Dos cuentos cortos de Lina Gómez

Ilustración de Louise Bourgeois

 

Juan Meridiano

A Juan Meridiano le enseñaron que los nudos pueden ser simples, corredizos, llanos, decorativos, cuadrados, diagonales, redondos, al estilo margarita, horca, ocho, leñador y trípode. Pero nunca le hablaron de los nudos que se hacen en la garganta. Que comienzan con la obstrucción del pensamiento; separan las pestañas, una a una, hasta convertirlas en aglomeraciones indefinidas que limitan el campo de visión del sujeto y le impiden percibir colores —haciéndole ver el mundo más apagado y opaco—; y terminan por hacer subir dos hogueras por su garganta, que queman los lados constante y lentamente, hasta dejarla tan débil que se pueda doblar y no dejar que pase palabra.

A Meridiano no le quedó mas remedio que la horca.

Se despertó a las seis y se puso los mismos pantalones de la semana pasada (con el sucio y todo), la camisa de rayas grises con borde rojo, los zapatos de cuero con las puntas desgastadas y las medias verdes, visibles. El desayuno estaba frío, había chocolate derramado en el mantel blanco, las sillas del comedor estaban por fuera de la mesa, el exterior del salero tenía mermelada, el recipiente con azúcar estaba mojado y las tostadas estaban partidas en pedazos desiguales. En una esquina del pasillo reposaba el perro desnutrido con heridas en sus muslos y una cicatriz en el hocico; a su lado había una media rota y una sandalia gris.

Lo vieron salir de la casa a las nueve. Llevaba una maleta pequeña y un libro de bolsillo en la mano. iba con prisa y con la depresión del 29 de Julio. Respiraba rápidamente. El miedo le cortaba las palabras. También cuentan que lo vieron entrar al cine a comprar unos boletos para la proyección de las siete.

Delirante y condenado al fracaso, así lo podría describir yo. Todavía recuerdo cuando salió: tomó sus cosas, rápidamente, y las puso en el maletín; mencionó que llegaría tarde, porque tenía algo importante que hacer; le acarició la cabeza al perro; agarró las monedas de la repisa y se fue corriendo. Yo, como espectador de un pobre show, sujeté la taza de chocolate con las dos manos, abrí la boca, fruncí el ceño y desaprobé su conducta lanzando la taza contra la pared. Sin embargo ya era tarde para detenerlo, así que regresé a dormir.

A las cinco y diez de la tarde reportaron a todas las estaciones de policía el intento de suicidio de un hombre. Alrededor de cien personas rodeaban el edificio. El sujeto se encontraba en el piso 12, la mitad de su cuerpo estaba en el vacío y la otra estaba amarrada a los brazos de los demás oficinistas -que habían trabajado con él desde hace unos meses. Decidido, el hombre intentó soltarse, moviéndose de un lado al otro. La estación de policía siguió recibiendo llamadas. Las cien personas lloraban. Los oficinistas lo sujetaban más fuerte. Todos le gritaban «¡VIVE!», así que el hombre, conmovido, bajó las escaleras, ahorcándose con el efecto.

 

Retazos y remiendos

 

En otra vida será (si no renuncio a esta) que viviré en la plenitud de la ignorancia. Como un objeto, un cuerpo en total inercia que camine por el paladar de la vida, lavando con lágrimas los corazones de quienes hablan de dicha y protestan indiferencia, de quienes se cortan las manos como espectáculo —en vano para el espectador de un arte más sutil que la muerte y menos triste que la vida.

Conozco el frío de las palabras porque percibo las gélidas paredes de mi garganta al pronunciar su nombre: el que se desliza por mis labios hasta ser historia de segundos y crimen de inocencia.

Triste, triste, triste. Sí, así estoy. Triste por permitirme hablar del tiempo, mientras las moscas en mis bolsillos me elevan por el día. Me pudro como la carne expuesta; me pudro por dentro mientras florezco por fuera. Y es que nadie le explica a uno que el descenso es la acción, que uno va bajando por las escaleras del estrecho hospedaje de la vida, llenando de sentido las maletas para después dejar el vacío que va a ocupar el destino.

Pensando, caminando por mis cabellos, recorriendo el círculo que dejó el café en la mesa —servido sin delicadeza y con sabor a veneno (veneno como las palabras, veneno como las pupilas dilatadas en la sala de espera de un hospital psiquiátrico que resultan ser de un cuerdo)—.

Te esperé en el andén a las siete, imaginé qué sería sin ti: solo hostilidad sin la presión de perderte, espiral interior, ansias de que llegaras pero ya te habías ido.

Querida muerte, me dejaste, me quedé quieta tan solo pensándote y preguntándome ¿por qué te fuiste y me dejaste el tiempo?


 

Lina Gómez nace un poco antes del inicio del siglo en las raíces de una Pereira estable. Es propietaria de un par de cuentos, de un par de ensayos, y de la nada. Cercana amante de Coldplay, de Poe y del cine vanguardista Soviético.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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