Dimisión

Por: Juliana Monroy Ortiz

 

El 30 de abril del 3010 Freedom ship la más grande data-city de la zona sur del continente americano fue destruida por un enigmático corto circuito. Millones de personas perdieron su existencia en la fatal circunstancia. Un hombre de 75 años se encontró inconsciente junto a la fundida súper-computadora. Tras prestarle servicios de atención médica el hombre fue puesto bajo interrogatorio y fue condenado a muerte por traición. Un sucio cuaderno, que el viejo empleaba como diario, constituyó la principal prueba de su dimisión.

***

 

28/04/3010

Anoche soñé que era niño otra vez e iba a la playa. Caminaba con Papá tomado de su mano por la orilla y observábamos el incesante vaivén de las olas en silencio. Un largo camino de diminutos cráteres con formas idénticas delataba nuestro paso. Entrabamos al mar aunque yo no sabía nadar. El agua me llegaba al pecho y no podía apoyar mis pies sobre la arena, pero no tenía miedo porque él me tenía entre sus brazos. Su meliflua voz me indicaba que cerrara los ojos y que me dejara flotar. La humedad del ambiente inundaba mis pulmones con un aire tibio que parecía emanar del suave y rítmico vaivén de su abdomen que yo rozaba con la coronilla. El agua circundaba mi cuerpo, y mientras apretaba los ojos para que el sol que golpeaba mi cara no me encegueciera, imaginaba que el envolvente movimiento del agua era un cariñoso abrazo suyo: el mar era una extensión de su tersa piel.

No puedo decir con exactitud cuánto tiempo estuvimos así, pero recuerdo haber estado dormitando ya. Hasta que como un eco que viene de muy lejos comencé a oír su aterciopelada voz diciendo: aquí aprendí a nadar. Hace treinta años tu abuelo me trajo aquí y me sumergió en el agua por primera vez. Al principio sentí mucho miedo y no quise avanzar. Me quedé pegado al pecho de mi padre con la sensación de las olas empujándonos hacia lado y lado. Él se reía y avanzaba con ambos brazos de modo que no me sostenía más que de su cuello. Después de un rato, cuando el agua prácticamente nos cubría, comenzó a hablar así: hijo, la vida es como el mar, inaprehensible, desconocida y aparentemente infinita. Ahora yo te sostengo y soy tu pilar, pero no podrá ser así siempre. Cada ser humano tiene que emprender su propio recorrido por ese infinito de posibilidades que le abre el mero hecho de estar aquí, de haber nacido. También tú, mi querido pequeño, más temprano que tarde tendrás que aprender a bracear en medio de las olas grandes y chicas que obstaculizarán tu rumbo. Tendrás que pasar sed en medio del agua y sobrevivir a las creaturas que te quieran devorar; todo esto siempre haciendo tu camino. Ahora suéltate, mueve los brazos y las piernas así y confía en mí…

Entonces el robot despertador me trajo la taza de café y repitió con su inigualable tono mecánico: buenos días señor, ¿cómo se encuentra el día de hoy? En aquel instante lamenté tener un robot despertador, lamenté que las playas de la Tierra ya no pudieran visitarse y sentí, a pesar del hábito, la densa y opresiva máscara de oxígeno sobre mi rostro. Me incorporé en la cama con la taza de café en las manos, pero volví a cerrar los ojos. El robot comenzó a enumerar la hace tiempo escasa agenda de actividades para la semana. Su automática voz retumbó: miércoles 30 de abril del 3010, 15:00 horas, conversión a datos.

La conversión a datos es pasado mañana, me repetí mentalmente, como quien cree que al recordarse el inevitable curso de las circunstancias terminará por acostumbrarse a él, por aceptarlo. Los recuerdos de mi infancia se agolpaban en mi cabeza formando un torbellino de intensas sensaciones. Sentía la máquina mugir a mi lado, pero no prestaba atención a lo que decía. De repente todo quedó en silencio, entonces supe que el robot había salido de la habitación a continuar con sus tareas. Me levanté automáticamente y caminé al baño inquiriendo en voz alta, como si hubiera otro en la habitación que pudiera responderme, ¿Qué añoro de la vida aquí? ¿Por qué me cuesta tanto aceptar la idea de la conversión? ¿Por qué me resisto a ella? ¿Acaso vale la pena vivir en este cuerpo dolido, enfermo, desgastado?

No puedo sacarme estas inquietudes de la cabeza. Mi cuerpo está demasiado viejo como para que me olvide de él. Sus dolores, cansancios, arrugas, su asco de sí mismo, su invalidez cada vez más evidente no son más que recordatorios de su valor, de su promesa cumplida hoy tanto como ayer en sus días de lozanía. Ningún hombre, ninguna subjetividad, puede pretender, sin mentirse, ir más allá de su ser cuerpo, de su presencia incorporada, incluso cuando sus anhelos de trascendencia se estilizan hasta la espiritualidad más ascética, es carne.

Ahora que pienso en esto me viene a la mente mi discusión con Ana sobre su conversión y la de las niñas. Recuerdo cómo intente por todos los medios con este y otros argumentos disuadirla de emprender la marcha sin regreso: todo fue en vano. Al principio las extrañé mucho, añoré su presencia a la que estuve acostumbrado por años, sentí rabia de no poder ver crecer a mis propias hijas, y padecí, con melancolía y resignación, cada vez que caminaba por los lugares que me las recordaban tanto en la casa como en la ciudad, esa pesada opresión en el pecho que se hace cuando se te arma un nudo en la garganta y el aire no puede salir ni bajar, sino que se queda ahí condensándose para volverse agua y salir por los ojos y la nariz.

En mis sueños y pesadillas las veía una y otra vez marcharse diciendo adiós con la mano, sus caras en extremo sonrientes se retorcían hasta trazar una mueca demoniaca que transformaba su risa en llanto. En realidad su partida no había sido en absoluto de ese modo. Por el contrario, convencidas por la propaganda y seguras de que el tiempo me quitaría mis cocherías y me disuadiría de irme junto a ellas, se fueron casi indiferentes con un abrazo y un nos vemos pronto. Han pasado 35 años desde aquel momento. A veces me pregunto si ellas me recordarán, pero pienso en mi propio olvido de sus presencias, y sé que también me han olvidado ya, que a lo sumo soy una pequeña mancha en algún punto de su pasado.

Trato de imaginar cómo reaccionarían si me les apareciera después de tanto tiempo, aunque en realidad ni siquiera sé cómo pasa el tiempo allá, ni si ha sido mucho o poco desde nuestra despedida; y tampoco para mí desde entonces ha sido el tiempo como lo fue antaño lleno de días, meses, años, celebraciones, eventos…, ahora es más bien algo plástico que depende de mi ánimo, de mi voluntad para extenderse, acortarse, detenerse, avanzar, ralentizarse…

Por ejemplo, las horas, los minutos, los segundos de este día parecen haber transcurrido con un ritmo constante e ininterrumpido, pronto anochecerá –si es que a la densificación de la sombra plomiza que ahora llamamos cielo puede nombrársele así–, y sin embargo también se han dilatado y fragmentado como una presencia que se esconde detrás de todas las cosas endureciéndolas, dándoles una solidez aurea a todos los objetos a mí alrededor, una solidez que los vuelve casi una compañía, una amistad silenciosa. Yo también quiero, al igual que estas cosas y que el tronco seco que veo agonizante por la ventana que da al parque, permanecer aquí, en este desierto de hombres, donde la sombría luz de la muerte alimenta y hace crecer las raíces y el tronco del árbol de la vida.

En mi soledad de años, que parecen haber sido siglos, he padecido con valentía la sombra siempre latente de la muerte. Me he sentado con ella en el regazo, y mi vida y mi voluntad se han alimentado sobre todo de ella. Mas hoy, ante la inminente llegada de la conversión, me asalta un temor de perderme al abandonar mi cuerpo, de no ser ya más, me asalta el horror ante la nada.

29/04/3010

¡2960! Mi tercer año de universidad. Margarita, Raúl, el club de escritores, los sueños de cambiar el mundo, la crisis ambiental, las superpotencias en conflicto tratando de conquistar otros planetas. Todos estos recuerdos pasan por mi cabeza como una película a toda velocidad mientras el tiempo, cual río en creciente, fluye incesante arrastrando las infinitas posibilidades del presente a los límites de la historia, de la memoria. ¡Cuánto le cuesta al hombre situarse en el presente, siempre vive atormentándose por su pasado y añorando su futuro! Aunque a decir verdad, yo, sombra decrépita, fruto marchito, ya no tengo futuro, ni añoro, con la certeza con que añoré, los días venideros; yo alimento a penas la esperanza, la resistencia, la cadencia de la vida del pan duro del pasado, de las alegrías vueltas nostalgia, de los errores transformados en fracaso, en inapelable destino, en incambiable hado.

(¡Soy un muerto en vida, pero aun así quiero mi vida y mi carne macilenta, cadavérica!)

Ante mis ojos, como si hubiese sido ayer, veo las portadas de los periódicos anunciando la guerra terminal. Y me visto otra vez con el uniforme del comando S-América y mi piel se hincha con el recuerdo del calor y la insoportable humedad de las costas brasileras donde serví en el frente S-América bloque defensa 20.

Me repito, como cuando era niño y estudiaba los libros de historia, que ninguna de las superpotencias logró ganar la guerra, y que en consecuencia, ninguna obtuvo el dominio absoluto del planeta. Pero que, sin embargo, las explosiones de bombas atómicas en buena parte de Asia, África y Norte América diezmaron significativamente la población e hicieron inhabitables no solo aquellas zonas del mundo, sino prácticamente la Tierra entera. Y cuento todas estas cosas, y rayo todas estas páginas con la confianza de encontrar en mis recuerdos, en mis palabras, en mi grafía sobre el papel cremoso, un consuelo, un bálsamo que sea como el abrazo de un amigo; o quizá las narro con la aspiración de ser leído algún día por… (¿Alguien? ¿A quién apealas si solo queda polvo en la tierra?); o quizá solo es un intento de recordarme quién soy, de traerme cerca de mí a través de esas memorias que el tiempo diluye, diluye como…

He levantado la cabeza mientras escribo y me he visto en el vidrio opaco por el polvo. Un rostro arrugado y feo con una pequeña prótesis que se extiende sobre las fosas nasales y los pómulos es lo que se me devuelve como reflejo. Observo la máscara y me percato de la naturalidad con que la percibo ahora como parte de mí, hago un esfuerzo por imaginarme sin ella, pero no puedo; ni siquiera considero la idea de quitármela porque sé bien que sin ella mi corazón y mis pulmones colapsarían en un momento, no solo porque el oxígeno disponible es insuficiente, sino porque está altamente contaminado con gases tóxicos.

Antes y durante la guerra terminal solíamos creer que los seres humanos conquistaríamos otros planetas y migraríamos allí. Los esfuerzos políticos, económicos y tecnológicos de la raza entera se orientaban en esa dirección, pero todo fue en vano. Cientos de misiones y miles de hombres fueron sacrificados intentando alcanzar no solo nuestros planetas vecinos, sino planetas de otras galaxias que eran, según decían los expertos, gemelos de la tierra. Tras los repetidos fracasos en las misiones interplanetarias e intergalácticas, la investigación se orientó hacia otras estrategias, fue entonces cuando las redes de datos tomaron el primer plano.

Hacía ya tiempo que estábamos familiarizados con estas tecnologías, pero eso no hizo que no fuera sorprendente cuando el Dr. Thomson y su equipo descubrieron cómo desmaterializar el cuerpo humano, transformarlo en datos y llevarlo a habitar un entorno virtual. Después del hallazgo del DC-team, los medios de comunicación alimentaron un desprecio por el cuerpo que superaba por mucho los discursos más ascetas de la era cristiana. El cuerpo se había convertido, en aquél entonces, en una mera pieza de carne que era completamente dispensable y que, de hecho, solo generaba gastos, incomodidad, dolor, perturbación, entre otros muchos atributos despreciables. Por doquier las sectas religiosas pregonaban que la unión con lo sagrado solo se podía lograr mediante la purificación de la conciencia a través de la conversión a datos.

(Esto me ha hecho acordar de cuando nana Matilde me llevó a la iglesia por primera vez, a mis cinco años de edad. Entonces las catedrales todavía se usaban, estaban por todas partes y los hombres acudían a ellas en hordas a escuchar “la palabra divina” que brotaba como espuma de la rabiosa boca del predicador de turno, cuyo rostro usualmente estaba enrojecido y como a punto de estallar: yo os traigo la verdad, la palabra divina –chillaba eufórico desde el púlpito–; bienaventurado el que atienda a ella, porque ese irá más rápido al paraíso. Hermanos, esta vida es dolor y sombra, pero el hijo de dios se hizo carne para lavar nuestros pecados y permitirnos así la entrada al reino de la eternidad. Escuchad con atención hermanos míos, esta vida no vale nada, padecemos esta existencia material, encarnada, solo por la promesa de una vida más allá que será santa, que será pura dicha… ¿Acaso era la conversión a datos esa realidad paradisíaca y atemporal que el predicador, cual vidente, nos profetizaba desde lo altísimo de su púlpito sagrado en ese entonces? Según supe los predicadores y pastores fueron piezas centrales en el proceso de migración a las data-cities. Se decía que nunca se oyó un devoto de ninguna secta religiosa cuestionar el procedimiento.)

Nosotros nunca consideramos la conversión porque no podíamos, como la mayoría, pagarla, solo los más ricos pudieron hacerlo al principio, pero cuando la supervivencia de la especie en la Tierra se fue complicando y el Gobierno de cada Estado-Nación decidió financiar el costo de esta. Millones de personas, incluidas mi exmujer y mis hijas, acudieron sin ningún reparo a las extensas filas para llevar a cabo el procedimiento: la promesa de una vida enteramente feliz y sin sufrimiento era la utopía más antigua en la que la raza humana añoraba vivir y esa era la oferta de Data corp. Entonces la Tierra se fue vaciando poco a poco y solo los llamados rebeldes, que constituían apenas una centena, y un grupo de viejos obstinados como yo, nos resistíamos; hasta que llego la amenaza del Gobierno de suspendernos el suministro de oxígeno y nos dejó sin otra opción que morir o hacer la conversión. Tras el anuncio decenas de rebeldes se han suicidado como acto de resistencia, pero yo ya estoy demasiado viejo para esas cosas y por eso me he decidido por iniciar el proceso.

Nunca sentí curiosidad por la conversión, ni siquiera cuando Ana y las niñas iniciaron su proceso, aunque tampoco he podido comprender con total claridad qué me ata de forma tan fuerte a este cuerpo, que, en mis meditaciones, jamás he podido considerar una cosa enteramente material, sino más bien una parte fundamental de mí, de mi forma de experimentar las cosas: algo sin lo cual yo no sería yo.

El trámite lo he realizado mediante Data corp. Sur-América. Tuve que presentarme personalmente para diligenciar y firmar un par de formularios y realizar unas cuantas pruebas médicas para determinar la velocidad de la conversión. Cuando estuve allí me sorprendió ver que ningún ser humano se ocupa ya del procedimiento, sino que una serie de máquinas previamente programadas controlan todo. El edificio queda en la calle Éxodo. La oficina de conversiones queda en el sexto piso. Una sofisticada robot es la recepcionista, quien le explica a uno rápidamente en qué consiste la conversión, enumera el sin fin de facilidades que tiene vivir en las data-cities y, una vez firmado el consentimiento, procede a realizar los exámenes. La versatilidad de esa sofisticada “machina” me hizo pensar en los límites del cuerpo humano, incapaz de tantas funciones, de tantos saberes. La máquina me entregó una SD y señaló: debe insertarla a su robot despertador, allí está todo lo referente a su proceso de conversión señor Rodríguez. Cualquier duda adicional pinche la tecla F15 y nos comunicaremos con usted. Que tenga un agradable día.

Hacía tiempo que no caminaba por la ciudad y ese día aproveché que había salido para dar un paseo. Ya nada era igual. La maleza, el óxido y el cielo plomizo tragaban todo como un fuego denso que deshacía cada esquina de la que antaño fuera la capital del sector sur del continente americano. ¿Era el definitivo final del Homo sapiens? ¿Eran las data-existences el único futuro posible? Hace tiempo escuché que desde las data-cities se hacen investigaciones sobre cómo revertir el proceso, pero hasta ahora solo son aproximaciones teóricas, nada de ensayos, de todos modos, como rezaba un artículo de prensa propagandística que leí –no recuerdo bien dónde–: ¿quién quiere volver al infierno de la vida terrestre cuando las data-cities son el paraíso hecho realidad?

30/04/3010

[9:30 horas]

Ha llegado el día. Solo he dormido un par de horas y siento la debilidad de mi cuerpo envejecido, maltrecho, como no recuerdo haberla sentido antes. He intentado seguir la rutina de todos los días como quien recorre sin mirar las calles de una ciudad que conoce, pero hoy el cuerpo se siente más pesado, más doliente y me cuesta más seguir el ritmo. Siento arder la cicatriz en la pierna –recordatorio del accidente de Nina–, siento irritarse la carne otra vez a medida que se va agitando la memoria, a medida que el pasado adviene presencia, presente. Y me siento solo con esta opresión entre el pecho y las entrañas, y no puedo hablar con nadie, no puedo clamar por esta angustia que me sobrepasa, ni suplicar empatía a otro hombre: todos los que amé se han ido, todos los que odié se han ido. No me queda ahora más que la hojalata centenaria, mi silencio, mi desprecio sin lágrimas y este pedazo de papel que constituye, sobre todas las cosas, mi única salvación.

Me he quedado dormido. En mi breve siesta tuve una turbia pesadilla. Soñé que la diligente robot funcionaria de Data corp. me llevaba a una habitación oscura, me tendía en una especie de camilla y me conectaba cientos de pequeños cables por todo el cuerpo con una velocidad que un humano sería incapaz de alcanzar. Acto seguido, su fina mano metálica me agarraba el brazo y me insertaba en la vena un líquido transparente, espeso, que a medida que lo sentía ascender por mi brazo, paralelo a un ardor como de frío que quema, me adormecía. En cuestión de minutos estaba solo en aquel cuarto. Cuando la robot cerraba la puerta comenzaba a sentir una vibración sutil en los dedos de los pies, como si alguien me hiciera cosquillas, poco a poco esa sensación se iba desplazando por todo mi cuerpo y se magnificaba, pero ahora parecía que entraba por todos los poros de mi piel, penetrando cada tejido, cada órgano, cada hueso de mi cuerpo inmóvil. Entonces yo percibía, como en un sueño, que me iba haciendo ligero, ligerísimo, hasta que ya no sentía absolutamente ninguna parte de mi cuerpo, ni sus dolores, ni la pesadez tormentosa de esa mañana. Recuerdo haber pensado entonces, en un breve momento de conciencia: esto debe ser la llamada desmaterialización del cuerpo. Apenas terminaba de decir estas palabras cuando comencé a visualizar una sofisticada ciudad, sus edificios eran tan altos como nunca vi en la tierra y una abrumadora cantidad de personas recorría afanosamente sus calles.

Pese al conglomerado de personas cada rostro que contemplaba tenía una expresión sonriente, tranquila, como si hubiera consumido algún potente fármaco que le permitiera llevar con la mayor serenidad el trajín de una vida tan acelerada como el accionar de una máquina de alta tecnología. Entonces recuerdo que me decía: debe ser Freedom ship, que era el nombre de la ciudad que me fue asignada para llegar tras mi conversión. Al pronunciar esas palabras me vi andando entre la excitada muchedumbre. Deambulaba por las calles como si conociera este lugar de toda la vida aunque nunca antes lo había visitado. Ha de ser mi memoria de datos, intuía con suspicacia.

Un deseo intenso por comer se apoderaba de mí, me acercaba a un restaurante chino cercano y, tras pedir mi plato favorito (chop suey), me daba cuenta de que el lugar era idéntico a aquel en el que Ana y yo cenamos por primera vez cuando comenzamos a salir. Pensé en Ana, en la nueva vida que seguramente armó aquí (data-corp. te ofrecía la opción de ser el mismo que eras en la tierra o de cambiar aspectos de tu vida; por supuesto, algunos no era posible cambiarlos porque alteraban radicalmente el orden del mundo, por ejemplo, no podías volverte millonario o siquiera rico: para tener dinero debías ganarlo, igual que en la tierra) y sentía un cosquilleo en el pecho al pensar que se había vuelto a casar; sin embargo, analizaba ese sentimiento, lo encontraba estúpido y me daba cuenta de que el tiempo había extinguido mis sentimiento por ella.

La mesera, una simpática y delgadísima muchacha de ojos rasgados y tez pálida, traía mi comida y yo comenzaba a comer con apetito; pero entonces un malestar y un asco profundos se apoderaban de mí, de esa cosa que no era un cuerpo, de esa cosa que no estaba sintiendo el sabor de la comida y su solidez en el estómago, sino una “simulación” del sabor y de la digestión; y en mi mente, o más bien en esa colección de datos que aquí se denomina conciencia, aparecía con claridad el pensamiento de que aquello ya no era una vida humana, sino algo meramente artificial que pretendía suplantarla y que no valía en absoluto la pena, pues estaba libre del que, a mi parecer, es el mayor atractivo de la vida humana: su angustia deliciosa frente a la finitud, frente a la muerte, y su deseo incesante de perpetuarse mediante la historia, mediante la memoria. “La historia es maestra de la vida y testigo de los tiempos”, dijo algún antiguo sabio del que ya nadie se acuerda. Entonces deseaba regresar con todas mis fuerzas y sentía como mi cuerpo comenzaba a endurecerse nuevamente, como se hacía extremadamente pesado, y veía borrosamente el cuarto y sentía bajo mi espalda el apoyo de la camilla; pero ahora las luces de la silenciosa máquina de conversión eran rojas y un letrero de alerta que decía “sobrecarga” aparecía en una pequeña pantalla que no había visto antes. La máquina se apagaba y yo me desmayaba, entonces fue cuando desperté.

Ahora comprendo que la muerte y mi vida en una data-city son dos realidades idénticas por su naturaleza desconocida y a-corporal. Eso me hace pensar que el cuerpo es todo, que sin él realmente no hay vida, que las data-cities son en realidad cementerios virtuales, que suicidarse e ir a una data-city son la misma cosa: una sentencia de muerte. ¡Eureka! Ahora entiendo a los rebeldes, pero ¿qué hacer?

[13:30 horas]

Estoy indeciso, no sé si seré capaz de quitarme la vida yo mismo. Por otro lado, ir a la conversión es simplemente acudir a un suicidio asistido.

[15:00 horas]

Ya estoy aquí. No hay marcha atrás…

Juliana Monroy Ortiz

 

 

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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