Lo tosco

«There’s no stoppin’ the cretins from hoppin’»
The Ramones – Cretin Hop (1977)


Aún no sé si lo que sigue es una declaración de principios o una declaración de amor:

Tommy Ramone, baterista original de los Ramones, se refería en cierto momento a la pasmosa relatividad de la noción de “virtuosismo” en la música (que, me parece, deberíamos extender a todo el campo de la creación artística), y para ello tomaba como ejemplo la técnica que utilizaba su compañero Johnny Ramone, guitarrista e ideólogo de la banda –severo éste, casi castrense:

Ramones

Decía Tommy que Johnny ─quien ciertamente no conocía más de tres acordes, no había ido a un conservatorio, no tenía la menor idea de teoría musical y, en modo alguno, era capaz de componer o ejecutar escalas intrincadas─ era, con todo, un virtuoso indiscutible, si bien su virtuosismo era de una raigambre distinta a la de aquellos músicos que podían diligenciar solos endiablados (o una sucesión desopilante de solos de tres o cuatro instrumentos, a cuál más extravagante ─clavicordio, luego bandolina, luego flauta traversa, luego guitarra eléctrica─, uno detrás de otro) durante 11 minutos, en una canción que podía durar hasta 22 y ocupar, con ello, una cara entera de un vinilo de 33 revoluciones por minuto. De hecho, y para dar cuenta del contraste, hacia 1974 (cuando recién se formó la banda) todo un concierto de los Ramones ─su repertorio completo: las 14 canciones que componían su primer álbum─ no alcanzaba ni siquiera la media hora de duración, y las pausas entre las canciones no excedían los cinco segundos y el “one, two, three, four!” que les sucedía; “mal y rápido” era su Arte Poética, y según Tommy ello se debía, más que a una consideración estética elaborada y profunda, a la impaciencia de alguien como Johnny: un personaje ─hay que decirlo─ despreciable, intransigente, agresivo, autoritario, un lanzador de béisbol frustrado, fracasado, que gustaba de tirar bolas rápidas pero que desdeñaba la puntería, la técnica, la fina curva de la trayectoria de la pelota; características todas que, sumadas a su obstinación inquebrantable, le dieron forma a su propia técnica, a ese virtuosismo personal del que habla Tommy y que, en su momento, fue una suerte de enigma para otros guitarristas mejor formados, mejor alimentados, mejor criados, mejor pagados ─ese modo de hacer que es pura subjetividad, esa estética del “hazlo tú mismo” que hoy todavía es como una bofetada, una especie de despertar-a-algo para quien, como yo, escucha a los Ramones por primera vez en su adolescencia y se queda prendado de ellos para siempre─. Al mismo tiempo, era una suerte de respuesta a otra cosa, un desafío o como un escupitajo al empalagamiento y la vanidad monstruosa del panorama del rock-n-roll de principios de la década de 1970, dominado por las bandas progresivas y esas canciones insufriblemente largas ─y hasta comiquísimas─ que pulularon en esos años psicodélicos. Así lo explicaba el mismo Johnny, incluso, en el tono mesiánico, fanfarrón y, en cierto modo, reaccionario (ideológicamente, Johnny Ramone era un chocante republicano de ultra-derecha, convencido y militante) que le caracterizaba:

«Vi hacia dónde iba la música en ese momento. Era la época de las drogas en el rock-n-roll, y todo el mundo estaba entregado a un hedonismo autocomplaciente en su manera de tocar. Los solos eran interminables, y uno pensaba: “No hay manera de que yo pueda llegar a tocar así. Incluso teniendo el talento, se necesitan como quince años de práctica”. Luego fui a ver a los New York Dolls y empecé a ver bandas que eran lo que en realidad debía ser el rock-n-roll; veía lo bien que podían sonar y lo geniales que podían llegar a ser, incluso con una capacidad limitada para la música» (Fields-Gramalia 2003. La traducción es mía).

Un paréntesis: Don Letts, realizador audiovisual que en su época documentó de buena manera el movimiento incipiente del punk en Inglaterra, lo hizo precariamente con una de esas cámaras Super 8 que, como se sabe, graban con cintas cuyo metraje no garantiza más de tres minutos de filmación, frente a lo cual el mismo Letts, ferviente seguidor de la estética punk y el DIY (“Do It Yourself” o “hazlo tú mismo”), pudo llegar a una conclusión iluminadora: “Todo lo que los punks tienen para decir cabe en tres minutos” (BBC 2007). Fin del paréntesis para conectar, ahora, con la siguiente idea: desde esta perspectiva, que alude a esa levedad bruta del punk, es que creo que hay que interpretar lo que dice Johnny Ramone arriba: en medio o más allá de su tosquedad, arrogancia y laconismo involuntario y torpe, existe sin duda una concepción personal muy clara (es un decir) acerca de los elementos realmente indispensables para la creación artística. Pensemos, por ejemplo, en cómo se sitúa con firmeza en un paradigma estético bastante bien definido con relación a su propia disciplina: habla con propiedad de lo que, desde su punto de vista, es (o debe ser) en esencia el rock-n-roll, esto es, una forma de expresión musical muy básica, compuesta por muy pocos elementos (verso-verso-estribillo-verso-estribillo (o algo similar); tres acordes, no más de tres minutos), y que, bien vista la cosa, puede ser interpretada ─entiéndase hecha─ por cualquier vago o cualquier niño aburrido. Como el mismo Johnny lo expresó en varias entrevistas, los Ramones siempre creyeron que, en el fondo, lo que tocaban era algo como un bubblegum pop enfermizo, que combinaban con un rock de garaje de larga tradición en la música popular norteamericana y que, por un momento, parecía que iba a perderse entre los avatares de la psicodelia (acumulativa, sobrecargada, iterativa) de finales de los años sesentas.

Hay, pues, una declaración de principios en este sentido, que más que romántica o purista o conservadurista es, a mi modo de ver, condensativa y sumamente fértil: los Ramones (y todo el punk seminal ─y, por supuesto, no sólo el punk; ya debería estar claro que aquí sólo lo tomamos como ejemplo de un procedimiento, bastante recurrente, por lo demás, en todas las disciplinas artísticas, pero del cual no alcanzaríamos a hablar con detalle) hacen abstracción de los elementos constituyentes de la música popular y los disponen de tal forma que crean un paradigma propio, una poética adecuada para la creación por parte de artistas contrahechos, deformes, impedidos… individuos con un enorme potencial expresivo que son, con todo, ostensiblemente limitados en sus capacidades técnicas, por tratarse de gente ─digámoslo sin ambages ni corrección política─ pobre, ruda (en el sentido amplio de la palabra), cuasi-delincuentes con una educación musical mucho más precaria que su propia educación formal, ya de por sí muy baja.

Verso-verso-estribillo-verso-estribillo, tres acordes, no más de tres minutos; mal y rápido, qué importa: se trata, en últimas, de expresar algo. Ninguna ontología de lo poético puede reñir con lo tosco si acaso pretende ocuparse realmente de lo humano; si no, serán siempre unos finos pusilánimes quienes usurpen la voz de los desadaptados.


REFERENCIAS:
– BBC (2007). Seven ages of Rock. Chapter 3: Blank Generation. Londres: British Broadcast Company.
– FIELDS, Jim; GRAMALIA, Michael (2003). End Of The Century: The story of the Ramones. Nueva York: Magnolia Pictures.

César David Salazar Jiménez

Treintañero. Nací en Bogotá pero soy pereirano; estudié Sociología pero hago teatro. Me resulta curioso cuando la gente habla de sí misma en tercera persona, pero me encanta Pascal cuando afirma que «el YO es detestable».

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