Tiempo nublado

Ilustración de The Jasons

 

Por: G Jaramillo Rojas

Ayer Tolleri me preguntó «¿Hay en el mundo algún país que después de unas elecciones presidenciales o golpe de estado o lo que sea no piense de sí mismo que se está yendo a la mierda?». Le respondí que no, que por suerte no hay ningún país en el mundo que no piense de sí mismo que se está yendo a la mierda. Incluso, para que un país con todo y gente se vaya a la dichosa mierda, no necesita que haya elecciones ni golpes de estado ni nada de nada, porque ese abstracto y fragante lugar no es otra cosa diferente que la realización de una inminencia. Es más, haber hablado de países me asqueó. Realmente sé que lo que se está yendo a la mierda es el mundo entero. Y eso me lo hizo saber un día mi abuelo. Mi abuelo, que después de tantos años de muerto sigue jaloneando mis pensamientos. Sin embargo, debo decir que mi abuelo más que de una mierda específica, hablaba era del fondo del mar. Una mierda más compleja y escabrosa. Más melancólica y obscura. Hablaba de un barco que se va a pique ante nuestros ojos. Un naufragio que nadie quiere impedir porque de lo que se trata es de deleitarse con la agonía que sugieren los hundimientos. De sentir placer viendo cómo algo se derrumba. Cómo todo arde. Cómo todo empieza a convertirse en ruina. Cómo todo sigue la lógica natural de la desaparición y se sumerge en el fondo del mar. Citaba a Roma. Mencionaba a Napoleón. Literal. Agonizar, naufragar, derrumbarse, irse a la mierda, los verdaderos y únicos encantos de la vida, según ese ser extraordinario que fuera mi abuelo.

En mi departamento hay cajas por todos lados. Cajas vacías. Abajo, arriba, a los lados, en el medio. Cajas vacías. Una metáfora de mi lugar en el mundo. O de lo que soy. Una espiral vacía. Sin techo ni base. El vacío del vacío. Lo he visto varias veces en mis ojos que son como dos huecos vacíos mirándose mutuamente. En las coyunturas que forman las paredes cuando se encuentran con las marquesinas de lo que me funciona como vivienda hay moho. La humedad es terrible. Si el aire acondicionado sirviera todo sería peor. Pienso que todo se pudre. Pienso que esa mierda de la que me habló Tolleri y que me hizo recordar a mi abuelo es ajena al mundo en sí mismo. La mierda es un fenómeno completamente congénito de la raza humana. El pobre planeta sólo tiene que soportarla. Es lo que somos. Y esto quiere decir que irse a la mierda es anegarse en sí mismo.

Todo lo que me rodea parece incurable. Mi heladera está desocupada. Mi billetera muere de inanición. Mi colchón tiene un hoyo negro que me traga cada vez que me recuesto. Por suerte aún no cortan el agua; y la luz, la luz, francamente no me importa. Tengo velones fúnebres. Alguien los abandonó al frente de una iglesia. Blancos y rojos. Adornan mi sala. La alumbran. Yo me conformo, por ahora, con unos libritos de Knut Hamsun, cuyos nombres son la metáfora más adecuada de mis circunstancias: Hambre, Pan, Fatalidad. Cuando los termine iré a cambiarlos por otros en la librería de Tolleri. Una librería que él heredó de su padre y que para mí funciona más como una biblioteca con aparente suscripción vitalicia.

Dos o tres veces por semana voy a la librería y, a cambio de incontables horas de inventario, conversación y lectura, me llevo algunos libros para divertirme en la húmeda soledad de mi departamento. Tolleri me aprecia bastante y a veces me da algo de dinero por aquello del inventario. Yo creo que él me paga más bien por mi compañía. Puedo decir que trabajo como acompañante, conversador y lector. Me sorprendo. Es como un sueño. No gano mucho pero me basta. El verdadero sueldo son los libros a los que tengo acceso. Joyas. Viejas y nuevas. Primeras y segundas ediciones y manuscritos increíbles firmados por sus autores.

Tolleri es el hombre más ermitaño que conozco. Los libros vuelven apática y solitaria a la gente. Leer es un vicio extraño. Lo acerca mucho a uno mismo pero lo aleja irrefrenablemente de los demás. Tolleri y yo somos unos misántropos. Pero no hemos querido aceptarlo. La palabra nos chilla. Nos condena. En el fondo los dos sabemos que un día vamos a salir del enclaustramiento en el que nos metió la lectura. Y además no somos tan odiosos. Ni egocéntricos. Eso es porque no somos intelectuales. Ni queremos serlo. Cuando necesitamos reírnos los leemos. Nada más. Somos, más bien, medio ascetas. Quizá cuando terminemos el inventario de la librería algo pase y podamos resocializarnos. Hablar con la gente. Del clima. De los impuestos. De la otra gente. Desde que empezamos a inventariar hemos avanzado un veinte por ciento. Empezamos hace casi dos años. La idea es inventariar mientras leemos. Garantizar que conocemos todos y cada uno de los libros que poseemos. Y después no sé. No tengo ni la más remota idea de qué querrá hacer Tolleri. Lo cierto es que todo esto es como un juego. Así fue como descubrí la intensa frialdad del gran Hamsun. Inventariando. Y, antes de él, me encontré de frente y sin anestesia con Thomas Bernhard. Un delirio de enfermedades sociales y elegancia poética. Cada uno a su manera es otro Kafka. Otro Dostoievski. Pequeñas conclusiones de un día de inventario en la librería.

Llevo varios días pensando en el después. En el mañana. Hay que lanzar anzuelos a ese estanque enjambrado de nebulosas que es el futuro. Si algo pica, hay que dejarse ir. Si te lleva es porque es algo grande. Siguiendo mi inquietud le propuse a Tolleri que reabriéramos el local y que empezáramos a vender. Yo vendría todos los días. Hasta que el negocio pudiera andar solo. Una vez estuviera todo perfecto yo volvería al estanque. Tampoco quiero quedarme ahí. Quiero ganar algo de tiempo. Leer lo que quizá no pueda leer después. Y comprarme otro colchón. La librería está cerrada desde la muerte de su padre. Eso hace unos tres años. Como era de esperarse su respuesta fue negativa y antipática. Se molestó. Cambió el tema enseguida. La plata no la necesita. Lo dejó claro. Recibe una jugosa jubilación que no sabe cómo explicar. Simplemente la recibe como un buen burgués. Con eso vive tranquilo. Y con un pequeñísimo y prácticamente imperceptible porcentaje de esa jubilación, es que yo suelo comer, cuando él me pasa algunos pesos por el tema del inventario.

Mi teléfono no suena ni por equivocación. No pongo alarmas ni recordatorios. No necesito alarmarme ni acordarme nada. Y nadie llama. Ni siquiera los típicos vendedores de seguros. Siempre he pensado que el día que me llamen les preguntaré por un seguro que me proteja no contra el desempleo sino contra el empleo. Esa fiera que te carcome vivo. Y que te asegura la vida quitándote las ganas de vivirla. Un seguro así sería un hit. Así muchos podríamos dedicarnos a nuestras cosas sin ninguna preocupación. Cuando digo cosas me refiero a simplicidades e intrascendencias. Cosas poco importantes. Minúsculos placeres: Caminar por ahí, sentarse en un parque a observar, dormir la siesta escuchando música barroca, pensar estrategias para el ajedrez, cortar champiñones.

Con Tolleri sabemos que nuestro ostracismo es peligroso. Pero algo en él nos gusta. Nos excita. Y mucho. Ser outsiders a veces es una opción digna entre tanta porquería. La automarginación es una iniciativa de vida muy subestimada y, sobre todo, muy temida. Nadie quiere arriesgar. Todos necesitan depender. Nadie se anima a no ser. A sencillamente estar y dejar pasar. Todos quieren dejar su impronta. Su huella. Actuar. Todos pretenden ser algo. La nada que son y arrastran les asusta más que cualquier cosa. Nosotros, en cambio, nos hemos permitido consagrarnos a lo que verdaderamente nos interesa sin la necesidad de ceder a las vanidades y las glorias que el insípido mundo de la competencia nos impone. Tal vez por eso Tolleri no quiere abrir la librería. Gusta de su situación. De su circunstancia de lector marginal. Lector lateral. Secundario. Anexo. Contiguo a la realidad. La realidad que tanto lo amedrenta. La soberanía que Tolleri ejerce sobre sí mismo la ha forjado con mucho esfuerzo. Lo sé. Y la muerte de su padre lo que hizo fue sellarla para siempre.

Cuando camino hacia la librería yo me pregunto por todo eso que se abalanza sobre mí y se me presenta como el afuera. Los otros. Toda esa gente caminando de prisa. Sobrellevando sus caras de mierda y sus obligaciones de mierda y sus angustias de mierda. Los veo ahí, transitando sus vidas aplazadas. Negociando con sus espantosas resignaciones. Con compromisos que no quisieron adquirir pero que adquirieron presionados por algo que los excede y que no saben qué es. Andan atormentados y de mal genio. Empeñándose por irrealidades que les generan minúsculos pesares que terminan por convertírseles en gigantescos dolores. Pobres. Me compadezco. Siento pesar. Pero lo controlo para que no se convierta en dolor. Entiendo que la vida son opciones. Caminos que uno escoge. Destinos que uno elige. Creo que esta consciencia no impide que me apiade de la indigencia ajena. Y mucho menos que esté a la mira de la descomposición que propone. Porque esto es descomposición. Eso que comen los chulos en los basurales no es la verdadera descomposición. La descomposición camina por las ciudades y da discursos, hace películas y escribe libros, trabaja en fábricas, hace amores y se casa, compra cosas, viaja, va de fiesta y saca sus mascotas a pasear. La descomposición también hace inventarios en librerías. No hay duda. En fin. Es la cadena interminable de la lástima. La descomposición hace parte de ese naufragio y esa agonía a la que estamos agarrados con insólito placer. Lo había dicho mi abuelo. La lógica de esta descomposición avanza por entre nosotros como una ola de agua negra y viscosa que no tiene punto de retorno. Lo hemos hablado con Tolleri. Tapándonos la nariz. Él es un pesimista consagrado. Yo, al lado de él, soy un neófito. Un aprendiz que aún cree que al final de la luz es donde se encuentra el túnel. Y no al revés.

Cuando mi abuelo se ponía reflexivo arremetía tiernamente con su voz pausada contra todo el mundo. No había salvación. Las aguas turbias para él se hacían por los cuatro costados. El panorama de la humanidad en general hace mucho dejó de ser desolador para convertirse en siniestro me dijo una mañana de verano mientras íbamos al hipódromo. Le cuento a Tolleri cosas de mi abuelo. Él parece no entender. Su gran referente fue su padre. Sus abuelos murieron atestados de una riqueza malsana, añorando una Italia inexistente y despreciando a su descendencia. Él odiaba a sus abuelos. Algo inadmisible para mí.

En mi departamento proliferan las cucarachas. Ya no se asustan con mi presencia. No huyen. Siento que a veces me contemplan y por medio de chillidos ultrasónicos se burlan de mí. Son flacas y pequeñas. Como yo. No sé porque no se van a un departamento en el que haya abundancia. Quizá se identifican con mi estilo de vida. Pero yo con el de ellas no. No soy tan repulsivo. Por lo menos por ahora. Son una plaga indeseable y asquerosa. Dudo mucho que algún día llegue a ver en las cucarachas un espejo de lo que soy. Pienso en el señor Samsa. Y comprendo que no es tan difícil llegar a eso.

Los libros, aunque me han acercado a esta particular pobreza saben librarme de la miseria. Me hacen vivir en el límite. Un lugar agradable para estar. Y muy digno. Hay beneficios y perjuicios que no podría explicar. Pero lo intentaré. Un beneficio es que te conviertes en un ser intocable. Un espectro. Porque vives ahí, ni tan allá ni tan acá. Es como vivir en un limbo. En el filo de la navaja. Un perjuicio puede consistir en que desde allí, si bien nada te puede maravillar, es muy probable que todo te decepcione. No hay puntos medios. Te conviertes en una predisposición constante. En un onanista que cuando ejecuta su vicio no sabe distinguir entre fascinación y duda. Desde cualquier límite vida es sinónimo de muerte. Son extremos que se tocan honestamente. Sin pudores.

Los libros son generosos conmigo. Me hacen un ser decente. Un ser que no tiene miedo del miedo. Pero no puedo resbalarme. Debo tener equilibrio. No quisiera zanjarme con mis propias puntas.

Con Tolleri prendimos la televisión. Eso fue anoche. Después de discutirlo decidimos sintonizar un canal de noticias internacionales. Algunas noticias deportivas sin gran relevancia: golf, rugby, clavados de altura. Una buena cantidad de publicidad: gaseosas, papel higiénico, una tienda de tecnología, paquetes turísticos a Disney, bancos, pare de sufrir, Iglesia Universal del Reino de Dios. De algo tienen que vivir los desaboridos periodistas. Y de algo tiene que aprovecharse el insaciable sistema. Empezó un reportaje que nos capturó al instante. La música que abría el programa era una bella pieza para piano de Liszt. La sonata en Si menor. Enigma total. Antesala de lo que se venía. Previamente habíamos conversado sobre la desesperante sosería en Sartre y Camus. Imaginábamos una música así para nuestro aburridísimo tema. Todo se conectaba. Tolleri encendió un cigarrillo y se sentó sobre una pequeña pila de libros con la etiqueta de autores egipcios del siglo XX. Se sentó sobre la cara de Albert Cossery. Lo recuerdo porque se lo hice saber. Él sonrió y me dijo que eso era por lento, por ocioso y por creerse francés. Soltó un pedo. Así son nuestras sillas. Y nuestros chistes. El tipo del reportaje empezó a hablar y las imágenes a rodar.

Era como una suerte de La Jetée para televisión. La voz y las imágenes, a diferencia de la obra de Chris Marker, pudieron haber sido una. Quiero decir, pudieron mantener sincronía. Pero no. Pura narración paralela. Tipo amores perros. Cada cosa por su lado con conexiones abruptas pero cardinales. El narrador decía: Las tradicionales y cansonas reyertas entre las derechas, los centros y las izquierdas, fuerzas agonizantes y genéticamente estériles que viven enchufadas a anacronismos propios del siglo pasado son las que han empujado al mundo en esta curva descendente que todos atestiguamos. Agonizantes dice el señor de la voz en off. Tolleri me mira. Yo callo. Pienso en mi abuelo. El tipo siguió: Tenemos que entender, sí o sí, que las grandes ideologías están quebradas y que hoy por hoy lo que cuenta y triunfa es la mutación, el camaleonismo o, mejor, el travestismo cuando de política se trata. Este tipo está loco. No sabe lo que dice. Pensé, mientras las imágenes lentamente seguían rebosando la pantalla. Pasaban extrañas fotografías del universo alternadas con grandes migraciones humanas atravesando un desierto. Por momento la voz callaba. Su ausencia era aterradora. La música de Liszt continuaba autónomamente. Su desgranar parecía ignorarlo todo.

Tolleri asentía las palabras de la misteriosa voz. En un momento me dijo que no entendía por qué había palabras que fueron cambiadas. Palabras que antes parecían intocables. Creo que el reportaje ya lo había visto. Se mutó con la narración: la noción de pueblo fue reemplazada por la de ciudadanía, ya no hay personas sino individuos, la libertad se llevó por delante la igualdad, las perversiones son subjetividades, la otredad es terrorismo y la democracia es, inherentemente, lucha, guerra contra todo lo que es susceptible de ser atacado. Yo creo que esas modificaciones lingüísticas tienen mucha incidencia sobre la realidad. Dije. Tremenda obviedad. Pensé. El travestismo consiste en que el poder debe generar nuevos panegíricos a partir de la mezcolanza y la confusión. Prosiguió Tolleri. Confusiones que, queriendo decir una cosa, dicen otra y la repiten pero al revés y en contravía, asegurándose que la confusa iteración de lo mismo satisfaga a todos por igual e incluso lime aquellas tremendas asperezas ideológicas aparentemente irreconciliables. Tolleri se retiró sus anteojos y me lanzó una mirada exterminadora. No entendí lo que quería decirme. ¿Qué pasa? ¡Este tipo es un genio! Respondió. Devolví mi mirada al televisor mientras lo escuchaba murmurar: Estamos jodidos loco. Realmente jodidos. El mundo moldea una promiscuidad sin nombre que se convierte en nuestro destino. Tolle, déjame escuchar. ¿Escuchar qué? El programa. Encendió otro cigarrillo. ¿Sabes cuál es esa promiscuidad? ¿Ese travestismo? No. Respondí. La contradicción. Loco, la contradicción. El narrador dice: estamos siendo orientados por dramaturgias que apuntan hacia el mismo lado: transformar las masas en compactas e inquebrantables argamasas. Divinamente maleables. Añadió Tolleri. El programa fue a comerciales.

El humo salía de su boca con un desconsuelo tremendo. A él le afecta mucho la realidad, sobre todo si no puede leerla. Escucharla o verla es una verdadera fatalidad. Todo lo que entra a su cerebro son letras. Podían ser las más oscuras y asesinas, pero las masticaba con destreza y serenidad. Detesta las otras formas de representación e información del mundo. Lo del canal de noticias fue una excusa liderada por mí para evadir la indiscreción que cometí cuando le sugerí que reabriéramos la librería. Callamos mientras dulces voces ofrecían sus servicios telefónicos de erotismo ilimitado.

Tolleri devoraba esquizofrénicamente su cigarrillo mientras lanzaba miradas puntiagudas al televisor. Me dijo: Hay una frase del gran TS Eliot, consignada en sus famosos Cuatro Cuartetos. Dice que la humanidad tolera muy poca realidad. Y es que la realidad es una cosa seria, muy seria y muy dura que no hay que ocultar ni envilecer, por el contrario, la realidad hay que señalarla, cuestionarla y, de ser posible, ararla como si fuese un campo que mañana nos dará de comer. Le dije. Pero -reinició él- en contraposición a todo eso que decís, y para darle la razón a Eliot, la realidad que hoy nos presentan y que vuelve tan maniático al mundo es como una pista de carreras virtuales desmedidamente insubstancial pero imprescindible para la supervivencia. Tolle, escúchame, renunciar a los correteos de esa pista de la que hablas, aparte de inviable e irracional, nos resulta sumamente insoportable. No podemos hacerlo. La tarea la han hecho bien. Hay que aceptarlo. Nos taparon el sol con un dedo. No juguemos a ser los salvadores del mundo. Dejate de joder, vencido. Ahí empieza otra vez. Dijo. Doblé hacia la pantalla pensando en que no hay nada de malo en asumir, de una vez por todas, nuestro rol de borregos híper-pos-modernos. Y disfrutarlo. Era normal. Todos los hombres en diferentes épocas lo han hecho y han muerto igual. Nadie se salva.

La primera imagen después de la lujuriosa pausa publicitaria era la de una plaza llena. Parecía ser una protesta. El narrador decía: tenemos que aprender a vitorear y proteger a ultranza la porfiada e insostenible exclusión que nos tocó vivir. Todo lo que intentemos hacer hoy es un suicidio, porque en la cultura de la banalización lo único que cuenta es el regodeo frívolo y roñoso y la consumición generalizada de nuestros cuerpos y nuestras mentes en la inmediatez. Aparecía una imagen de un grupo de chicos blancos sacándose una selfie en medio de un campo de refugiados en medio oriente. Tolleri escuchaba el programa. Sólo escuchaba. No miraba la pantalla. Debía ir como por su sexto cigarrillo en línea. La voz siguió su trote: hoy por hoy la mente y su cultivo sensible es sólo un aforismo clásico. Hemos sido instalados en la inmovilidad. Pero bueno, hay una buena noticia: como nosotros, nuestra cultura también tiene que morir. Algún día. Por suerte reventará. Desaparecerá. Apuntó la voz. Se irá al fondo del mar como decía mi abuelo. Completé. La voz, ignorándome, terminó: Morirá. Para dar paso, sin duda, a una cultura más retorcida. Aparecía la imagen del hongo que se forma cuando sueltan las bombas atómicas. No sé. Tolleri ¿te sientes bien? No. ¿Quieres agua? No. ¿Qué te pasa? Me preocupas. Si quieres apago. No. Sólo pensá ¿Cómo crees que nos verán las generaciones del siglo XXIV? Yo creo que como los mayores yonkis de la historia. Respondí. ¿Y por qué? Tolle, en la actualidad ¿quién no es un adicto? Y puede ser. Dijo. Pero ¿no te parece muy triste tu respuesta? No, sólo creo que es humorística. Reconocí. Es terrible. Musitó. Tolle, ¿tú crees que habrá siglo XXIV? Silencio. ¿Crees que llegaremos al siglo XXIV? Insistí. No. Ah bueno. Date cuenta.

¿Sabes? Mañana a primera hora abrimos la librería. Espera Tolle. Cálmate. Calmate vos. Hace un rato me evadiste. Eso fue hace un rato. Repliqué. ¿Qué hora es? Gritó. Faltan diez para las cuatro de la mañana. Escúchame Tolle, la primera hora de la mañana será más o menos en cuatro horas. Y qué importa. ¿Querés o no? Sí, para mí está bien, pero deberíamos planearlo mejor. Mirá, vos me pusiste a ver este programa de mierda. Me importunaste y me callaste cuando se te vino en gana con tu rebuscado fatalismo. Y ahora me querés sacar el cuerpo. No Tolle. Confundes las cosas. Entonces te espero mañana temprano. No hay más de qué hablar. Impuso. Dale, pero dime una sola cosa ¿por qué la decisión? Inquirí. Porque todo lo que es vulnerable es violado. ¿No ves? ¿Sos ciego? No entiendo Tolle. Quedate tranquilo hay cosas que es mejor no entender. La voz de la televisión proseguía su curso inapelable. Pero ya ninguno de los dos le ponía atención. Tolleri se puso a organizar unos libros. Algunas imágenes del televisor se colaban en los reflejos de una vidriera que servía como biblioteca de conservación de libros antiguos. Alcancé a ver fragmentos difusos de videos de decapitaciones y glaciares desprendiéndose. Apaga el televisor, le dije. Si voy a trabajar mañana, necesito dormir y no me voy a ir ahora para volver en un par de horas. Apagalo vos y has lo que quieras. Contestó.

La casa de Tolleri queda en el segundo piso del edificio en el que está la librería. Agarró un librito de Cioran. Ese maldito yo. Creo. Lo sé porque era la edición de cuadritos blancos y negros de Tusquets. Salió del local y subió. Yo tenía la musiquita de Liszt retumbando en mi cabeza y la voz esa no me abandonaba. Desconecté el televisor. Pensé en ese aforismo que subrayé en el librito que, si no me equivocaba, se había llevado Tolleri. Cioran escribió: Leer es dejar a otros padecer por nosotros. Me recliné sobre una alfombra que el padre de Tolleri había comprado en Teherán para su cumpleaños número cincuenta. Estaba sucia pero al menos no era mi colchón. No vi cucarachas pero sí escuché ratones. Las cajas vacías ya no estaban vacías. Permanecían llenas de libros sin clasificar de muchos géneros y en muchos idiomas. El moho era polvo. Y la humedad estaba controlada. Mientras me agarraba el sueño volví a pensar en mi abuelo. Lo veía caminando por su pueblo con su elegancia característica y con un diario bajo el brazo. De repente escuché a Tolleri abrir la puerta. Se me paró en frente, entre las sombras, y me dijo: No me gusta que rayes los libros. Vete a la mierda y déjame dormir que la verdadera y única realidad sólo se logra a oscuras. Le dije. Ve y pruebas. Sos un egoísta. Replicó. Vete Tolle, mañana será otro día y mientras tanto mantente alejado de los libros que ellos permanecen siempre muy angustiados.

Por primera vez desde que me regalaron mi teléfono puse una alarma. El aparato sonó, muy puntual, a las 8 de la mañana. Me levanté y observé detenidamente cómo el sol empezaba su pugna por colarse por entre las persianas en busca del adentro. Algunos pajaritos cantaban. El impasible afán de la gente emergía de la nada. Podía sentir el aroma de la mañana. Apreciar sus colores dinámicos y brillantes. Todo me venía con una naturalidad impar. Algo en mí palpitaba. No era angustia. Ni conformismo. Ni lástima. Era como el primer día después de la enfermedad. El navío de mi vida salía a flote. Un lujo. Pensé que quizá el fondo del mar no existe, porque nadie lo conoce. Fui a preparar un café. Sobre el mostrador Tolleri había dejado una nota que decía: Cuando abras deshazte de ese puto televisor. No lo necesitamos más. Pensé que tenía razón. Abrí la puerta y limpié un par de estanterías. Agarré el televisor y lo puse al frente del local. Lo observé un buen rato mientras tomaba mi café. Minutos más tarde vendí el primer libro: Tiempo Nublado de Octavio Paz. Juro que no lo recomendé.

 


G Jaramillo Rojas (Bogotá, 1987). Estudió sociología especializándose, posteriormente, en sociología de la cultura. Actualmente trabaja como editor, redactor y corresponsal para varias revistas y publicaciones independientes en Buenos Aires y Montevideo.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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