Atisbo de la renuncia: una lectura de infancia

«¿Cómo era la pregunta? ¡Ah!, sí: qué libro me había impresionado, marcado, señalado, sacudido o incluso conducido en una dirección o apartado de ella»

PATRICK SÜSKINDAmnesia in litteris.


Cada vez es más popular la idea de una cierta literatura de la renuncia. No voy a hablar aquí de ella. No voy a trazar una genealogía de los escritores que renunciaron a escribir, de los Walser, los Salinger, los Rulfo, los Toole… No voy a hacer nada de eso por dos razones: primero, porque no hace mucho colaboré en este portal con un texto sobre Walser, donde más o menos insinué algo sobre el tema, y segundo, y más importante aún, porque ya Vila-Matas dijo casi todo lo que había que decir al respecto en su novela Bartleby y compañía, que inicia su saga metaliteraria sobre la desaparición; por lo que más valdría citarlo ahora mediocremente y seguir adelante, por fin, con lo que quiero contar. Dice, pues, el narrador de la novela:

«… hay tantos escritores como formas de abandonar la literatura, y no existe una unidad de conjunto y ni tan siquiera es sencillo dar con una frase que pudiera crear el espejismo de que he llegado al fondo de la verdad que se esconde detrás del mal endémico, de la pulsión negativa que paraliza las mejores mentes» (Vila-Matas, 150)

De lo que se colige que, si bien es cierto que Vila-Matas menciona en ese libro una considerable cantidad de autores que renunciaron a escribir (o, en fin, a publicar; a darse a la publicidad, como decía Fernando González) lejos estuvo, como es de suponer, y como él mismo ha admitido ya, de enumerarlos a todos. Y entre los que se quedaron por fuera del compendio se encuentra, vivo aún, recluido en su casa a orillas del lago Starnberg (Münich, Alemania), Patrick Süskind, autor célebre por su novela El perfume, de 1985, cuyas ventas, enormes hasta hoy, seguro permiten que no tenga que volver a trabajar nunca más si eso es lo que desea.

Bien: tampoco voy a escribir sobre El perfume. En cambio, quiero hablar acerca de La historia del señor Sommer, novelita corta de 1991, pues el atisbo al que se refiere el título de este texto remite, de hecho, a una anécdota personal: a la primera lectura que hice de ese libro hace más de veinte años y al papel que parece haber jugado en mi biografía de lector.

Recordar el descubrimiento de esa novela en los años de mi infancia, el encuentro con ese librito maravilloso, que engaña por su simpleza, es corroborar que en la vida y en la literatura todo sucede por accidente, aunque se diga tantas veces que el arte busca corregir la naturaleza. Yo no debía leer ese libro cuando lo leí: llegó a mi casa porque a mi papá ─profesional cooperativista de clase media-media, dedicado, responsable y triste─ le gustaba que mis hermanos y yo leyéramos mucho (una especie de desquite con su propia suerte o un resentimiento de clase o algún complejo de inferioridad intelectual, no termino de saberlo), y para ello acudía, como tantos otros ingenieros de universidad pública más o menos legos en asuntos literarios, a las colecciones del Círculo de Lectores y de la Torre de Papel de Norma; roja, azul, amarilla o verde, según la edad del muchachito. De esa época me vienen a la memoria, especialmente, cuatro libros: una edición resumida e ilustrada de El doctor Jekyll y Mr. Hyde, un libro de un tal Paul Maar llamado Roberto y Otrebor, ambos variaciones sobre el tema del doble, del fondo siniestro del alma (o así los recuerdo ahora), y una colección de relatos populares latinoamericanos con un zorro y un cuy en su portada y el título de Cuentos de enredos y travesuras, que yo recuerdo, antes que nada, por la voz de mi papá leyéndolo en voz alta. Y, finalmente, está el librito de Süskind, que seguro él vio en un catálogo del Círculo de Lectores que recibía entre su correspondencia del apartado aéreo con un número que, hasta hace relativamente poco, yo aún me sabía de memoria. De niño, yo solía acompañarlo a recoger esa correspondencia los sábados en la mañana; luego íbamos a su oficina de soluciones eléctricas en Fiducentro, y allá la leía toda; así, supongo, fue que vio el librito en el catálogo, lo ordenó para mi hermana Tatiana (un poco mayor que yo) y se lo regaló con una dedicatoria en la primera página, como era su costumbre:

Mi papá era de los que decían que la mejor herencia que podía dejarnos era nuestra educación, y estaba profundamente convencido de que el hábito temprano de la lectura cambiaba para bien la suerte de las personas; asumió esa creencia como un principio rector en la crianza de sus hijos y, tal como lo veo ahora, fue muy hábil en obligarnos a leer mediante una especie de chantaje emocional: leer, para nosotros, era una forma de demostrarle el cariño que le teníamos, pues en nuestra familia no eran tan frecuentes las manifestaciones físicas de afecto. Por eso creo que escribía esas notas en los libros que nos regalaba, porque sabía que así nos obligaba a leerlos; nunca abandonó ese hábito. Muchas de esas dedicatorias, vistas ahora con los ojos de quien entiende que los padres heredan a sus hijos no sólo bienes y valores, sino también miedos y frustraciones, no dejan de parecerme ahora como oraciones; era una forma que tenía él de rogar por nosotros, sólo que, como era ateo, no rogaba a Dios, sino a la Cultura (con mayúscula), con la que siempre tuvo una relación complicada por tratarse, ante todo, de un amor no correspondido: él la cortejaba y ella le daba la espalda todo el tiempo, recordándole que debía trabajar y preocuparse más bien por alimentar las cinco bocas de su hogar. Esas dedicatorias en las primeras páginas de los libros de mi infancia las tomo, pues, como señales de que él deseaba para nosotros algo que no tuvo y que, en todo caso, nada tiene que ver con la estabilidad profesional o el bienestar material.

 

A mi papá el libro de Süskind le interesó, supongo, por la portada de tonos pastel y demás ilustraciones de Jean-Jacques Sempé ─delicado dibujante francés─, de paisajes soleados y niños sonrientes que corren por los prados de la Alemania rural; ilustraciones todas marcadas por la excentricidad: el trazo desencuadrado del señor Sommer, caminante impasible que se desliza hacia las márgenes de las hojas y repta por debajo de las miradas de los niños y los padres incautos que les regalan a sus hijos ese libro. Una vez más, me parece, la literatura se le rio en la cara a mi papá, a él, que siempre quiso abrazarla pero nunca tuvo tiempo…

Este artículo se ha echado a perder: se ha extraviado en una digresión que ya no me deja concentrar…

Quería hablarles del contenido del libro, de la dichosa historia del señor Sommer, pero dos cosas me lo impiden: la primera, es que me voy dando cuenta de que no era de eso de lo que quería hablar realmente, sino de mi papá, de la influencia perenne que tendrá en mis hábitos lectores hasta que me muera; la segunda razón es más clara: La historia del señor Sommer no cuenta la historia del señor Sommer; en cambio, cuenta la historia de la infancia de un narrador ya adulto y sin nombre: de su familia; de la señorita Funkel, su profesora de piano; de la señora Funkel, la mamá de su profesora de piano; de su lectura de los cuentos de los Hermanos Grimm; de su bicicleta; del bosque que habita y que lo habita a él, con sus seis curiosidades más importantes: “a) una caseta del transformador de la central eléctrica, situada casi al borde de la carretera de la que constantemente salía un zumbido y que tenía en la puerta una placa amarilla con un rayo rojo y el aviso: ‘¡Alta tensión! ¡Peligro de muerte!’; b) un grupo de siete frambuesos con el fruto maduro; c) un pesebre para ciervos, momentáneamente sin heno pero con una gran bola de sal; d) un árbol del que se decía que, después de la guerra, se había ahorcado un viejo nazi, e) un hormiguero de casi un metro de alto y metro y medio de diámetro y, finalmente, como punto culminante del recorrido, f) una maravillosa haya a la que yo pensaba subir con Carolina y, desde una sólida rama situada a diez metros de altura, contemplar una vista incomparable sobre el lago, inclinarme hacia ella y soplarle en la nuca” (Süskind, 55-56); y en este relato de infancia, de días de permanente aprendizaje, el señor Sommer es sólo una mancha en el tapiz de fondo, un elemento excéntrico, inquietante, que aparece y desaparece dejando al narrador poco más que un puñado de preguntas sin respuestas; nunca interactúan, nunca pasa nada realmente con el señor Sommer.

El libro de Süskind es, pues, una novela corta sobre la infancia que no tiene nada de infantil. El narrador rememora esa época y sus encuentros itinerantes con el señor Sommer, un personaje muy popular en su natal Unternsee, así como en el vecino pueblo de Obernsee, de donde era Carolina Kückelmann, su amor inconfeso de infancia, una niña adorable a la que, cuando se cogía el pelo, se le formaba una mota rebelde en la nuca, que el narrador moría por soplar algún día. La misma Carolina Kückelmann que, al hablarle, abrió para él una experiencia de gozo inconmensurable, desatada por sólo cuatro palabras ─“El lunes iré contigo”­─ que ella le pronunció un sábado durante el recreo y que le dejaron sin dormir todo el fin de semana; en fin: la misma Carolina Kückelmann que le rompió el corazón, como suele decirse, ese lunes que le prometió acompañarlo y no lo hizo, despidiéndolo con otras cuatro palabras ─“No puedo ir contigo” ─ y dejándolo ir solo en la ruta que va a Unternsee, mientras ella se separaba de él en la bifurcación que abría el camino hacia Obernsee, sonriente y como flotando ─de acuerdo con el dibujo de Sempé, en el que también podemos observar, con un poco de esfuerzo, desviando la mirada, la figura espigada de un hombre caminando a lo lejos, con una mochila en la espalda y un sombrero de paja cubriendo su cabeza, dando zancadas, ayudado por su bastón, una vara de nogal de la que algunos solían decir que era, en realidad, una tercera pierna ─lo cual explicaría el porqué de las ininterrumpidas caminatas de este personaje al que, al parecer, nunca se le vio detenerse por nada ni nadie, porque tal vez le daba vergüenza tener tres piernas; o eso decían los niños, y algunos adultos. Nadie lo vio detenerse nunca, excepto el narrador, que si algo disfrutaba de niño era subirse a los árboles y pasar tardes enteras entre las ramas. Una de esas tardes, el señor Sommer interrumpió su caminata y se paró un momento bajo la sombra de un árbol, bajo la mirada atenta y curiosa del narrador; se comió un sándwich, y en su rostro y su respiración densa el niño vio el horror, el horror y la tristeza…

Y no pasa mucho más. El narrador crece y deja de subirse a los árboles. La suerte del caminante misterioso, por su parte, debería haberse adivinado ya.

Esto es todo lo que puedo contarles acerca del señor Sommer. La renuncia que atisbé cuando lo leí no tiene nada que ver con el autor ni con el libro.


REFERENCIAS:

– SÜSKIND, Patrick (1991). La historia del señor Sommer. Barcelona: Seix-Barral / Círculo de Lectores. 1994
– VILA-MATAS, Enrique (2000). Bartleby y compañía. Barcelona: Anagrama.

César David Salazar Jiménez

Treintañero. Nací en Bogotá pero soy pereirano; estudié Sociología pero hago teatro. Me resulta curioso cuando la gente habla de sí misma en tercera persona, pero me encanta Pascal cuando afirma que «el YO es detestable».

2 comentarios sobre “Atisbo de la renuncia: una lectura de infancia

  1. Estimado César, me encantó su columna. Creo escribirle desde un territorio más apropiado para su padre que para el suyo. Es con él con quien siento hemos caminado por los mismos senderos. Porque como él, la literatura vino a ser esa herencia que no tuve y que dejo orgullosamente a mis hijas. Lector contumaz, de los de Plan de Lectura y tal, no hago otra cosa que romper cada día con esos planes y dejarme llevar por lo que quiero, deseo o me llama leer en ese momento. “El perfume” es una, de entre más de mil leídas, de las novelas que más ha querido quedar en mi memoria y Jean Baptiste Grenuille uno de esos personajes que parecen haberse incorporado a nuestro ser. Un día, de recorrida habitual por librerías de viejo -lo que constituye una de mis principales aficiones, y adicciones- vi “La historia del señor Sommer”, -en esa misma preciosa edición suya pero sin dedicatoria- y a pesar de que me dijera poco pensé que Süskind bien merecía mi tributo, volviendo a leerle.
    Hasta hoy el librito adornaba mi biblioteca sin que le hubiera llegado el turno. La casualidad, de seguro más causalidad, de leer su artículo, me llevan a él. Ya le contaré qué me encuentro al final del camino. Agradecido, cordial saludo

    1. ¡Mil gracias por ese comentario tan generoso, Jorge! Me alegra que este texto resuene de esa forma en lectores tan juiciosos como usted. Es maravilloso que este portal posibilite esas cosas, y me hace pensar que debemos seguir apoyándolo y defendiéndolo. Un saludo, y nuevamente mil gracias.

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