Semblanza de una desaparición

Foto de Sally Mann (sallymann.com).

Hace ya 17 años desde la mañana en que Carlos Enrique Guiral partió hacia el sur del país para no regresar. Un tiempo en que uno se ha enseñado a esperarlo día tras día, como si presintiera su regreso en los golpes fortuitos en la puerta de la casa materna, en los timbres que suenan cualquiera que sea el lugar donde nos encontremos quienes nos arrojamos al camino como una forma de protestar por no haber desaparecido todavía.

Le he atribuido a esa partida el hecho de que yo escriba poesía, como algunos saben, partiendo de las cartas que le he escrito desde entonces y que los expertos y aún los incautos dicen que son poemas. Palabras todas que son una misiva para la muerte, una petición de que lo deje a uno vivir a pesar de sí mismo, entender la desesperanza como una necesidad humana, y para dejar de importunar prometo no mencionar de ahora en adelante este infortunio, al menos de manera explícita, al menos no en los cafés.

A veces creo que uno se inventa sus recuerdos cuando la verdad de lo inútil lo avergüenza. A veces creo que uno prefiere la ficción, como ahora, que nos sentamos todos a la mesa y alguien menciona al desaparecido. Si estuviera aquí hoy. Si pudiéramos enterrarlo. Si le pudiera pagar las palabras que le quedé debiendo. Y aunque se intente evitarlo la comida sabe a sangre, como cuando en la finca, de súbito, un carro que reversaba aplastó a uno de los cachorros y al intentar auxiliarlo el olor de la muerte se te metió en los pulmones y te hizo vomitar. Olor y sabor de animal agonizante que regresa cuando comes con tu abuela preguntando, en vano, a la nada, porque no es a ti, tú no sabes más que huir, por su hijo muerto. La memoria tiene ese olor de los animales atropellados, de las zarigüeyas encandiladas por la linterna del hambre. A veces creo que uno se inventa sus recuerdos, pero sé que la verdad es más sencilla: uno ya no puede distinguir entre lo inventado y lo cierto. Haber leído y escrito toda una suerte de cartas para nadie así lo demuestra.

Al menos queda la convicción de que mientras uno quiera fingir que vivir es importante, es necesario escribir. Bien se podría aquí citar el ejemplo de Borges que se sentía orgulloso de sus lecturas más que de lo que escribía, pero en este momento de la noche del alma, acudiendo a mi condición de nadie, quisiera brindar por la escritura, no porque sea el tejido de un poncho que podría arroparnos del frío, sino porque es una buena distracción del dolor. No es fácil empujar un muerto hacia su lugar de origen, más si ese muerto, con el tiempo, se va convirtiendo en uno mismo. Uno se va empujando hacia el inicio y se ve parado en la entrada de un avión, no mira hacia atrás porque nadie te fue a despedir, es el primer día del olvido, y sabes para qué alguien te escribirá cartas que no podrás leer: para ir llenando verso a verso el ataúd de la memoria.

Albeiro Montoya Guiral

Tuve cinco perros y a todos los enterré bajo el mismo naranjo. (Twitter: @amguiral).

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