Memoria arraigada en el cuerpo

Debo reconocer que en estos días mi cuerpo funciona diferente. Desde hace algunas semanas, ante la inminencia de los Juegos Olímpicos de Río, una suerte de equilibrio extraviado hace ya cuatro años parece restituirse dentro de mí. Siento como si de repente se abrieran puertas clausuradas y una corriente de aire corriera alborozada para inundarlo todo. Hace algún tiempo escribí sobre mi sueño olímpico y aquella época de mi vida en que anhelaba convertirme en el primer atleta en recibir una medalla de oro en la historia de Colombia. Eran los años de las jornadas extenuantes en una pista de atletismo, el rigor de los entrenamientos, la disciplina consagrada, el tranco largo y la carrera impetuosa hacia mejores tiempos. Decía entonces que en algún momento aquel propósito tomó la ruta equivocada y no tuvo oportunidad de desandar los pasos. Pero surgió después otra pasión, afincada en las letras; una devoción que creció en forma paulatina y se empeñó en señalar el ritmo de los días por venir.

He seguido la transmisión de los juegos por televisión como una forma de constatar el tránsito hacia la consagración de algunos deportistas o ser testigo del júbilo, la desazón, la euforia o la derrota que se les agazapará en el alma. Siento crecer en mí la convicción de que estos días han venido tan solo para propiciar el llanto, por el que vence, por el que pierde, por el que cae y se levanta, por el que no lo hace rendido ante ese dolor que sobrepasa lo que dictamina el espíritu, por el que abraza la gloria y también por el que queda excluido de ese abrazo. Me resulta mágico contemplar aquellos momentos en que los atletas, con la mirada perdida dentro de sí mismos, se enfrentan a ese día que durante años fue futuro incierto y ahora les planta la cara en un prodigioso desafío. Sé que todos llevan en sus hombros una historia que de seguro comenzó siendo niños, que llevan adherida a la piel una ilusión por la que han trabajado durante mucho tiempo, que están frente a la culminación o la postergación de un sueño que desde siempre se ha esmerado en perpetuarse.

Tal vez por eso califiqué como un crimen de lesa humanidad cuando en los Juegos Olímpicos Atenas 2004 un espectador se abalanzó sobre el atleta Vanderlei Cordeiro de Lima en momentos en que lideraba la prueba de maratón, muy cerca de llegar a la meta. Entonces aquel intruso que se arrojó sobre él hasta tenderlo en el suelo, impidió que este hombre coronara un sueño, truncó una gesta que pudo ser épica, decidió para él la medalla de bronce que aun así celebró con alborozo y decoro. No sé qué haya pasado por la mente de aquel ex sacerdote irlandés que juzgó apropiado irrumpir, con el único objetivo de arruinarlo todo, en una puesta en escena que había sido dispuesta desde hacía muchos años; alguna conexión tuvo que malograrse en su cabeza para decidir echar abajo los andamios o dar un manotazo a un castillo de arena en el que alguien trabajaba con entusiasmo desde niño, porque hacerlo era para él la vida misma.

Mientras escribo estas palabras la mayoría de los deportistas ni siquiera ha calentado para la prueba que les corresponde, el momento crucial se insinúa pero aún no asoma sus narices; para otros, sin embargo, el destino ya les enseñó la más cruenta o sublime versión de la olimpiada, que para bien o para mal será memoria arraigada en el cuerpo hasta el día en que exhalen su último suspiro.

Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio Muñoz

Andrés Mauricio Muñoz (Colombia, 1974). Su libro de cuentos Desasosiegos menores, Premio Nacional de Cuento UIS 2010, publicado también bajo el título Hombres sin epitafio, por Ediciones Pluma de Mompox, fue considerado en los Premios Nacionales de Literatura Libros y Letras 2011 como uno de los cinco mejores libros de ficción publicados ese año en Colombia. Textos suyos han sido traducidos al árabe, alemán e italiano y aparecido en antologías de Colombia, España y México. Editorial Universidad de Antioquia publicó en 2015 Un lugar para que rece Adela, su más reciente libro de cuentos, el cual ha sido recibido con entusiasmo por la prensa y la crítica colombiana. El sello Seix Barral, de editorial Planeta, acaba de publicar su novela El último donjuán.

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