Evasión del mundo, necesidad y frenesí del espíritu…

Muchos tenemos esa añoranza. Todos queremos ser leídos, citados e incluso criticados. Todos anhelamos que cada letra, cada palabra, cada tilde y cada coma, queden plasmadas en la retina de quien se toma el tiempo de ojear lo que tecleamos y nos atrevemos a imprimir o enviar para ser publicado. Anhelamos que cada punto, exclamación, cada comilla o dos puntos, retumben en el tímpano de quien –así sea por casualidad–se interna en la lectura de lo que escribimos.

Y movidos por esa añoranza adoptamos los ademanes de quienes nos influenciaron e hicieron creer –directa o indirectamente– que las letras a las que intentamos darle vida, pueden ser vivenciadas por aquel que se topa con ellas plasmadas en un papel o en una pantalla. Ya nos es imposible juntar tres o cuatro palabras que tengan sentido, si en el paladar no sentimos el sabor agrio de la cerveza, una copa de vino o de vodka; y solo escribimos en altas horas de la noche e incluso esperamos hasta la madrugada para hacerlo, porque el silencio que impone la luna y el sonido de las teclas nos sirven de inspiración.

Nos acercamos a toda tienda de antigüedades con el deseo de encontrar una Remington, una Royal o una Imperial. Entramos a toda tienda con el deseo de hallar una máquina de escribir con la cual podamos posar en una foto para la posteridad; en una foto que resuma nuestra justificación de existencia, que resuma lo que fuimos o pretendimos ser mientras respirábamos.

Queremos ser bohemios, enfermos y desgraciados; solitarios, existencialistas, hedonistas o con tendencia suicida. Porque a través de esas formas de vida las historias fluirán con facilidad, porque creemos que solo así y solo así, captaremos y podremos plasmar lo más sublime y vulgar del mundo; lo más excelso y ruin del hombre. Porque así fue y lo hicieron Poe, Bukowski, Rimbaud y Pizarnik.

Dios me hizo hombre y yo me elegí escritor, gritó El Nadaísta… Tal vez contemos con un poco de su suerte y lleguemos a mecanografiar dos o tres palabras que honren a quienes leímos y no martiricen a quienes nos leen.

Y ahí vamos, buscando la excusa para escribir y publicar; hallando el pretexto para sentir como las letras se deslizan a través de nuestras yemas; leyendo en voz alta para que la coma quedé en su punto exacto. Porque si para El Escribidor de Lima leer fue salvación, para El Último Poeta Maldito volverse escritor fue la disculpa perfecta para dormir hasta el mediodía, y para Flaubert “escribir es una manera de vivir”; para nosotros el acto de teclear es evasión del mundo, necesidad y frenesí del espíritu.

@DuverAlexPerez

Duver Alexander Pérez

Presentador y reportero del programa Ángulo Deportivo de la Emisora Cultural de la Universidad de Antioquia. Ha colaborado con el portal de Acord Antioquia (Asociación de Redactores Deportivos de Antioquia). Columnista de la Revista Sole, el Periodicko, la Revista Literariedad y colaborador periodístico del periódico universitario Norte Urbano. Actualmente es el Comunicador de la Liga Antioqueña de Judo.

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