El campo/ el ascensor: poemas de Ígor Barreto

Ígor Barreto. Fotografía de Vasco Szinetar.

Por: Angélica Hoyos Guzmán

Ígor Barreto (San Fernando de Apure, llanos venezolanos, 1951).

Hago esta selección muy breve frente a 30 años de trayectoria que tiene el autor,  uno de los poetas más importantes de Venezuela en este momento por la sostenida calidad de su poesía. Como lo enuncia Antonio López Ortega, Ígor Barreto es un poeta del paisaje, como aquellos autores anacrónicos que se dedican a ver, a otorgarle aura a los paisajes, a cultivar la poesía con la mirada romántica pero con los lirismos de nuestra época, con los tintes de la ironía que evoca la influencia de poetas como Carlos Drummond de Andrade, con los pasos de un gallero, de un amante de los caballos y de una naturaleza venezolana, el amor por la tierra que crea un país literario propio, un mundo propio en el universo de su poesía.

El autor nos deja a los lectores con la vista amplia que va desde la horizontalidad del llano a la verticalidad de la montaña, nos reconcilia con lo antiguo, lo divino, y el terreno fragmentario y melancólico de lo que somos hoy, salta de tiempo en tiempo por este planeta mínimo que expande en su poética. En esta cuidada edición y selección a cargo de López Ortega se encuentran la obra de publicada por Barreto desde 1983 hasta 2013. 10 libros editados en el espacio de 30 años: ¿Y si el amor no llega?, 1983; Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad, 1986; Crónicas llanas, 1989; Tierranegra, 1993; Carama, 2001; Soul of Apure, 2006; El llano ciego, 2006; El Duelo, 2010; Carreteras nocturnas, 2010; y Annapurna, 2013. La importancia de reunir esta obra en una sola edición reside en que los poemarios de Barreto hoy en día son inconseguibles, y a través de ella tenemos la posibilidad de leerlo, de que se conozca el autor y su rico universo poético.

 

EL SILENCIO

EL silencio lo aprendí de un cordel blanco
a la orilla del río.
Mis ojos atentos
y las nubes pasando tardas
en el ir y venir de las estaciones.

Estoy sentado
sobre un montículo de arena,
donde estuvieron iguanas
y gavilanes
oteando la creciente,
los trozos de árboles
que irán al mar.

Mi cordel blanco,
mi conversación con los peces.

Nuestro lugar común:
ver pasar los días y las calamidades
y conservar
una misma temperatura.

Luego,
recojo el nylon
y regreso.
(No es nada,
mañana estaré de vuelta).

 

 

POR UN CAMINO

POR un camino
al pie de unos árboles de drago
encontré a un morrocoy.

¡Qué figura anciana
la de este animal!

Tenía pequeños
y renegridos ojos.

Como el morrocoy
me es imposible
volar:
sólo el vuelo
del corazón
en el interior
de mi cuerpo.

Me acerqué
al solitario compañero
y descubrí
que su coraza
es un mapa astral:

entre placas
negras,
unos rombos
amarillos
como estrellas
muy antiguas.

El amarillo añejado,
la luz guardada
que brota
de lo negro.

Al regresar
de noche
tuve
que atravesar potreros
de cielo abierto.

Apagué la linterna
para contemplar
ese otro caparazón
sideral.

Pero dónde están los ojos
que me enseñaron
la verdadera luz
aquella que nace
de la pureza
del color negro.

 

 

ARS   UTÓPICA

a Armando Rojas Guardia

LOS carpinteros tienen sus propias palabras
y deberían tener
su propia Academia de la Lengua,
sus poetas y ensayistas.

Los guardabosques
aún conservan el habla de la Ciudad Perdida.

La sintaxis se invierte
y sus verbos
son amable bisagras
o pesadas llaves.

De Cervantes, nadie habla con tanta propiedad
como un guardabosques.

En las cárceles
florece
otra flor primitiva:
la Lengua de los que tienen más de once años
en la espera.

A mí un ladrón me dijo:
Acompáñame
que junto a mí
nadie te ve.

Éstas son sus palabras de sigilo.

En mi país
hay poetas que lo envidiarían:
los hay parlanchines,
los hay pobres
mas el ladrón
dice siempre lo justo.

También pensé en los albañiles
y constructores.

Un poema de Obra Limpia
siempre quise escribir.

Ser el poeta de pequeños grupos
de veinte o treinta personas.
Pesa tanto este deseo
como el techo de una casa altísima,
este sueño
de escribir un libro
que reúna
como grupos de diversas aves
a estos
distintos lenguajes.

Prefiero entonces:
el andamio, la vereda
y la celda.

 

 

EL  POETA

EL poeta
es un erizo
de egoísmo.

Contabiliza
con exactitud
el pasado
de los que se le acercan.

Interroga
cuando los otros
interrogan,
interroga
cuando los otros
afirman.

Hay un amigo
que ha descubierto
este mecanismo
y huye
y me odia
porque piensa
que acelero
su muerte.

Renunció
incluso
a todo recuerdo:
su viaje
a las ruinas
de la Ciudad Perdida
donde la Acrópolis
estaba al norte
de cualquier calle
coronando
semáforos
y hoteles económicos
aquel Mercado de Carnes
al rojo vivo,
donde al salir
sintió vergüenza
y alegría
al mirar las uvas
y melocotones
que eran su almuerzo.
Todo con rigor anotado
(por suerte)

 


EN mis oídos están mis ojos.
En esta hora tercia la noche contiene los cantos de los gallos,
almas emplumadas de negror: el gallo lobo, el que se agacha
para cantar y lo hace con sentido de lejanía; el gallo que canta
con la determinación del Ángel Gabriel espantando las sombras
y el que entona como un clarín para ahuyentar el sueño.
Un perro ladra en versos pareados.

 

EL alma es un hecho musical y tiene afinación propia. Afinar
el alma, volver una y otra vez a revisar su armonía.
Cuánta ilusión al creer que hay una música similar a la nuestra.

Atentos escuchamos la música del otro.

 

Barreto, Igor (2014). El campo/El ascensor, poesía reunida (1983-2013), Madrid, Pre-Textos. Fotografía de Vasco Szinetarigor-barreto-foto-de-vasco-szinetar-2009

 

Angélica Hoyos Guzmán

Creo que la literatura es la vida. Investigo sobre las formas de la sobrevida en el mundo contemporáneo a través de la poesía y el arte. Colecciono indicios.

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