Desconocida

Por: Javier Montiel*

Al comienzo nos reuníamos cada tanto, de modo más bien contingente, pero luego nos fuimos sistematizando un poco más. El día que mejor nos quedaba a todos era el miércoles en la noche, así que ese fue el elegido para llevar a cabo nuestro concilio. Para evitar la presencia de nuestras parejas, novias, esposas, nos juntábamos en una casa que había heredado uno de los muchachos de un abuelo y que por el momento estaba deshabitada. El problema era que varios de nosotros ya convivíamos con nuestras parejas y eso haría inevitable su presencia en la reunión y por efecto de comentarios, malos entendidos y supuestos tratos especiales, acabaríamos invitando a todas, lo que subvertía nuestros planes de velada entre hombres, hablando de asuntos que concernían en esa fratría particular, que no admitía disimulos que, por otra parte, eran inevitables en presencia de nuestras mujeres. En definitiva, cualquiera que esté en pareja es siempre un poco máscara y disimulo, producto de lo que quiere ser, de lo que quiere ser para el otro y de lo que el otro quiere que uno sea, la santa trinidad de quien busca ser par.

Las reuniones de los miércoles comenzaron a hacerse semanales en lugar de quincenales. Nunca éramos menos de cuatro o cinco los que encendíamos aquel caserón viejo como si fuera una verdadera resurrección arquitectónica. El living tenía unos pocos muebles, lo necesario: algunos sofás, una mesa ratona de superficie generosa para soportar las cervezas, las papas y los pies cruzados, una heladera muy antigua de color verde que aun mantenía nuestras cervezas frías y una lámpara de pie hecha de una rama, cadenas y una pantalla de papel. Eso era todo. Eso y nosotros.

Quiso un miércoles que eso ya no fuera todo y nosotros no fuéramos todos y el living dejara de ser el único espacio con seres respirando en él. El heredero de la casa, esa noche, nos invitó a pasar. Saludó como de costumbre pero no igual, quizás con algunos chistes menos. Fuimos hasta el living y no nos sentamos. Supongo que esperábamos que él se sentara primero, así, con pocos modales, que es la mejor manera de sentirse cómodo en un lugar ajeno. Pero permaneció de pie y nosotros hicimos lo mismo, extrañados de los modos. Mi otro amigo, el que tiene la mirada así, hizo un gesto con su cabeza que solo podría traducirse como: ¿Qué pasa? El heredero de casa entonces, nos pidió que lo acompañásemos al sótano, le temblaba un poco el labio y no sabía que hacer con los nervios de las manos que deformaban sus dedos como un anciano. Un poco curiosos, un poco asustados también, fuimos bajando las escaleras apenas alumbradas por un foco de luz que provenía del mismo sótano. Otro, el de patillas largas, se tropezó detrás de mí y tuve que sostenerlo con el antebrazo para que no cayéramos los dos. El heredero de casa nos pidió que tuviésemos cuidado y seguimos descendiendo. Vengan, dijo este último. Pedido inútil, puesto que ya lo hacíamos.

En el centro del sótano, en una silla de madera de pino curado, bajo una lámpara que pendulaba del techo, que arriba era el piso del living, había una muchacha, pelirroja en todos sus cabellos. Era necesario dar un momento a las pupilas para que se dilatasen y descubriesen que estaba con las manos atadas a la espalda. Por un instante pensé lo peor del heredero, pero no me apresuré a juzgar. La encontré así –dijo él–. ¿Cómo que la encontraste así? –dije yo, no convencido aún–. Sí, hoy. Cuando bajé a buscar envases para comprar cerveza. Estaba acá sentada y no sé de dónde salió. ¿De dónde saliste? –dijo, mirando a la chica. Ella no acusó recibo, solo se limitó a mirarlo con unos ojos hermosos, sin pena ni hambre.

Ese fue el primer encuentro con la desconocida. Descartamos llamar a la policía, por miedo a que nos creyeran secuestradores o algo por el estilo. Por otra parte, le desatábamos las manos y ella solo se frotaba un poco las muñecas y permanecía sentada ahí, sin moverse, sin pedir un baño, o luz. Le dejábamos comida y en algún momento comía, aunque nunca en nuestra presencia. Los platos desaparecían junto con la carne y las verduras. Las manos volvían a estar atadas. Decidimos mantenerla así hasta que hablara y ahí tomar una decisión.

Poco a poco, la desconocida fue la única chica admitida en el concilio. Nos seguíamos reuniendo con frecuencia, continuábamos hablando de nuestras cosas, pero en determinado momento, cuando se producía un silencio, un hueco de aire en las palabras, uno de nosotros se levantaba y bajaba al sótano. Los demás, por alguna fuerza o idea que al parecer era compartida, pero no por eso explícita, no mencionábamos nada al respecto. El amigo de turno se levantaba en medio de aquel silencio, como quién va al baño a hacer espacio para más cerveza, bajaba lentamente las escaleras hacia el sótano y arrimaba una silla para sentarse frente a la desconocida. Allí, cada uno hablaba con ella, le preguntaba cosas que jamás respondía y finalmente acababa hablando de sus propios problemas.

Cada miércoles, aquello se había vuelto un ritual, de uno en uno parecíamos esperar aquellos silencios que a veces se tardaban una eternidad, para levantarnos, mirarnos entre nosotros como pidiendo permiso o sacando número, y bajábamos aquellas escaleras. Yo acostumbraba siempre a desatarle las manos enseguida de saludarla y ella, invariablemente, se las volvía a atar al despedirme. En alguna ocasión solo me quedaba mirándole a los ojos, hasta que los míos se ponían rojos y llorosos. Otras, le comentaba de lo que estábamos hablando arriba y ella me escuchaba con la misma atención, ya le comentara de una compra fallida en la feria, le hablara de mi miedo a la muerte o de mis ganas inútiles en creer en algo.

Mi amigo, el que tiene la mirada así, solía ser el primero en bajar y a veces se escuchaba su voz desde el living, insultando a la chica, dándole golpes a la pared, gritando que la mataría. Nosotros hacíamos silencio o por el contrario, hablábamos más fuerte para tapar el sonido. Lo conocíamos y creíamos poder confiar en que eso que hacía le resultaba completamente necesario y por tanto, jamás lo perturbábamos. Tampoco temíamos por la desconocida, tenía algo que mantenía la distancia, como si su mirada atara las manos de quién quisiera dañarla. Mi otro amigo, el de las patillas largas, parecía pasarlo muy bien abajo. Se escuchaba su pie golpeando al ritmo de la música, o le hacía comentarios a la chica de lo que podrían estar hablando los dos viejos que estaban en una mesa cerca de ellos. Su aspecto recordaba a los borrachos vagabundos, a los marineros y a los filósofos, pero hablaban en otro idioma, o en el mismo, pero se trataría de un dialecto conformado por balbuceos y ruidos imprecisos de la lengua timoneando el aire contra huecos de encía. La desconocida los miraba siempre con cariño y ellos levantaban los vasos de grappamiel a su salud y bebían durante horas. Era necesario ir a buscar al de las patillas para que no se pasara toda la noche ahí, queriendo sacar a bailar a la desconocida o practicando diferentes formas de seducción que esperaba poner en práctica una vez que se separara definitivamente de su mujer.

De hecho, poco a poco, esa idea que era simiente en la cabeza de todos fue pasando a la acción y nos fuimos, uno a uno, separando de nuestras mujeres. Al comienzo parecía casualidad, pero luego ya intuíamos los planes del otro y nos apresurábamos a cambiar nuestro estado civil. La sospecha y la malintencionalidad, largaban las primeras hojas. Nos habíamos enamorado de la desconocida, pero ninguno lo reconocía frente a los demás, por el contrario, reservábamos aquellos sentimientos en el cristalino, o en el humor acuoso. Teníamos prohibido tocarla y me consta que todos respetábamos esa ley, pero algo crecía como un sueño en nosotros y nos llevaba a envidiar a los viejos que compartían el sótano con ella o envidiábamos la cuerda que envolvía sus muñecas, o envidiábamos la silla, que por ser de pino nacional, no sé, nos parecía aun más simpática.

Ella, por su parte, era invariable. Se limitaba a miradas que no siempre acompañaban el relato. Le contábamos nuestros actos y deseos más terribles, buscando que reaccionara, hacerla gritar del asco o del miedo, pero simplemente nos devolvía una mirada de ternura como los perros que se dejan hacer cualquier cosa por un niño, porque sabe que es un niño. Otras veces, nombrábamos una discusión en el almacén o con el chofer de un taxi y ella esquivaba nuestra mirada como si tuviera vergüenza o rechazo a lo que le decíamos. No podíamos prever jamás su reacción, como dos imanes que no se sabe con qué polos se enfrentarán.

Fue un miércoles de noviembre. Golpeamos durante 5 minutos la puerta del caserón pero nadie nos abrió. La puerta estaba sin llave. Encendimos la luz, miramos en todas direcciones pero el heredero no estaba en ninguna de ellas. El que tiene la mirada así notó que el sótano estaba abierto, –jamás lo dejábamos abierto–, y corrió hacia allí. Nosotros lo seguimos, cargándonos de esa tensión que conlleva siempre el correr hacia el descubrimiento de algo. Bajamos los escalones de dos en dos y allí lo vimos. El heredero sentado en una silla junto a la desconocida, no frente a ella sino a su lado y también él con las manos atadas a su espalda. Entonces entendimos que nos había ganado. Nos miró con una sonrisa triste, como quien se compadece de un rival pero no deja de sentirse orgulloso en su victoria, luego la miró a ella y el resto fue una secuencia mecánica, sin música ni poesía. Uno a uno, fuimos bajando la cabeza, dándonos media vuelta y retirándonos. con el único ruido de fondo de las risas de los viejos y sus vasos golpeando contra la mesita redonda que se tambaleaba bajo sus brazos. Sobre nuestras espaldas cargábamos como una cruz con la mirada de los dos silentes. Ese fue el último miércoles que nos reunimos.


*Javier Montiel (Maldonado, Uruguay, 1986). Escritor, pintor y psicoanalista. Reside en Montevideo desde los 18 años. Publica en 2015 su primer libro de relatos Babel de un hombre. Posee otras publicaciones en revistas como Letra Nueva y está preparando dos libros más que publicará este año.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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