Sin Penélope

Imagen: Gerhard Richter: I.G. Óleo sobre Lienzo, 82 cm x 92 cm, 1993. (gerhard-richter.com).

 

 

 

Por: Santiago José Sepúlveda Montenegro *

 

 

 

 

Sí, recuerdo. Canción encantadora. En sueños se llegó ella hasta él. Inocencia a la luz de la luna. Intrépidos. No conocen el peligro. Aun así reténla. Decir su nombre. Tocaragua. Tintineo airoso. Demasiado tarde. Ella anhelaba ir. Por eso. Mujer. Más fácil poner puertas al mar. Sí: todo está perdido.

Ulises – James Joyce.

 

 

 

Clara. Lúcida. Límpida. Blanca. Suave. Tersa. Pura. Impecable. Inmaculada, casi.

Amanece y no lo sé. Sueño su piel. Me toca. La toco. Soy dos. La habitación está caliente. Hay una cobija en el suelo. El sol comienza a aparecer. Se posa sobre mi cuerpo. Sueña mi piel que me toca su piel. Siente, suda, exhala. Suspira. Comienzan, poco a poco, a fundirse su piel y las cobijas. Siento la cama. Sueño la cama. Me toma con sus manos. Sábanas ligeras que me rozan. Me toma con su boca. La toco. Me toca. Tomo lo que quiero. El cabello entre mis dedos. Sus labios. Sus senos. Retiro su boca, mi cobija. Ya está húmeda.

Despierto. Estoy solo. Debo secarla. Se hace tarde.

Bajo el agua cierro los ojos. Todo se disuelve. Si me tapo las orejas solo suena el chorro sobre mi espalda. Silencio. Respiro. Es hora de despertar.

Duro más pensándome que lavándome. Me seco. Me visto. Cuchilla para un imberbe. No se siente… Bien. Voy descalzo al cuarto. Ahí están su boca, su piel. Su imagen se desvanece. Solo quedan cobijas secas y tibias. Aún así, tientan. Debo salir. Se hace tarde. La vejiga reclama, antes. Después la calle.

Hoy hace sol. Allá las flores, acá la costumbre. Aquellos pájaros y el camino de siempre. Flores de pájaros que cuelgan; arranco uno amarillo. Aquí el sol da más. Se refleja en las ventanas de los edificios. A ella le gustaban estas flores. Una vez arrancó una, para su abuela. Debe estar marchita. Duran un día. Dos, como máximo. Como ella. Marchita. Debe estar marchita. No, miento. Siempre tuvo los labios florecidos, dispuestos. Todavía, para otro. Ya no yo.

Dura treinta y cinco segundos aquel semáforo. Debo caminar más rápido si quiero cruzar pronto. Hoy no quiero correr. Hace falta lentitud después del dolor. Rojo, sus labios. Aquella camiseta. Su pared. Su malgenio. Verde, su cuarto. Caminar. Avanzar. No quedarse atascado. Atascado ahí, siempre, no. Debo llegar. Desayunaré solo. Está bien. Ella no desayunaba. Y, aun así, su barriga. Suave. Limpia. Con lunares. Y el ombligo hacia dentro, oscuro. Clara no. Más bien oscura. Estrías, no en la barriga. Su piel.

Buenos días. Un desayuno, por favor. Como siempre.

La soledad logra estar sola. El huevo sabe bien. Falta una pizca de sal. Tomate, cebolla. A ella no le gustaba. ¿Está bien pensar tanto en ella? Es normal, supongo. Hace poco se acabó. Le dije que volviéramos. Que no. Que estaba bien así. Que estaba aprendiendo, por fin. ¿Y yo? ¿Yo qué? Aprende tú también a estar sin ella. ¿Sin ella es solo? ¿Es lo mismo? Pan y café. Al jamón le falta fritarse un poco. Un poco más de sal.

Esta mañana soñaba que ella. Sí, no importa. No debo pensar en eso. Será peor. Las cobijas. En este mismo sitio, arriba. El día en que todo estaba solo. Su boca, húmeda después. Me pidió un chicle para. ¿Por qué recordar lo que fue bueno, únicamente? Si terminó fue por lo malo.

Más de una vez los miraba. A cuántos más. Quería ser el único, pedía demasiado. Quería que tan solo me dijera esas cosas a mí. Pero lo hizo con otros. El pasado, un juego solamente. Para ella no fue nunca lo que para mí. ¿Y debía esperar que fuera lo mismo? Es bella para todos, para ellos. Pedía demasiado, quizá.

Me miran como si tuviera cara de guayabo. Y sí, de cierta manera. Cuesta digerir el alcohol como el amor. Dicen que una cerveza lo cura. Pone a funcionar el hígado de nuevo. Eso dicen. Es mejor que lo del clavo. Un clavo no saca otro clavo. Dos clavos y un corazón clavado. Duele. Quizá otra cerveza. Funcionar el corazón de nuevo. El hígado. Las tripas. No era blanca, era oscura, y con el sol oscurecía. Oscura más que clara. Oscura. El mar profundo, ella. El cielo, yo. Y la tierra… Oscuros, color tierra negra, fértil. Demasiado, quizá. Un negro tan negro que parece un hueco sin luz. Sus ojos.

Lo malo de no pensar es que no pasa el tiempo. Es un recuerdo vacío. Llego al otro lado de la calle en menos de veinte segundos. Escribir me tranquiliza. Más que caminar. Y pienso escribiendo. Escribo pensando.

Ya estoy cerca. Está ella que besé después de todo. No para olvidar, no, para eso no. Fue una noche de. Ella. Y la cerveza. Sí. No me importa ya. No sé vivir. No sé sentir. Mi cuerpo es un extraño. Mi piel y mis manos no saben. La nariz reclama sus olores. Deberé meter eso en lo que escriba ahora. Ya llego. Pero sí sé. Mi cuerpo existe, como ella. Sí importa, importa. Así no sepa, siento. Así no conozca, soy.

Teclas como piano, suenan. Audífonos para la concentración. Teclas, teclas, teclas. Que salga lo que salga. Te quise y nada importa ya. Excepto, quizá, yo. Teclas, teclas, teclas.

No sé qué hacer con estas terminaciones nerviosas que se niegan a todo si no estás. Mis ojos no querían ver un sitio en el que no estuvieras, y tuve que negarlo porque, me decía, debía aprender a ver, aunque no te tuviera en mis paisajes. Mis dedos reclamaban si no tocaba tu piel, y me interpuse yo, diciendo que debía aprender a tocar, aunque no supiera de tus dedos.

Intenté no recordarte, diciéndome que tus recuerdos eran tesoros dibujados a lápiz, como aquel retrato que guardas en alguna caja olvidada. Y que si los recordaba, los iba a ir desdibujando. Que a medida que te recordara iba a ser como un dibujante que borra, haciendo cada vez menos visibles tus retratos en mi cabeza. Pero no era verdad. Tonta excusa para no recordar los errores cometidos.

Me siento a la deriva sin el puerto que es tu pecho; sin las cuerdas que son tus brazos; sin el ancla que es tu pelo; sin la brisa que es tu cuello; sin el atardecer de tus ojos; sin timón, sin tus manos; sin velas, que me guían como tu voz. A la deriva, sin brújula ni verga ni mástil ni proa ni babor. Un barco vacío en medio del mar, balanceándose, esperando que un día el mar deje de reflejar tantos soles y tantas lunas que no tienen sentido, a veces, sin ti. De un lado a otro. De un lado a otro.

Cada palabra acude como si viniera contigo, cada espacio recorrido. Cada sonrisa es tu sonrisa, cada canción es tu voz, cada baile eres tú, bailando, sin mí. Ya no sé qué soy sin ti. Soy, pero no tengo idea de qué caminos sigo en medio de tanta trocha, que se ha vuelto tupida de maleza; y yo, sin machete, abriéndome paso con mis manos, sospechando que no voy a ningún lado ya. Pero no importa, sigo avanzando; quizá en círculos, quizá directo a un abismo, quizá ni siquiera avanzo y solo me imagino que avanzo… y lo único que me queda es la sensación de no estar ni a la deriva ni entre la maleza ni en el mar ni en la tierra.

Todo lo que sé es que no escucho tu machete tu brisa tu sonrisa tu risa tu danza tu vientre tu pecho tu pelo tu ancla tu voz tu cielo tu trocha tu norte tu sur tu oriente tu occidente tu dondesea pero tú en todo caso tu te amo tu te pienso.

Te pienso te siento te recuerdo te hueloimagino te oigoacaricio te mirosonrío te tocotupelotuvoztesientoyescuchotuspasosviniendodescalzosdesnudosdesarropadosdedudasquetuvequetuvistequetuvimosquenosabemosyaquenosamamosquenospensamosquesabemosybesamoselairelapielyeltactodenuestrosdíasynochesytodotodotodo ahora ya sin ti.

Querría un día ver tierra y que el mar me llevara, sin remos, a tu pecho, perdón, tu puerto, para poder posarme sobre arena de playa. Y cerrar los ojos con tu brisa tu pelo; contigo mi casa.

Ahí estás. ¿Por qué siempre apareces en el peor momento? Te escribí una carta, ¿sabes?

Hola. Hola, me dice. ¿Cómo estás? Bien, me dice. ¿Cómo has estado? Mal, me dice. Me hace mal hablarte. Me hace daño. He pensado en decirte que no quiero que volvamos a hablar. Pero te escribí una carta hoy. No me la mandes. Te la mando, y tú decides si la lees. No me la mandes, intento estar bien. Qué difícil es esto. Si no me vas a decir nada, vete. No quiero. Vete. No quiero. Estoy esperando que me digas que quieres volver conmigo, y eso no va a pasar. Guardo silencio: sí, quiero decírtelo. Pero me da miedo. Entiende. Entiende. Entiende carajo, que no quiero explicártelo. Ya no hay más silencio, no más. Me voy. Chao. Mírame. Bésame. Tus labios están tan cerca. Soñé contigo. Llevo tanto tiempo pensando en ti. Te doy quizá el último beso, y no me miras. Adiós. No más. No aguanto más. No esto, no.

La vida es una mierda. La vida te jode la existencia. La vida te jode la vida. Te vida la jode existir la. ¿No quieres ver? No quiero ver. Pues ahí te lo pongo. Jódete.

Y solo queda cansancio al final del día. Puto, puto cansancio del mismo día todos los días. Parece que me levantara para cansarme. Parece. Quizá así es. Te quiero, y no me miras. El dolor es una mierda.

El cansancio de todo corroe solo pienso en dormir. Ojalá no soñar con ella. No otra vez. No más. Nunca más.

Oscura. Simple. Taciturna. Morena. Dura. Difícil. Impura. Pecable. Maculada. Te niego. Ya anochece, y no lo sé. Soñar. Su piel no. No me toca, no la toco. Somos dos, lejanos. Soñar, no quiero. Hace frío. No hay cobijas. La luna comienza a aparecer. Sueña mi tristeza que me alejo. Desnuda mi tristeza siente frío. Suda frío. Suspiro y comienzo, poco a poco, a confundir su piel con la ausencia. Vigilia. Siento, ya no sueño, su piel. Siento la cama. Sueño la cama. Siento el frío de las frías sábanas y la ausencia. Me arropo y acurruco. Suaves cobijas que me arropan. Cierro los ojos. Ya no será más hoy. Nada hay que quiera ya. Vacío. Sin tiempo, leve. Todo tiempo pasado fue mejor. No. Me cubro. Está todo seco, y yo me duermo. Solo. Debo cerrar mis ojos. Cerrar mi piel, sobretodo. Se hace tarde. Mañana veremos qué se hace.

Prometo cuidarme. Y estar bien, para ti. Para nosotros.

Ya no existe nosotros.

Adiós.


(*) Santiago José Sepúlveda Montenegro nació en Bogotá en 1991. Realizó estudios de Cine y televisión en la Universidad Nacional, para luego hacer la Maestría en Escrituras Creativas, donde hizo su ópera prima Ayer terminará mañana, aún inédita, que fue calificada como novela meritoria por parte de los evaluadores. Trabaja en un Café desde hace seis años. Lleva ocasionalmente el blog santiagopessoa.blogspot.com, en el que se puede ver su proceso como escritor.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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