Vivirse cayendo

 

Vivir es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse.

Georges Perec.

 

Desde la última vez que tuve un esguince —hace unos cinco días—, he venido pensando que a través de mi récord traumatológico se podría hacer un recuento de todo lo que he aprendido como persona. Y es que he tenido accidentes desde que tengo consciencia. Desde los seis años, que fue el momento en el que empecé a sentir una extraña fiebre, cada tanto, que me hacía reproducir una y otra vez los casetes con canciones que me hacían llorar; desde esa época, en la que empecé a experimentar lo que después llamé “nostalgia”, me empecé a esguinzar, fracturar y luxar cuanta articulación y/o hueso tuve disponible en mi pobre anatomía.

La primera vez estaba saltando y saltando en una cama, mientras mi hermano grande, Fede, veía televisión. O jugaba con carritos. No sé. Y yo me distraje en quién sabe qué mundo, pensando en los niños a los que iba a besar, que seguramente se parecían mucho a Ash. Pensando, podría apostar, en pokemones, en mi hermano menor que sí había nacido en una casa con un papá y una mamá, en las baranditas rojas del camarote en el que dormía Fede, que parecían jaulas, en las jaulas de las que yo me podría escapar si tuviera a Chikorita, o si mi mamá tuviera a Psyduck para que convenciera a mi papá de no recogerme, de dejarme tranquila en la casa de los abuelos, en la que no me dejaban saltar, pero en la que podía soñar en calma, echada en la alfombra café de siempre, de pelos gruesos, tiesos de tantos regueros de Coca-cola, tan diferentes a los pelos nuevos y lisos de mi hermanito menor. Me perdí, mucho, como solía, soñando despierta, hasta que el dolor disolvió el mundo que me había inventado. Fue la primera vez que entendí que no podía habitar para siempre en lo imaginado. Y lloré. Lloré como nunca.

La segunda vez estaba también en la casa de mi papá. Todavía tenía seis años. Y también era domingo, porque a mí papá solo lo veía los domingos. (Así se empiezan a cargar los días de significado). Pero esta vez estaba jugando a la casita del terror, con Fede y los primos de Fede, que no eran mis primos, porque Fede no era mi hermano, hermano. Yo ya era una niña más despierta, más consciente. Y, así existiera todo el ambiente propicio para perderme en ensoñaciones, decidí preocuparme por el otro: por Daniel, el más chiquito, que se veía muy asustado. Qué pesar. Entonces, cuando los dos entramos a explorar los sustos que nos habían organizado los grandes —Fede y Juan Simón— me dio por probar la primera trampa: una cobija extendida en el piso, antes de que él lo hiciera. Tenía que cuidarlo. Él se veía frágil e irreflexivo. Y la pisé, antes de que Daniel lo hiciera, y Juan Simón la jaló tan duro que me hizo volar, a mí, que mi peso me hacía supragravitatoria, y caí en mi pobre tibia, que resultó fracturada y vuelta chicuca. Recuerdo que en medio del dolor no podía pensar en nada. Pero los susurros de Juan Simón diciendo: “cállese, sapa, deje de llorar, nos van a regañar por su culpa”, iban inscribiendo en las paredes de mi alma algo que luego iba a poder ver con mucha claridad: el altruismo siempre es mal pago.

Es posible que la claridad con la que cuento estos recuerdos de infancia genere algo de desconfianza. Pero tengo la mala suerte de tener buena memoria. Y puedo jurar que, cuando menos, así es como llevo contándolos por muchos años.

La tercera fue más simple. Estaba en el colegio, corriendo como una loca, con mis amigas de la época, jugando algo que habíamos decidido llamar “Churro loco”, seguramente porque ninguna se había comido un churro. Pero bueno. Y estaba cogida de la cintura de una compañerita, que estaba cogida de la cintura de otra compañerita, que estaba cogida de la cintura de otra compañerita (no sé por qué no le pusimos “trencito” y ya). Estaba de última, en todo caso, tratando de llevarle el ritmo a las piernas ágiles y seguras de ellas, que podían sortear las grietas del camino sin problemas. Y pensando, precisamente, en cómo yo nunca podría hacer eso sola, a esa velocidad (me mataría, por supuesto); en cómo ahora, pegada a la masa, fluía, casi volaba. Y me perdí, de nuevo. Ya no en ensoñaciones infantiles ni en causas filantrópicas, sino en meditaciones absurdas, desubicadas y precoces. Y me caí. El mocasín rojo se me atoró en una piedra. Y pasó algo revelador: me quedé postrada, atascada y esguinzada, mientras veía a mis compañeras seguir corriendo, con la fiebre del Churro loco, sin siquiera percatarse de mi caída. Entonces, en la claridad del dolor, reconocí que eso me iba a seguir pasando si no dejaba de pensar: la vida y todos mis contemporáneos me iban a coger ventaja. Andar reflexionando todo lo que se vive hace, inevitablemente, que uno vaya más lento. Pero claro, tumbada, seguía pensando; y supe, de alguna forma, que sobre esa piedra se iba a edificar mi carácter.

El cuarto evento fue el primero de su serie: la primera luxación de rótula. Ya estaba más grande, rozando los catorce, y era cristiana. En resumen, estaba en una academia de baile y, por primera —y última— vez, me habían pedido que bailara al frente y en el centro de la clase, porque era la única que recordaba la coreografía que íbamos a empezar a montar. (¿Sí ven? Tengo buena memoria). Y bailé con tanta fuerza y emoción que se me salió la rodilla. Me caí. Hundí las tablas de madera de la academia. Y me mandaron a sentar en un sillón, en el que había otra niña con un tobillo hinchado. A ella le llevaban agua, hielo, dulces, frutas, cartas, besos y abrazos. Y a mí ni me escupían. Ni siquiera Dios me escupía. El Dios en el que tanto creía me había hecho una pusilánime, tímida, torpe y de malas, que en su cabeza ingenua esperaba un milagro: un “levántate y anda”. Pero nunca llegó. Eso sí, ahí comprendí que el dolor se experimenta en soledad. Y que el sufrimiento carga al que lo padece de una hondura inexplicable y desmesurada.

El quinto fue parecido y cercano: otra luxación de rótula. Pero ahora en el colegio, tapando un partido de balonmano. Por perezosa, por andar diciendo que si no me dejaban tapar, los pulmones se me iban a reventar: que por la gripa, que yo había nacido con los bronquios sin cerrar. Y por penosa, porque ese día había ido un colegio masculino a ver el partido, y no pensaba arriesgarme a un ridículo, sabiendo lo torpe que era. Pero, para variar, resultó mal. No tapé el gol que todos los muchachos iban a admirar, y, en cambio, terminé tirada, revolcándome en el palo de un arco imaginario, mientras la mitad del salón gritaba “Gooool, gooool, goooool”, impidiendo que las tres amigas que tenía escucharan mis gritos de auxilio. Entonces me apresó el pánico y lloré como la primera vez, cuando tenía seis, sin piedad, recordando el dolor de la luxación pasada, la soledad, la recuperación lenta, la soledad, el miedo al tener que empezar a caminar sin férula, apoyando esa pierna que quedaba blanquísima, flaquita y atrofiada después de meses de desuso. Pero, sobre todo, recordando la soledad. Porque usar un bastón en noveno de bachillerato te aparta, te aplasta el autoestima. Esa vez, recuerdo, mientras llamaba a mi papá para que fuera a recogerme, pensé que era irremediable: que los accidentes iban a seguir marcando mi vida y que yo iba a seguir encontrándoles significados, llevándolos a un plano extraño en el que no eran lo que en realidad eran: humillación pura, desgracia congénita, mi sello de torpeza.

Y así lo seguí haciendo, por supuesto. Pero ya con el peso de los años. El cuarto esguince y la tercera luxación me los hice tomando. El primero, pensando en emborracharme como fuera, intentando tomarme un vino de cabeza, en la fiesta de cumpleaños de una amiga de universidad. Y el segundo a las tres de la mañana, ya en Pereira, mientras una mano me sangraba por haber golpeado una pared. En ambos casos, intoxicando la pensadera, poniéndole trabas. Esas veces, cuando me pasaba, ya no lloraba, solo me decía: “Qué tonta. ¡Qué tonta! ¿Crees que te vas a salvar de tu destino? ¡Pues no!, ¡toma!, para que tengas más tiempo libre, incapacitada, y ahí sí puedas pensar toda la mierda que quieras y deprimirte sin piedad y…”.

El tercer esguince, no sé si lo notaron, no lo conté. Porque sí, fue el sexto evento, pero estaba tan perdida en una espiral física y psicológica que ya ni siquiera lo recuerdo. Solo tengo la sensación de que un niño al que le decía “El genio”, a escondidas, con Santiago —mi primer cómplice literario­—, me levantó y me acompañó hasta el hospital. Y me vio el pie, que es muy feo y que, además, no me había depilado en meses. Y yo lo atosigué con preguntas y agradecimientos y terminé, a fuerza de silencios incómodos, revelándole que siempre lo veía en el salón, y que me parecía muy interesante, y prometiéndole que, como había sido demasiado amable al acompañarme, le iba a regalar algo. Y resulté llevándole unos chocolates, sin darme cuenta de que la fecha coincidía con San Valentín. Y él, que yo quería que fuera mi amigo, pensó que le estaba declarando mi amor, y empezó a rehuirme. Pero yo me seguí hundiendo, entonces no sé si era paranoia. Aunque podría jurar que un par de veces se escondió en el baño mientras yo pasaba por el pasillo.

En todo caso, ahora que sé que solo voy a contarles mis accidentes podales —porque omitiré, para efectos prácticos, mis varios esguinces de dedos de la mano—, puedo pasar, por fin, al último evento: a mi más reciente esguince: a mi octavo acontecimiento.

Fue hace cinco días. Iba caminando a coger el bus, escuchando música, entonada, presintiendo un buen día porque iba a tiempo para la universidad —cosa que no pasa muy a menudo—, y saludando a todo el que me encontrara —cosa que sí hago muy a menudo—. Pensando en esa edad en la que las cosas dejan de ser algo en sí mismas, y empiezan a ser algo más complicado. En el casete que tenía las canciones tristes. Y me tropecé con una piedra. Con la misma piedra de siempre.

Mariana Piñeros

Empecé seis carreras. No gané ninguna.

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