Dos poetas, dos políticos, una historiografía

Por: Kevin Marín

En las últimas décadas, en la literatura Colombia, especialmente del siglo XX, aparecen dos de las novelas más conocidas que giran alrededor de la figura de Simón Bolívar: El general en su laberinto de García Márquez y Las Cenizas del Libertador de Fernando Cruz Konfly[1], y en el siglo XXI la novela del escritor Evelio Rosero La carroza de Bolívar. Antes de pretender realizar mi análisis de dos escritores santafereños del siglo XIX, uno ubicado en los inicios del siglo y el otro que inicia su actividad literaria posterior a los años ochenta de dicho siglo, quisiera destacar una particularidad que se presenta en la literatura cuando trata de temas históricos: sea novela, poesía, teatro o cuento, a los géneros literarios no se les puede pedir objetividad tal como la que se plantea y se hace necesaria en la historiografía. Es una verdad obvia, pero que, por tener quizá el carácter de libro se cree que se hablan de verdades infalibles o peligrosas. Por ejemplo, se cuenta la anécdota de que Germán Arciniegas, siendo presidente de la Academia Colombiana de Historia citó a una reunión extraordinaria para analizar la novela -ya citada- escrita por García Márquez, porque quería comprobar si la figura presentada del Libertador no sería una manera de trasplantar, a través de la metáfora, la vida de Fidel Castro. Según cuenta Rafael Gutiérrez Giradot en Tradición y ruptura.., era conocida la postura radical anticomunista de Arciniegas.

Hablando de otros aspectos históricos es reconocida la postura del novelista Juan Gabriel Vásquez quien, anclado en el pasado y no atreviéndose a reconocer los logros de la historiografía moderna, dice que la literatura sirve para contar lo que la historia oficial no cuenta. Eso es cierto, pero la historia tradicional perdió su protagonismo desde mediados del siglo XX y, por lo tanto, la idea de Vásquez es anticuada y muy previsible.

Bien, después de este preámbulo en el que mostraba a partir del caso de varias novelas como la figura de Bolívar continúo vigente en la literatura nacional, me gustaría presentar a dos autores –reconocidos mayormente, quizá, por su vida política en un lado y vida azarosa por el otro- que disertaron sobre la figura del prócer. Hablo de José María Rivas Groot y Luis Vargas Tejada. Dos personajes que, por lo que veremos, son la antítesis o alter ego, del otro.

Rivas Groot nació en el seno de una familia privilegiada en 1864. Desde muy joven estuvo implicado en la política, pues a los trece años se vinculó con su padre en el ejército gubernamental en defensa del gobierno constitucional (su padre era un acérrimo defensor de las ideas liberales francesas, postura que Rivas Groot rechazaría después). Fue un niño privilegiado criado en Europa, estudió en el Silesia College de Londres y en el L’Havre de Paris, aunque no terminó sus estudios en estos institutos, regresó a Colombia en 1879 para finalizar sus estudios en el Colegio Mayor del Rosario[2].

A pesar de tener una obra enorme de literatura (comprendiendo ensayo, novela, teatro y poesía) y obras historiográficas, también presidió la Academia Colombiana de Historia, es mejor conocido por su actuación política y su ideología conservadora. Fue ministro de educación de los gobiernos de José Manuel Marroquín y del general Rafael Reyes. En literatura se reconocen como obras de relevancia sus poemarios Constelaciones (1892) y La Naturaleza (1893), aunque analizaré aquí su opera prima, Canto a Bolívar, publicada en 1864, obra que fue laureada en el Concurso Poético del Centenario del Libertador.

Por el contrario, a Vargas Tejada le correspondió una vida menos gloriosa y sin tantos títulos, además de una muerte temprana ocurrida cuando apenas tenía veintisiete años. Nació en Santafé el 27 de noviembre de 1802, hijo de Felipe Vargas y María Luisa Sánchez de Tejada. Es reconocido dentro del ámbito de la literatura nacional por considerarse el padre del teatro cómico con la obra Las convulsiones, presentada un año antes de su fallecimiento (se dice que es la obra de teatro más representada en la historia de Colombia). Una parte importante de sus obras se han perdido y quedan algunas pocas que versan sobre la política –que es la que mencionaré- y los valores universales como el amor, la amistad, la muerte, etc. Un aspecto interesante de su vida y, por lo demás, muy romántico para los modernos, es que vivió durante un año refugiado en una cueva que llamó De la resignación, huyendo de las represalias que pudiera causarle Bolívar porque nuestro escritor aquí considerado fue uno de los participantes de la famosísima Conspiración Septembrina que terminó en fracaso.

Antes de continuar es necesario enlazar dos hechos históricos relacionados: las personas que participaron en este atentado fueron ejecutados y se acusó a Santander de ser uno de los principales artífices después de lo ocurrido en la Convención de Ocaña, cosa que nunca se probó, pero que Bolívar, quizá en ánimo de dudas, le conmutó la pena de muerte por el destierro. Como la intención de este análisis es centrarme en la obra producida por estos escritores alrededor de Bolívar, hablaré brevemente del contexto histórico que permitió ver una ruptura entre las ideas del Libertador y del Hombre de las Leyes, como era conocido Santander.

En un fabuloso ensayo llamado Bolívar o Santander: disputa estéril hacia una reconciliación del abogado y filósofo Damián Pachón Soto donde se trata de matizar la idea establecida por la historiografía tradicional que reinó hasta mediados del siglo XX, de una pelea enconada entre los dos próceres de la independencia, según la cual, siempre hay buenos y hay malos, blancos y oscuros; una historiografía de partido, dominada por unas élites en ánimos de defender ciertas ideas políticas; en fin, de una forma de construir la historia que el autor llamada de bachillerato; muestra, en últimas, que la separación ideológica entre Bolívar y Santander no es tan fuerte como se pretende mostrar y que la ruptura entre ambos líderes corresponde más a un contexto histórico particular que a una evidente dicotomía entre dos maneras de entender la política. Me tomaré la molestia de citar al autor, pero antes mencionaré lo que prevalecía en el ambiente.

Se cree que la Constitución de Bolivia fue uno de los mayores artífices del principio de separación entre Bolívar y su vicepresidente, pues allí se estableció la presidencia vitalicia y nombrada por el presidente a punto de dejar su cargo, de ahí que se empezara a llamar a Bolívar como monarca o déspota. Se pregunta Pachón Soto[3]:

(…) Si se buscaba unidad: ¿no sería una monarquía o una institución semejante más conveniente para la gran extensión de los territorios de Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia y Venezuela? Y de lograrse, ¿la confederación propuesta en Panamá no garantizaría la unidad de América, idea que Bolívar había expuesto ya en la Carta de Jamaica? La respuesta puede ser afirmativa. Ahora, es claro que en la Constitución de Bolivia no se estaba creando una monarquía al estilo tradicional europeo, con cortes y nobleza, sino una especie de autocracia o monocracia que, al parecer del Libertador, estaba justificada por la gravedad de los hechos.

La gravedad de los hechos estaba más que todo relacionada con lo que estaba sucediendo en Venezuela con el general Páez que no veía con buenos ojos que la capital de la Gran Colombia se trasladará a Bogotá, porque la supremacía de Caracas pasaría a un segundo plano, apenas reconocible como una provincia más de la gran extensión territorial producto de la Constitución de Cúcuta de 1821. Santander deseaba limitar el poder castrense porque sentía que era un peligro para la estabilidad civil y, además, según su talante de “hombre de leyes”, quiso dejar el problema de Páez en manos de Bolívar porque la enorme popularidad del soldado llanero podía poner en peligro la soberanía de la Gran Colombia:

Le exigía a Bolívar reprimir fuertemente la rebelión en Venezuela y concomitantemente dejar intacta la Constitución de Cúcuta de 1821, la cual sólo podía ser reformada en 1831. Santander quería evitar la reforma constitucional que hubiera beneficiado a los federalistas de Venezuela; en últimas, quería proteger la Carta Fundamental que desde 1821 tanto había molestado a los intereses de Caracas y otras provincias.

En fin, podemos resumir en lo siguiente: Cuando Bolívar regresó del Perú, perdonó a Páez –incluso dicen que éste ofreció la corona al Libertador-, hecho que disgustó seriamente a Santander, porque creía que Bolívar se estaba arrodillando ante los facciosos y revoltosos. Es más, cuenta Pachón Soto que Santander estaba más que dispuesto a aceptar la Constitución de Bolivia en el territorio de la Gran Colombia que continuaba administrando como vicepresidente –figura que posteriormente se abolió- pero que, al no cumplir su palabra, porque quizá el Libertador estaba acudiendo a una táctica para evitar la confrontación y la separación de Venezuela, prefirió no apoyar. Finalmente resultó la Convención de Ocaña donde se sintieron ambos tendencias en conflicto sin llegar a acuerdos.

Como ya he mencionado antes, la historiografía del siglo XIX estaba radicalmente vinculada a los procesos políticos y, por lo tanto, a la pertenencia o no a determinadas corrientes ideológicas, de ahí que cuando aparecieron los partidos políticos Liberal y Conservador se tendiera asociar la figura de Bolívar con la de los conservadores y la de liberal con la de Santander. Una falacia más en términos conceptuales, pero quizá no en la realidad. Empezando porque el término liberal no existía para la época con la connotación que hoy en día le damos, sino que correspondía más al ideal político de ser libre de los españoles[4]. Esa parece la tendencia hoy en día para definir posturas en la literatura, máxime cuando en la del siglo XIX, en pleno romanticismo, la realidad era manifestada con grandes adornos en el lenguaje tal como veremos a continuación. En últimas, lo que yo quiero manifestar en este análisis es cómo la literatura permite vislumbrar también esa supuesta diferencia manifestada por la historiografía tradicional entre la figura del Libertador y del Hombre de Leyes sin mostrar los matices que la historiografía más seria, objetiva y científica permite vislumbrar hoy en día.

El Canto a Bolívar de Rivas Groot es un poemario donde se exalta la figura del prócer en cada línea, en cada verso. Su proceder es lineal, es decir, siguiendo más o menos los preceptos que se tenían en el XIX para construir relatos históricos. Así, pues, inicia con la gesta contra los conquistadores, las maravillas de la Independencia, el bálsamo derramado sobre un pueblo que otrora estaba condenado a derramar la sangre. Veamos:

Negros años cruzaron por la tierra

Como ángeles rebeldes en legiones

Enconando á los hombres en la guerra,

Oponiendo naciones á naciones;

Y agitaron la antorcha del espanto,

Dieron al mundo maldecidas leyes

Y alzaron tronos ó abatieron reyes.

Aquí surge Bolívar, el héroe:

Mas de improviso grito resonante

Se oyó en la inmensidad. Las temerosas

Palmas al suelo inquietas se abatieron;

Las duras peñas del terror crujieron…

(….)

Y Colombia, feliz, cual presintiendo

Su no lejana libertad sublime,

Se alzó del que anegara con su lloro

Suelo de esclavitud; y la cadena

Opresora empuñó con firmes manos,

Y con ella, indignada,

La frente azotó de sus tiranos![5]

Percibimos claramente que la literatura ambigua o no explícita donde no se alaba ni se condena a Bolívar –como, por ejemplo, en El general en su Laberinto– es muy característica del siglo XX y XXI y que esta literatura decimonónica además de expresar sin ambivalencia lo que siente el autor, indica claramente lo que un conservador pensaba acerca del Libertador. No deja de ser sugestivo, en todo caso, suponer que lo que pensaba uno de ellos, también correspondía al pensamiento del partido político; no podemos olvidar, en ese sentido, que estamos tratando con un joven poeta que años más tarde ocuparía importantes puestos públicos bajo el gobierno de Marroquín y Reyes.

No vale la pena continuar citando el poemario de Rivas Groot, pues todo anda en la misma tónica. Lo que sí se hace necesario es mencionar las líneas que podrían sugerir el atentado del 25 de Septiembre y la relación –no comprobada por la historiografía- que éste supuestamente tenía con Santander:

Mas, ¡ah dolor! Mientras la Patria augusta,

A las sienes del padre americano

Llevaba merecida

Corona de Laurel, do entretejida

Se mostraba la espiga que madura

La tierra oculta en el feliz verano,

Rastreaban inquietas la Vil Mentira, la Calumnia oscura;

Y en lúgubre silencio,

Creyendo ser el Bruto que el destino

De la naciente Roma salvaría,

Taciturno afilaba, con sombría

Mirada pavorosa,

Su execrado puñal de asesino.

 

Luego, refiriéndose a Bolívar tras el frustrado ataque septembrino:

Y el Padre se salvó; mas, ¡oh tristeza!

Si no inmolado por el crudo hierro,

Heridos por ingratos en el alma,

Rompió su alma, ambicionó el destierro…

Todos los versos citados nos dan una idea clara de la dicotomía que en la literatura ya se ha fijado respecto a la relación Bolívar-Santander que una historiografía patriótica, como ya mencioné, se encargó de producir a lo largo de las décadas.

Como bien señala José Joaquín Ortiz en el prólogo[6] para el segundo volumen de la poesía de Vargas Tejada publicada en 1857, -tres décadas después de la muerte del poeta que, por lo demás, está cargada de misterios y de aura romántica: la historia más aceptada cuenta que murió ahogado en el río Orinoco-, Vargas Tejada sufre una transformación en su ideario político después de lo acontecido con la Constitución de Bolivia donde el Libertador se proclama dictador. Sin duda, durante la etapa de odio a Bolívar, Vargas Tejada se adhiere a José de Paula Santander. Podríamos decir que esta relación ideológica –si es que en verdad puede hablarse de una verdadera separación en términos políticos- ayudó a que las autoridades establecieran el vínculo entre los que intentaron frustradamente asesinar a Bolívar y el Hombre de Leyes. Veamos ahora algunos apartados de la obra de Vargas Tejada donde se ve claramente el cambio de perspectiva:

Este fragmento proviene del poema Boyacá, donde después de alabar la épica batalla, lanza gritos de alevosía para Bolívar. Lo que sigue fue escrito el 26 de agosto de 1826:

(…) Que es esto? ¿el triste suelo

Que holló la servidumbre,

A tan sublime cumbre

De honor se empina ya?

Quién rinde tanto vuelo?

De dónde tanta gloria?

Responde la Victoria-

Bolívar! Boyacá!

Ahora acudamos a Catón de Utica, un poema que claramente invitaba a la insurrección:

Cimentando tu imperio en la discordia

I logrando tu fin, acordes todos

Quieres que estén en adorarte ahora.

El nombre de monarca has evitado:

Un vano nombre a tu poder qué importa?

I al pueblo necio engañas fácilmente…[7]

Como podemos ver, Vargas Tejada se las tomaba muy en serio respecto al hombre que liberó cinco países de América y que, no obstante, lo obligó a encerrarse en una cueva oscura durante bastante tiempo.

En el período de dos años se ve claramente una transformación radical en el pensamiento político de Vargas Tejada reflejado en su poesía. Entonces, ¿si fue realmente la historiografía de esos años la que definió las disparidades entre Santander y Bolívar? Debemos dudar, al menos, de este cuestionamiento, pues la literatura de Vargas Tejada, muy cercana a los hechos acontecidos es un claro testimonio de disolución entre ambas figuras de la Independencia. Podemos, eso sí, afirmar que la literatura en un mismo autor ya definía una dicotomía. Si la obra literaria nos parece un fugaz artificio, recodemos solamente que un atentando contra una figura como Bolívar ya tiene de qué hablar. No conozco nada más radical.

Este análisis pretende, pues, además de ligar la figura de dos poetas, dos políticos y la historiografía tradicional, mostrar que todo está lleno de matices y que, a través de estos, se pueden poner en duda los estudios que demuestran que nunca hubo una verdadera separación ideológica entre Bolívar y Santander. La literatura decimonónica de los dos poetas santafereños nos permite poner en tela de juicio dicha argumentación. Si no, ¿cómo explicar que el autor de Canto a Bolívar fuera un conservador radical, ministro de educación de dos gobiernos sucesivos, y que aquél que luego de alabar la figura del Libertador terminará exilado en una cueva De la resignación, terminará despotricando y participando del atentado septembrino?[8].


Bibliografía

Castro Heilbron Melba, Victor Hugo en Rivas Groot. Universidad de Cundinamarca

Groot Rivas José María, Canto a Bolívar, 1863.

Ortíz José Joaquín, Compilación y prólogo, La poesía de Vargas Tejada, tomo 2, 1854.

Pachón Soto Damian, ¿Bolívar o Santader? Disputa estéril. Hacia una reconciliación histórica en pro de la utopía de América Latina. Reflexiones Teológicas, Núm. 6. Sep-Dic 2010.

Yong-Ho Kim, Simón Bolívar en la literatura colombiana, Seoul National University.

 


[1] Yong-Ho Kim, Simón Bolívar en la literatura colombiana, Seoul National University.

[2] Castro Heilbron Melba, Victor Hugo en Rivas Groot. Universidad de Cundinamarca.

[3] Pachón Soto Damian, ¿Bolívar o Santader? Disputa estéril. Hacia una reconciliación histórica en pro de la utopía de América Latina. Reflexiones Teológicas, Núm. 6. Sep-Dic 2010.

[4] Cruz Santos Abel, Santander. El militar, el gobernante, el político, 109.

[5] Groot Rivas José María, Canto a Bolívar, 1863.

[6] Ortíz José Joaquín, Compilación y prólogo, La poesía de Vargas Tejada, tomo 2, 1854.

[7] Ibídem.

[8] Esto no quiere decir que Vargas Tejada fuera un liberal en el sentido que hoy le atribuimos, tal como expliqué más arriba: el término en la primera mitad del siglo XIX tenía otro sentido.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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