Inestables. Ensayo sobre la ausencia

Fotografías de Andrés Felipe Rivera.

 

Inestables. Ensayo sobre la ausencia, Proyecto Inestable (México) en la VIII Muestra de Teatro Alternativo de Pereira, 29 de julio de 2016.

 

 

¿Por qué no cae la torre de Pisa?

 

Por: Camilo Alzate

Por qué se enamora la gente, por qué se juntan en madrigueras, en cuchitriles atrincherados contra el Universo, evadidos del afuera que aparece hostil, siempre peligroso, como puerta inevitable a lo desconocido. Por qué el adentro y no el afuera. Por qué se caen los taburetes y los pocillos con el café en la cocina. Por qué los tumban. Quién los tumba. Por qué tambalea la cama y las cortinas y los ganchos de la ropa, por qué se derrumban los cuerpos, como bultos grávidos, desintegrados entre fuerzas cósmicas más poderosas que aquellas que rigen los astros.

Por qué chorrean gotas de sudor empapando el pecho de los actores y arrugas que desencajan la mirada y algo más. Y músculos tensados hasta el paroxismo. Por qué el paroxismo. Por qué creímos –¿en qué momento creímos? ¿Quién lo enseñó?– que un relato precisaba enormidades de palabras, avalanchas de palabras, de verborrea explicándolo todo, ensuciándolo todo, poniendo lo obvio sobre lo obvio y masticando lo mascado. Por qué no entendimos antes que el equilibrio también implica quedarse callado y así poder aguantar el aliento, escapar de esos textos recargados como un laberinto de letras y frases, cuando basta nada más que un giro de los ojos, el deslizar del tobillo que se empina, basta una espalda arqueándose hasta quebrarse para contener todo en silencio y derramar completo el drama. Por qué cae el silencio en escena, a borbotones, a chorros de sudor y acrobacias. ¿Por qué?

Por qué Irene Repeto y Jorge Chávez Caballero escogieron la angustia sin exageraciones, nada de fraseos sobreactuados, cuando hubieran podido reencauchar cualquier drama clásico, y ese conjunto de lugares comunes acerca del amor y su dolor implícito y sus conflictos y tal y tal. Por qué ahogar las palabras, tan carentes de sentido, tan vacías, para que el cuerpo diga lo que tiene que decir, eso que sólo podía decir un estrujón, un golpe, una cabeza abatida, una hilera de zapatos que ya no va a calzar nadie, zapatos que agotaron sus pasos. Por qué se mueren las águilas a los treinta años y por qué desaparece la gente que se va y no vuelve, que deja su chaqueta en el perchero para aclarar que no está ahí pero tampoco en ninguna parte. ¿A dónde van los desaparecidos? Por qué no sonó una canción de Rubén Blades de fondo.

Por qué no puedo dejar de sufrir cuando sé que sólo son una pareja de muchachos fingiendo –teatro, nada más–, posando para que el público disfrute imaginando la historia de aquella chica que se desmorona en su soledad, mutilada pues le falta un hombre. Por qué no va a volver ese hombre. Por qué se enamoraron. Por qué se abandonan. Por qué.

@camilagroso

 

Inestables. Ensayo sobre la ausencia

Por: Albeiro Montoya Guiral

Tal vez, como los libros, el teatro nos diga algo diferente cada día, o regrese como la lluvia, sin cambiar, aunque uno lo sienta tan viejo, tan untado de seres queridos muertos hace años, de caballos que se pudren enterrados en la cuesta del potrero, de pájaros caídos por inhalar la ceniza de un nevado indispuesto. O tal vez sea el viejo contador de la misma historia que uno oye siempre por primera vez. Pierre Menard que se reinventa en la repetición, Juan Preciado que, de súbito, queda ciego y siente que esa es una muerte más dolorosa que la otra, porque ya no lo reconocerán los caminos; una mujer que ve llegar hasta sus pies el hilo de sangre de su hijo asesinado en el horizonte. Molly Bloom que imagina a su esposo recorrer 600 páginas mientras la supone infiel, Molly que sonríe con la temible seguridad del amor. Un niño que mira el reloj suspendido de la iglesia y piensa si acaso será cierto que «el verdadero amor espera en áticos desesperados». Un hombre flaco que tiene el don de hacer llover hasta que un día una rubia, cansada, lo asesina con un beso. Paráfrasis o traducción de lo humano que es, en suma, un grueso libro de pérdidas.

«Inestables. Ensayo sobre la ausencia». Foto: Andrés Felipe Rivera.
«Inestables. Ensayo sobre la ausencia». Foto: Andrés Felipe Rivera.

Así hoy «Inestables. Ensayo sobre la ausencia» del Proyecto Inestable, de México, parece revisitarnos, decirnos algo muy viejo con su novedad. Tejernos la memoria con recuerdos ajenos. ¿Cuánto de lo que hemos vivido pertenece al recuerdo y cuánto al sueño? ¿Cuánto de lo que hemos muerto ha sido un espectáculo de la vigilia? Tejedor de imágenes este grupo para nada inestable, evidencia, con su tremendo trabajo del cuerpo lleno de fuertes matices de la gimnasia, una paradoja: la actuación versaba sobre el desequilibrio físico y emocional pero en sí misma era equilibrada, aun en correspondencia con los elementos de la escena, aun con la fábula, tan sencilla, de una pareja que se ama pero tiene que separarse. Algo connatural al amor como la desaparición. Esta obra es una gran metáfora del desequilibrio, de los seres que debemos ir por el mundo apoyados en muletas espirituales, pero para lograr conformarse tiene que zurcir un cardumen de luminosas metáforas perfectamente equilibradas.

«Inestables» sí es un ensayo sobre la ausencia, sobre la dependencia que crea todo tipo de relaciones, sobre los amantes que deben dejar en el abandono a sus cómplices de vida para salvarse pero los encuentra la muerte. Ambos caen en la trampa del amor, en la sin salida como un ratón kafkiano. Como decía, tal vez como los libros el teatro nos diga algo diferente cada día. Esta vez, como tantas obras en esta Muestra, me habló de lo que soy, de lo que estoy sintiendo, y me hizo reflexionar sobre el intento fallido de regresar a casa y sobre los desaparecidos de Ayotzinapa y sobre la fosa común de las miles en Colombia donde debe estar enterrado aquel que me enseñó a escribir poesía, cuyos zapatos llevo puestos cada día. Y sobre el amor. No he hecho con estas reseñas nada más que servir de prisma mediocre para la luz poderosa del teatro. Déjenme, pues, despedirme de esta versión de la Muestra con una  invocación a Vicente Aleixandre:

«Porque era el último amor. ¿No lo sabes?

Era el último. Duérmete. Calla.

Era el último amor…

Y es de noche».

@amguiral

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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