«Piel de elefante», La Barracuda Carmela

Fotografías de Andrés Felipe Rivera 

Piel de elefante, La Barracuda Carmela (Bogotá) en la VIII Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 22 de julio de 2016.

 

 

De arrugas, peluches y recuerdos

 

Por: Camilo Alzate

Los que entienden del tema aseguran que los elefantes son seres con una memoria maravillosa, capaces de recordar con precisión detalles mínimos de los lugares que transitaron. Los elefantes nunca olvidan, se dice. Y podemos levantar simbolismos obvios con su cascarón seco y áspero, esa piel de cuero tosco y rugoso, que lo aguanta todo y que todas las arrugas las traza y conserva, podemos hacer símiles fáciles con las cicatrices y la resistencia, o hablar del trasegar infinito en la manada, del sol que la castiga, pero el símbolo está en otra parte. Es la memoria.

Si pedíamos nuevas maneras de narrar la guerra en Colombia (sus rastros, sus líneas sobre la mano), si queríamos formas renovadas para representar y revitalizar aquella tragedia que es la misma, aquel pasado que es este presente de siempre, acá encontramos algunas claves con tono provocador y arriesgado. La Barracuda Carmela intenta un monólogo donde se cruzan los juegos infantiles y el aire musical con las postales espeluznantes de la violencia. Son escenas lacerantes, explícitas, descripciones en carne abierta, recogidas en el caminar de la autora por parajes remotos y atormentados de la nación, donde ha hecho algo urgente que este país suele evadir: conversar con las víctimas, escuchar su relato que logra ser real y alucinado a la vez. Todo eso se nota en la interpretación, puede palparse.

«Piel de elefante», Andrés Felipe Rivera #VIIIMTAP
«Piel de elefante», La Barracuda Carmela. Foto: Andrés Felipe Rivera.

No hay un orden necesario ni un hilo conductor evidente, y este atrevimiento estético llega a ser por momentos una dificultad para un público que quizá no se conforma solamente con el gran dominio que revela Catalina Medina, de su cuerpo y del escenario como una extensión de sí misma, porque tal vez nos acostumbramos a respuestas concluyentes y estructuras narrativas simples que nos lleven de la mano entre los malos y los buenos, entre el inicio, el nudo y lo demás.

No obstante, no hay desenlace –no todavía–, sólo arrugas en la piel de quienes confiaron sus relatos para que muchas voces discurrieran en este decorado chocante de colorines y peluches, un cuento de hadas con nanas sobre violaciones y ahorcados que incomoda, que fastidia perturbando a propósito. Desea obligar a hacer memoria de las arrugas en la piel y esos lugares transitados. Como los elefantes, que no olvidaron, que nunca debieron haber dejado de acordarse.

@camilagroso

 

Lenguaje que no nos pertenece

 

Por: Albeiro Montoya Guiral

Nada más ayer decíamos que en Colombia el formato del teatro que abordaba la violencia estaba viejo. Nos disgustaban los lugares comunes, las repeticiones y, sobre todo, la declarada fragmentariedad de la narración. Pero bastó enfrentarnos a «Piel de elefante», la propuesta de La Barracuda Carmela, compuesta e interpretada por Catalina Medina, para asumir que, si hay algo que está en desuso en nuestro país, es sin lugar a dudas el lenguaje de quienes escribimos sobre teatro en Pereira, y más el de quienes hacemos estas reseñas. Hablamos sobre lo que vemos como si fuera literatura y hacemos notar un evidente gusto por la perfecta arquitectura del relato, de modo que una pieza teatral como esta que es más una canción testimonial, un monólogo, si es válido el término, sin linealidad narrativa, sin conflicto propio ˗esto puede residir en que su antagonista es el gobierno colombiano, el Ricardo shakesperiano en quien de manera analógica la actriz nos hace pensar como culpable de las desgracias de todos, pero que no se encuentra en escena˗, una obra, en fin, que nos deslumbra y a la vez nos anonada, y si estuviéramos de acuerdo con el concepto de posmodernismo, tan amañado, como si la modernidad se hubiera acabado y no se hubiera podrido en vida, convirtiéndose en la excrecencia que es nuestra contemporaneidad, tan hipócrita como la idea de lo antiaristotélico, cuando sabemos que este puto filósofo lo ha permeado todo, lo utilizaríamos para situarla. Pero qué se va a poner uno a situar el teatro cuando ni siquiera sabe dónde está parado en el mundo.

«Piel de elefante» recoge los testimonios de personas que han sido víctimas de la guerra y de la violencia de género y los exhibe amparándose en la fuerza de la actuación de Catalina Medina, en la danza y en la vitalidad de la voz; fragmento a fragmento ella va zurciendo la representación y arma en nuestras mentes los rostros de las mujeres que sus palabras defienden, como un rompecabezas. Nos parece ver entonces una mujer en una celda cuyas rejas son las arterias de un corazón deshilvanado, nos parece ver los símbolos en el vuelo de la luz y escuchar en la sala una música de ultratumba, unas voces o dejos de voces que se revuelven como larvas que se consumen y se apagan. Hay flores, margaritas y rosas, las flores de la muerte y del amor. Flores de cementerio. Hay, pues, una atmósfera poética. Pero cuando no estamos, como decíamos, enseñados a leer atmósferas en el teatro, sino conflictos, nos toca pensar en actualizar nuestro lenguaje o en familiarizarnos con una índole de teatro como el que precisamente nos convoca en esta oportunidad.

Una mañana un hombre se despierta convertido en un monstruoso insecto, y en su desesperación por ir a trabajar a pesar de sus circunstancias, de sí mismo, en su incomunicación con la familia, uno cree ver la refracción de un siglo, y el advenimiento de nuestro tiempo burocrático. Una historia como esa, tan sencilla y no menos humana, es lo que uno espera como espectador, lo que evidencia que estamos enfermos de la literatura. El hecho de haber esperado, así, de entrada, ver en «Piel de elefante» un personaje conflictuado que sortea su destino y, mejor, lo soluciona, aunque sea con la muerte, comprueba que el lenguaje que trajo La Barracuda Carmela en esta ocasión a Pereira, tan diferente al de «Retrato involuntario de Luigi Pirandello», o al del epopéyico «Corruptour» hecho para pervertir sensual y siniestramente las calles bogotanas, no es para nosotros. O no somos nosotros, en definitiva, espectadores afines para una muestra de teatro alternativo.

@amguiral

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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