Emma Reyes, la mujer que pinta con las letras

Por: Jerónimo García Riaño

 

El día que conocí a Emma Reyes estaba en la casa de mi amigo y escritor Fernando Gutiérrez. Me había invitado a tomar un café y conversar un poco. Hace mucho tiempo que no nos veíamos.

Sentado en uno de sus cómodos muebles de la sala de su casa, vi que en la mesa de centro había varios libros apilados. Eran libros que Fernando estaba leyendo, lo descubrí por los separadores que aparecían como lenguas que salían por las hojas. Tomé la pequeña montaña y empecé a ver sus portadas. Devolví dos libros y los puse encima de la mesa: el primero era el libro de cartas que se escribieron Paul Auster y J.M Coetzee, desde el 2005 al 2011; el otro fue un pequeño libro que puso en mi cabeza un recuerdo: una versión de Simbad el Marino que mi padre me había regalado cuando yo tenía 5 o 6 años y que devoré en un día. Ese segundo libro se llamaba MEMORIAS POR CORRESPONDENCIA EMMA REYES. Ambos libros quedaron descartados sobre la mesa y seguí viendo el resto que tenía en mi mano (olvido ahora sus títulos).

Fernando salió de la cocina con los cafés en una pequeña bandeja y mientras los dejaba al lado de los libros descabezados me dijo, ese libro es muy bueno, y me señaló el que me recordaba al libro de Simbad. Léete la carta 1 y 2 y me cuentas, me sugirió mi amigo.

Debo confesar que no me gustan los libros de cartas, o biográficos, o sobre ensayos y reflexiones realizadas por escritores. Hay muy pocos libros de esos en mi biblioteca. Los que tengo me los han regalado, al igual que los de poesía.

Descargué los libros de mi mano y tomé el de Emma Reyes. Y empecé a conocerla…

Este libro se compone de cartas que ella le escribió a su amigo Germán Arciniegas, y que por su alto contenido literario, terminan por publicarse en un bello texto. Este es hasta ahora el primer libro epistolar que me leo.

Emma Reyes inicia su vida en Bogotá y la termina en Francia. Fue una mujer que pasó gran parte de su existencia en un convento y lo que conocía del mundo era lo que había dentro de esas paredes llenas de Dios, hasta que decide huir y descubre otro mundo para ella, el mundo en el que se forma como artista y pintora.

Pero lo realmente fantástico de este libro no es la historia de su vida, sino la forma en que es narrada por ella a través de las cartas.

En el primer capítulo Emma cuenta que siendo muy niña decide junto con unos amigos construir un muñeco de barro al que llaman General Rebollo. Se convirtió casi en un dios para ellos. Un día el General Rebollo muere, y esta es la narración de su entierro:

“Todos nos pusimos de pie y decidimos alzar la tabla con el General y enterrarlo en el basurero; pero todos nuestros esfuerzos fueron inútiles, no logramos ni mover la tabla. Resolvimos enterrarlo por pedazos, partimos cada pierna en tres pedazos, los brazos igualmente. El Cojo dijo que la cabeza había que enterrarla entera. Trajeron una vieja lata y depositamos la cabeza; entre cuatro, los más grandes, la transportaron primero. Todos desfilamos detrás, llorando como huérfanos. La misma ceremonia se repitió con cada uno de los pedazos de las piernas y de los brazos, quedaba solo el tronco, los partimos en muchos pedacitos y nos pusimos a hacer bolitas de barro y, cuando ya no quedaba nada del tronco del General Rebollo, decidimos jugar a la guerra con las bolas.”

Más adelante, en la sexta carta, cuenta la forma en que llegó el primer automóvil a Guateque, el pueblo donde se había ido a vivir con su madre y su hermana.

“… De pronto vimos aparecer por detrás de la iglesia un monstruo negro, terrible que avanzaba hacia el centro de la plaza. Los ojos enormes y abiertos eran de un color amarillento y tenían tanta luz que iluminaban la mitad de la plaza. La gente se tiró al suelo de rodillas y empezaron a rezar echándose bendiciones; una mujer que tenía dos niños chiquitos los tiró al suelo y se acostó sobre ellos cubriéndolos como hacen las gallinas con los huevos. Unos hombres avanzaron hacia la plaza con unos grandes palos en la mano. El animal se detuvo en la mitad de la plaza y cerró los ojos. Era el primer automóvil que llegaba a Guateque.”

Y en el último párrafo de la última carta, la carta 23, narra su escape del convento.

“…Ella (una hermana del convento) no me vio. Estaba rezando. Abrí la puerta del zaguán, la cerré de nuevo del otro lado, abrí la puerta gruesa, gruesa, volví al torno y puse las llaves, le di la vuelta al torno al interior para que la monja las viera cuando llegara, salí muy despacito, con el miedo como si me fuera a caer en un hueco y, cuando cerré detrás de mí la puerta gruesa, gruesa, respiré un aire que no olía al convento y el viento frío me dio la impresión que había salido de detrás de la puerta para asustarme pero ya era tarde para todo. La calle era larga y en lomita; en el fondo vi un pedacito de la torre de una iglesia. Antes de ponerme en marcha hacia el mundo me di cuenta que ya hacía mucho tiempo que yo ya no era una niña. En la calle no había nadie, solo dos perros flacos y uno le estaba oliendo el culo al otro.”

Una vez escuché a la escritora española Almudena Grandes decir que era difícil escribir sobre la vida de uno mismo, pues en la vida de uno mismo no pasa nada emocionante. Este libro parece ser la excepción a la regla: aquí se lee la ficción hecha vida en esta mujer.

Emma Reyes en estas cartas plasmó sus pincelazos en forma de letras y ha construido, a lo mejor sin pensarlo, un pequeño libro con 23 cuentos bien contados.

Al otro día de haber leído las dos primeras cartas en la casa de mi amigo Fernando, compré el libro y lo seguí leyendo. También lo devoré en un día.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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