Abbas Kiarostami: unos recuerdos para caminar en casa

Por: Juan Guillermo Ramírez

El primer encuentro fue un día entre semana en el Centro Ático de la Universidad Javeriana. Era una mañana fría y cuando ingreso al auditorio, él estaba allí. En una mesa escuchaba atentamente las ideas de los inscritos para la realización de un corto, bajo su asesoría, conducción y necesarios consejos. Tenía que hablar con él para que supiera que yo era el que iba a estar con él en la Master Class en la Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Pero no pudimos hablar. Las miradas en algún momento se encontraron.

El segundo encuentro fue ya en la tarde del día del Master Class. Llegó cansado con el traductor. Tomamos agua y tinto mientras hablábamos de lo que yo tenía preparado para el conversatorio. La altura y el frío de Bogotá, le despertaron un incipiente dolor de cabeza que aumentaría después de dos horas de charla y que lo haría interrumpir la sesión cuando aún faltaban muchos temas.

Nunca se había encontrado, me dijo, con alguien que hubiera preparado tan detalladamente los temas a tratar. Por eso se llevó mis apuntes y me dejó, por supuesto, una nota de agradecimiento.

Al terminar abruptamente la sesión, salimos a fumar al corredor e intercambiamos cigarrillos. Para que no abriera el paquete de Pielroja, le regalé uno de los míos y le gustaron. Yo, inmediatamente abrí el paquete de Bahman, y me encontré con un cigarrillo pequeño, redondo y con filtro. Era más dulce pero el humo era más denso y aromatizaba el ambiente.

Nos despedimos para encontrarnos fugazmente y por última vez, en el Festival de Cine de Cartagena.

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Los cigarrillos que me dejó Kiarostami, perennes en mi memoria.

Nace en Teherán en 1940 y muere en París en 2016. Estudia Bellas Artes. Su carrera de cine es de manera sigilosa, dedicándose a la producción de spots publicitarios, ejerciendo como diseñador gráfico e ilustra libros para niños. Lo contratan en KANUN, una organización estatal dedicada al fomento del desarrollo intelectual de niños, jóvenes y adultos en Irán y trabaja allí entre 1969 y 1989, en donde realiza sus primeros trabajos cinematográficos de películas educativas. En 1979 aparece su primer cortometraje El perro y el caballo y se destacan, por ejemplo, La experiencia en 1973, el largometraje El viajero en 1974, Dos soluciones para un problema en 1975, El traje de bodas en 1976, Orden o desorden en 1981, La llave en 1986 y en este mismo año presenta ¿Dónde está la casa de mi amigo? Que formará parte de la trilogía Koker con La vida continúa y A través de los olivos. En 1999 se exhibe El viento nos llevará y en 2001 se produce la primera película filmada fuera de Irán y por encargo del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola de las Naciones Unidas, el documental ABC África, sobre los problemas de los niños huérfanos de víctimas de Sida en Uganda. Otras dos películas filmadas fuera de su país son Copia certificada en Italia –específicamente en Toscana- y Like someone in love en Japón. En el 2002 realiza Ten, con dos cámaras digitales, algo nuevo en su propuesta cinematográfica.

La editorial de la Universidad de Harvard publica en el 2002, la traducción de varios de sus poemas, en un libro titulado “Walking with the wind” y en el 2004, la Galería de Francia en París, presenta y edita un portafolio con cincuenta y dos fotografías en blanco y negro, tomadas por el propio Kiarostami bajo el título de “Le voyage d’hiver.

Para terminar esta apretada presentación, recordaré las palabras del filósofo e investigador argentino David Oubiña en el artículo titulado “Algunas reflexiones sobre un plano en un film de un cineasta iraní” publicado en la revista cultural “Punto de vista” en 1977: Kiarostami no intenta mostrar lo que puede la mirada, sino, justamente, poner de manifiesto que ver no es posible. El cine es, en este sentido, un ojo que se abre hacia aquello que no sabrá mirar. Un salto al vacío de la visión. Kiarostami logra, por persistencia de la observación, conferir a las cosas un misterio olvidado. Como todo gran cineasta, no filma para que el mundo le comunique su secreto, sino, en todo caso, para devolverle la incertidumbre.

Haciendo un ejercicio nemotécnico, esto es lo que estoy logrando recuperar de la memoria, de ese encuentro, de ese maestro:

Es un hecho que las películas sin historias no son muy populares entre el público. Sin embargo, una historia también necesita huecos, espacios en blanco como los de un crucigrama; vacíos que están ahí para que el público los rellene. O, como un detective en un thriller, para que los descubra. Creo en un tipo de cine que ofrece grandes posibilidades y tiempo a su público. Un cine a medio crear, un cine inacabado que consiga completarse gracias al espíritu creativo de los espectadores, como ocurre en cientos de películas. Le pertenece a los espectadores y corresponde a su propio mundo.

Estas palabras definen muy bien lo que es el cine para este director iraní que está considerado por la crítica como uno de los últimos cineastas con mayúsculas. En una época en la que el cine moderno había sido ya asumido como algo desechable y se vivía un proceso de manipulación, de revisitación grotesca y de inversión de los patrones del clasicismo a manos de los posmodernos, un hombre que no provenía ni de Europa ni de América, sino de Oriente, se hizo un lugar en la escena internacional para recordar a todos que el cine no había muerto.

Abbas Kiarostami significa una bocanada de aire fresco para el cine mundial. Cuando el séptimo arte tendía a la complicación cada vez más extrema y acusaba una cierta carencia de ideas frescas, el director iraní propuso un cine depurado y conceptualmente sencillo que volvía a recuperar la inocencia de la mirada neorrealista y la concepción antropocéntrica legada por el cine moderno. De sus películas se desprende un sabor artesanal, una sensación de cine primigenio, de arte que algún día puede llegar a ser adulto. Su máxima influencia es Rossellini y, por supuesto del neorrealismo. Es partidario de hacer un cine realista, pero sin renunciar nunca a la construcción ficcional. Cada una de sus películas es una indagación que le lleva a difuminar la frontera entre ficción y realidad. Como él dice: A veces, para alcanzar la verdad hace falta traicionar en parte la realidad.

Los films de Kiarostami son un viaje de unos personajes que en realidad no son más que meras siluetas que transitan por espacios inmensos. Sus encuadres se confrontan entre ellos -los marcos de las puertas, las ventanas, los espejos retrovisores…reencuadran la imagen constantemente-, y cuando dejan de hacerlo es para confrontar a los personajes con el espacio y con la naturaleza. La naturaleza es árida, cruda y misteriosa. Siempre acaba imponiéndose, absorbiendo a los personajes. El nudo argumental se repite sistemáticamente. Lo que es diferente en cada film es el trabajo del espacio y el tiempo, que pasa siempre a un primer término. Sus películas son siempre una búsqueda de lo más elemental. Esta búsqueda provoca un viaje, un trayecto que es lo realmente importante. En medio de este trayecto por el medio natural, la idea central es la mirada. Las cosas están en la naturaleza y los personajes tienen que mirarlas para hacerlas suyas. Cada film significa una revelación, un doble descubrimiento: por un lado, de la realidad de Irán y de sus gentes y, por el otro, de la dificultad de hacer cine. Este último tema es, precisamente otra de las constantes de su quehacer cinematográfico.

Con una mentalidad moderna, Kiarostami se dedica constantemente a investigar el cine dentro del cine para demostrar la falsedad del medio a través de la mostración al público de los mecanismos de enunciación. Explora hasta los más mínimos recovecos del material elegido. Rechaza la psicología y dedica su máximo esfuerzo a esculpir el tiempo. Los “tiempos muertos” constituyen para Kiarostami la materia prima; la banalidad actúa como revelador de cómo fluye el tiempo; la repetición crea una forma de presente continuo y la sensación de que la acción transcurre en tiempo real. Se da una paradoja; al detenerse tanto en los incidentes que obstaculizan la consecución de un objeto conocido, lo que a priori es tiempo muerto se convierte en elemento de renovación dramática.

El trasfondo social de sus películas no es sino un hecho concreto; no pretende enderezar entuertos o defender una tesis, como sí hacía Rossellini, más bien se limita a registrar unos fenómenos observables. La mayoría de estos fenómenos es observada por una mirada inocente: la de un niño. El hecho de que suela elegir a niños como personajes centrales de sus primeras películas, quizás se deba a la capacidad de éstos para sorprenderse y para expresar emociones no fingidas. Podría hablarse de un cine pedagógico para adultos.

Si se analizan en profundidad sus filmes, se descubre que se utilizan mecanismos de narración, recursos para jugar con los deseos del espectador, que pertenecen a la narración clásica. Es un director con una mentalidad moderna. Entonces… ¿es realista? ¿Es clásico? ¿Es moderno?

Los filmes del iraní son sencillos, ascéticos y recuerdan los primeros años de la historia del cine. La bella, placentera, pero no por ello menos escrutadora mirada fílmica de Kiarostami es inequívocamente la influencia de Rossellini. Y como el gran maestro italiano, no se trata de un regreso al primitivismo, sino de cine en estado puro. De una auténtica reinvención del lenguaje fílmico, como si el cine acabara de surgir lleno de posibilidades. No podemos resumir el cine de Kiarostami como el simple acto de poner la cámara delante de la realidad. El iraní tiene un magnífico dominio de la ficción, y esta juega un papel trascendental dentro de su cine. Lo que pasa es que es precisamente esa ficción la que ayuda a que aflore el realismo. Kiarostami opera fusionando realidad y ficción, creando falsos documentales, pero esta mezcla queda legitimada desde el momento en el que nos muestra cómo lo hace, en el que nos enseña los artificios de la ficción que construye. Se plantea una simple, pero a la vez compleja, pregunta: ¿puede el cine atrapar la realidad? Evidentemente, la respuesta es no, pero ese inútil intento es lo que hace bello al arte cinematográfico. De esta manera, todas sus películas responden a este vano y poético intento de atrapar la realidad mediante el arte cinematográfico.

La memoria es un elemento fundamental en Kiarostami, un recurso que aparece en muchas de sus películas, pero sobre todo en Y la vida continúa y A través de los olivos, dos filmes en los que se persigue constantemente el recuerdo de filmes anteriores.

El cine, antes que representar la realidad, participa de ella hasta reproducirla en toda su densidad y consistencia, libera su sentido escondido y muestra sus sobresaltos íntimos en una palabra hasta el punto de mostrar su esencia. Esto tiene mucho que ver con el proceder de Kiarostami, que está obsesionado con fusionar los mecanismos cinematográficos con la ficción para que de allí nazca la realidad. Uno de sus mayores logros es la historia de amor que nos presenta en A través de los olivos. El hecho de que constantemente nos esté enseñando lo que filman las cámaras -lo que se ficcionaliza- provoca que el espectador tenga la sensación de que el resto, lo que no se sitúa ante las cámaras es real. Kiarostami no sitúa la historia de amor ante las cámaras, sino que la sitúa detrás, entre bambalinas, lejos del poder falseador de las cámaras, y ello la dota de credibilidad y verismo.

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En la foto con Kiarostami, en el Centro Ático de la Universidad Javeriana, Bogotá, marzo de 2014.

El otro gran protagonista en las películas de Kiarostami es el discurso, la reflexión acerca de la falsedad del cine y, a la vez, de lo difícil que es hacerlo. Su cámara pone en todo momento en evidencia la naturaleza artificiosa del lenguaje cinematográfico. En el cine moderno se ve constantemente qué es la representación y quién y cómo es el espectador al que va dirigida. Introduce la pregunta ¿qué implica la representación? Así, construye una representación sobre la representación y habla sobre la mentira en el cine. En el fondo, ese interrogatorio sobre la representación es una pregunta sobre el espectador y el papel de su mirada. ¿Cuál es el deseo que le mueve a entrar en un cine? ¿Qué significa su figura dentro del cine? ¿Qué actitud tiene a la hora de mirar?…

Las preguntas de Kiarostami que brotan de los trayectos de sus películas serían: ¿En qué lugar estamos?, pertenecemos a un aquí o ¿estamos sólo de paso? ¿A dónde vamos? Las respuestas sólo las puede dar el espectador.

Parafraseando el título de una de sus películas. Y la vida continúa, gracias Abbas Kiarostami, el cine continúa… y con Abbas el cine se reinventa.

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Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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