Pablo Montoya Campuzano: “una literatura sin crítica es una literatura que no puede lograr su madurez”

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Pablo Montoya Campuzano es un escritor que, además de dedicarse a la escritura de textos narrativos, ha explorado en diferentes campos el arduo e impredecible ejercicio de la crítica literaria. Sus observaciones no tienen como propósito agotar todos los sentidos de la obra en cuestión, sino, más bien, iluminar las zonas que hasta entonces se encontraban ocultas. De ahí que sus indagaciones en este género, por lo general, se exponen libres de citas para que sea la intuición, el mismo hecho poético, quien establezca un diálogo con el lector. De ahí, también, que tales indagaciones giren en torno a diferentes ejes temáticos como son la literatura francesa, latinoamericana, colombiana — o, por otro lado— la pintura o la música.

 

  1. ¿Qué es para usted una buena crítica literaria? Es decir, ¿qué virtudes deben acompañar el ejercicio de una crítica literaria?

La crítica debe estar, ante todo, bien escrita, y su factura ha de lindar con el ensayo literario. Debe ser desafiante pero no insultante. Más lúcida que inteligente. Debe alejarse del mutuo elogio por el amigo que también escribe y afianzarse en la lealtad por la gran literatura. La buena crítica debe conocer la continuidad de la tradición literaria pero no olvidar jamás su capacidad de ruptura. Por tal razón, detrás de ella siempre debe haber un lector felizmente confabulado con el escritor. Y no debe temerle, bajo ningún motivo, a la ponderación (decir si un libro vale la pena o no), así ciertos gurúes del género digan que tales valoraciones son imprudentes.

 

  1. Usted ubica los orígenes de la crítica literaria en Colombia en autores como Baldomero Sanín Cano y Hernando Téllez. ¿Qué piensa del desarrollo de la crítica literaria en el país, es decir, a partir de esos nombres ha habido alguna evolución relevante?

Antes de Baldomero Sanín Cano, hubo algunas manifestaciones críticas en Colombia, pero estaba amañada con los estamentos del poder político, militar y religioso. Era una crítica prehispánica, patriótica, atravesada de fervores religiosos. Solo con los escritos de Sanín Cano sobre la poesía de Rafael Núñez, crítica que le significó denuestos y amenazas de Miguel Antonio Caro, el poderoso gramático y político de esos años, empieza lo que podría considerarse la crítica moderna en nuestra literatura. Crítica realizada teniendo en cuenta el texto mismo, y formulada desde una suerte de conciencia estética e individual transgresora. Hernando Téllez y la gente de Mito siguió, en cierta medida, esta tradición. Igualmente lo hizo Jorge Zalamea con su labor de difusión literaria tan injustamente olvidada por el impacto que ha tenido Mito. Pero también hubo crítica, antes de Mito, en la revista Voces y en la generación de Los Nuevos. Valga la pena recordar algunos textos reveladores de Luis Tejada sobre la obra de Marco Fidel Suárez. Este tipo de crítica estuvo asociada, en una buena parte del siglo XX, a los diarios y sus suplementos culturales. Ahora bien, lo que sucedió en Colombia, en las últimas décadas del siglo XX, situación que también se da en la actualidad, fue el triunfo comercial de la novela y el relato periodístico encarnado en García Márquez y sus continuadores. La crítica dejará, entonces, de ser cada vez menos visible en los diarios y en las editoriales, y se refugiará en las revistas culturales y académicas. Son ellas, en realidad, las únicas que no le han cerrado las puertas.

 

  1. ¿Existe en la actualidad una crítica literaria, digamos, por fuera del ámbito académico?

Sí hay espacios para la crítica literaria no académica. Uno de ellos, y el más importante, son las revistas culturales. La labor crítica del Boletín bibliográfico del Banco de la República es encomiable. Lo mismo podría decirse de lo que hacen la Revista Universidad de Antioquia, la lamentablemente extinta Número y, en menor medida, El Malpensante. Hay, del mismo modo, algunos sitios web, como Confabulación de Común Presencia, y diversos blogs de autores que, de vez en cuando, publican críticas afortunadas. Frente a lo que hace Arcadia, una revista de periodismo cultural que siguen muchos, sobre todo los sectores pudientes de la sociedad colombiana, los textos críticos están sometidos a unas normas en las que prevalece más la huella periodística que la literaria y ellos siguen muchas veces lo que imponen las editoriales comerciales. De hecho, sus pautas permiten que no se muera porque no se olvide que la bancarrota es la amenaza permanente de nuestras revistas. Pero en un país tan “iletrado”, como es el nuestro, tan asediado por la guerra, la corrupción y la estupidez gregaria, la existencia de estas coordenadas hay que celebrarlas. Otro lugar en donde aparece este tipo de crítica son los libros. Aunque pocos, si los comparamos con las novelas, los libros de cuento, crónica y poesía, estos son esenciales. Y lo son, entre otras cosas, porque representan una persistencia de la tradición de la crítica literaria ejercida por Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez, Hernando Valencia Goelkel, Ernesto Volkening y Fernando Charry Lara. Miremos unos ejemplos notables de libros dedicados a la poesía que, además, están escritos siguiendo los modelos del ensayo literario. Uno de ellos es Por los países de Colombia de William Ospina. En esta misma dirección está Galería de espejos de Juan Manuel Roca, similar recorrido por la poesía colombiana del siglo XX. Un ejemplo más, y este perteneciente a las nuevas generaciones, es el excelente libro de Santiago Espinosa, Escribir en la niebla. Se podría pensar que Ajuste de cuentas de Harold Alvarado Tenorio, que gira sobre el mismo tema poético, es un paradigma de una crítica literaria valiente, corrosiva, hecha a contracorriente y lejana de los núcleos del poder cultural. De hecho, algunos creen que Tenorio es el más rebelde de los críticos actuales y en tanto que el más iconoclasta el más interesante. Quizás todo esto tenga algo de cierto. Pero el problema fundamental de la crítica de Tenorio es que está emponzoñada. Sus juicios coquetean con el desprecio y la burla hasta límites vergonzosos. Con él uno no asiste a la risa irónica del crítico, sino a la carcajada grotesca del bufón.

 

  1. Y a propósito de ese ámbito académico: ¿es este un lugar propicio para ejercer una crítica literaria que esté por encima de una mirada esquemática y aplicativa, por ejemplo, de teorías narrativas?

Como profesor universitario que soy, siempre he creído que la crítica tiene en la academia un espacio ideal para expresarse. Se supone que la academia es el lugar en donde deberían confluir la creatividad literaria y el rigor investigativo. La crítica, así la entiendo yo, no debe someterse nunca a las dádivas de los poderes políticos y culturales, ni a los delirios y las vanidades del ego. En este sentido, a diferencia de lo que se hace en los periódicos, no hay espacio más neutral, y por lo tanto más estimulante, que el de la academia universitaria. Además que desde allí ha surgido una poderosa crítica literaria. El caso de Rafael Gutiérrez Girardot es diciente. Sabemos que en Mito empiezan a aparecer los primeros textos importantes de este crítico. Y es quizás con Gutiérrez Girardot que surge un ensayo luminoso desde el ámbito académico. Pienso que uno de los modelos más altos de la crítica literaria en el país es su ensayo sobre la literatura colombiana de la primera mitad del siglo XX. Por desgracia Gutiérrez Girardot no mantuvo siempre estos niveles y, en muchas ocasiones, su labor se empañó con los peores defectos que puede tener la crítica: la mala escritura, el resentimiento y el insulto. Hay otro caso que me parece digno de mencionar y es el de David Jiménez y su importantísima y reveladora Historia de la crítica literaria en Colombia. De la misma manera, y así como he dicho nombres de revistas culturales, es menester mencionar algunas académicas. Ahí están, por ejemplo, las revistas Literatura: teoría, historia, crítica de la Universidad Nacional, la Revista Estudios de Literatura Colombiana de la Universidad de Antioquia y la revista Perífrasis de la Universidad de los Andes. Pero no desconozco que en los ensayos académicos que se publican en estas revistas hay unas exigencias científicas y unos esquemas teóricos que los alejan peligrosamente de las excelencias del ensayo literario. Se escribe sobre literatura en esas revistas y sus autores parecen ignorar los núcleos ígneos que deben estremecer la escritura literaria. Resultado de ello, son una gran cantidad de artículos insípidos o herméticos y propios solamente para el círculo de los especialistas en el tema. Pero sería mezquino negar que allí hay ensayos muy bien escritos, serios y profundos.

 

  1. Encuentro que en su ejercicio como novelista y cuentista hay mucho del ensayista crítico y mordaz. ¿Esta es una actitud, una voluntad creadora?

Entiendo la labor del escritor como un acto de denuncia y la escritura como un ejercicio de la disidencia. Los seres humanos hemos diseñado, a lo largo del tiempo, sociedades injustas, mentirosas, expoliadoras y cuyas bases están hundidas en el crimen. Y mis libros, mis novelas y mis cuentos en particular, dan testimonio de este panorama. He construido, igualmente, una obra en donde lo esencial es el diálogo entre los géneros literarios. Mis libros son fragmentados y des-generados. Desde esta perspectiva, le he dado un espacio al ensayo y a la poesía en mi obra narrativa. El descontento, el inconformismo, una especie de rebeldía ante el orden que impera entre nosotros, son los motores que han estimulado siempre mi labor creativa.

 

  1. De acuerdo con lo anterior, ¿cree que la crítica literaria podría tomarse como una forma de creación en sí misma? ¿Qué se necesitaría para poder lograrlo?

Considero a la crítica literaria como una de las facetas del ensayo literario. Y como tal, le pido a la crítica las virtudes que le pido al ensayo. Primero, y lo repito, que la crítica esté bien escrita. Que sintamos, desde las primeras palabras leídas, la fuerza encantadora del estilo. Que no haya arrogancia intelectual ni animosidad en sus propósitos, sino un juicio que esté enraizado en el conocimiento profundo del autor y la obra interpretada. Yourcenar decía que escribir ensayo le parecía el más exigente de los oficios literarios porque pensaba que el ensayista debía conocer al máximo, leer todos los libros, sobre el tema abordado. Si ella decidía escribir sobre Mann, Kavafis o Borges, debía no solo leer toda su obra, sino los textos críticos esenciales sobre estos autores. Y cuando ya tenía asimilado este complejísimo horizonte, entonces escribía el ensayo. Algo parecido es lo que yo le pido al crítico.

 

  1. ¿Qué opina del papel de la crítica literaria en un país obnubilado por una literatura de carácter meramente comercial?

He sido de la opinión que una literatura sin crítica es una literatura que no puede lograr su madurez. Despreciar a la crítica, porque resalta engaños y farsas y señala debilidades que sostienen una parte de nuestra narrativa actual, es un acto desafortunado. El ejercicio de la crítica es menester realizarlo porque es ella la que nos ayuda a entender el fenómeno literario en todas sus dimensiones. Con una buena crítica comprendemos mejor el asunto de la tradición desde sus tres elementos básicos: el autor, el texto y el lector. Lo que pasa en una literatura como la colombiana es que los escritores desde Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro hasta nuestros días, han menospreciado a los críticos. Álvaro Cepeda Samudio decía, por ejemplo, que estos eran simplemente unos parásitos literarios. Y muchos de los escritores de hoy, que triunfan en los escenarios de la literatura comercial, se sienten agredidos, ofendidos, indignados, cuando leen críticas negativas sobre sus libros. Y lo peor de todo es que desde la academia misma llegan reclamos cuando la crítica no satisface sus modos de apreciar la literatura. Hace años, por ejemplo, escribí una crítica sobre Fernando Vallejo. Sin negar la buena calidad de su narrativa, de los logros impresionantes de algunos de sus libros, ubiqué los contornos reaccionarios que sostienen esta obra. Pues bien, mi texto suscitó ultrajes desde todas partes. Me tildaron de profesor universitario resentido, de pobre escritor frustrado, de ser un ignorante y desconocer los principios básicos de los análisis literarios. Por supuesto que los críticos somos parásitos, y los parásitos molestan, pero sin ellos jamás alcanzaremos la madurez literaria que tanto predicamos o reclamamos. Y, en el más calamitoso de los casos, aspecto que ocurre con frecuencia en nuestros días, nos darán gato por liebre.

 

Envigado, 19 de junio de 2016

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

3 comentarios sobre “Pablo Montoya Campuzano: “una literatura sin crítica es una literatura que no puede lograr su madurez”

  1. Gran entrevista. Felicitaciones Jhonattan, maneja muy bien el contexto y enfoca las preguntas certeras. Y de Pablo, pues sólo decir era era una joya escondida que nos privamos mucho tiempo por la mezquindad intelectual que impera en Colombia, donde suenan dos o tres figurines proclamados como paradigmas de la literatura nacional, cuando los verdaderos genios pasan las duras y las maduras para poder publicar sus libros.

  2. Una obra literaria madura es una escritura cocinada en las aguas del sufrimiento y la dicha. Algo que se escribe por necesidad, no estomacal, sino por hambre de expresión. Algo hecho durante un largo lapso de vida, no para mostrarse sino para aprender en el hacer, el oficio de escribir como destino ineludible.

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