Él

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Imagen: jacinta lluch valero
Gracias a la magia de Internet hemos podido, usted leer esto y yo escribirlo. Se preguntará, imagino, el porqué en mi caso, y lo comprendo, pero intento explicarlo a continuación (en caso de que no se lo pregunte, anónimo lector, le aseguro que puede seguir con su vida a partir de ahora, sin necesidad de que lea lo que sigue; es decir, más o menos, que puede parar ya mismo y nada malo ni bueno le sucederá, casi igual que leyéndolo, pero ahorrándose unos minutos y utilizándolos de la mejor manera con sus enemigos o de la peor manera con sus seres queridos): para entregar este texto debí de haber cumplido con un calendario previo, como mínimo, para no perturbar el engranaje del que está compuesta la revista (que se da el lujo de publicar mis malos textos semanalmente, porque el resto sí son de calidad), quienes la leen, quienes no y el mundo. Pero como la vida a veces se tarda en llegar a la hora acordada, cuando menos me lo pensé ya era la hora de que el texto semanal estuviera aterrizando junto a sus compañeras de semana y yo, perdido en medio de una selva, a kilómetros de una señal de nuestra señora Internet por mínima que fuera, por más bloqueada que estuviera con esas contraseñas imposibles de descifrar, me vi imposibilitado para lograrlo. Así que tuve que recurrir a mi otro yo, ese que siempre está conectado a través de esa red de información infinita que todos llevamos dentro (una cada quién) para que hiciera el trabajo por mí; pensé que si lo hacía él era como si lo hubiera hecho yo las cosas no podrían salir peor de lo que ya estaban, porque nadie más que él para saber lo poco que pienso y lo tanto que quiero decir en lo tanto que escribo diciendo tan poco. Sé que es lo más irresponsable que hubiera podido hacer pero, como dicen los campesinos, los sabios de nuestro tiempo, a grandes problemas grandes soluciones, o algo así. Le pedí que hiciera el texto que correspondía, algo más de quinientas palabras tituladas con una, pero que, por favor, que se lo decía de rodillas, escribiera al director de la revista excusando mi impuntualidad y, acto seguido, el grueso, la deuda en bruto para no ser una piedra más en el zapato en el peatón; también le encargué el uso de una imagen sugerente, pero no lo suficiente, le encargué mucho más las palabras que las imágenes. Me encomendé a San Nicanor y a la poesía, como todos los días, para poder dormir lo menos intranquilo posible aquella noche.

No sé bien qué hizo, pero haya hecho lo que haya deshecho, la responsabilidad es mía y no de él. No lo culpen por ser tan mal escritor, porque el mal maestro he sido yo, además que, gracias a la mágica Internet, podremos, como bien se quiera, leer esto, o no leerlo en el mejor de los casos, o imaginar que no lo leímos y que utilizamos ese tiempo para perderlo, como debe ser, en alguna red social llena de desconocidos que se saben de memoria nuestra vida privada. Ya se sabe que tiene más valor el tiempo perdido con un enemigo potencial que lo hecho por alguien que ni siquiera sabemos si en realidad existe ni si en realidad lo hizo y es que así lo imaginamos.

Sergio Marentes

Animal que lee lo que escribe.

4 comentarios sobre “Él

  1. No entendí nada, parece que usted quería decir que llegó tarde y por eso no podía hacer algo. De todos modos, a quienes nos gusta la revista leemos. No se exceda con las palabras, ultimadamente las personas no quieren ni leer rótulos de tránsito. Bonita revista, en mi jardín hay tiempo para leerla.

  2. Convengamos amigo Sergio que haberme adentrado en la lectura, a pesar de sus avisos y señales, haciendo el supremo esfuerzo de obviar la imagen de insecto tan detestable -no es cierto que todas las criaturas de dios sean bellas, o por lo menos parece que el tipo solía gastarse alguna broma- para enterarme que usted debe recurrir a cuanta treta se le pone frente a frente para cumplir con ese mantra q

  3. cometarius interruptus…decía, de poder cumplir con ese mantra que es la columna semanal. Vea, querido amigo, yo tengo una de esas, bimensual apenas, y suele ser la espada más famosa del mundo colgando sobre mi usual tranquilidad. Así que le entiendo, y créame que le sobra inventiva para saltarse la valla con su habitual elegancia. Un abrazo virtual

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