Ilustración de Alex Kostiw

Por: Giussepe Ramírez

Aunque todas las cajas con las bolsitas están organizadas en la alacena como ella las dejó (de izquierda a derecha del color más claro al más oscuro), ya no tomo té. A veces voy a la cocina y me quedo largo rato mirándolas. En su casa también están ordenadas así. Siempre tomaba en las noches, para intentar dormirme o cuando estaba con ella. La última semana, para dormir, no he tomado té, me he metido en algún bar a emborracharme hasta quedar dormido. Y, así la resaca de la mañana anule cualquier atisbo de descanso, en la noche he estado otra vez dándole a la botella.

Ella tiene un jardín pequeño con el piso lleno de piedras blancas y opacas. Hay una planta de sábila en el rincón izquierdo que usa para el cabello. También tiene una planta, que no sé cómo se llama—ella es la que sabe de matas—, que se va enrojeciendo paulatinamente hasta diciembre para después retornar al verde. Lo que más me gusta del lugar es un bonsái que mantiene muy bonito. Me gusta lo frágil y fuerte que se ve al mismo tiempo. Todas las plantas y todos los bonsáis tienen nombres que ella les pone pero yo no recuerdo. Ha intentado infundirme el amor por las plantas ornamentales pero no me interesa, soy perezoso. En mi jardín sólo hay un par de helechos que me obsequió. Lo único que le he permitido modificar a placer en mi casa es el orden de las cajas de té.

Últimamente todos en el periódico me miran raro, pero nadie se acerca a preguntar qué me pasa. Tampoco les respondería. Me han invitado a tomar a algún bar, aprovechando el ambiente de la ciudad, pero yo les digo que no. No me interesa que husmeen en mi dolor. Desde hace una semana la ciudad es un hervidero. Todos los carros llevan banderitas en el capó o en la parte trasera. La venta de camisetas del equipo local se ha disparado. Los alrededores del estadio y el centro están inundados con ellas. Hace una semana el Atlético Sultana jugó el partido de ida por los cuartos de final de la Copa Libertadores contra Boca aquí, en el estadiecito recién inaugurado. Ganó 1-0. Hoy juegan en Buenos Aires el de vuelta. Hay mucha algarabía en Sultana. Además de las banderitas y la gente uniformada, los carros tocan la bocina todo el día, los niños van con pitos y cornetas y en casi todas las casas se respira ambiente de fiesta. Ya se ven en la semifinal y no me quiero imaginar el alboroto si eso pasa. En la radio sólo se escucha la canción que le compuso un famoso artista tropical al Atlético Sultana y las posibles formaciones de los equipos hoy en la Bombonera.

Si me preguntan, no creo que los jugadores del Atlético Sultana tengan la jerarquía para soportar la presión del estadio en el que hoy juegan. Todos son unos borrachos que juegan medianamente bien al fútbol y no tienen grandes ambiciones en el deporte. Porque aquí en Sultana es muy difícil ser deportista de tiempo completo. La vida nocturna de esta ciudad te hace meter en ella sin que te des cuenta. Todo es juerga y resaca. Siendo una ciudad calurosa, a la gente le gusta empezar a tomar cerveza desde temprano. Toman y toman hasta que están achispados como para irse a tomar aguardiente y bailar en La cueva de los ladrones, el rumbeadero más famoso de aquí. A las tres de la mañana, cuando cierran La cueva, se van a Ábrete Sésamo a cantar rancheras y vallenatos hasta que amanece. Sin embargo, la ciudad nunca se detiene. No sé cómo el equipo ha podido llegar hasta esta fase teniendo como política sólo contratar jugadores nacidos en Sultana. Creo que en ciencia a este tipo de sucesos se les llama cisnes negros o la ocurrencia de lo altamente improbable. En fin.

No soy hombre de fútbol pero a veces, ante el ausentismo de algunos periodistas, me ha tocado cubrir la sección deportiva. Regularmente trabajo en la sección cultural de El Sultán, el diario con más lectores en Sultana. Todos los domingos escribo en el suplemento cultural. Hago crítica literaria y de cine y a veces incursiono en la ficción. Pero para el domingo anterior no tenía nada escrito. Lo único que había escrito esa semana era una carta para mi exnovia, aunque a ella no le gustan las cartas. Apremiado como estaba en el periódico modifiqué la carta y le agregué un poco de invención aquí y allá para publicarla. Inicialmente la carta era un memorial de agravios de nuestra relación, especialmente sobre un episodio del día anterior al partido de ida. Después cambié los «ti» y los «tú» por «ella»; los «tu» por «su»; los «te» por «la»; y todos los verbos conjugados en la segunda persona del singular se transformaron a la tercera persona del singular. Pretendía que el narrador tomara distancia del ser que odiaba. Tras esto ya no era carta íntima, sino cuento o crónica velada de nuestra relación.

El cuento (¿o crónica?) lo titulé: Saldando cuentas. Empezaba así: «Actriz como es ella, no tuvo pudor en engañarme. La conocí una noche de teatro regada con varias botellas de vino en un bar concurrido por la bohemia de Sultana.» Ella sí es actriz y también la conocí así. Pero gran parte del relato son mis invenciones de hombre inseguro y celoso. Aunque debo admitir que la dibujé con palabras, sin nombrarla, para que la reconocieran, ¿quiénes? Cualquiera porque goza de fama aquí en Sultana. Creé la atmósfera en la que se mueve, los tics cuando está sobre las tablas, las obras en las que ha participado. Los celos me afilaron la imaginación y el tino para describirla.

Parece que sí la reconocieron en ese texto porque el lunes me llamó bastante molesta. Dijo que era un cobarde que se escondía tras un papel y un seudónimo esnob. Que por qué no había sido capaz de mirarla a los ojos para decirle. En fin, que soy un adolescente falto de carácter. Según ella nunca me ha traicionado. Qué cínica. Me terminó por teléfono.

Un día antes del partido de ida ella quedó en llamarme a eso de las siete de la noche para que yo pasara por su casa. No llamó. A las ocho igual fui. Un presentimiento me estaba taladrando la cabeza. Me paré en la acera de enfrente a su casa ocultándome tras la sombra de los árboles. Allí estaba ella en el cobertizo charlando con su exnovio argentino, el Colo Ferracuti, con su excesivo bronceado (sí, jugador de Boca—lo conoció en alguna fiesta pos-función o pos-partido, en una gira por Argentina que hizo la compañía de teatro en la que trabajaba, no me acuerdo. Aunque me inclino por la fiesta pos-función, porque Ferracuti es de esos extraños futbolistas a los que les interesa el arte). Se había escapado de la Concentración aquí en Sultana para visitarla. Me llené de odio, pero soy un tipo cobarde y no fui capaz de pasar la calle para enfrentarlos. Preferí caminar hasta la esquina y tomar un taxi que me llevara a un burdel cercano.

Entré a Las mil y una noches, un prostíbulo de poco monta en Sultana, y pedí media botella de aguardiente. Todas las muchachas usaban ropa interior del Atlético Sultana. Tenían olores particulares que difícilmente se olvidan y llevaban escarcha sobre los brazos y el escote. Llevaban unos rostros y unos dientes bastante maltrechos. No les importaba sonreír. Charlé con algunas para matar el tiempo a ver si mi novia se dignaba a llamar. Llenaba la copa mientras yo les preguntaba precios y regateaba un poco. No llamaba. Me imaginaba al Colo Ferracuti con mi novia en la cama y después haciendo el ritual pos-coito que ella hacía conmigo: tomar té, desnudos en la mesita que tenía en su jardín mientras escuchábamos a Tom Waits. Estuve a punto de cerrar un trato con una de las señoritas cuando recibí su llamada a las diez y media. Salí prudentemente del lugar a contestar.

—Hola—hice lo posible para sonar antipático.

—Hola, amor, ¿cómo estás?

—Bien, supongo—quería parecer un poco enojado, pero no podía.

—Discúlpame por no llamarte antes, una amiga tuvo un problema y la estaba consolando.

—¿Qué le pasó a tu amiga?—me dio curiosidad saber qué historia había maquinado.

—El papá del hijo quiere quitarle al niño y llevárselo a Estados Unidos—sonaba convencida.

— ¿Ya puedo ir a tu casa?

—Claro, bobito, para eso te llamo, acabo de llegar—hizo una inflexión en «bobito».

—Ya voy para allá.

Camino a su casa me los imaginé otra vez desnudos en el jardín pero no tomando té, sino mate (en esas tazas raras en las que se toma mate), y en vez de escuchar a Tom Waits escuchaban tango. Después llegaba yo y le rompía su nariz de argentino a Ferracuti (esto hizo parte del escrito final para el periódico, al editor le gustó mucho).

Me saludó con un beso en la boca y me preguntó por qué olía a aguardiente. Le dije que estaba tomando con los del periódico mientras esperaba su llamada. Cuando entré a la casa miraba de reojo buscando alguna pista de que Ferracuti había estado allí. Hicimos el amor y después nos sentamos en el jardín. Ella siempre le echaba azúcar a su té, yo no. Ella prefería el de manzanilla, yo el de frutos rojos. Esa noche me supo más amargo que de costumbre y le puse una cucharada de azúcar. Ni una palabra sobre la visita de su exnovio. Eso es lo que me da coraje.

Esa madrugada, cuando llegué a mi casa, puse en el minicomponente Green grass de Tom Waits. Me paré frente a la alacena a mirar las cajas con las bolsitas. Abrí cada caja para verlas. Me gustan más las bolsitas que las cajas. La canción me hizo recordar el día que comenzamos con esa costumbre de sentarnos en el jardín después de hacer el amor. Una tarde fui a su casa y me recibió con dos cartones grandes en cada mano. La miré sorprendido pero me dijo que saliéramos a divertirnos. Fuimos a un parque cercano. Se quitó las sandalias y subió una pequeña colina con uno de los cartones. Se deslizó fácilmente y abajo me dijo que era mi turno. Me tiré con timidez, y a cada centímetro se me fue dibujando una gran sonrisa en la cara. No sé cuántas veces nos lanzamos por la pendiente, pero yo estaba tan conmovido con esa escena de felicidad infantil de los dos, que me dieron ganas de llorar. Nos devolvimos a su casa cuando ya estábamos exhaustos y la piel nos picaba mucho por la hierba. Nos bañamos juntos e hicimos el amor en la ducha. Cuando salimos, preparó té y nos sentamos en el jardín. Le dije que buscara Green grass en mi reproductor portátil. No conocía la canción, pero el título le gustó. La escuchamos en un silencio conmovedor. Cuando terminó, me dijo que sería nuestro himno.

Al terminar de evocar esa imagen de felicidad en nuestras vidas, silbando en la cocina la tonada final de la canción, mientras las cucarachas se detenían a mirarme, me vino como una cascada la carta que debía escribirle. La escribí de un tirón en mi cuarto. Lo hice frente a una taza de té que no tomé, mientras veía el techo reflejado en la infusión.

Esta semana tampoco he escrito nada para el domingo. Sigo bloqueado. Además esta larga resaca me está matando. Y el editor apurándome por el texto: que q’hubo, que le mueva para él revisarlo y corregirlo. Parece no entender que el domingo la gente va a estar todavía interesada en las repercusiones del partido de hoy, y no en el desdeñable suplemento cultural.

No sé. Se me ha ocurrido algo. Quiero escribirle otra carta excusándome por dejarla en evidencia. Incluso estoy dispuesto a aceptar mi cobardía. Si quiere, que no me dé explicaciones de la sospechosa visita del Colo Ferracuti. Y aunque yo haga estas concesiones, dudo que vuelva. Es muy orgullosa, y más con el manejo de su imagen (ojalá con esto el editor me deje tranquilo).

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

Un comentario sobre “

  1. A veces se halla uno comprendido en notas ajenas. Y leerse de esta forma, resulta un gran consuelo.
    Gracias por escribirla!

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