Pedro Abelardo, entre lógica y tragedia

Mientras la dialéctica orienta sus ideas, los velos de la existencia irrumpen, le enseñan los difíciles matices que hacen de la claridad el más confuso laberinto. Tragedia y lógica se excluyen desde la antigüedad griega, en este pensador se conjugan, se hacen indistintas.

Siendo aún un joven filósofo, Pedro Abelardo (1079-1142) venció a sus oponentes en materia lógica. Así lo revela él mismo, y lo constatan sus argumentos, cuando en su Historia calamitatum (Historia de mis desventuras) hace un rastreo por su vida y enfoca sus logros dialécticos contra Roscelino y principalmente Guillermo de Champeaux. Consciente de su crédito como filósofo, y haciendo manifiesta su juvenil arrogancia, intenta, ya en su madurez, equilibrar su magnificente presencia intelectual con el proceso a través del cual la existencia pareciera cobrarle sus logros, denostando su imagen y enfrentándolo a la sombría condición por la que ha obtenido desgraciadamente mayor notoriedad, a partir de las consecuencias derivadas de su relación con su discípula, amante y luego esposa clandestina, Eloísa.

En él es reconocible la presencia de esa equivocidad que caracteriza al hombre y que lo hace enteramente una figura trágica. No de otra manera es interesante su condición, en ella se vislumbra la contradictoria imagen de quien en medio de una celebridad y gloria sin par, mientras transita en las antípodas de la lógica y sucumbe a sus pasiones, desciende a la más infame vergüenza, ocasionada por el resentimiento y la venganza de Fulberto.

Es también conveniente resaltar cómo muy probablemente el aspecto racional representado en el campo dialéctico no es sino una forma sofisticada de apasionamiento, que el ámbito por donde Abelardo transcurre con mayor suficiencia no es la vía alterna por donde se bifurca su existencia, sino que por el contrario, es un sendero único del cual la racionalidad procede, del mismo linaje en el que se inscribe el eros. Formas evidentes, aunque distintas, de un deseo, de una voluntad, porque en síntesis, la razón por sí sola no ha sabido nunca mover nada.

Sea cual sea la orientación de estas particularidades, en Abelardo la filosofía se ha hecho experiencia vital. Esa circunstancia es la que configura en su autobiografía, documento en el que puede establecerse una total sinceridad que contrasta con la figura altiva de su juventud. Este libro no sólo describe la lucha sofística de la supremacía escolástica representada en la figura de tan magno filósofo, sino la concentración vívida de una existencia que constituye una experiencia abisal en la que los rasgos de la fragilidad humana se descubren con total honestidad.

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Vencido, ignominiosamente vencido, sabe que probablemente sus desventuras no son las desventuras de un hombre, sino las de todos los hombres. Si Abelardo llama aún nuestra atención, no lo hace sólo como filósofo, aspecto del cual sobran méritos para interesarse ampliamente. En él es apreciable de manera significativa esa condición en la que el hombre transita entre la incongruencia, la pluralidad, el abismo. El día y la noche cubren un destino, su figura como filósofo cobra una amplitud mayor en la medida de precisarse en él un carácter y un pensamiento a partir de los cuales se abrirían sus desavenencias con el omnímodo poder eclesial.

Eventualmente, sus disputas con la Iglesia hundirían aún más su presencia en la tierra, le acarrearían mayores infortunios, a eso se circunscribe su polémica tardía con San Bernardo. Hoy, trascienden ante la posibilidad de rememorar su impronta como espíritu libre, como retrato de quien supo hacer uso de su potencia intelectual marginado del poder, impugnando la tosca superioridad de una burocracia que hoy tiene también sus facetas, ya no en la Iglesia solamente, sino en cualquier manifiesto de estructura autoritaria. Los tiempos en efecto han cambiado, las estructuras no.

Abelardo nos interpela, más allá de los ejercicios dialécticos. Su espíritu crítico señala un derrotero, el de la filosofía como acontecimiento en el que no cesa de hacerse manifiesta una lucha constante con el entorno, una incomodidad perenne sin la cual perdería no un rasgo, sino casi totalmente, su esclarecimiento.

 

Alfredo Abad

Profesor Escuela de Filosofía Universidad Tecnológica de Pereira

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