Luz

Imagen: bladimanmora

 

Se entera uno de que ha estallado al guerra y ni se inmuta. Quizá porque a toda hora se anda enterando uno de lo mismo, o de algo peor; o a lo mejor porque siempre es una falsa alarma y los anticuerpos ya las conocen de memoria.

Por ejemplo, anoche, en el mismo instante en que forcejeaba la llave en la cerradura para entrar a mi casa, estalló la guerra. Así, sin previo aviso ni prólogos innecesarios, estalló la guerra en el peor escenario posible: en medio del silencio del crepúsculo. Nadie me lo dijo ni lo leí en el periódico que da las noticias con un día de retraso, sólo lo supe, como si el hombre que vive dentro de mi cabeza desde que recuerdo hubiera apretado el botón y la guerra, así porque sí, como suele suceder, hubiera empezado por accidente, por error o, lo que es todavía peor, por inercia, como sucederá en el mundo cuando Trump sea el presidente de los Estados unidos de América, y de América, como se hacen llamar a sí mismos porque realmente lo son y que por modales básicos no se hacen llamar Mundo, Planeta o Universo. Cerré la puerta con doble seguro mientras pensaba que asegurar una puerta no cambia en nada el hecho de que la guerra vaya ya sobre ruedas ni el hecho de que una cabeza cerrada y trancada por dentro no está exenta de dejar nacer el pensamiento, sembrado por otro, por supuesto, de que un mercenario podría llegar a ser lo que el mundo necesite en uno de los peores momentos de su historia, sin importar que esta sea su mejor invento y su peor descubrimiento. Entré buscando a mi familia y a mis libros, que son una sola cosa, o una sola persona, digamos, no vaya a ser que estén aquí presentes los puritanos y defensores de las cosas que son personas y viceversa y me lancen a la cara algo que no sea ni una persona ni una cosa ni ninguna de las dos. Al comprobar que se encontraban tranquilos, los unos en su imperturbable paz, propia del anaquel, antes de empezar a dormir y los otros, con poca diferencia, a punto de dejare llevar por el descanso de la oscuridad de la noche luego de un día normal, me dispuse a prepararme para la guerra. Aunque a ninguno de ellos le advertí, guardé provisiones para la noche que venía y que había de ser muy larga, sobre todo porque todavía me faltaba por inventar el resto de la guerra, el armisticio y el principio de la paz, esa guerra en la que todos ganan creyendo que perdieron.

Dentro de las provisiones estaban los mejores libros de la familia y yo les daba una ojeada cada tanto porque, como lo he confesado con anterioridad, mi instinto de protección va más allá de la frontera de la sanidad, y porque no quería que se convirtieran en víctimas del conflicto silencioso. También cuadernos en blanco para registrar todo lo que mi mente imaginara y, al día siguiente, mi estómago recibiera lo que ni por imaginación se merecía. Unas frutas fueron afortunadas también y muchas semillas secas para masticar en los momentos de silencio interior, esa guerra misteriosa que parece no estar sucediendo, pero que es, por mucho, una de las más cruentas aun sin que manche el mundo con sangre la sangre de otro, que es la misma de todos.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

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