Galería de autorretratos

 

Collage de autorretratos, de izquierda a derecha los pintores: Frida Kahlo, Tarsila Do Amaral, Wilfredo Lam, Vincent Van Gogh.

 

Hablaré de mi reciente obsesión poética: los autorretratos. En la pintura se recuerdan el de Van Gogh, de Frida, de Picasso, de Tarsila, de Lam…Es muy común que cada artista pinte el suyo, en poesía también encuentro esta necesidad de poetizar sobre sí mismo.

Un autorretrato es, además de un espejo del poeta, un yo lírico que evoca la existencia propia pero también que piensa sobre la existencia humana. A diferencia tal vez del autorretrato del pintor en donde se le puede reconocer. En la potencia, en la pluralidad del signo poético, los autorretratos son de los poetas pero también dicen algo de los lectores, despersonalizan la imagen. En la pintura intervienen otros valores con los cuales identificarse, puede ser por la vitalidad de los colores, las emociones que se evocan, pero la representación es unívoca, se trata de quien pinta. Los poemas autorretratos en cambio son reflejo del mundo,  y de algo del mundo, que se proyecta también para quien lee.

De tal manera que nos pasa algo terrible con el autorretrato y es que a partir de esa intimidad del poeta, uno también puede identificarse, y así se construye una multiplicación de voces que se configuran en el yo ajeno, distante de época, de geografía, incluso inmaterial y al mismo tiempo se concreta en nuestra propia identidad, se corporiza la memoria de otro en la experiencia de uno mismo.

Transcribo aquí algunos de los autorretratos que más me gustan, seguro que hay muchos, como el de Antonio Machado, el de Pablo Neruda, pero dejo aquí mis entrañables. Nos invitan simplemente a entrar en una otredad,  acaso imaginarnos esa vida que habla en los poemas, que es la nuestra. Después de todo, ver al otro, se hace desde la mirada de uno mismo y eso pareciera cada vez hacernos más falta. Aparte del ejercicio existencial, invito a quien lee a disfrutar estos poemas y también a proponer su propia galería.

Autorretrato
 
(Claribel Alegría)

Malogrados los ojos
Oblicua la niña temerosa,
deshechos los bucles.
Los dientes, trizados.
Cuerdas tensas subiéndome del cuello.
Bruñidas las mejillas,
sin facciones.
Destrozada.
Sólo me quedan los fragmentos.
Se han gastado los trajes de entonces.
Tengo otras uñas,
otra piel,
¿Por qué siempre el recuerdo?
Hubo un tiempo de paisajes cuadriculados,
de gentes con ojos mal puestos,
mal puestas las narices.
Lenguas saliendo como espinas
de acongojadas bocas.
Tampoco me encontré.
Seguí buscando
en las conversaciones con los míos,
en los salones de conferencia,
en las bibliotecas.
Todos como yo
rodeando el hueco.
Necesito un espejo.
No hay nada que me cubra la oquedad.
Solamente fragmentos y el marco.
Aristados fragmentos que me hieren
reflejando un ojo,
un labio,
una oreja,
Como si no tuviese rostro,
como si algo sintético,
movedizo,
oscilara en las cuatro dimensiones
escurriéndose a veces en las otras
aún desconocidas.
He cambiado de formas
y de danza.
Voy a morirme un día
y no sé de mi rostro
y no puedo volverme.

Tomado de la web: Poemas para el alma.

Autorretrato
 
(Nicanor Parra)

Considerad, muchachos,
Este gabán de fraile mendicante:
Soy profesor en un liceo oscuro,
He perdido la voz haciendo clases.
(Después de todo o nada
Hago cuarenta horas semanales).
¿Qué les dice mi cara abofeteada?
¡Verdad que inspira lástima mirarme!
Y qué les sugieren estos zapatos de cura
Que envejecieron sin arte ni parte.
En materia de ojos, a tres metros
No reconozco ni a mi propia madre.
¿Qué me sucede? -¡Nada!
Me los he arruinado haciendo clases:
La mala luz, el sol,
La venenosa luna miserable.
Y todo ¡para qué!
Para ganar un pan imperdonable
Duro como la cara del burgués
Y con olor y con sabor a sangre.
¡Para qué hemos nacido como hombres
Si nos dan una muerte de animales!
Por el exceso de trabajo, a veces
Veo formas extrañas en el aire,
Oigo carreras locas,
Risas, conversaciones criminales.
Observad estas manos
Y estas mejillas blancas de cadáver,
Estos escasos pelos que me quedan.
¡Estas negras arrugas infernales!
Sin embargo yo fui tal como ustedes,
Joven, lleno de bellos ideales
Soñé fundiendo el cobre
Y limando las caras del diamante:
Aquí me tienen hoy
Detrás de este mesón inconfortable
Embrutecido por el sonsonete
De las quinientas horas semanales.

Tomado de la web: http://www.nicanorparra.uchile.cl/.

Autorretrato
 
(Colombia Truque Vélez)

Cuando nací ya eran viejos los Rolling Stones
pero a mí siempre me gustó «Angie»
y las canciones de Serrat en la penumbra
de ciertos atardeceres ya olvidados.
Viví de lo que nos dejaron los sueños encendidos
en mayo del 68.
Habité ese Londres
que alguien inventó
para que uno pudiera encontrar a la maga,
a Linton Kewsi Johnson, un cielo irrecuperable
en Saint-James Park y muchos años después
a un poeta de ese Chile austral y doloroso
que escribió exiliados tangos londinenses
y siguió andando, uniendo los hilos de una trama,
para que un día la vida nos dijera
que el azar no existe, sin la magia
que todo lo convoca y lo reúne.
Casi nunca me he ocupado en nada serio
aunque todas las cosas serias me preocupan
–me preocupa, por ejemplo, que un niño llore–
porque han de morir las mariposas.
Fumo como si esa fuera la única medicina posible
en un mundo sin remedio.
Como a todos los soñadores, me han invadido
los crepúsculos de algunas tardes
esencialmente tristes
–esas tardes en que el destino de los hombres
se parece a la brasa y la ceniza–.
Milité en el lado de las quimeras, con Lenon
y Mayiakovski siempre en el corazón
… y las derrotas.
Ahora, en el remanso, enciendo fuegos fatuos
con la herida de la trompeta de Amstrong
que me quema el pecho de imposibles.
De todas las curas posibles, escribir
es la única que le cuadra a mi locura.
Todavía no escribo, sin embargo,
ese poema perfecto. Me faltan huesos y no consigo
poner en orden en el arbitrario calendario
de mis ansias y temblores.
Hay en mis noches un fulgor secreto,
palabras teñidas con la claridad de los días,
viviendo como el fuego que se resiste a morir.
Acompañarán mi paso como el ligero silbo
de una canción que abre un camino
en la memoria: solo soplo de aire
que se me escapa incesante de la piel.

Tomado de la Antología de Mujeres Poetas Afrocolombianas, Ministerio de Cultura, Colombia.

 Autorretrato

(Rosario Castellanos)

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
—aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio—. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.

Amigas… hmmm… a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo del impuesto predial.

Del libro: Poesía no eres tú.

Angélica Hoyos Guzmán

Creo que la literatura es la vida. Investigo sobre las formas de la sobrevida en el mundo contemporáneo a través de la poesía y el arte. Colecciono indicios.

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