Los poemas de Carolina Zamudio: Los destellos de una luz en el espejo

La poeta Carolina Zamudio. Foto de su archivo particular.

 

 

Por: Álvaro Suescún T.

 

El mar de nuestras entrañas, en Puerto Colombia, está hecho de cenizas, y  ruge como si llevara dentro un volcán despierto. En algunos atardeceres, cuando se deslizan continuas las gotas de lluvia sobre el follaje de los cerros a su alrededor, llegan hasta la superficie de sus aguas los tonos reposados que se encuentran en la luz de sus arenas y, con ellos, en la distancia del tiempo ido, surge del remanso una isla verde que alguna vez recostó su silueta sobre las palmeras. En ese paisaje de olas dormidas flotaba, frente al muelle, la estela del barniz de los buques que traían alucinantes novedades, el sendero del progreso deslumbraba a los que tenían, por sola ocupación, mirar esa línea fija trazada sobre el fuego del ocaso que se dibujaba en su horizonte.

En el cobijo de uno de esos cerros que se deslizan frente a ese gigante de aguas erráticas, Carolina Zamudio escribe sus poemas. Ella es argentina, pero no precisa mencionar su nacionalidad, la delata el espiral de su vehemencia que salpica con un acento definido, y la tranquila solvencia conque resuelve sus ajetreos. Ahora habita en ese puerto a donde hace más de medio siglo ningún barco de gran calado llega, convertido como está en un refugio discreto para los que ejercen los distintos oficios del arte. La brisa llega desde todos lados, y el mar mismo, su olor y sus algas, son la razón de ser de aquel sitio entre la soledad y la inspiración.

El encuentro de Carolina con este lugar es una historia reciente que acorta las distancias consigo misma, y se sosiega en el recorrido de su palabra hecha cristal en tanta pulcritud.  Rastros de su quehacer  en ese mundo de las letras sensibles, es posible encontrarlos en algunos pálpitos iniciales de sus incursiones en la lectura, en el despertar de la adolescencia –en Curuzú Cuatiá, provincia de Corrientes– cuando la noche era un manto de expectativas que, renunciando a las sorpresas, fulgían en sus poemas como las primeras estrellas.

Huellas suyas también se encuentran en el camino a la Universidad, en las horas discretas de su estadía en Buenos Aires, vaya uno a saber hasta dónde, el asomarse a esa gran ventana en la academia, le permitieron esas ínfulas para el riesgo, la fuerza para arrojarse en caída libre en las rutinas de la imaginación. Lo que sí puede inferirse es que en 2007 comenzó la historia de sus largos viajes por el mundo, y con ella la de los testimonios que va deshojando en esas experiencia de la lejanía y el desarraigo, que la llevaron a establecer morada y pertenencia en geografías remotas, idiomas de distinto trasluz, en el cielo distante de tres apartados continentes,  el emirato árabe de Abu Dhabi donde se recuesta el sol líquido de Asia,  la sosegada niebla del invierno en Ginebra, instalada como una estatua de sal en el centro de Europa, y ahora la luz que relumbra hasta la ceguera en Puerto Colombia, la punta de lanza de Suramérica, sitios que –no por casualidad– forman la biblia de su poesía en tres grandes capítulos.

la obscuridad

La oscuridad de lo que brilla[i], así se llama este libro reciente, aclara el escenario natural de un verso disciplinado, íntegro, en una poesía que es conceptual, sin incompatibilidades con el entorno, sin transigencias con el argumento de las sobreofertas de la razón, porque en ella no cabe un tránsito diferente en el camino de su ejercicio literario. La sensibilidad se impone en la espesura clara de sus versos, que son de follaje abierto, como suele suceder en el Caribe, de modo que puede conducirnos hacia un callejón reconocible en la noche, poco antes del sueño, hasta el escenario de los juegos amatorios, del alimento al beso para una misma boca que espera. O a uno cualquiera de esos lugares que nos acercan a una ciudad descubierta para el instante, la vida traducida como experiencia para ser revisitada en su conjunto. La luz y el tiempo son partes de una herencia lejana y llegan desde el calendario de verdades enseñadas por el abuelo, o de alguien más preciso en la casa de su infancia. La muerte en sus páginas es una penumbra que se deslíe, que se borra en un final latente, presentido y siempre ahí, como el otoño que dibuja sus hojas amarillas en el escaso sol del atardecer, para que los caminos absorban el mullido eco de unos pasos disciplinados.

La atracción que este libro ejerce está sostenida en una premisa simple: para explorar los afueras es prudente encontrarse dentro de sí mismo, como quien se mira en el espejo y ve la ciencia cierta de un deslucido brillo en medio de la sorna, que es la manera como se exhiben ante nosotros las franjas que se alargan en la frente, las estrías  a lado y lado de los ojos. Así, el proceso de escritura cuando se percibe el ahora que se vive en cada plenitud, esas verdades rotundas –los destellos de una opaca luz en el espejo- que parecen confundirse con distintos eventos soñados en altos balcones, y prevalecen en la curiosidad que atiza el deseo por saber más de esos aconteceres cotidianos. En este caso transcurren entre una ciudad y otra, entre aquel su libro primero, Seguir al viento, y este, eliminando distancias ante un evento literario y otro, hasta que sus horas terminan por cruzarse con sus búsquedas. El resultado es una declaración apasionada, cifrada en el lenguaje de la poesía, estableciendo en ese recorrido una suerte de pacto que dialoga con la realidad, como advirtió oportunamente el poeta francés, Boileau-Despréaux, al  rehusar el preciosismo ornamental del verso en favor de un estilo basado en la claridad y el rigor.

Estos poemas parecen haber sido diseñados al mejor estilo de una pintura en claro oscuro, como extendiendo las palabras para abrigar en su plenitud el amor, la más fuerte de las pasiones. También tropiezan con la desilusión del tedio, el más fuerte de los expedientes del fracaso, haciendo un contraste entre la figura suelta de la música en alto volumen con la conciencia de la mala hora que va dejando unas pisadas escritas en las extrañezas de los días que ya no son. Hay, en esa mirada de pupilas asombradas, el componente intelectual de la reflexión que admite el placer de la lectura, y tiene la forma sugerente de una red en el vértigo del aire. Es su manera de atrapar al lector en esos senderos no recurrentes, donde cada punto pareciera desapacible en sus zozobras al conectarse con otros poemas, dando origen, así, a múltiples caminos, distintos en su manera de leer, dispuestos todos para la aventura de pensar, mientras transcurre el largo intervalo que es el obligado viaje por el mar inmenso de la vida.

En ese paisaje de olas dormidas, frente al muelle de Puerto Colombia, se doran los poemas de Carolina Zamudio. Sin caer en la tentación de los modos, apuran el fuego lento del ocaso que se dibuja cada tarde en el horizonte.

Barranquilla, abril de 2016

[i] La oscuridad de lo que brilla, Ediciones artepoética press, Nueva York, 2015. Edición bilingüe, traducción al inglés por el poeta Miguel Falquez Certain.


Álvaro Suescún T. Periodista cultural, nacido en Barranquilla, en 1951. Colabora en El Heraldo desde hace 20 años, en Literariedad, y en otros medios. Autor de “De la vida que pasa”, análisis crítico de la poesía y la obra periodística del poeta cartagenero Jorge Artel; de “Danza en el recuerdo”, sobre el Carnaval de Barranquilla encarnado en Carlos Franco, uno de sus más celebrados personajes. Publicó también “Ceniza salobre”, biografía del poeta cartagenero Gustavo Ibarra Merlano. Es el Director Editorial de la serie de publicaciones “García Márquez, genio literario del Caribe”, compuesta por siete tomos y de la serie sobre literatura “Caribe adentro”, compuesta por 20 tomos, publicados bajo el sello de Collage Editores.

Es miembro del comité editorial de las revistas “viacuarenta” y “La Lira”, de la Junta Directiva de Carnavalada, teatro y danzas en carnaval; de Folkcarnaval, Asociación para la defensa y salvaguardia de los grupos folclóricos, y de diversos grupos de apoyo investigativo del Carnaval barranquillero. Con Edo Márceles y Aníbal Tobón ha realizado proyectos conjuntos como el bar “Caza de Poesía”, conferencias en “Cátedra de filosofría” y la revista oral “Astrolabios”. Con ellos publicó recientemente “La Vuelta a la manzana”, un libro sobre historia de Cali construido sobre la base de testimonios directos. Tiene inédita la biografía de Esthercita Forero,  prepara una publicación sobre Arte neo-expresionista y un libro de entrevistas.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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