El hermoso arte de narrar

Por: Juan Guillermo Ramírez

 

Hoy le permití al sol levantarse antes que yo.
GEORGE LICHTEMBERG

 

Uno de los equívocos sobre los que se basa la moda actual de privilegiar el relato sobre el ejercicio lingüístico consiste en creer, o en tratar de hacer creer, que la esencia de lo narrativo consiste más en una dinámica de entradas y salidas de personajes que de revelaciones sucesivas de una realidad. Así, con un criterio tan escasamente refinado y preciso se puede terminar por sostener que el reportero es el mejor narrador posible, pues su oficio lo obliga a hacer ver cosas y transcribirlas con la mayor precisión. Sin duda, el reportero narra, pero sólo en muy escasos momentos es capaz de dar a su relato esa dimensión poética e imaginativa sin la cual nunca se descubre la auténtica esencia de lo real. Es ahí en donde está la diferencia entre un William Faulkner o un Thomas Mann, un Marcel Proust o un James Joyce y la habilidosa artesanía del autor de reportajes novelados pensados y lanzados al mercado como ‘best-sellers’. Por supuesto, una caracterización así de elemental puede ser discutible. Pero tal vez sirva para entendernos. Una vieja polémica entre Thomas Wolfe, un gran novelista, y Edmund Wilson, que en cierto modo incide en lo planteado al comienzo, podría ayudar a aclararnos este tema, que se ha convertido en uno de los motivos esenciales, más implícitos que explícitos, de la literatura narrativa.

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El sur (1983), la soberbia película del español Víctor Erice, es un claro ejemplo de ese gran estilo narrativo al que toda literatura, al que todo cine, debe tender necesariamente. En las vidas de los pocos personajes de El sur, nos muestran su más precisa individualidad. El tiempo histórico cuenta, esa España tremendista, triste, apagada de los años 50, con los recuerdos de la guerra civil amortiguados pero no adormecidos; y en cierto modo, El sur, es una de las mejores reflexiones que se hayan ubicado en este fragmento temporal de la historia española. Pero el protagonismo lo tienen los destinos de la muchacha, de su padre, de su madre, de la criada, de su abuela. Seres humanos que terminan apoderándose de nosotros no porque entren y salgan, digan frases ingeniosas, se esfuercen en caracterizarse, en ser alguien a fuerza de palabras y de actitudes, sino porque forman parte de un continuo narrativo sostenido por un aliento poético que nunca falla. La película de Víctor Erice e sun intento plenamente logrado de remontar la corriente general y situar la creación, la construcción de un mundo, de una atmósfera a través de unos medios expresivos trabajados con lenta y madura sabiduría, por encima de esa tendencia a lo inmediato, a lo fácil que se ha dado en estimar como valor absoluto. Víctor Erice nos ha ayudado a devolvérnosla conciencia de que el don de contar no es un don repartido con esa pródiga generosidad que parecen tratar de hacernos creer quienes han perdido toda sensibilidad, toda capacidad crítica para discernir dónde aparece el gran arte y dónde la torpe imitación. Plantea la necesidad de volver a una narrativa de creación frente a una narrativa de consumo.

La historia de esa muchacha que vive envuelta en la maravilla del aura mágica de su padre es una historia aparentemente sencilla y transparente. Pero no es tanto que la historia lo sea como que Erice haya sabido hacérnosla ver así. Hace muchos años, James Joyce hizo de la epifanía, es decir, de la revelación a través de una persona, un episodio, de un objeto, el centro de su trabajo literario. En última instancia, Joyce afirmaba una verdad tradicional: que es preciso mirar por debajo de la piel del mundo. En “Dublineses, por ejemplo, está la vida de un sector de la sociedad irlandesa de principios de siglo, pero, sobre todo, unos destinos individuales que se despliegan ante nosotros, vivos y presentes gracias al toque prodigioso de un escritor genial. Similitudes de clima, de tiempo narrativa más que otra cosa, Cesare Pavese decía que Vittorio de Sica era el mejor narrador italiano contemporáneo. A la vista de El espíritu de la colmena y de Sur, ¿es demasiado aventurado afirmar que Víctor Erice, director de cine es uno de los mejores narradores españoles? Parece que no.

El sur que vemos en la pantalla tiene belleza y vigor. El poder de captura de las imágenes y atmósferas iniciadas, pero no cerradas y consumadas, por Erice, permite que la gravedad de las carencias pase inicialmente casi inadvertida. Tal como está la película, interpretar, por ejemplo, que se mata por celos al comprobar que su hija tiene un pretendiente, que es una deducción pintoresca en el marco formal del poema, puede que sea algo irrisorio, pero no descabellado. En cualquier caso, nada tiene que ver con loa voluntad de Erice. ¿No será que la ausencia de otras imágenes no llegadas a rodar hace que Erice pierda enteramente el control de los signos visuales y poéticos que llegó a rodar, a los que le falta algo? Y ese algo que les falta es humo de cerebros calientes, por el contrario, ¿es algo real, un vacío cinematográfico con existencia cinematográfico?

En términos simples, El sur cuenta, desde la conciencia de su hija, el exilio interior y el suicidio de un hombre. ¿Realmente lo cuenta? En la película ideada, sí; en la realizada, no. La posibilidad de hacer trampas, de mentir con la ficción o con el encuadre, de manipular en provecho propio la credulidad de espectador, obsesiona literalmente a Erice. Y, sin embargo, hay, como mínimo, dos escenas en El sur que, tal como han quedado, traicionan flagrantemente el credo ético de este cineasta. No es que tales escenas sean tramposas o engañosas; es más que eso, es que son imposibles. Tomemos las secuencias del “Cine Arcadia”, y la de la carta a Laura y la contestación de esta. ¿Cómo, si no por arte mágico, tiene acceso Estrella a esas imágenes y a esos sonidos? ¿Cómo una película narrada desde los contenidos de una conciencia puede encerrar imágenes y sonidos que es imposible que la dueña de esa conciencia viera u oyera alguna vez? Si algo cuida Víctor Erice con tanta meticulosidad como el “punto de vista”, es la estructura del relato y las leyes de la armonía en su composición. En El sur hay una brutal elipsis de seis años, totalmente injustificada en la actual estructura y la composición del relato, tal como se ve en la pantalla. ¿Es que un cineasta que no deja de dar funcionalidad ni al menor detalle de lo que hace se ha hecho amigo, como si a estas alturas redescubriera a Antonioni, de los llamados tempos muertos? ¿No será que esa rosa tiene otra presencia no rodada y que al no rodarse gravita sobre lo rodado como negatividad, como ausencia?

Fernando Savater, el filósofo español, escribió hace algunos años un artículo para la revista española “Casablanca No. 32-33”, y se refiere así de El sur, No voy a intentar hacer aquí una crítica de El sur, puesto que críticos excelentes tiene esta revista para tales menesteres y mi incurable osadía, ya comentada antes, no llega a tanto. Además, no estoy capacitado para adoptar el distanciado y analítico tono crítico antes esta joya cálida y, sin embargo, contenida. Todo lo que se me ocurre decir a su respecto, debo ponerlo sin remedio entre enfáticas admiraciones. ¡Qué maravillosa densidad afectiva en unas imágenes que jamás resultan relamidas o pretenciosamente “artísticas”! ¡Qué insólita penetración desde un espejo infantil en ese hondísimo misterio, tan olvidado por la modernidad a fuerza de psicoanálisis y demás zarandajas: el amor del padre! ¡Qué eficacia en cada personaje, desde la admirable pareja protagonista hasta el viejo camarero o la taquillera del cine! Hecha de trazos impresionistas, fragmentaria por alevoso destino, si se quiere, pero también por estilo y vocación narrativa, lo primero y último que se me ocurre decir sobre El sur de Víctor Erice, es lo que salí murmurando del cine tras haberla visto or primera vez: ¡Qué desconsoladamente bella! ¡Qué hermosa es!

Literariedad

Revista dominical que asume la literatura, la poesía, el cine y el teatro como calles, lugares de encuentro y desencuentro. ISSN: 2462-893X.

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