Entrevista a Miguel Martinón: Antologías de poesía canaria

En la foto, el poeta y antólogo Miguel Martinón (1945).

 

Nuestra entrevista con Miguel Martinón (Tenerife, 1945) se desarrolla en el marco de la Playa de Las Canteras, isla de Gran Canaria. El poeta y ex-profesor estrenaba su jubilación docente tras largos años dedicados al estudio de la literatura en la Universidad de La Laguna. Tras su tesis doctoral sobre la poesía del mediosiglo ha profundizado en la labor antológica de la poesía canaria moderna y contemporánea y nos devela las claves de su mirada para el lector en español.

-En el ámbito académico siempre se ha tratado de la existencia de algunas constantes en la literatura insular y el desarrollo de la tradición poética hasta la creación contemporánea en las islas. ¿Qué se puede observar al respecto tras la publicación de sus tres antologías en la editorial canaria Ediciones Idea?.

Se trata de tres antologías sucesivas que abarcan desde 1868 hasta la actualidad. Cada una de las antologías corresponde a una época histórica: la moderna, la contemporánea y la actual. La primera antología, Poesía canaria moderna (1868-1939), incluye veintiún autores y recorre el proceso de la lírica insular durante la época que podemos llamar moderna, es decir, entre la crisis del sexenio revolucionario de 1868-1874 y la crisis de la guerra civil española de 1936-1939. En esa época los poetas canarios se esforzaron por incorporarse a la modernidad —identificándose con las ideologías y las estéticas del momento: el realismo, el modernismo y la vanguardia— y al mismo tiempo tomaron conciencia de la singularidad de su situación geográfica e histórica.

La segunda antología, Poesía canaria contemporánea (1940-1990), incluye treinta y tres autores y abarca desde el final de la guerra civil hasta finales de siglo, y en rigor hasta la actualidad. Durante los casi cuarenta años que duró el sistema político surgido de la guerra civil, varias promociones de intelectuales canarios —empezando por los supervivientes republicanos— vivieron la necesidad de enfrentarse a la autocracia franquista y de incorporarse a la contemporaneidad ideológica y estética, algo que en muchos casos suponía rescatar la cultura anterior a 1936.

Y, en fin, la tercera antología, Poesía canaria actual (A partir de 1980), que incluye treinta y cuatro autores, se solapa con la anterior, pues el mundo actual, cuyo comienzo no tiene una fecha precisa, forma parte de la época contemporánea. Pero, puede decirse que a partir de 1980, ya en la nueva era democrática española, la creación cultural en Canarias ha vivido una época de notable vitalidad tanto en el plano de las nuevas realizaciones de los escritores y artistas como en el campo de los estudios sobre la historia, la literatura y el arte de las Islas.

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Estas tres antologías de poesía canaria no son estudios eruditos ni de investigación, sino obras de síntesis, que tratan de ordenar de manera objetiva la información conocida. Por supuesto, estas antologías aspiran a combinar el criterio estético, que aplicamos a la calidad de los poemas, y el criterio histórico, pues entendemos que esos textos seleccionados son representativos del autor y de la época. Por lo demás, conviene no olvidar que las obras de este tipo son propuestas críticas que responden al momento histórico en que se llevan a cabo. En estas tres antologías estamos viendo en su secuencia histórica la creación de los poetas insulares modernos y contemporáneos, pero estamos viendo esa secuencia desde la altura de 2010, y con unas ideas y unos gustos que son los de 2010, y que no solo son los míos ya que mis criterios participan de la situación cultural actual. Así, pues, toda antología es provisional, y en este caso, al abarcar la época contemporánea e incluir a muchos autores todavía activos, ese carácter provisional es mayor. Pero, en fin, no hay valores absolutos, y la conciencia de esa provisionalidad no nos impide aproximarnos a esa creación literaria para conocerla y disfrutarla.

Hay distintos modelos de antologías. El modelo que yo sigo supone una preparación laboriosa, pues he redactado de cada uno de los ochenta y ocho autores un esquema biográfico en que también describo la evolución de su escritura. Además, a esa presentación de la vida y la obra he añadido una bibliografía actualizada del autor. Estas tres antologías se convierten, así, en obras de consulta, que pueden ser de utilidad, ya que no contamos con antologías equivalentes ni con historias de la literatura que se ocupen de modo suficiente y actualizado de todos estos poetas. En otros momentos históricos hemos tenido formas o vías distintas para conocer la evolución de la poesía o de la literatura insular. Pero últimamente no hemos contado con esos trabajos críticos de carácter general. Sentíamos desde hace cierto tiempo la falta de obras como estas antologías, que tienen un carácter de síntesis y de sistematización histórica y no van dirigidas a los estudiosos de la literatura sino a un público amplio de lectores.

Según el modelo de antología que sigo, se incluye normalmente una poética de cada autor.
Este es uno de los aspectos que les dan más valor a estas tres antologías, pues no son frecuentes las reflexiones de los escritores sobre su propio trabajo creador. A los autores que no tenían publicadas sus poéticas, si eran autores vivos, yo mismo les pedí que la redactaran. Naturalmente, el lector de poesía no necesita, para disfrutar de su lectura, ni esas poéticas ni las presentaciones biográficas y críticas redactadas por mí. Pero si cuenta con tales textos complementarios y con tal información, puede enriquecer su lectura y su experiencia literaria.

En este tipo de obras se entiende que la atención prestada a cada autor y la cantidad de textos que se seleccionan indican una diferencia en el valor que concede a cada poeta el crítico responsable de la antología. Creo que mi selección es bastante amplia, y que acoge, en gran medida, los nombres ya decantados por la misma tradición crítica. Debemos considerar que esa amplitud de la selección aumenta la utilidad de estos libros como obras de consulta, y, como siempre ocurre con las antologías, hay que dejar que sea el lector quien prescinda de los nombres que no crea necesarios.

-El propio crítico Valbuena Prat habló del cosmopolitismo y el sentimiento de soledad como variantes de la visión insular. ¿Qué opina sobre la poesía canaria en la modernidad y su relación dentro de las tendencias de habla hispana?. O mejor aún. ¿Qué significación ha tenido la poesía en la historia de Canarias?

En su inestimable Antología de la poesía canaria, I, Tenerife (de 1952) Domingo Pérez Minik planteaba muy valiosas reflexiones no solo sobre lo insular en la poesía sino también sobre la poesía en la historia insular, en la aventura existencial de la pequeña comunidad asentada en este lejano Archipiélago ultramarino. En este sentido, Pérez Minik atribuía el máximo valor cultural a la poesía en el propio hacerse de la comunidad canaria ante la historia y el paisaje. Y este criterio lo llevaba a afirmar que la poesía insular, por ser históricamente el género más desarrollado, «nos ha servido de todo: como religión, épica, novela, teatro, metafísica y moral». Se trata de una reflexión que podemos compartir también en relación con el tiempo abarcado en estas antologías de poesía canaria que acabo de publicar.

En efecto, si se observan los sucesivos procesos protagonizados por la comunidad insular en la época moderna y en la contemporánea, será fácil convenir en que la poesía ha tenido un papel decididamente central en la historia cultural por el hecho mismo de que le ha dado a la población de las Islas su conciencia de comunidad. El Archipiélago no es solo un espacio natural: es el escenario en que vive un grupo de seres humanos que se ve viviendo aquí como tal comunidad cohesionada por la conciencia de una tradición histórica. Las personas que vivimos en las Islas somos una comunidad porque nos sentimos vinculados a una tradición, y son las creaciones culturales las que generan ese sentimiento de vinculación.

Desde la década de 1970 como consecuencia de la aparición de una narrativa insular y el desarrollo de los estudios sobre la naturaleza y la historia del Archipiélago, quizá la poesía ya no ha tenido una función cultural tan esencial como la que históricamente había desempeñado. Pero creo que lo importante es que las creaciones e instituciones culturales de Canarias responden al hecho de que hay una comunidad que quiere verse en su sitio, verse en su historia, y decirse en la historia: decirse que existe. No importa que el Archipiélago sea una región pequeña ni que la comunidad humana aquí establecida y arraigada sea una población poco numerosa. Lezama dijo alguna vez que «también los pequeños países pueden tener su historia». Él lo decía pensando en Cuba y entendiendo país como Estado, pero se puede aplicar la idea también a Canarias. La historia protagonizada por la comunidad insular en esta región ultramarina es la pequeña historia de un país pequeño pero que es, que existe y pugna por no desvanecerse en el silencio. Agustín Espinosa decía en Lancelot, 28º-7º que «una tierra sin tradición fuerte, sin atmósfera poética, sufre la amenaza de un difumino total».

-En la historia de las vanguardias jugaron un papel fundamental las revistas de literatura. Usted mismo tuvo una participación directa en espacios de importancia histórica como las publicaciones de Jornada Literaria y la proyección de la Revista Sintaxis. Háblenos del compromiso de los estudiosos con el entorno insular y el papel de las instituciones culturales.

Podemos decir que quienes aquí vivimos y nos dedicamos a los estudios canarios y animamos las instituciones culturales de las Islas lo hacemos (quizá no siempre de manera consciente) por nuestra relación con una tradición insular que sabemos limitada pero con la que nos sentimos directamente vinculados. Porque, claro, no nos sentimos vinculados a esa tradición por sus dimensiones sino por el hecho de habernos criado aquí. (Hechas todas las necesarias salvedades, esto era lo que significaba la conocida afirmación de Séneca «amo patriam non quia magnam sed quia meam»: amo a mi país no porque sea grande sino porque es el mío.)

Con frecuencia advertimos en los estudios humanísticos que el compromiso con que se ha empeñado el autor ha excedido, digamos, de sus deberes como profesor o investigador. Sin duda quienes nos dedicamos a estudiar la historia todavía próxima hemos experimentado que en la redacción de nuestros trabajos no solo nos guiaba el propósito de realización de un trabajo científico. Normalmente nuestro trabajo responde a diversas motivaciones intelectuales e ideológicas. Así, por ejemplo, nuestros estudios sobre la literatura insular anterior a la guerra civil han respondido al propósito de rescatar del silencio a escritores perseguidos o anatematizados por la dictadura franquista. Y en los estudios sobre los primeros decenios de posguerra hemos querido rendir un acto de justicia y reconocimiento a Pedro García Cabrera, Domingo Pérez Minik, María Rosa Alonso, Juan Manuel Trujillo, Ventura Doreste, Agustín Millares Sall, Pedro Lezcano, Manuel González Sosa, Manuel Padorno…, en fin, a tantos intelectuales, escritores y artistas que padecieron entonces unas condiciones muy duras y dolorosas y sin embargo no se doblegaron ni se callaron, sino que mantuvieron una resistencia activa no solo para realizar sus obras sino también para lograr difundirlas.

Los esfuerzos llevados a cabo para reconstruir la historia cultural moderna y contemporánea de Canarias equivalen a los que se han hecho desde otras regiones españolas y en los estudios más generales sobre la historia española. Casi no tengo que recordar que en los trabajos de recuperación de la historia literaria del Archipiélago han participado investigadores y críticos (Mainer, Morris, Bonet…) de procedencia no insular. Pero normalmente es mayor el compromiso de los estudiosos con su entorno más próximo, y esto ha sido siempre así en las Islas, donde los estudiosos canarios han realizado su trabajo con la angustiada conciencia de que el riesgo de caer en el silencio y el olvido ha sido o es mayor que en las regiones peninsulares. El simple hecho de ser una pequeña y lejana región ultramarina nos impone a los canarios la acuciante exigencia de ocuparnos de nuestra naturaleza y nuestra historia. Pensemos que en la Breve Historia de España, de F. García de Cortázar y J. M. González Vesga, editada hace unos años por Alianza, no se nombra a Canarias. Los autores de este libro, que ven la historia española desde la ladera cantábrica de la Península, no se acuerdan de estas islas ni siquiera al contar la expansión atlántica de los países ibéricos, cuya planetaria magnitud parecen no entender.

Por todo eso es inútil la pregunta de quién otro iba a acometer la formidable tarea realizada por José de Viera y Clavijo en su Diccionario de Historia Natural y en sus Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, además de en otras obras literarias muy valiosas. Apenas si hay que subrayar que la obra de Viera y Clavijo era la obra de un canario ilustrado, es decir, la de un insular arraigado en su tierra natal pero con formación y mentalidad universal. Una actitud universalista y con conexiones internacionales fue también la de los promotores de El Museo Canario en Las Palmas a partir de 1879. Como es bien sabido, en esta trascendental iniciativa tuvo un papel insustituible Gregorio Chil y Naranjo, que llegó a donar su casa de Vegueta como sede de la institución. Y cabe comentar, en fin, que nadie habría hecho lo que hizo el escritor y periodista Leoncio Rodríguez que había fundado La Prensa en 1910 y a partir de 1940 difundió una interesante Biblioteca Canaria, con la voluntad de recuperar la conciencia regional moderna anterior a la guerra civil y mantener viva la memoria colectiva insular. Recuerdo aquí los nombres de Viera y Clavijo, de Chil y Naranjo, y de Leoncio Rodríguez, solo como ejemplos, pero ejemplos bien significativos, de lo que quiero decir al insistir en el compromiso con el medio más próximo y en la necesidad de estudiar la historia y el espacio natural de las Islas.

-Aprovechando entonces esta inmersión en el pasado y el devenir de la tradición insular con todos sus “ismos”. ¿Cuáles fueron las claves de su mirada en torno a la preparación y edición de la antología sobre Poesía canaria moderna?.

La primera antología, Poesía canaria moderna (1868-1939), abarca los setenta u ochenta años de la época moderna, en que se suceden tres grandes movimientos: el realismo, el modernismo y las vanguardias. En la poesía insular esta época comprende a los poetas que se sitúan cronológicamente entre Nicolás Estévanez y Domingo López Torres. Esta es la época sistematizada por Domingo Pérez Minik en 1952 en su Antología de la poesía canaria, aunque él publicó solo el tomo dedicado a los poetas de Tenerife. En el último cuarto del siglo XIX, durante los años de florecimiento de la novela realista española, los poetas insulares practicaron una lírica de signo regionalista y todavía romántico que redescubrió el paisaje y desarrolló la conciencia del final de la población aborigen. Pérez Minik situaba el comienzo de esta época en 1878, en el poema Canarias de Nicolás Estévanez. Hay que reconocer que se trata de un poema importante, pues no solo dio lugar al desarrollo del tema del aborigen sino que también alentó el sentimiento regionalista.

La segunda fase histórico-estética de la época moderna corresponde al modernismo. La transición a este nuevo período ha sido descrita por Jorge Rodríguez Padrón y por Lázaro Santana como un proceso del máximo interés, pues representa el verdadero comienzo de la modernidad. El poeta sin duda fundamental, fundacional, en ese momento fue Tomás Morales, cuyos Poemas de la gloria, del amor y del mar (de 1908) fundan la visión literaria del puerto y la ciudad moderna. A diferencia de la poesía regionalista que miraba siempre hacia el pasado, la poesía de Tomás Morales asumía el pasado para asentarse en el presente histórico, y esto era necesario para poder mirar al futuro. La otra personalidad de ese momento inaugural es Alonso Quesada, que mira la ciudad con la ironía del cronista y expresa la vivencia del aislamiento con el acento apagado del poeta interior. Podemos decir, en resumen, que en la onda de la renovación estética del momento y desde la vivencia de la ciudad moderna, Morales y Quesada crearon una nueva visión del mundo insular, que los situaba en el presente e infundía a sus poemas una dimensión colectiva.

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Los poetas canarios modernistas ( Alonso Quesada, Tomás Morales y Saulo Torón) De izq a dcha

Los últimos poemas de Quesada se situaban ya en la fase histórico-estética de las vanguardias. Luego los jóvenes de la generación republicana protagonizaron en el reducido marco de Canarias un rápido e interesante proceso de asimilación de las tendencias de la literatura española de la época y luego se identificaron con el surrealismo del grupo de André Breton, que vino a las Islas y aquí presentó una inolvidable exposición de pintura moderna. En fin, como todos sabemos, aquel brillante período terminó de forma desastrosa con la guerra civil de 1936-1939.

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La exposición surrealista internacional en Tenerife

Esta época que llamamos moderna, vista con cierta perspectiva general, en verdad, no presenta una secuencia histórica muy clara ni totalmente realizada en cada período, pues los tres movimientos quedaron malogrados como empresas colectivas sin completar y marcados por cierto signo de adversidad. Muchos de los poetas que quedan situados históricamente entre Estévanez y López Torres fueron autores malogrados o tardíos o no mantuvieron una dedicación regular a la creación literaria. Los intelectuales de la Restauración o murieron jóvenes o abandonaron Canarias (es el caso de Estévanez). Casos de muerte prematura son los de Tomás Morales y Alonso Quesada. Eso afectó también a Agustín Espinosa, figura central de las vanguardias, además de a otros jóvenes de la época. Emeterio Gutiérrez Albelo sobrevivió a la guerra, pero la obra posterior a 1940 solo en raras ocasiones alcanzaba la calidad de su obra juvenil. Pedro García Cabrera sí pudo completar su ciclo de vida y creación. A pesar de las innumerables dificultades con que se encontró a partir del alzamiento militar de julio de 1936, la dedicación de García Cabrera a la escritura poética fue constante e intensa, de modo que logró realizar una obra de considerable cantidad, de notable diversidad y también, desde luego, de indudable calidad. Los lectores de mi antología Poesía canaria moderna pueden advertir sin esfuerzo que García Cabrera destaca claramente en el conjunto de la literatura insular del siglo XX, no solo por la cantidad de poemas que he seleccionado sino por los interesantes textos de pensamiento poético que se añaden.

Presenta quizá una novedad en mi antología la posición también privilegiada que tiene Manuel Verdugo, en comparación con otras antologías anteriores. Esto ha sido posible porque la figura de este autor había sido rescatada y actualizada por Lázaro Santana en un imprescindible ensayo, que le sirvió como prólogo a su edición de Estelas y otros poemas en la Biblioteca Básica Canaria en 1989. Luego, por supuesto, fue muy valiosa la reedición facsimilar en 1992 de Fragmentos del Diario de un viaje de Verdugo, texto complementario de Estelas que permitía apreciar lo característico de su paganismo. Un radical paganismo y un constante simbolismo mitológico era lo que dominaba también la visión poética de Tomás Morales, como se ve ya en la misma decisión del autor de titular su obra Las rosas de Hércules. Pero Verdugo escribía con un lenguaje más moderno y con una versificación más variada y ligera, sin sentir demasiado el peso del lenguaje de escuela, y su paganismo no solo es estético sino que supone una plena identificación con los ideales de la cultura greco-latina, añorados como modos de vida actual.

Cuando yo preparaba la antología Poesía canaria moderna siempre tuve presente que tenía que incluir al pintor Juan Ismael, que había sido seleccionado por Pérez Minik en su citada Antología de la poesía canaria (de 1952) y en su libro Facción española surrealista de Tenerife (de 1975). Cierto que Juan Ismael es más conocido por su obra pictórica, pero tiene una obra poética de mucho interés, que puede ser leída en su conjunto desde que Eugenio Padorno la editó en 1992 con el título Dado de lado. Lo mismo tengo que decir de la inclusión de Juan Millares Carlo, que pude hacerla gracias a que su obra ha sido recopilada por su nieta Selena Millares en 2007 y 2008. Si no estuvieran asequibles esas ediciones de Juan Ismael y de Juan Millares Carlo, yo no habría podido hacer la selección que aparece en mi antología.

Debo comentar asimismo que la imagen más justa que doy de la poesía de Emeterio Gutiérrez Albelo, especialmente de la segunda etapa (la de los años de posguerra), es gracias a la antología El mar inverosímil, preparada por Andrés Sánchez Robayna con su peculiar buen gusto y su reconocida solvencia crítica. (Me detengo en estas cuestiones, para mostrar la necesidad de las ediciones o reediciones de las obras. Se lamenta a veces que la obra de un autor no ha sido objeto de reconocimiento, sin tener en cuenta que tal reconocimiento solo puede venir a partir de una edición lo más difundida posible.)

Me gustaría recordar que en la elaboración de esta antología, una vez incluidos los poetas más conocidos y reconocidos, yo sentía que la selección seguía incompleta, hasta que caí en la cuenta de que faltaba el prosista Agustín Espinosa. Este había sido ya incluido en 1983 por Sánchez Robayna en su antología Museo atlántico, y pensé que tenía que figurar necesariamente en cualquier antología de la poesía canaria moderna, no solo por sus poemas surrealistas sino también por las prosas de Lancelot. Y, en fin, añadí el nombre de Andrés de Lorenzo-Cáceres, por creer que completaba mi cartografía de la creación poética del ciclo histórico cerrado por la guerra civil española.

-Y en lo relativo a la Poesía canaria contemporánea: ¿Qué papel jugó el advenimiento de la transición democrática y el conglomerado de generaciones en la poesía insular?

La antología Poesía canaria contemporánea es más extensa que la de poesía moderna, pues incluye treinta y tres autores situados cronológicamente entre Félix Casanova de Ayala (nacido en 1915) y su hijo Félix Francisco Casanova (nacido en 1956 y muerto muy prematuramente en 1976).

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El poeta canario Félix Francisco Casanova

Al referirnos al marco cultural de Canarias solemos identificar la primera promoción poética de posguerra como la generación de aquella valiente Antología cercada, publicada en 1947, aunque a los nombres de aquella muestra (Agustín Millares, Pedro Lezcano, Ventura Doreste, José María Millares) hay que sumar los de Casanova de Ayala, Julio Tovar, González Sosa, Pinto Grote, Arozarena, Juan Mederos…
La siguiente generación, la del mediosiglo, la asociamos normalmente a la revista universitaria Nosotros y a los pliegos de San Borondón, pues allí hicieron sus primeras entregas juveniles Fernando Garciarramos, Manuel Padorno y Arturo Maccanti, a los que hay que añadir a Luis Feria, Pino Betancor y otros.

La siguiente generación, la de 1968, la reconocemos por la antología Poesía canaria última, publicada en 1966 por dos poetas de esa promoción: Lázaro Santana y Eugenio Padorno, que se incluían en ese volumen junto a otros diez autores. Yo hablo en este caso de poetas poscontemporáneos porque Lázaro Santana, Eugenio Padorno y Ángel Sánchez (coetáneo de ellos aunque no figuraba en Poesía canaria última) fueron incluidos en 1974 en la significativa antología Poetas españoles poscontemporáneos, editada por José Batlló en la colección El Bardo.

Luego, ya en la nueva era democrática, cuando todavía aquellas generaciones continuaban su actividad, han aparecido otras promociones de poetas, que han contribuido a desarrollar nuevas direcciones estéticas, y que pueden relacionarse con ciertas colecciones tales como Espacio el mar y Poéticas, y con las revistas Liminar, Syntaxis, Fetasa y La Página.
Un hecho interesante, o, quizá sea mejor decir un proceso histórico interesante de esta época es que al tiempo que realizaban su obra de creación, los escritores e intelectuales insulares se esforzaron en rescatar a ciertos escritores y artistas de Canarias. El hecho se refiere a nombres olvidados o ignorados como consecuencia sobre todo de la guerra civil y las limitaciones impuestas por la autocracia franquista. Ese fundamental proceso cultural lo empiezan a protagonizar los poetas de posguerra ya en 1944, cuando aparece Los caminos dispersos, el segundo libro, hasta entonces inédito, de Alonso Quesada. El rescate de este escritor fue largo y, en realidad, lo culminaron ya los poetas de la siguiente generación, los poscontemporáneos, cuando Lázaro Santana llevó a cabo el magno esfuerzo de preparar la edición de la obra completa de Quesada.

Otra recuperación muy significativa fue la de Domingo Rivero, iniciada antes de 1960 por González Sosa y Manuel Padorno. Luego vino la primera y pionera monografía de Rodríguez Padrón sobre el autor de «Yo, a mi cuerpo». Tras varios esfuerzos colectivos, el rescate de la figura de Rivero sería culminado por Eugenio Padorno años más tarde.
Luego, sobre todo después de 1975, se llevó a cabo la recuperación, podría decirse la reconstruccción, de todo el ciclo histórico de la vanguardia insular.

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Domingo Rivero (1852-1929)

Aquí, en relación con la antología Poesía canaria contemporánea, interesa destacar que todos aquellos estudios y ediciones, todos aquellos esfuerzos de autoconocimiento, fortalecieron en los poetas, de forma gradual y quizá inconsciente, su sentimiento de vinculación a una tradición cultural propia del Archipiélago. Y esto es importante, pues, como he señalado ya en varias ocasiones, si las personas que nacimos y vivimos en las Islas somos una comunidad es porque nos sentimos vinculados a una tradición cultural.

-Igualmente, en 2010 apareció su antología Poesía canaria actual (A partir de 1980), también publicada por Ediciones Idea. ¿Cuál es el panorama actual para la poesía en un mundo global marcado por el imperio de lo audiovisual y los mass media?.

La antología Poesía canaria actual incluye treinta y cuatro autores nacidos a partir ya de 1960, desde Antonio Jiménez Paz (n. 1961) y Ernesto Suárez (n. 1963) hasta Isidro Hernández (n. 1975) e Iván Cabrera Cartaya (n. 1980). La separación de la poesía actual en un libro distinto del de la poesía contemporánea era necesaria por razones editoriales, pero no se puede ignorar que es una división artificiosa, pues la poesía actual forma parte de la contemporánea. Hay que tener presente que no es posible determinar en qué momento empieza lo actual, y que los poetas incluidos en la antología contemporánea han continuado normalmente su actividad al mismo tiempo que han aparecido los más jóvenes en la década de 1980. Estas elementales observaciones obligaban a destacar la continuidad histórica desde los años de la llamada transición política, insistiendo en que los poetas de la posguerra, los del mediosiglo, los de la generación de 1968 y los de las nuevas tendencias han seguido escribiendo y manteniendo, naturalmente, la presencia o el protagonismo que en cada caso habían podido tener antes.

Así, pues, mientras la vida no solo política sino social y cultural experimentaba cambios muy notables, desde principios de la década de 1980 empezaron a darse a conocer algunos nuevos poetas nacidos ya a partir de 1960. Desde entonces estos poetas insulares de las últimas promociones han contribuido, junto a las promociones anteriores en activo, a definir una nueva situación histórica, en la que la mujer ha alcanzado una indiscutible presencia y en la que se ha producido la generalización de la informática y de internet. Estos jóvenes poetas, al tiempo que realizaban su obra personal, también han llevado a cabo diversas actividades colectivas y han promovido publicaciones y colecciones literarias. Desde esos espacios editoriales y con el compartido sentimiento de pertenencia a una tradición cultural propia de las Islas, los jóvenes autores han desarrollado las tendencias mayores de la reciente poesía española pero también han explorado nuevas líneas de creación.

Para la preparación de esta antología de poesía actual pude contar con una colaboración de los poetas mayor que en la antología de poesía contemporánea. Para obtener ciertos datos ahora sí pude recurrir fácilmente a los autores, que, además, respondieron con encomiable formalidad en la redacción de sus respectivas poéticas.
En obras como esta antología Poesía canaria actual, de carácter panorámico y de divulgación, parece obligado el primer propósito de ordenar objetivamente la información disponible sobre los autores y su participación en actividades colectivas. Por supuesto, la selección de los autores es mía, pero trata de no ser arbitraria. Es una selección que parte de nombres ya presentes en otras antologías o en estudios anteriores. En las notas biográficas de los poetas se puede comprobar que los incluidos aquí por mí ya antes habían sido incluidos en otras antologías o en ciertas colecciones o habían coincidido con otros autores en actividades de grupo o habían sido estudiados… En ningún caso es la primera vez que aparecen editados o seleccionados.

En la cartografía lírica que he trazado es dado observar cierta diversidad de tendencias, ante las que a mí me ha correspondido mantener una necesaria equidistancia y objetividad. Eso, por supuesto, no puede negar el hecho de que yo me siento más próximo a algunos poetas o a las tendencias que representan. Me refiero exactamente a Ernesto Suárez, Melchor López, Alejandro Krawietz, Francisco León, Rafael-José Díaz, Alejandro Rodríguez-Refojo, Isidro Hernández e Iván Cabrera Cartaya. Debo recordar que a Ernesto Suárez, Alejandro Krawietz, Francisco León, Rafael-José Díaz y Goretti Ramírez los invité, durante el curso 2001-2002, a participar en unas actividades del Aula de Literatura de la Universidad de La Laguna que llamábamos Lecturas en Guajara. Y, en fin, mis afinidades estéticas están claras si digo que escribí sendas aproximaciones críticas a las obras de cuatro poetas del grupo de Paradiso: Melchor López, Alejandro Krawietz, Francisco León y Rafael-José Díaz. Esos artículos los recogí en 2003 en mi libro Círculo de esta luz, y agregué entonces otro ensayo general titulado «Los otros jóvenes poetas españoles». Desde una perspectiva amplia, en este ensayo quise destacar que aquellos cuatro poetas coincidían en entender y vivir la creación poética desde una actitud heredera del simbolismo y otras líneas centrales de la modernidad, y por eso mismo radicalmente enfrentada a las tendencias realistas de lo cotidiano. Y podemos añadir que esa actitud y, desde luego la calidad de sus obras les confiere un lugar de excepción en el marco de la poesía española actual.

Además, merece especial atención el hecho de que en 2010 apareció su edición del libro Todo es azar (Entrevistas y otros textos dispersos) publicado por el Instituto de Estudios Canarios sobre la obra de Pedro García Cabrera, a quien tanto se le recuerda por estas fechas.

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El poeta canario Pedro García Cabrera (1905-1981)

En 2005 yo había participado en La Gomera en el congreso sobre Pedro García Cabrera con una ponencia sobre su prosa ensayística posterior a 1940. Y al redactar ese estudio, pude observar que de los años finales del franquismo eran escasos los ensayos del poeta, pero se disponía de un conjunto de entrevistas de notable utilidad para conocer mejor no solo su trayectoria vital y literaria, sino también sus ideas acerca del valor del mar en su poesía y acerca de la significación del surrealismo.

La conciencia de la utilidad de las declaraciones formuladas por García Cabrera me llevó a preparar este volumen, que titulé Todo es azar, con una frase del propio García Cabrera que sintetiza su cosmovisión. En este volumen no solo se recopilan todas las entrevistas localizadas, sino otros textos de interés. Y, en fin, a partir del conocimiento de estos diversos materiales me animé a ampliar el texto de mi participación en el congreso de 2005 (que había limitado a los ensayos de la segunda época), hasta convertirlo en un estudio ya más largo sobre todo el pensamiento poético de García Cabrera desde su juventud hasta el final de sus días, estudio que sirve de introducción en el libro de entrevistas.

García Cabrera pudo vivir un ciclo de vida creadora de nada menos que cincuenta y cinco años (desde 1926 hasta 1981), esto es, desde los veinte hasta los setenta y cinco años de su edad. Esto quiere decir que su vida se extiende sobre épocas históricas distintas, pues ocupa un considerable espacio de años anterior a la guerra civil y a la mundial, y otro tramo posterior bastante más largo. Los cambios históricos ocurridos en el siglo XX fueron ciertamente muy profundos, algo que, naturalmente, influyó en la evolución ideológica y estética de García Cabrera. Por eso en mi estudio introductorio del libro Todo es azar trato de exponer las ideas y posiciones del poeta en el mismo orden cronológico en que se produjeron, para verlos como pasos de su biografía intelectual necesariamente relacionados con el devenir del mundo contemporáneo.

En ese itinerario es forzoso recordar el ensayo juvenil «El hombre en función del paisaje», de 1930, en que afirma que «la imagen primaria del hombre se modela en su paisaje nativo y a ella reduce —amolda— las percepciones y las impresiones». Y sobre esa base propugna que el arte de los escritores y creadores plásticos de Canarias «hay que elevarlo sobre paisaje de mar y montañas. Montañas con barrancos, con piteras, con euforbias, con dragos».

Luego, desde el tránsito al período republicano aumentaron las preocupaciones políticas y sociales de García Cabrera. Como sabemos, el poeta mantuvo hasta el final de sus días aquellas preocupaciones, y, claro, este hecho condicionó de forma muy notable el curso de su existencia y su trayectoria intelectual. En 1935, al calor de la exposición surrealista y el contacto personal con Breton y Péret, a sus treinta años García Cabrera terminó identificándose con el movimiento surrealista, pues encontró atractiva la conciliación de la ideología marxista y la literatura de vanguardia lograda por el grupo bretoniano.
La lenta reaparición de García Cabrera después de la guerra nos presenta a un poeta con aliento humanista e influido por la gran corriente existencial de la época. Se observa, además, la continuidad de ciertos intereses, pues sus ideas de 1956 sobre las fuentes populares de la poesía moderna permanecen en la ponencia con que participó en 1976, en La Laguna, en el Congreso de Poesía. En estos años finales de la vida del poeta tienen un interés especial sus reflexiones sobre el mar y los distintos valores simbólicos que le da como «el elemento creador», «el espíritu revolucionario de la persona», como símbolo de «la lucha continua del que se está formando, del que está aspirando a una perfección y está siempre trabajando sobre ella»; como símbolo de la libertad, pero al mismo tiempo de la soledad…
En su última entrevista García Cabrera termina definiendo su visión de la vida y del mundo en términos materialistas y contigencialistas, muy próximos a las tendencias humanistas y existenciales contemporáneas. Pero el poeta acierta a vincular esas posiciones con el surrealismo, cuando afirma que «todo es azar: el azar sustituye en parte a la divinidad».

-Y para la despedida, encontrándonos en la Playa de La Canteras y teniendo en cuenta este bosque de luz. ¿Qué imagen de conjunto daría del poeta Manuel Padorno cuando se han cumplido nuevos aniversarios de su muerte?. Muchas gracias

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Manuel Padorno (1933-2002).

Mi primer encuentro con Manuel Padorno tuvo lugar en el otoño de 1965, en Madrid. Manuel era para mí el autor de A la sombra del mar, aquel excelente libro de poemas escrito en Lanzarote que me había deslumbrado por su personal intensidad y por su rara y rica proximidad. Pero también en Madrid el poeta había creado la colección Poesía para todos, que editaba gracias sobre todo a la ayuda de Josefina Betancor, aunque en los libros se indicaba que estaba codirigida por Manuel Padorno y Luis Feria. Desde el primer momento yo había estado suscrito a Poesía para todos, colección que si no llegó a tener una vida muy larga, sí tuvo un notable interés.

La persona de Manuel Padorno emitía sobre todo la sensación de una gran energía vital e intelectual. Era una fuerza que no se podía dejar de percibir al conocerlo. Y era, desde luego, una fuerza luminosa: su voz, de timbre cálido y jovial, dejaba siempre traslucir un impulso apasionado. Claro que con la sola cualidad de la fuerza y la pasión no se suelen lograr muchas cosas en el campo de la creación cultural. Normalmente los contactos con otros creadores son necesarios durante la juventud. Manuel Padorno había sabido encontrar, había tenido el instinto necesario para encontrar, hacia 1953, cuando solo tenía unos veinte años, al pintor Manolo Millares, en Las Palmas. Millares, también persona de especial potencia creadora y de notable instinto cultural, era unos siete años mayor que Padorno y necesariamente tenía que avivar el vigor creador de este y encauzarlo hacia líneas de renovación estética a la altura de su tiempo. La fusión de aquellas circunstancias y de su temperamento es lo que permite entender que el joven Manuel Padorno escribiera y representara en 1955 Oí crecer a las palomas, un poema dramático de carácter radicalmente neovanguardista, muy alejado de las tendencias realistas de la literatura española de la época.

Luego Manuel Padorno reveló que poseía no solo aquella peculiar energía sino también el don de contagiar a otros su entusiasmo y una indudable capacidad de dinamización cultural. Todo eso se mostró, a finales de la década de 1950 y principios de la siguiente, en una época ya más social de su poesía, y fue a través de la fundación, en Las Palmas, del programa radiofónico La Cometa, de Radio Atlántico; también a través de las lecturas poéticas, que él llamaba publicaciones orales; y también a través, en fin, del contacto directo con otros poetas, sobre todo más jóvenes, para quienes su entusiasmo representó un estímulo muy fecundo.

Aquellos rasgos de la personalidad de Manuel Padorno revelados en su juventud alentaron sus posteriores realizaciones. Por supuesto, su fuerza creadora está presente en sus reconocidos libros de poemas, desde A la sombra del mar y Papé Satàn hasta los títulos de su etapa final, ya de regreso en Canarias, como El hombre que llega al exterior, Desnudo en Punta Brava, Égloga del agua, Hacia otra realidad… Pero aquella capacidad de Manuel Padorno se manifestó también en su obra pictórica, a la que dedicó no pocos esfuerzos durante los años de su madurez y de la que es necesario recordar tanto la serie Nómada urbano (realizada mientras vivía en Madrid) como Nómada marítimo (realizada en su época de vuelta en Las Palmas).

Otro elemento esencial de su personalidad —su preocupación por la renovación cultural y su capacidad dinamizadora— se concretó en la fundación, en Madrid, en 1970, junto a Josefina Betancor, de la empresa editorial Taller de Ediciones JB, desde la que llevó a cabo numerosas e imprescindibles publicaciones. Entre esas publicaciones conviene destacar algunas tan decisivas para el rescate de la literatura vanguardista como la reedición de los tres textos mayores de Agustín Espinosa: Crimen, Lancelot 28º-7º y Media hora jugando a los dados. Y, en fin, a Taller de Ediciones JB se debió también la difusión de la colección Paloma atlántica, que con sus veintisiete entregas constituyó un hecho de especial significación para el conocimiento y reanimación de la poesía insular en aquellos años de la transición.

Samir Delgado

(Islas Canarias, 1978) Poeta, activista, crítico de arte y periodista freelance. Director del Festival 3 Orillas y el Tren de los Poetas. Residente en México

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