La ficción como política. Un fragmento*

«La imaginación es subversiva porque proclama lo posible sobre lo real»
Jan Švankmajer

Fotograma:
Lily Tomlin y Dustin Hoffman en «I ♥ Huckabees» (David O. Russell, 2004)


Así el hecho se nos refunda en esa parte del cerebro donde las ideas se vuelven inexpresables, creo que todos somos conscientes de que la poesía, particularmente la ficción poética (la novela, el cuento, el teatro cuando quiere, y aquí hablo especialmente de la ficción teatral), mantiene una relación inextricable con la política, esto es, con el tema de la polis, entendida como un espacio físico y simbólico en el que los miembros de una comunidad se ven enfrentados, desde distintas posiciones de poder, a las innumerables y a menudo oscuras formas de la convivencia, que, bien entendida la palabra, refiere a la vivencia que los seres humanos comparten con lo otro, con los otros y consigo mismos, con sus múltiples yoes. («En mí habitan multitudes»; algo así decía Pessoa).

Pero ¿en qué sentido es francamente política la ficción?

Valdría lo mismo preguntarse, invirtiendo los términos, si acaso no es posible pensar la política ─o, en todo caso, lo que solemos designar con esa palabra: ese circo burocrático y electorero; esa cosa que pasa en los televisores─ como una ficción grosera; si podemos imaginar una respuesta afirmativa a esta segunda pregunta, podremos intuir inmediatamente una respuesta para la primera. Quien sea capaz de pensar la política como un relato podrá adivinar, sin duda, cuál es la naturaleza política de la ficción. Lo real y lo ficticio se relacionan entre sí como gemelos malvados, se reflejan entre ellos de manera siniestra, y ello se debe a que nuestra percepción de lo real está formada, en últimas, por relatos que estamos dispuestos a creer, pero acerca de los cuales no alcanzamos nunca una certeza absoluta. Como afirma Rafael Spregelburd, gran dramaturgo argentino, apoyado en un acervo discursivo fácilmente identificable (el que viene del giro lingüístico hasta acá), la realidad es una construcción del lenguaje; es decir, que otorgamos sentido a lo real con los mismos signos y significantes con los que construimos nuestras ficciones; ambas experiencias están hechas de palabras y de números y, sin embargo, todos estamos dispuestos a aceptar que debe existir una frontera, una línea divisoria entre lo real y lo imaginario. ¿De dónde agarrarnos, pues, para no caer en el relativismo?

Si bien están hechas de lo mismo, realidad y ficción son, de hecho, experiencias esencialmente distintas. ¿Por qué? Porque mientras lo real nos atenaza, lo imaginario nos libera; porque la realidad nos habla de lo posible consumado mientras la ficción nos habla de lo posible contingente. Bien decía Michel Foucault que «lo que permite hacer inteligible lo real es mostrar simplemente que fue posible». Así, pues, lo real es lo posible irremediable, y lo que hace la ficción, como terreno de lo posible contingente, como potencia pura de la imaginación, es recordarnos que todo lo posible es, de hecho, susceptible de encontrar un lugar en lo real.

Siendo relatos estructuralmente análogos a los de la política, los relatos ficcionales nos devuelven un reflejo distorsionado de la realidad en la medida en que instalan un interrogante sobre la veracidad e inexorabilidad de aquellos con los cuales formamos nuestra propia experiencia de lo real. En este sentido, la ficción es subversiva porque, sin duda, no hay nada más subversivo que pensar y hacer pensar a otros que lo que asumimos como real e incontestable puede ser siempre, de hecho, de otra manera. La ficción nos recuerda que la realidad es contestable, y por ello mismo la ficción es contestataria; en cambio, cuando la ficción intenta únicamente reproducir la realidad, o denunciarla con sus mismos modos de representación, se olvida de la potencia de lo imaginario y se vuelve inane, cómplice del poder a despecho suyo. Como expresó una vez Marcela Valencia, esa actriz tremenda del Teatro Petra: «Y si van a hacerlo igual que en la vida, ¿para qué hacen teatro?»

***

En La paranoia, una obra de Spregelburd, un grupo élite de inútiles y pusilánimes de un futuro lejano debe enfrentarse a una peligrosa especie extraterrestre que se volvió adicta a nuestros relatos, devorando hasta el último y con sed de más. Aburridos, estos nos envían un ultimátum: o les contamos una historia nueva o pereceremos como especie, y es a esos tontos a quienes reclutan para componerla. He ahí una metáfora que nos devuelve un reflejo siniestro de lo real: debemos defender la ficción, defenderla de lo real, así no sepamos cómo.


* Este texto es un fragmento editado de una conferencia que leí en mayo pasado en la Universidad de Caldas bajo el título: «El teatro no es instrumento de nada: De la ficción teatral como política y la política como ficción», en el marco de unas jornadas de Reflexiones Sociológicas. De allí, del hecho de ser sólo un fragmento, proviene su aparente laconismo.

César David Salazar Jiménez

Treintañero. Nací en Bogotá pero soy pereirano; estudié Sociología pero hago teatro. Me resulta curioso cuando la gente habla de sí misma en tercera persona, pero me encanta Pascal cuando afirma que «el YO es detestable».

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