la salvación de su alma. Y a renglón seguido tenemos al buhonero Von Gunten, el hombre que descubre el cadáver y que tiene antecedentes por agresión sexual, por lo que es considerado el principal sospechoso y pronto se obtiene de él una confesión. Caso cerrado. Fin.

La vida en el cantón continúa. Los niños siguen cantando y jugando, los policías siguen nuevos casos y los ambiciosos consiguen escalar posiciones sociales y económicas. Todo el mundo olvida el sórdido asesinato excepto el inspector Matthäi, quien está convencido de que el verdadero criminal nunca fue descubierto, que sigue un modus operandi rastreable y que en su momento volverá a degollar otra niña. Porque el inspector es un hombre lógico, superior, el perfecto detective que ve más allá de lo obvio y rastrilla en la tierra la más mínima evidencia que descubra el hilo rojo del destino, la causalidad que le llevará a probar el intrincado plan de su némesis.

Así, Matthäi se dedica a buscar al asesino por sus propios medios. Sin ayuda de la policía ni de sus compañeros investiga y encuentra un mundo alterno que evidencia un rastro, un dibujo de un gigante con erizos y un extraño símbolo heráldico. Y cuando reúne todas las pistas que necesita solo hace falta poner un cebo, una presa lo suficientemente apetecible para que el asesino se deje tentar y él pueda darle una persecución y finalmente una batalla digna de la literatura épica.

Pero en este punto todo se tergiversa, la realidad se vuelve inverosímil y entonces la lógica es superada por la suerte, por lo inconmensurable del azar. La improbabilidad de una solución novelesca se manifiesta en las palabras del narrador:

Al final resulta ser el destino o la providencia; ustedes los escritores siempre acaban por mandar a paseo la verdad con sus reglas dramáticas. Al diablo con esas reglas. Los acontecimientos no se ajustan a una regla de medida, puesto que no conocemos todos los factores necesarios, sino sólo unos pocos, la mayoría de ellos secundarios. También lo azaroso, lo incalculable, lo inconmensurable, juegan un papel, y un papel demasiado grande. Nuestras leyes se basan sólo en la verosimilitud, en la estadística, no en la casualidad; son sólo aplicables a lo general, no a lo particular. Lo particular está más allá de los cálculos. Nuestros recursos criminalísticos son insuficientes, y cuanto más los ampliamos, más insuficientes se vuelven en el fondo. Pero eso les trae sin cuidado a ustedes los escritores. Nunca intentan vérselas con una realidad que se nos escapa una y otra vez, sino que crean un mundo más manejable. Ese mundo podrá ser perfecto, es posible, pero es una trola. Dejen en paz la perfección si quieren avanzar hacia las cosas mismas, hacia la realidad, como les incumbe a los hombres, en lugar de quedarse sentados, entreteniéndose con inútiles ejercicios de estilo.

Y el sinsentido de toda la situación le cae encima al pobre Matthäi que, en honor a la verdad, nunca le falta razón.

 

 

El único sentido es el sinsentido

Cuando Yukio Mishima se suicidó en consecuencia de su fracasado golpe militar, pensó que su memoria perduraría en la memoria colectiva como la de un mártir al que los jóvenes querrían seguir. Es tal vez el acto más arrogante del que puedo hacer memoria y así lo dejó claro Henry Miller cuando escribió sobre su muerte, cuando se dio cuenta de que lo que le faltó a Mishima fue sentido del humor para entender que no hay un mundo al que salvar:

Soy tan culpable como tú, mi querido Mishima, de intentar hacer del mundo un lugar mejor. Al menos así empecé. De alguna curiosa manera la práctica de la escritura me enseñó la futilidad de esa pretensión. Aun antes de leer las palabras sabias de San Francisco había tomado la decisión de mirar el mundo con otros ojos, aceptarlo como es y contentarme con hacer mi propio mundo. Este cambio radical no me cegó a los males que existen, ni me hizo indiferente al sufrimiento y a las desgracias que soportan los hombres. Tampoco me hizo menos crítico de las leyes, las instituciones, los códigos de comportamiento bajo los cuales seguimos viviendo. Me resulta francamente difícil imaginar un mundo más absurdo, más irreal que el que tenemos. Me parece –como decían los gnósticos– más bien un “error cósmico”, la obra de un falso Creador. Para que el mundo sea vivible tendría que ocurrir lo que Nietzsche llamó “una transvaluación de valores”. Poniéndolo en términos suaves, es un mundo demente en el que, ay, los dementes andan sueltos.

Eso es lo que pasa con la obra de Durrënmatt, su trama es tan desquiciada y horrible que nos produce risa, una carcajada demencial que nos recuerda que la mejor manera de entender la realidad es cuando da el peor giro posible, porque el azar es el caos que nos restriega en la cara nuestra incapacidad de entender el mundo.

(Cómo me volví un apóstata de la filosofía).

 

Versión para dummies

Por último, y solo para no confundir las cosas, vale aclarar que este proyecto le fue encargado a Durrënmatt para hacer una película didáctica, una denuncia publicitaria para alertar sobre el aumento de infanticidios y que se llevó al cine en una producción germanohispana llamada El Cebo y dirigida por Ladislao Vadja en 1958. Durrënmatt continuó trabajando para culminar con lo que vemos en la novela y por esto, si ven la película en contraste con el libro, van a ver que sin ser mala la película es distinta.

Además, el autor utiliza un guiño en el texto para burlarse de la conclusión de la cinta: la motivación de los personajes, su psiquis, la conclusión misma, para diferenciar claramente las intenciones de ambos trabajos. Por un lado el moralismo de la película y por el otro la crítica a una de las estructuras características del siglo XX que se ve en la novela.

(Acá El Cebo, la película completa).


(*) Néstor Fabián Pulido. Bogotá. Es Filósofo y Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente reside en Argentina desde donde no deja de pensarse la literatura, como da cuenta El blog de Mabuse, su bitácora personal.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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