Don Brócoli y Los veinticuatro gatitos

Ilustración de Einar Turkowski.

Por: Silvana Aiudi *

El día que soñé con él, se me caía el cielo encima y me arrojaba, junto con otros, al pasto amarillo, por momentos tierra, y yo huyendo al suelo con dos palomas arrulladoras que picoteaban migas desgranadas en mi pelo. Una madre gritando y encontrando el mundo húmedo de fantasmas imposible de ocultar. Era fines de septiembre, cuando los días se vuelven tristes sin ninguna razón.

Dos cosas heredé de mi abuelo: la vesícula acodada y el gusto por comer brócoli. Don Brócoli, Don Brócoli, lo llamaba el verdulero de Baigorria y Luis Vernet cuando todos los cajones de la vereda estaban llenos de brócoli. A veces había solo mandarinas; otras, manzanas; otras, tomate. Pero en ese sueño, por alguna razón, la bicicleta de mi abuelo esperaba vacía sobre el cordón de la vereda y había una cantidad de frutas y verduras de todos colores. Olía a mango y  los cajones defectuosos y el viento lleno de pasto claveteaban con féretros el clima. Uno tras otro, los cajones cayeron y las ventanas se cerraron. La lluvia primaveral marcó unas huellas de barro sobre la vereda. Mi abuelo, que me hacía señas desde el lote para que me apurara, me mostraba una toalla vieja y áspera. Estaba cerca y la lluvia caía copiosamente. Vi los conejos acurrucados y temerosos en sus jaulas techadas con una chapa verde. Mi abuelo me esperaba con un café con leche que él había hervido en el calentador a garrafa y unos huevitos de codorniz recién pelados con apenas algo de aceite y sal. Tomá, le dije, te manda el verdulero. Yo tenía una bolsa llena de brócoli verde musgo que mi abuelo abrió desde las manijas a lo ancho con sus manos surcadas por el tiempo. Con el dedo índice se acomodó los anteojos y me sorprendió con una sonrisa que evocaba el apodo de su amigo verdulero de la esquina.

Me había dado un poco de frío así que me bañé con el agua del calefón eléctrico bastante rápido en ese lugar con paredes de cemento alisado mientras miraba de reojo algunas telarañas que me daban miedo. Cuando salí, la merienda estaba lista; y mi abuelo y yo, sentados cada uno en su sillita para niños, adentro del galpón de cemento, ansiábamos el momento. Así que me contó la historia. Había algo en mi soledad que hizo querer quedarme a escuchar.

Los veinticuatro gatitos

Érase una vez una anciana que tenía veinticuatro gatitos, a los que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día, cuando estaban grandecitos, quiso dejarlos salir más allá de las paredes de su casa. Entonces, llamó a sus pequeñuelos y les dijo:

–Hijos míos– les habló. Me voy al campo a comprarles leche. Salgan a recorrer casas y techos, pero mucho cuidado con el viejo de la escopeta. Dicen que mata gatitos. El muy bribón suele aparentar ser apacible pero, en realidad, engaña con su apariencia a los gatitos y los mata. Lo reconocerán por su suave voz y su larga barba blanca.

Los gatitos respondieron: «Tendremos cuidado, mamita. Podés ir tranquila».

Se despidió la anciana dándoles un beso a cada uno y, contenta, emprendió su camino.

Los gatitos, entusiasmados, salieron a recorrer el barrio: saltaron por lo tejados, cazaron pájaros, despedazaron palomas y afilaron sus uñas en la corteza de los árboles. El primer día se movieron en grupo los veinticuatro gatitos y volvieron para cuando la anciana había regresado a la casa y saborearon la recién ordeñada leche de vaca. Les gustaba saber que la leche se encontraba fresca y que salía de un animal vivo.

–Qué rica la leche pura, mamita– decían mientras se relamían y sus ojitos les brillaban. Más tarde corrieron los tiernos gatitos por el pasto y jugaron con las peludas madejas de lana que le robaban a la anciana mientras dormía apaciblemente su siesta.

Pero ocurrió cierta vez que uno de los gatitos desapareció mientras la anciana cocía una manta llena de trozos de lanas de colores para abrigarlos en la fría noche.– ¿Dónde está mi hermanito? – gritaron los gatitos.

–Se debe haber ido a cazar palomas– les dijo la tierna anciana.

Al ver que su hermanito no aparecía, diez gatitos, que estaban muy preocupados, fueron a buscarlo. Ocurrió, entonces, que tampoco regresaron a casa.

–¿Dónde están mis hermanitos? – gritaron los otros gatitos.

–Se deben haber ido a cazar palomas– les dijo la tierna anciana.

Los trece gatitos restantes, asustados ya, comenzaron a sospechar de la tranquilidad de su mamita. ¡Qué miedo, qué miedo, qué miedo! Así fue como se escondieron en la casa: se metieron debajo de la mesa y de la cama, adentro del horno, en el armario, debajo de la escalera; y el más pequeñito, en una caja de zapatos.

–¿Dónde están mis queridos gatitos?– dijo la tierna anciana. – ¿Dónde están mis queridos gatitos? – volvió a repetirles mientras vertía la leche caliente que había ido a buscar al campo esa mañana. Pero los gatitos no respondían.  – ¿Dónde están mis queridos gatitos? –Volvió a preguntar la anciana. Preocupada ya, decidió salir a buscarlos por las casas del barrio hasta que llegó a la más temible de todas. Se armó de coraje al llegar y gritó: «¿Dónde están mis queridos gatitos?», mientras observaba cómo el viejo de la escopeta salía de su casa manejando su gran camioneta azul. La anciana, entonces, se apoyó contra el portón de rejas negras y miró hacia el fondo de la casa: las paredes eran bordó, había árboles con frutos y algunos elementos de albañilería, pero allí no vio a sus gatitos.

Al cabo de poco regresó a su casa la vieja y cansada anciana. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta rota y abierta de par en par, la mesa dada vuelta, las sillas tiradas, la manta de colores y las madejas de lana por el suelo, el placar revuelto, el horno abierto. Buscó a sus hijitos pero no aparecieron por ninguna parte. Los llamó por sus nombres y por todos los nombres posibles, pero ninguno contestó hasta que le llegó una vocecita última que dijo: «Mamita querida, estoy en la cajita de zapatos».

El pequeño le explicó que había venido un viejo con una barba blanca y una escopeta y se había llevado a sus hermanos. ¡Imaginá con qué desconsuelo lloraba la anciana la pérdida de sus hijitos!

Cuando ya no le quedaron más lágrimas, salió al barrio en compañía de su pequeño para buscar a sus otros hijitos. Al llegar a la casa del viejo de la escopeta, notó que la camioneta estaba en el patio pero no podía ver al viejo. Entonces, habló así a su pequeñito: «Treparás por las paredes y verás por las ventanas si tus hermanitos se encuentran allí. De ser así, volvé que idearemos un plan para salvar a tus veintitrés hermanitos».

Así fue que el más pequeñito trepó las paredes algo cansado y débil porque no había tomado la leche por días. Aguerrido pero temeroso, se acercó a la casa del viejo que quedaba al fondo del patio. Miró por las ventanas pero no vio a sus hermanitos. Estaban las luces apagadas. Se animó a saltar por el tejado de la casa al notar una paloma que estaba por ahí y se puso a jugar, pero recordó que buscaba a sus hermanitos y siguió investigando el lugar. No había nadie: ni sus hermanitos ni el viejo de la escopeta. Terminada ya su investigación, se vio tentado por un pedazo de carne y un pequeño tazón con leche que se encontraba en el piso de cemento, al lado de la pileta. Quedó pensativo el pequeño gatito un rato hasta que decidió, por fin, saltar y comer rápidamente la carne y tomar la leche. Cuando ya casi terminaba, cayó sobre él una jaula de madera hecha con cajones de la verdulería. El pequeño gatito asustado no dejaba de maullar para que su mamita lo rescatara. Fue en ese momento cuando un viejo con voz agradable y una larga barba blanca salió de la puerta de su casa. Llevaba una Winchester vieja y oxidada que apoyaba en su hombro y que, más luego, usó con el pequeñito. «¡Muertos están los gatitos! ¡Muertos están los gatitos!», se puso a cantar mientras bailaba alrededor del pozo en donde tiró al último gatito. La anciana, al verlo, se cubrió la boca con la mano y sus ojos se le llenaron de lágrimas, sin poder hacer nada, viendo cómo el asesino salía tranquilamente con su gran camioneta azul en búsqueda de más gatitos.


(*) Silvana Aiudi nació en Buenos Aires en 1982. Es Profesora en Castellano, Literatura y Latín. Enseña en instituciones educativas de nivel secundario y universitario. Participó en congresos y dictó talleres sobre Diversidad y Género. Es colaboradora en Revista Panamá.

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “Don Brócoli y Los veinticuatro gatitos

  1. WoW.. Inesperadamente Conmovedor. Te Felicito por tu Trabajo en este Cuento. Manejas increíblemente el interés del Lector a través del desarrollo de la Historia y la simpleza de las palabras lo hace muy accesible para todas las edades. ÉXITOS!!

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